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Otra vez de vuelta al aula...

... pero un aula con suelo de parqué, equipo de música, espejos y una barra en la pared.

Ya hace un par de semanas que volví a empezar con las clases de yoga en el gimnasio de la empresa; tengo pagadas dos clases a la semana para todo el trimestre, con la idea de ir a una clase de yoga y otra de pilates como hacía antiguamente, pero de momento hasta que me "desoxide" sólo voy un día.

Y después de dos semanas asistiendo a la clase de principiantes del lunes, ayer tuve un día de bastante trabajo y no me dio tiempo a ir, así que pensé en recuperar hoy yendo a la clase de nivel intermedio. ¡Madre mía! Sí que estoy oxidada, sí... me ha gustado mucho la clase pero he acabado "mataíta", al bajar las escaleras para volver a mi mesa hasta me temblaban un poco las piernas...

Aunque la verdad es que en el fondo me gusta ese cansancio; es cansancio físico, cansancio "bueno" que te hace estar más en forma y rendir más (siempre que también descanses todo lo que haga falta, claro). Tenía muchas ganas de retomar el ejercicio después del parón del verano, y es que después de todo llevo casi toda la vida haciendo ejercicio. Ejercicio, que no deporte, porque los deportes la verdad es que nunca se me dieron demasiado bien, o tal vez solamente lo intenté una o dos veces y al ver que no iba bien no les volví a dar ni una sola oportunidad.

Lo que a mí se me daba bien, en cambio, era bailar. Mis padres me empezaron a llevar a clases de baile cuando era bien pequeñita, tenía cuatro años y lo recuerdo perfectamente... recuerdo que el primer día que entré en aquella clase me pareció gigantesca; tenía un espejo enorme que llenaba toda la pared del fondo, barras azules en las paredes laterales, y un montón niñas vestidas con maillots y medias que corrían, saltaban, jugaban y se colgaban de las barras mientras esperaban a que llegara la profesora. Una de esas niñas era Araceli, mi vecina y a partir de entonces compañera de juegos, y que luego se convirtió (aún lo es y espero que por muchos años) en una gran amiga.

Y a partir de ahí, toda una vida, ¡veinticinco años! de clases y ejercicios: primero ballet clásico (ay, esas puntas, qué bonito pero cómo dolían los pies...), después también danza contemporánea, de vez en cuando cursillos aquí y allá de danza española, danza hindú, danza del vientre... luego fueron pasando los años, dejé la danza y empecé con yoga en la misma escuela donde había estado toda la vida bailando.

Unos años después me mudé de Cáceres a Madrid y me apunté a un gimnasio: mala idea. Empecé con mucho entusiasmo con los aparatos y las pesas para acabar pagando una subscripción de un año que nunca aproveché, todo para si acaso disfrutar de un rato de remo y una clase de estiramientos los pocos sábados que me llegaban las fuerzas para aparecer por allí. Así que decidí ser realista y probar el método pilates, que es mucho más de mi estilo: tuve la suerte de pillar un pequeño gimnasio en Madrid donde había clases al mediodía, y encima ¡yo era la única alumna! Eran como clases particulares, una gozada. La pena es que a los dos meses tuve que dejarlo porque empecé a viajar por motivos laborales...

Unos meses después nos mudamos a Irlanda, y tuve la suerte de encontrar trabajo en una empresa grande con gimnasio propio. ¡Y encima daban clases de yoga y pilates! Me apunté a las dos cosas y fui con mucha ilusión a las clases durante meses... hasta que me quedé embarazada, y entonces tuve que dejarlo y dedicarme a buscar algo más adecuado a "mi estado" :-)

Entonces fue cuando, lógicamente, empecé con el yoga para embarazadas, y después con el yoga para mámás y bebés. Y ahora que he vuelto a trabajar me estoy reenganchando poco a poco al ejercicio "normal", que ya lo necesitaba.

Así que ya veis, toda una vida haciendo estiramientos en el parqué, corrigiendo la postura frente al espejo, siguiendo el compás de la música, respirando, relajándome, contando hasta ocho... qué recuerdos...