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Hasta luego, Lucila

Tenías noventa y siete años. Creciste en un mundo totalmente distinto al nuestro, en un pueblecito escondido entre montañas, en una época en la que la vida no era nada fácil; los lujos eran pocos y el trabajo mucho, como mucha era la nieve que caía durante el invierno, dejando a veces el pueblo incomunicado durante meses. Pero tú, mujer fuerte y sencilla como buena valdeonesa, sabías pasar por la vida no sólo superando las dificultades, sino también ayudando y acogiendo por el camino a todo aquel que lo necesitaba.

Y así fueron pasando los años: tus hijas crecieron, llegaron los nietos, y también éstos crecieron y te dieron bisnietos... y el mundo mientras tanto ha ido cambiando. Tus bisnietos crecerán usando teléfonos móviles, internet y Skype; podrán viajar en avión a lugares remotos, aprender idiomas, y conocer gente de todas las razas y culturas. Podrán algún día formar su propia familia, tener sus propios hijos, nietos y bisnietos. Y todo eso lo podrán hacer gracias a ti, que tres generaciones antes, estuviste en este mundo abriéndoles camino. Como decía mi abuela con gran sabiduría, "aquellos tiempos trajeron éstos..."

La verdad es que no puedo decir que te conociera muy a fondo, ni que tuviéramos la oportunidad de pasar mucho tiempo juntas. Pero agradezco el tiempo que he podido compartir contigo, y lo que sí puedo decir es que me habéis enseñado mucho sobre la vida, tú y aquel pueblecito perdido en las montañas al que hoy has vuelto para descansar por fin.

Hasta luego Lucila, y gracias. Te echaremos de menos.