Violinistas en el metro

La vida está llena de pequeños detalles, de esos que pasan desapercibidos cuando estamos ensimismados pensando en otras cosas, que es la mayoría de las veces. Andamos demasiado a menudo con el piloto automático puesto, agobiándonos por el futuro o dándole vueltas al pasado, y nos perdemos el presente.

Y claro, si se nos pasan por alto todos los detalles que hacen que cada día sea único e irrepetible, ¿cómo no nos va a parecer que vivimos en el día de la marmota?

Pero si conseguimos bajar un poco el ritmo, y nos centramos en estar presentes y atentos como nos enseña la práctica del mindfulness, empezamos a notar cosas maravillosas y sorprendentes, estemos donde estemos. Porque en todas partes hay belleza, si la sabemos ver.

Una historia muy chula que escuché hace poco y que tiene que ver con esto (¡gracias Paz!) es un experimento que se hizo hace unos años en Estados Unidos. Un violinista famosísimo, uno de los mejores del mundo, se puso a tocar de incógnito con su violín Stradivarius en una estación de metro de Washington D.C., en plena hora punta. Estuvo casi tres cuartos de hora tocando, y en todo ese tiempo, tan sólo siete personas se pararon a escuchar su música, y sólo una de ellas le reconoció. Los demás pasaron de largo, inmersos en las prisas y el estrés de sus preocupaciones diarias… ¿Es así de verdad como queremos vivir, pasando siempre de largo por la vida, para luego andar quejándonos de la monotonía y la rutina?

Lo bueno es que podemos romper ese ciclo. Cada mañana al despertarnos, podemos elegir entre poner el piloto automático y vivir otro día de la marmota, o cambiar nuestra mirada y dejarnos sorprender por los «violinistas del metro»: una puesta de sol espectacular, la alegría de tus hijos al llegar a casa, charlar con un ser querido…

Mi «violinista» de hoy es darme cuenta de que éste es el post número cincuenta del blog 🙂 ¿Y el tuyo?

Go raibh mile maith agat

Esta semana ha sido San Patricio, y por todo el mundo ha habido celebraciones de todo lo relacionado con Irlanda y los irlandeses, incluido su idioma autóctono: el gaélico.

Yo presumía de que se me daban bien los idiomas hasta que me mudé a Irlanda y me topé con el gaélico… Es un idioma que me resulta muy curioso, pero también muy complicado de aprender; me llevó años aprender a decir algo tan sencillo como «gracias».

Pero bueno, también hay que decir que dar las gracias en gaélico no es tan sencillo como en inglés o en español…

Esta taza fue un regalo de cumpleaños (¡gracias Irene!), y dice literalmente «mil gracias». Es de las poquitas cosas que sé decir en gaélico, junto con los colores, los números del uno al diez, y los nombres más típicos de chico y de chica, que fui aprendiendo a base de conocer gente con esos nombres y no tener ni idea de cómo pronunciarlos 🙂

Por suerte, no es necesario saber gaélico para vivir y desenvolverse a diario aquí en Irlanda, con el inglés es más que suficiente. Los niños sí que lo aprenden desde pequeñitos en el cole, y aunque no sea un idioma que les vaya a servir para comunicarse en otros países, sí que les ayuda a conservar el legado y las tradiciones de este país.

Además, aprender idiomas en general nos ayuda a abrir la mente, porque obliga a nuestro cerebro a pensar de otra manera, y nos permite explorar mediante la palabra otras formas de ver el mundo diferentes a la nuestra. Así que bienvenido sea lo mucho o lo poco que aprendamos.

De momento, aquí os dejo otra vez el mensaje de la taza, que aprovecho para daros las gracias por estar aquí y leerme cada semana:

Go raibh mile maith agat

101100

Estos son los años que he cumplido esta semana: 101100.

En formato binario, por supuesto, haciendo honor a mi formación en informática y al título de este blog 🙂

Pero como las personas somos mucho, muchísimo más que una sola identidad, y además porque nunca me ha gustado esa división entre ser «de ciencias» o «de letras» (que al menos en España hace unos años se llevaba mucho), os lo cuento también con letras:

Estos son los años que he cumplido esta semana: XLIV, en números romanos.

Y ya si nos ponemos muy «frikis» (que es un término con el que sí que me identifico, porque, si lo piensas, en el fondo todos somos «frikis» de algo), lo podemos poner en hexadecimal también: 0x2C.

La única pena es que no lo he podido poner en un código de escritura que me hubiera hecho mucha ilusión, pero que por desgracia sólo tiene símbolos para las letras, y no para los números… Igual un día llevo mi frikismo al extremo y me invento los números en Dada Urka 🙂

No te detengas

Hoy os traigo una poesía de Walt Whitman, para los días en que apetece decir aquello de «que paren el mundo, que yo me bajo»…

close up of open book on a table, against dark background
No dejes que termine el día sin haber crecido un poco, sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.

No te dejes vencer por el desaliento. No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte, que es casi un deber.

No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.

No dejes de creer que las palabras y las poesías sí pueden cambiar el mundo.

Pase lo que pase, nuestra esencia está intacta. Somos seres llenos de pasión. 

La vida es desierto y oasis. Nos derriba, nos lastima, nos enseña, nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia.

Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa: tú puedes aportar una estrofa.

No dejes nunca de soñar, porque en sueños es libre el hombre.

No caigas en el peor de los errores: el silencio.

La mayoría vive en un silencio espantoso. No te resignes. 

Huye. «Lanzo mis gritos por los tejados de este mundo», dice el poeta.

Valora la belleza de las cosas simples. Se puede hacer bella poesía sobre las cosas pequeñas, pero no podemos remar en contra de nosotros mismos. Eso transforma la vida en un infierno.

Disfruta del pánico que te provoca la vida que tienes por delante.

Vívela intensamente, sin mediocridad.

Piensa que en ti está el futuro, y encara la tarea con orgullo y sin miedo.

Aprende de quienes puedan enseñarte. Las experiencias de quienes nos precedieron, de nuestros «poetas muertos», te ayudan a caminar por la vida.

La sociedad de hoy somos nosotros: los «poetas vivos».

No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas.

Yo conocía sólo el principio de este poema, hasta hoy no lo había leído entero, y la verdad es que me ha encantado, se le puede sacar tanto jugo a cada una de las líneas…

Por cierto, gracias a esto ya sabemos de dónde salió el nombre de la película «El club de los poetas muertos» 🙂 (Si no la habéis visto, os la recomiendo, y si la habéis visto, también, que es de las que merece la pena repetir después de todos estos años)