¡A cantar! (y bailar)

Una frase que me impactó mucho cuando la descubrí hace años (¡gracias Gleb!) fue ésta:

No music, no life.

Que viene a ser más o menos «sin música, no hay vida». Muy radical… Y seguramente muy cierto.

Porque, ¿A quién no le gusta la música? Vale, puede ser que no coincidamos todos en gustos musicales, y es que tampoco tenemos por qué, gracias a eso existe tanta variedad de estilos. Pero no podemos negar que la música tiene el poder de conectarnos, de hacernos vibrar, de emocionarnos. Es un lenguaje universal. Y si además le añadimos movimiento, todavía más.

Yo no sé tocar ningún instrumento (a no ser que cuenten lo poco de flauta que aprendí en el cole y las cuatro melodías que tocaba con mi teclado Casio PT-1), pero lo que sí me gusta mucho es cantar. En el trabajo tenemos la suerte de tener un coro, y este mes hemos empezado a cantar juntos otra vez en persona, ¡qué ilusión! 🙂

El primer día de ensayo presencial, después de dos años cantando por Zoom a micro cerrado y sin poder escucharnos unos a otros, nos llevamos la agradable sorpresa de que no sonábamos tan mal. Y el segundo día, la sorpresa fue tener que aprendernos una mini coreografía para nuestra canción… Toma ya, doble reto para el cerebro: cantar sin mirar la letra, ¡y hacer los pasos de baile al mismo tiempo! Nos hubiera venido muy bien tener un poco más de espacio (estábamos algo apretujados ensayando) y un espejo grande como en las clases de ballet, pero bueno, yo diría que nos apañamos bastante bien.

Fue una sensación estupenda la de volver a conectar y disfrutar juntos de la música, cantando y moviéndonos al compás. No estamos todavía para poder actuar ni mucho menos, pero esa no es la cuestión (aunque todo llegará, espero). La recompensa que nos llevamos de cada ensayo es un subidón enorme de energía y buen rollo, y empezar la tarde de trabajo mucho más relajados y sonrientes.

Así que, si quieres, te propongo un experimento. La próxima vez que te sientas abatido, atascado en un problema, o de alguna manera bajo de energía, ponte un poco de música, empieza a moverte, y mira a ver qué pasa 🙂

Desde aquí

Hace tiempo oí un chiste que es supuestamente irlandés, aunque por lo visto hay muchas versiones de distintos países: un turista que anda perdido por una zona rural se para a preguntarle a un paisano cómo llegar a una ciudad determinada (pongamos Cork), y el paisano, después de pasarse un buen rato haciéndose un lío con sus propias indicaciones, al final le dice: «bueno, es que si yo quisiera ir a Cork, ¡no empezaría por aquí!».

Vale, está claro: a veces desearíamos que las cosas fueran diferentes. Querríamos estar «en otro sitio», haber llegado ya adonde creíamos que deberíamos llegar. O quizá preferiríamos haber tomado un camino distinto. Pero el caso es que, dondequiera que sea que estemos ahora, ése es nuestro «aquí», no hay más vuelta de hoja.

Así que tenemos dos opciones: seguir quejándonos por estar donde estamos y por cómo hemos llegado hasta aquí, o aprender de ello y empezar de una vez a caminar hacia donde queremos estar.

Aquí va una cita anónima que creo que lo resume bien:

Aunque no puedes volver atrás y empezar otra vez, puedes empezar desde ahora y tener un final totalmente nuevo.

Y tú, ¿dónde estás, y adónde quieres ir? ¿Y quieres seguir perdiendo el tiempo dándole vueltas, o estás ya listo para empezar a caminar?

Jugando a las damas

Mi hija Eva, de siete años, está aprendiendo a jugar a las damas. Bueno, creo que ya había jugado alguna vez hace tiempo, pero por alguna razón llevábamos mucho sin jugar, y se le habían olvidado las reglas.

Jugar con Eva me trajo muchos recuerdos de cuando yo de pequeña jugaba a las damas con mi hermana Cristina, que fue quien me me enseñó. ¡Y vaya palizas que me daba! No recuerdo haberle ganado nunca… En mi defensa diré que es seis años mayor que yo, y de pequeños, esa diferencia de edad se nota mucho. Ahora parece ella más joven que yo, pero eso ya es tema para otro post 🙂

El caso es que una de las cosas que más recuerdo era la cara de tonta que se me ponía cuando no lo veía venir, y de pronto ella me comía dos o tres piezas de un tirón. Creo que no era exactamente el perder lo que me hundía (perder a los juegos nunca me ha importado demasiado), sino la sensación de impotencia de no saber jugar bien, y de no poder hacer nada para remontar la partida.

Y claro, ahora la que siente esa impotencia, partida tras partida, es Eva. No sabe lo bien que la comprendo.

Todos hemos pasado por experiencias parecidas, cuando empezamos a aprender algo nuevo y se nos da fatal, o al menos eso creemos; en realidad es que todavía no sabemos hacerlo, es esa fase del aprendizaje que llamamos de incompetencia consciente. Es algo inevitable. Y puede ser muy, muy frustrante, sobre todo cuando hace mucho que no salimos de nuestra zona de confort, y estamos acostumbrados a que las cosas nos salgan bien. A nadie le gusta sentirse torpe e inútil, como un pez fuera del agua.

Pero se nos olvida que todo aprendizaje necesita su proceso, y eso lógicamente lleva su tiempo. Lo importante es seguir practicando, tener perseverancia, e ir aprovechando los «errores» para mejorar la técnica, la estrategia, o lo que sea que nos haga falta.

A mí los juegos de mesa siempre me han parecido un buen ensayo para la vida, una buena manera de aprender habilidades que luego podemos aplicar a cualquier otra cosa. Pensando en el ejemplo de esta semana con las damas, se me ocurren unas cuantas cosas:

  • Gestionar emociones como la tristeza, el enfado y la frustración.
  • Tener paciencia con uno mismo y con los demás.
  • Centrarse en aprender y mejorar, más que en el hecho de ganar o perder.
  • Permitirse ser imperfecto y cometer errores.
  • Observar para darse más cuenta de lo que está pasando, y poder ver venir las jugadas del contrario.

Y a ti, ¿qué te han enseñado los juegos? ¿Hay alguno que te resultara especialmente frustrante?

Curiosidad

Esta semana he tenido la suerte de hacer un poquito de vida social, saludar a varios conocidos que hacía tiempo que no veía, y hasta conocer gente nueva. ¡Gente nueva! ¡Y en persona, qué alegría! Después de más de dos años trabajando desde casa y saliendo poco por unas razones o por otras, me pareció todo un lujo.

Se me había olvidado ya esa sensación de curiosidad que tengo al presentarme a alguien que no conozco y empezar una conversación. Como todo es nuevo, parto desde cero, sin expectativas, y me voy dejando sorprender por la otra persona, a medida que voy descubriendo poco a poco algunas «piezas» de su puzzle.

white puzzle pieces on blue surface

Porque eso es lo que somos cada uno de nosotros, un puzzle único y especial, compuesto por muchísimas piezas. Lo malo es que a veces, una vez que vemos un par de piezas de una persona, ya tendemos a asumir que sabemos cómo es su puzzle entero: sin querer, rellenamos los huecos basándonos en nuestra propia experiencia, metiendo nuestros prejuicios, creencias, valores… Y es cuando caemos en la trampa de juzgar y criticar.

Pero es que el puzzle de la otra persona no es el mismo que el nuestro, por mucho que, vistos desde fuera, se puedan parecer un poco. Cada persona experimenta el mundo de una forma diferente, tiene una historia y una trayectoria de vida diferente, y las piezas de un puzzle no encajan en el otro.

¿Y esto cómo lo arreglamos? Con una actitud de curiosidad, hacia los demás y también hacia nosotros mismos. Si no presuponemos que ya sabemos, buscaremos comprender, e investigaremos. Y cuanto más descubramos, mejor nos entenderemos nosotros y entenderemos a los demás.

El antídoto para la crítica es la curiosidad.

Sir John Whitmore

Presencia

Hoy os traigo una cita con la que me he topado esta semana, sacada de un libro sobre gestión de equipos que se llama Software for your head («software para tu cabeza»). Tengo que admitir que el libro en sí no me lo he leído, aunque me parece que tiene muy buena pinta, y al menos el título pega mucho con el espíritu de este blog 🙂

Ya sea que los miembros de un equipo estén desperdigados por el mundo o apretados hombro con hombro en filas de cubículos, la distancia siempre es el problema principal que surge entre colaboradores. El remedio para la distancia es la presencia. Claramente, es más fácil distinguir las dificultades generadas por la distancia cuando un equipo está disperso geográficamente, y los problemas se suelen atribuir más a los kilómetros que a las mentes. Sea cual sea su situación geográfica, la tarea principal de cualquier equipo es superar la distancia. Pero lo que debe superarse es la distancia psicológica entre las mentes de las personas, más que el espacio físico que haya entre sus cuerpos.

Jim & Michelle McCarthy – Software for your head

El libro se escribió hace más de veinte años, y si este párrafo ya era cierto seguramente entonces, yo diría que ahora lo es todavía mucho más, tanto dentro como fuera del entorno laboral. Vivimos tan distraídos en nuestra vida en general, tenemos normalmente la atención tan dispersa, que nos cuesta estar de verdad presentes con la persona que tenemos delante en cada momento. A menudo estamos sin estar realmente. O estamos, pero a medias, dedicando sólo un cachito de nuestra atención a la otra persona. Y lo peor de todo es que nos hemos acostumbrado a vivir así, lo consideramos normal, y tenemos todo tipo de excusas para justificarlo.

Pero cuando hacemos el esfuerzo y de verdad estamos presentes, aparcando durante un rato todas las distracciones, se nota la diferencia, y mucho,. La conexión se vuelve más profunda, el momento compartido es más valioso. Y si estamos en un entorno laboral, lo más seguro es que la comunicación sea más eficiente y ayude mucho a sacar adelante el trabajo.

Así que estemos donde estemos, acordémonos de que el mejor regalo que podemos hacer a los demás es nuestra presencia, nuestra atención plena, durante el tiempo que pasemos con ellos. Familiares, amigos., compañeros de trabajo, da igual quien sea. Y la distancia deja de importar.

Frases intraducibles: spread too thin

Estas dos últimas semanas para mí han sido un poco de locura: se me han juntado bastantes tareas y reuniones en el trabajo, unas planificadas y otras no, y la verdad es que he estado bastante liada.

Y como suele pasar, no es que estuviera muy ocupada con una sola cosa en particular, sino que tenía que estar pendiente de varias a la vez, con lo que me pasaba el día en estado de alerta, con la atención repartida (o más bien dispersa), y continuamente cambiando de una tarea a otra.

¿Os suena?

Menos mal que sólo han sido dos semanas, y que ahora viene una época más tranquila, que si no, me hubiera resultado agotador.

Y todo esto me recuerda a otra de esas expresiones que me gustan mucho pero me resultan intraducibles, o que al menos yo no consigo traducir de manera elegante del inglés al español: to be spread too thin (literalmente, estar «untado» o «extendido» demasiado fino). No estoy segura de si la frase vendrá de ahí, pero recuerdo haber leído algo muy parecido en El Señor de los Anillos, en palabras de Bilbo Bolsón:

“Me siento frágil, disperso, como mantequilla untada sobre demasiado pan.”

Creo que todos en algún momento de nuestra vida nos hemos podido sentir así. ¿Y qué podemos hacer? Pues se me ocurren varias cosas:

  • Darnos cuenta de lo que nos está pasando, y reconocer cómo nos afecta física, mental y emocionalmente. Éste es el primer paso: una vez que lo sabemos, ya podemos hacer algo al respecto.
  • Reducir todo lo posible (o incluso aún mejor, eliminar) el hacer varias cosas a la vez, el famoso multitasking. Ya os explicaré con más calma en otro post por qué el multitasking no funciona, pero que sepáis que no funciona, aunque a nosotros nos parezca que sí 🙂
  • Descansar y cuidarnos todo lo que podamos durante este tiempo: horas de sueño, buena dieta, un poco de ejercicio y aire fresco… (nótese que no cuento ver Netflix, ni mirar las redes sociales en el móvil «para desconectar», eso en mi opinión tampoco funciona, no nos relaja de verdad)
  • Lo que no podamos evitar, tomárnoslo con la mayor calma posible. Esto puede parecer paradójico, pero pensándolo bien: si a la presión que ya está ahí le añadimos otra capa con nuestra propia preocupación, no vamos a conseguir reducir el estrés, sino todo lo contrario, lo aumentaremos. Con paciencia y buen humor, se nos hará más llevadero.
  • Y también muy importante aunque no siempre se nos ocurra: lo que podamos evitar… ¡evitarlo! Aquí me gusta utilizar las cuatro Ds que enumera David Allen en su libro Getting Things Done:
    • Do it (= hazlo ya, si te lleva menos de dos minutos),
    • Defer it (= retrásalo, ponlo en tu agenda para más adelante),
    • Delegate it (= delégalo, que lo haga otro), o
    • Delete it (= bórralo, no es el fin del mundo si no se hace).

¿Estás de acuerdo con estas estrategias? ¿Se te ocurre alguna más? ¿Cómo lidias tú con la sensación de estar «untado demasiado fino»?

Recordatorio

Cuántas veces nos pasa que, sin darnos cuenta, nos ponemos el listón demasiado alto, y nos criticarnos por no llegar a nuestras propias expectativas… Dejamos que nuestro saboteador particular (esa vocecita mental que no deja de incordiar) tome el mando y nos machaque, no reconociendo lo que valemos realmente. Y así, nos convertimos en nuestro propio peor enemigo.

Para esos momentos, desde el pasillo de mi casa os traigo este recordatorio:

Recuerda siempre que eres más valiente de lo que crees, más fuerte de lo que pareces, más inteligente de lo que piensas, y el doble de hermos@ de lo que nunca llegaste a imaginar.

¿Qué se te pasa por la cabeza al leer esta frase? ¿Te la crees? ¿Qué te falta para poder creértela? Si se la estuvieras leyendo en voz alta a tu amigo o amiga y no se la creyera, ¿qué le dirías?

¿Y si tú pudieras ser tu propio mejor amigo?

Violinistas en el metro

La vida está llena de pequeños detalles, de esos que pasan desapercibidos cuando estamos ensimismados pensando en otras cosas, que es la mayoría de las veces. Andamos demasiado a menudo con el piloto automático puesto, agobiándonos por el futuro o dándole vueltas al pasado, y nos perdemos el presente.

Y claro, si se nos pasan por alto todos los detalles que hacen que cada día sea único e irrepetible, ¿cómo no nos va a parecer que vivimos en el día de la marmota?

Pero si conseguimos bajar un poco el ritmo, y nos centramos en estar presentes y atentos como nos enseña la práctica del mindfulness, empezamos a notar cosas maravillosas y sorprendentes, estemos donde estemos. Porque en todas partes hay belleza, si la sabemos ver.

Una historia muy chula que escuché hace poco y que tiene que ver con esto (¡gracias Paz!) es un experimento que se hizo hace unos años en Estados Unidos. Un violinista famosísimo, uno de los mejores del mundo, se puso a tocar de incógnito con su violín Stradivarius en una estación de metro de Washington D.C., en plena hora punta. Estuvo casi tres cuartos de hora tocando, y en todo ese tiempo, tan sólo siete personas se pararon a escuchar su música, y sólo una de ellas le reconoció. Los demás pasaron de largo, inmersos en las prisas y el estrés de sus preocupaciones diarias… ¿Es así de verdad como queremos vivir, pasando siempre de largo por la vida, para luego andar quejándonos de la monotonía y la rutina?

Lo bueno es que podemos romper ese ciclo. Cada mañana al despertarnos, podemos elegir entre poner el piloto automático y vivir otro día de la marmota, o cambiar nuestra mirada y dejarnos sorprender por los «violinistas del metro»: una puesta de sol espectacular, la alegría de tus hijos al llegar a casa, charlar con un ser querido…

Mi «violinista» de hoy es darme cuenta de que éste es el post número cincuenta del blog 🙂 ¿Y el tuyo?

Go raibh mile maith agat

Esta semana ha sido San Patricio, y por todo el mundo ha habido celebraciones de todo lo relacionado con Irlanda y los irlandeses, incluido su idioma autóctono: el gaélico.

Yo presumía de que se me daban bien los idiomas hasta que me mudé a Irlanda y me topé con el gaélico… Es un idioma que me resulta muy curioso, pero también muy complicado de aprender; me llevó años aprender a decir algo tan sencillo como «gracias».

Pero bueno, también hay que decir que dar las gracias en gaélico no es tan sencillo como en inglés o en español…

Esta taza fue un regalo de cumpleaños (¡gracias Irene!), y dice literalmente «mil gracias». Es de las poquitas cosas que sé decir en gaélico, junto con los colores, los números del uno al diez, y los nombres más típicos de chico y de chica, que fui aprendiendo a base de conocer gente con esos nombres y no tener ni idea de cómo pronunciarlos 🙂

Por suerte, no es necesario saber gaélico para vivir y desenvolverse a diario aquí en Irlanda, con el inglés es más que suficiente. Los niños sí que lo aprenden desde pequeñitos en el cole, y aunque no sea un idioma que les vaya a servir para comunicarse en otros países, sí que les ayuda a conservar el legado y las tradiciones de este país.

Además, aprender idiomas en general nos ayuda a abrir la mente, porque obliga a nuestro cerebro a pensar de otra manera, y nos permite explorar mediante la palabra otras formas de ver el mundo diferentes a la nuestra. Así que bienvenido sea lo mucho o lo poco que aprendamos.

De momento, aquí os dejo otra vez el mensaje de la taza, que aprovecho para daros las gracias por estar aquí y leerme cada semana:

Go raibh mile maith agat

101100

Estos son los años que he cumplido esta semana: 101100.

En formato binario, por supuesto, haciendo honor a mi formación en informática y al título de este blog 🙂

Pero como las personas somos mucho, muchísimo más que una sola identidad, y además porque nunca me ha gustado esa división entre ser «de ciencias» o «de letras» (que al menos en España hace unos años se llevaba mucho), os lo cuento también con letras:

Estos son los años que he cumplido esta semana: XLIV, en números romanos.

Y ya si nos ponemos muy «frikis» (que es un término con el que sí que me identifico, porque, si lo piensas, en el fondo todos somos «frikis» de algo), lo podemos poner en hexadecimal también: 0x2C.

La única pena es que no lo he podido poner en un código de escritura que me hubiera hecho mucha ilusión, pero que por desgracia sólo tiene símbolos para las letras, y no para los números… Igual un día llevo mi frikismo al extremo y me invento los números en Dada Urka 🙂