Ventanas al mundo

Esta semana oí un comentario en la radio que me pareció curioso: decían algo así como que muchos jóvenes de hoy en día consideran que se puede saber más de cómo es realmente una persona por los libros que posee que por su perfil en redes sociales. ¿Tú qué opinas?

Yo de redes sociales tampoco es que sepa mucho, así que, por ese lado, prefiero no opinar, más allá de repetir lo típico de que sólo nos muestran un cachito minúsculo de la vida de una persona, muchas veces cuidadosamente seleccionado, y que en ningún caso es la historia completa ni muchísimo menos.

De libros igual sí que sé un poco más. Seguramente ya os habré contado que crecí en una familia con muchos, muchísimos libros en casa, y he pasado muuuchas horas leyendo a lo largo de mi vida, costumbre que quiero volver a retomar porque, por desgracia, la he ido perdiendo… Pero bueno, podríamos decir que yo también he heredado esa debilidad por la lectura, y he intentado inculcársela también a mis hijas.

(Cartel visto en un Corte Inglés de Madrid este verano: «Cada libro es una ventana al mundo. Asómate y lee.»)

Este verano estuve haciendo limpia de algunos de los libros de mi padre, y sí que es verdad que reflejaban mucho sus intereses y aficiones: libros de política, de historia, de arte… Pero yo creo que la clave no es que fueran precisamente libros, sino que simplemente eran sus cosas, las que eligió tener en su casa porque le gustaban y las utilizaba. Para mi padre, la lectura era una parte muy importante del día a día; para otras personas, serán otras cosas.

Así que yo quizá cambiaría un poco la frase para decir que se puede saber más de cómo es realmente una persona visitando su casa, o su habitación: el lugar que considera su entorno y que pone a su gusto, reflejando sin darse cuenta su carácter y sus preferencias. En nuestra casa hay muchos libros, sí, pero también hay juegos, y otras muchas cosas que reflejan cómo somos y lo que es importante para nosotras.

Dicen que un libro es una ventana al mundo; quizá la ventana a una persona no sean sus redes sociales, sino el lugar donde vive y se permite ser él mismo.

Reto sobre reto

Bueno, pues ya llevamos una semanita de septiembre; ¿tú qué tal lo llevas?

Yo, si recordáis, la semana pasada me propuse un reto para los 30 días del mes, y os dije que os iba a ir contando mis progresos (lo cual es un truco estupendo para aumentar las probabilidades de éxito).

El caso es que ya bastante reto ha sido la primera semana entera de vuelta a la rutina, con horarios completos de colegio, instituto y oficina incluidos, e invitados en casa el fin de semana (¡gracias, primos!). Con todo y con eso, empecé muy bien (como suele pasar), dedicando cada día un rato a hacer ejercicio de distintas maneras: paseo, yoga, máquina de remo… Y todo iba estupendamente hasta que se me cruzó el jueves, que no paré en todo el día, y no fui capaz de hacerle un huequito al ejercicio.

Si alguna vez habéis hecho un reto de este tipo, o habéis establecido (o intentado establecer) un hábito nuevo, lo más seguro es que os hayáis topado también con este problema: ¿qué pasa si, por lo que sea, te saltas un día? ¿Hay que darlo ya todo por perdido?

Nuestra tendencia natural puede ser a pensar así, en términos absolutos (o, podríamos decir, en términos binarios, haciendo honor al título de este blog): todo o nada, blanco o negro. Si no he conseguido terminarlo entero, entonces es como si no hubiera hecho nada… Nuestro cerebro simplifica de esta manera para ahorrar energía, y también porque no le gusta nada la incertidumbre, así que busca una respuesta categórica (y si no la encuentra, se la inventa). Siguiendo ese razonamiento supersimplificado, saltarse un día equivale a fracasar; ya no hay nada que hacer, la racha de 30 días se ha roto, así que más nos vale tirar ya la toalla.

Pero hay otras formas de pensar en la misma situación que son igualmente válidas y mucho más productivas, que nos animan a seguir avanzando en lugar de hundirnos en la miseria:

  • Por ejemplo, podría elegir quedarme con el hecho de que he conseguido hacer ejercicio de forma intencionada durante seis días de siete, lo cual ya es muchísimo más de lo que habría hecho de no estar siguiendo el reto.
  • También podría darme al menos algo de crédito por mantenerme más activa en general, subiendo y bajando escaleras en la oficina, saliendo a la calle a caminar más a menudo, etc.
  • Incluso podría felicitarme por al menos haber empezado, y por haber retomado la racha después del día que me salté.

¡Si hasta Duolingo te perdona cuando te saltas un día de práctica! Básicamente, porque saben que los seres humanos no somos perfectos, y que estas cosas pasan; mantener la constancia cuesta mucho.

(Cartelito visto el año pasado en el centro comercial de Dundrum, con una frase de Seth Godin: «Lo único peor que empezar algo y fracasar… es no empezar algo.»)

También podríamos ir más allá, y aprovechar la ocasión para mirar hacia adentro e investigar lo que puede haber detrás de ese pequeño «fracaso»: ¿qué es lo que de verdad me ha impedido cumplir con mi compromiso?¿Estoy alineando mis prioridades diarias con lo que considero importante en mi vida? ¿De qué manera me puedo estar autosaboteando?

Y aquí es donde viene muy bien conocer nuestros patrones de personalidad, para dar todavía más en el clavo con las razones por las que hacemos muchas de las cosas que hacemos, y poder explicar esas contradicciones que a veces nos vuelven locos (o vuelven locos a nuestros seres queridos). Y eso es lo que va a marcar la diferencia entre seguir tropezándonos siempre con la misma piedra o por fin conseguir entender el camino y que nos sea más fácil avanzar.

¿Qué, te animas? Échale un vistazo a la página de servicios, contacta conmigo y lo hablamos.

Reto de 30 días

¿Qué opinas de los retos de 30 días? ¿Alguna vez has hecho alguno?

Ahora que está a punto de empezar septiembre, es un muy buen momento para planteárselo (y me acabo de dar cuenta de que hace dos años escribí prácticamente lo mismo, cuando me propuse el reto de 30 citas en 30 días).

(Foto de la página de septiembre del calendario que tengo en la cocina de mi casa.)

Este año, en el trabajo, nos han animado a buscarnos un reto para septiembre que tenga algo que ver con el número 30; así, de paso, conmemoramos que hace 30 años que la empresa abrió su primera oficina en Irlanda. Yo he elegido algo tan sencillo (espero) como hacer un ratito de ejercicio todos los días del mes; a ver qué tal se me da, ya os iré contando.

Por cierto, eso del «ya os iré contando» no es ninguna tontería: ahora que me he comprometido delante de todos vosotros a hacer ejercicio 30 días seguidos, y que os voy a tener que contar cada semana si lo he hecho o no, acabo de aumentar considerablemente mis probabilidades de seguir adelante y completar el reto. El tener que rendir cuentas a otra persona es un truco buenísimo para mantener la motivación.

¿Por qué? Porque a nuestro cerebro le cuesta mucho ver los posibles beneficios de un hábito saludable, ya que sólo se notan a largo plazo, y el cerebro está programado para ayudarnos a sobrevivir a corto plazo. Por eso nos apetece mucho más tumbarnos en el sofá, y así conservar energía, que levantarnos e ir al gimnasio…

Ahora bien, si quedándonos en el sofá nos enfrentamos a la vergüenza de tener que admitir ante los demás que no hemos cumplido con nuestra promesa de ir al gimnasio, entonces ya la cosa cambia: la consecuencia, en este caso el castigo, es mucho más inmediato y tangible.

Así que te animo a utilizar este truco a tu favor cuando quieras establecer un hábito: cuéntaselo a todo el mundo, y ya verás cómo sí que lo haces, ¡si no quieres que se te caiga la cara de vergüenza! O si no es a todo el mundo, al menos cuéntaselo a una persona; es lo que en inglés llamamos un accountability partner, un término que no parece tener buena traducción al español (otro para la lista de intraducibles), pero que, básicamente, es un compañero al que rendirle cuentas. Y si el compañero también está trabajando en el mismo reto, pues mejor que mejor, os podéis rendir cuentas el uno al otro, y así los dos salís ganando.

Y tú, ¿qué reto te planteas para este mes de septiembre? ¿Y quién va a ser tu compañero al que rendir cuentas?

Expresiones intraducibles: to pack light

Hacía tiempo que no le dedicaba yo un artículo del blog a alguna frase o expresión de las que yo llamo intraducibles, que no es que sean exactamente imposibles de traducir, sino que pierden bastante la gracia (o, digamos, su elegancia) al traducirlas del inglés al español o viceversa.

La expresión de hoy es to pack light, y aquí el problema no es con la palabra light, que se traduce directamente como «ligero/a», sino con el verbo to pack, que en este contexto tiene una traducción mucho más larga y más torpe, al menos en el español de España: «hacer las maletas» (en otras versiones del español existe la palabra empacar, que sí que es más corta, pero a mí me resulta súper rara).

Para mí, la traducción que mejor transmite la idea detrás de to pack light es «ir ligero de equipaje», y en ambos idiomas, el significado va más allá del mero hecho de hacer las maletas: se refiere a una manera de viajar, y si me apuras, hasta a una filosofía de vida.

(Foto que le saqué con prisas una vez a una persona que vi por la calle, o más bien, a su bolsa. Me encantó ese dibujito de la línea que es de todo menos recta, metáfora del viaje de la vida; me recordó mucho a la imagen que utilicé hace unos años en este artículo.)

Yo reconozco que nunca he sido una persona de las que viajan ligeras de equipaje, y admiro muchísimo a los que son capaces de hacerlo. Aunque me gustaría pensar que he mejorado al menos un poquito con los años, en el fondo sigo siendo la reina de los «por-si-acasos»… Y a la hora de hacer las maletas, inevitablemente me asaltan las dudas y me paso de precavida, por lo que casi siempre me acabo llevando mucho más de lo que necesito, con la carga añadida (física y mental) que eso conlleva.

Todo esto me ha venido a la cabeza porque este fin de semana estamos de viaje las niñas y yo, haciendo una última escapadita antes de la vuelta al cole, y para variar, mientras yo he llenado la maleta casi hasta arriba, ¡a ellas les ha sobrado sitio! Podrían hasta haber compartido maleta. Tengo muuuucho que aprender de ellas.

Pero también hay otra manera en la que podemos pensar en el concepto de «ir ligeros de equipaje», y es en relación a nuestro equipaje emocional: todo ese peso con el que cargamos, consciente o inconscientemente (juicios, culpa, resentimiento…), y del que nos vendría muy bien liberarnos. Ese peso no va a desaparecer por arte de magia, por mucho que miremos para otro lado o intentemos taparlo. Pero sí que se puede aligerar, y mucho, a través de un trabajo profundo de toma de conciencia y desarrollo personal.

¿Y tú? ¿Ya viajas ligero de equipaje? ¿O sigues cargando con mucho más de lo que necesitas?

De vuelta a lo básico (otra vez)

Estamos a mediados de agosto, y tanto en Irlanda como me imagino que en España, los carteles y anuncios de la «vuelta al cole» ya están por todas partes.

Recuerdo que, de más joven, me daba mucha rabia verlos: me costaba aceptar que ya se acababa el verano, y que había que ir pensando en volver a la rutina del curso escolar.

(Foto de una página de mi cuaderno de dibujos «cuadriculados».)

Supongo que ahora me tomo las cosas con más filosofía; noto que me cuesta menos adaptarme a los distintos ciclos por los que va pasando la vida (y nosotros con ella). Como decía aquella canción, hay un momento para cada cosa, así que, centrémonos en hacer lo que toque en cada momento, y sobre todo, centrémonos en disfrutarlo y en aprender de ello, en lugar de simplemente resignarnos a sufrirlo.

Ahora que se va acercando el inicio de un nuevo curso escolar, igual te pasa como a mí, que ya tienes una lista enorme de tareas, proyectos y compromisos varios que encajar en el calendario, y te agotas solo de verlo…

Es el momento perfecto para tomar un poco de distancia y volver a lo más básico: asegurarnos de que nos estamos cuidando bien. para poder empezar el curso con las pilas cargadas, y armados con buenos hábitos que nos ayuden a mantener la energía y el entusiasmo.

Y tú, ¿Estás todavía en modo vacaciones, o ya volviendo? ¿Qué es lo que te toca hacer ahora?

P. D .- «Aquella canción», por si quieres buscarla, es una canción en inglés de los años sesenta; yo la recuerdo de la serie Aquellos maravillosos años. Se titula Turn, turn, turn, y es del grupo The Byrds:

To everything (turn, turn, turn), there is a season (turn, turn, turn)...

Generaciones

Escribo estas líneas desde el aeropuerto de Barajas, preparándome para volver a Dublín después de dos semanas de vacaciones en España.

Vuelvo cansada, pero también muy contenta: estos días me han cundido muchísimo. Han sido unas vacaciones ligeramente caóticas, con un par de cambios de planes sobre la marcha, pero al final ha resultado todo muy bien.

Y lo mejor, sin duda, ha sido poder conocer en persona a Mar, la primera bebé de la siguiente generación en nuestra familia, en un lugar donde el recuerdo de sus bisabuelos Ángel y Mari Carmen está siempre muy presente.

Otra generación más… Me parece muy curiosa la sensación que tengo a menudo, al juntarme con amigos, o incluso con mis hermanos, de que parece que no ha pasado el tiempo y que estamos como siempre… Hasta que miramos a nuestros hijos, a las nuevas generaciones, ¡y entonces sí que nos damos cuenta!

Como no podían faltar, aquí van unas cuantas citas para reflexionar sobre el tema:

Cada generación se imagina
más inteligente que la anterior
y más sabia que la posterior.

George Orwell

Debemos recordar a todas las generaciones
que hay tanto que aprender como que enseñar.

Gloria Steinem

Lo que una generación considera un lujo,
la siguiente lo ve como una necesidad.

Anthony Crosland

Y una que me ha hecho mucha gracia:

Desde la más remota antigüedad, los viejos han hecho creer a los jóvenes que son más sabios que ellos, y para cuando los jóvenes descubrían que eso era una tontería, ya eran viejos también, y les beneficiaba seguir con el engaño. - W. Somerset Maugham

Cerrado por vacaciones (III)

Como ya viene siendo tradición en este blog, escribo mi post vacacional desde mi lugar feliz, al que tengo la suerte de haber podido regresar un verano más (puedes leer artículos de años anteriores aquí y aquí).

(Foto sacada hoy, al atardecer, desde la «roca-casa» en la que tanto jugaba yo de pequeña.)

Un año más, lo nuevo y lo viejo se entremezclan al reencontrarme con ciertos lugares y ciertas personas: los recuerdos conviven con el aquí y ahora, creando una sensación de continuidad. En cierto modo, siempre es lo mismo, pero a la vez, nada es lo mismo.

Heráclito decía aquello de que no puedes bañarte dos veces en el mismo río, porque ni tú ni el río seréis los mismos, al estar todo en constante cambio. Y esta otra cita sigue con la misma idea:

No encontrarás a la misma persona dos veces,
ni siquiera si es la misma persona.

Mahmud Darwish

Me parece un buen recordatorio de que todos cambiamos con el tiempo (lo queramos o no), y de que debemos darnos permiso (y dárselo a los demás) para crecer, aprender y evolucionar como personas, cada uno a su manera y a su propio ritmo, aunque eso conlleve dejar de cumplir ciertas expectativas (ya os hablaré de la «culpa de crecimiento» en otro post más adelante).

Pero también tengo que decir que, al igual que pasa con algunos lugares, aunque las personas vamos cambiando poco a poco, hay una cierta continuidad que se mantiene a lo largo de los años. Una buena analogía para entenderlo podría ser la de un árbol: un cerezo puede crecer mucho o poco, y ponerse muy frondoso o quedarse raquítico, en función de diferentes factores como el clima, el sol, el agua, los nutrientes del suelo… Pero lo que no va a hacer nunca es convertirse en un pino, una encina o una palmera.

De la misma manera, las personas tenemos una determinada forma de ser, que por supuesto puede madurar y estabilizarse con el tiempo, pero que, salvo casos de trauma grave o similares, a grandes rasgos va a continuar siendo la misma. A nuestro cerebro le cuesta mucho cambiar, y lo hace muy poquito a poco; por eso es tan importante conocer herramientas que nos ayuden a aprovechar esa continuidad (en lugar de luchar contra ella) y convertirnos progresivamente en nuestra mejor versión.

Y tú, ¿qué lugares y qué personas recuerdas que te resultan a la vez familiares y diferentes?

Abuelos

Hoy, 26 de julio, es San Joaquín y Santa Ana, y en muchos países de tradición católica se celebra el día de los abuelos (San Joaquín y Santa Ana eran los padres de la Virgen María, y, por tanto, los abuelos del Niño Jesús).

(Figuritas de Willowtree que en su día les regalamos a mis padres y a mis suegros.)

¡Qué relación tan especial, la de los abuelos con sus nietos! Un puente entre generaciones.

Yo conocí a tres de mis cuatro abuelos; hoy los he tenido muy muy presentes. Y mis hijas, por suerte, han conocido a sus cuatro abuelos y han podido pasar tiempo con ellos muchos veranos y Navidades. Siempre recordaré a mi padre jugando con Irene, mi hija mayor, cuando tenía ella como dos añitos: ¡en el suelo, haciendo torres de megablocks! En la vida había visto yo a mi padre sentarse en el suelo a jugar con nosotros. Pero eso es precisamente lo que dicen, que la alegría que dan los nietos es diferente de la que se tiene con los hijos; a los hijos hay que educarlos, y a los nietos, disfrutarlos.

Ahora es a mi hermano y a mi cuñada a quienes les toca disfrutar de ser abuelos, y la verdad es que nunca los he visto tan felices. Yo también espero algún día convertirme en abuela (pero que quede claro que no hay prisa ninguna, ¿eh, chicas? Repito: NO HAY PRISA), y cuando llegue el momento, poder disfrutar de esa ternura y esa complicidad con mis nietos.

Y tú, ¿qué recuerdas de tus abuelos? ¿Estás de acuerdo con estas frases?

Un bebé se las arregla para convertir
a su padre en un hombre
y a su abuelo en un niño.

Angie Papadakis

Los abuelos son el mejor tipo de adultos.

(Anónimo)

No hay nada como unos nietos en tus brazos
para ponerte una sonrisa en la cara,
un nudo en la garganta y ternura en el corazón.

(Anónimo)

«Nosotros» y «ellos»

Escribo estas líneas poco después de terminar de ver la final del mundial de fútbol de 2026; ¡enhorabuena, España!

(Dibujo de la bandera de España, coloreado por Eva cuando tenía siete añitos.)

Los que me conocéis sabéis que soy poco aficionada a los deportes, y menos todavía al fútbol, con lo que no es habitual para mí lo de sentarme a ver un partido. Pero hoy, siendo la final, jugando España, y además estando Irene y Alicia en casa, hemos hecho una excepción y lo hemos sufrido, digooo, lo hemos disfrutado las tres juntas (te hemos echado de menos, Eva).

Por supuesto, me alegro mucho de que haya ganado España, creo que ha sido el equipo que mejor ha jugado. Pero tengo que decir que me he quedado con mal sabor de boca; he visto mucho mal rollo, mucha bronca y poca camaradería entre los dos equipos, y eso me da mucha pena. Como no tengo mucho con lo que comparar (no he visto absolutamente nada más del mundial), no sé hasta qué punto es «normal» que se comporten así los jugadores (y ya de paso, los entrenadores); yo espero que esto sea la excepción más que la norma, pero la verdad es que no las tengo todas conmigo…

Qué contraste con el número musical del entreacto, donde salían niños cantando al amor universal y dando la imagen de que todos somos amigos. No he podido evitar que me sonara a falso.

Quizá esa es una de las razones por las que, en general, no me atraen las competiciones deportivas: llevo muy mal esa mentalidad del enfrentamiento, del «nosotros contra ellos», que es una tendencia muy humana y muy natural, pero también muy peligrosa, o, cuando menos, poco productiva.

Como comenté en el post de las etiquetas, todo esto tiene una explicación evolutiva: el ser humano es un ser social y tribal por naturaleza. El pertenecer a un clan o a una tribu les permitió a nuestros ancestros sobrevivir y reproducirse, al poder protegerse unos a otros y colaborar para resolver problemas (cazar juntos, repartirse el trabajo, especializarse en distintas tareas, etc.)

Pero de la misma manera que el ser humano está diseñado para colaborar, también está diseñado para competir. Porque parte de pertenecer a una tribu implica defenderte de otras tribus enemigas, o incluso atacarlas, por el bien de tu propio grupo. Y aquí es donde empezamos a categorizar a otras personas como «de los nuestros» o «de los otros», creando una separación basada en reglas arbitrarias, y empiezan los problemas.

Si te fijas, estas divisiones y rivalidades están por todas partes: se ven muy claramente en las relaciones entre países, pero también entre regiones, ciudades o pueblos, departamentos o equipos en una empresa, instituciones educativas, selecciones deportivas, lados de una familia, y suma y sigue. Y el nivel de desconfianza y animosidad entre ambos lados puede ir desde el típico «pique» inofensivo hasta una hostilidad enquistada que alimente guerras generación tras generación, como desgraciadamente hemos visto muy a menudo.

Esto quizá sea la explicación de una de las mayores contradicciones del ser humano. ¿Cómo es posible que a veces seamos capaces de mostrar tanta empatía y compasión y, otras veces, ser tan crueles y agresivos unos con otros? Pues porque no aplicamos el mismo rasero para todo; por desgracia, la norma no es simplemente «no matarás», sino «no matarás… a los tuyos». Los otros ya son otra cosa. Los otros son el enemigo.

Una vez, hace años, me dieron un consejo buenísimo en el trabajo: cuando trabajes con alguien, procura que se sienta parte del «nosotros», porque, si no, va a pasar a ser parte de «ellos»; va a percibir esa distancia, y habrá más resistencia a colaborar. Yo hoy te invito a que mires atentamente a tu alrededor y descubras esas dinámicas de «nosotros contra ellos»; ¿de qué manera estás tú colaborando a ese ambiente? ¿Y qué puedes hacer para «traerte a los otros» y que todos os sintáis del mismo lado?

15 segundos para imaginar

Ya estamos casi a mediados de julio; ¿qué tal llevas el verano? ¿Mucho calor? (Si estás en el hemisferio norte, claro… No sé si tendré muchos lectores en el hemisferio sur, pero me gusta mencionarlo por si acaso.)

Yo este fin de semana me lo he tomado con muuuuucha calma, sin prisas, disfrutando de sentirme medio de vacaciones, aunque todavía me falta para las vacaciones de verdad. Y como una de las cosas que asocio con el verano y las vacaciones es leer, pues he aprovechado para leer un libro, que es algo que me encanta y que estoy procurando recuperar, por un lado, porque es súper entretenido y relajante, y me recarga un montón las pilas, y por otro, porque es un ejercicio muy beneficioso para el cerebro, al potenciar la imaginación, la capacidad de concentración, la memoria y muchas otras funciones cognitivas, además de ayudarnos a mejorar nuestro dominio del lenguaje.

Normalmente también diría que un beneficio añadido de la lectura es que nos da un descanso de las omnipresentes pantallas, pero resulta que, paradójicamente, este libro en concreto me lo he acabado leyendo en el móvil, ya que mi Kindle está viejecito y ya no se conecta a la wifi para cargar libros nuevos. En fin.

Todo esto de pensar en las pantallas y en la dependencia que tenemos hoy en día de ellas me ha traído un recuerdo de cuando veía la tele de pequeña; si tú también «fuiste a EGB» (o sea, si fuiste niñ@ en España en los años ochenta) a lo mejor lo recuerdas también.

Era un segmento del mítico programa de TVE la bola de cristal, y decía así:

«Tienes quince segundos para imaginar...»

(Pasaban quince segundos mostrando una imagen borrosa y con un sonido parecido al del tic-tac de un reloj)

«Si no se te ha ocurrido nada... A lo mejor deberías ver menos la tele»

Impresionante. Ya por entonces, a los adultos les preocupaba que los niños nos pasáramos muchas horas mirando «la caja tonta», como la llamaban algunos. Y no les faltaba razón.

(Foto de «Bibothy», prueba de que de momento en casa no tenemos que preocuparnos por la falta de imaginación…)

Pero es que ahora, lejos de mejorar, la situación ha empeorado. Ya no hay una sola «caja tonta» en cada casa; lo que hay son todo tipo de dispositivos, a menudo varios por persona, compitiendo constantemente por nuestra atención. Y no sólo en casa: en la calle, en el coche, en las tiendas, en bares y restaurantes… Es un bombardeo constante de información, una fuente ininterrumpida de estimulación, y nuestro cerebro no está preparado para tal volumen.

La mente necesita un descanso de vez en cuando. Un descanso de pantallas, y también de otras fuentes de estimulación, como pueden ser unos auriculares reproduciendo música o podcasts durante horas y horas. El cerebro necesita periodos de silencio para poder funcionar correctamente. Para poder procesar la información que ha recibido, y también para poder pasar de un modo más pasivo y consumista a un modo más activo, el que nos lleva a crear, a imaginar, a resolver problemas, etc.

Pero claro, esos huecos de silencio no suelen aparecer por las buenas; tenemos que crearlos nosotros, y eso no es fácil, ni mucho menos. Porque las pantallas nos ofrecen unos chutes de satisfacción a corto plazo que a nuestro cerebro le encantan, y por eso, nos pide más. Casi cualquier otra cosa que hagamos, en comparación, le parecerá sosa y aburrida, al menos al principio; por eso es tan fácil dejarse llevar por las pantallas, y hace falta tanta fuerza de voluntad para romper el hábito y ponerse a hacer otras cosas.

Esto es lo mismo que ocurre, por cierto, con la dieta y el ejercicio: nuestro cerebro está optimizado para ayudarnos a sobrevivir a corto plazo, y siguiendo esta lógica, prefiere la comida rica en grasa y en azúcar y prioriza el ahorrar energía haciendo el mínimo esfuerzo posible. De esta manera, nuestro propio cerebro nos sabotea y juega en nuestra contra, porque entiende poco de decisiones a largo plazo. Pero nosotros sí que lo entendemos; entendemos que para tener salud a largo plazo hay que tomar otro tipo de decisiones y adquirir otro tipo de hábitos, aunque al principio cuesten.

Así que hoy te invito a que, si aún no lo estás haciendo, empieces a crear un oasis de silencio en algún momento de tu día, o todavía mejor, en varios. Tu yo del futuro te lo agradecerá.