Hoy, 26 de julio, es San Joaquín y Santa Ana, y en muchos países de tradición católica se celebra el día de los abuelos (San Joaquín y Santa Ana eran los padres de la Virgen María, y, por tanto, los abuelos del Niño Jesús).
(Figuritas de Willowtree que en su día les regalamos a mis padres y a mis suegros.)
¡Qué relación tan especial, la de los abuelos con sus nietos! Un puente entre generaciones.
Yo conocí a tres de mis cuatro abuelos; hoy los he tenido muy muy presentes. Y mis hijas, por suerte, han conocido a sus cuatro abuelos y han podido pasar tiempo con ellos muchos veranos y Navidades. Siempre recordaré a mi padre jugando con Irene, mi hija mayor, cuando tenía ella como dos añitos: ¡en el suelo, haciendo torres de megablocks! En la vida había visto yo a mi padre sentarse en el suelo a jugar con nosotros. Pero eso es precisamente lo que dicen, que la alegría que dan los nietos es diferente de la que se tiene con los hijos; a los hijos hay que educarlos, y a los nietos, disfrutarlos.
Ahora es a mi hermano y a mi cuñada a quienes les toca disfrutar de ser abuelos, y la verdad es que nunca los he visto tan felices. Yo también espero algún día convertirme en abuela (pero que quede claro que no hay prisa ninguna, ¿eh, chicas? Repito: NO HAY PRISA), y cuando llegue el momento, poder disfrutar de esa ternura y esa complicidad con mis nietos.
Y tú, ¿qué recuerdas de tus abuelos? ¿Estás de acuerdo con estas frases?
Un bebé se las arregla para convertir a su padre en un hombre y a su abuelo en un niño.
Angie Papadakis
Los abuelos son el mejor tipo de adultos.
(Anónimo)
No hay nada como unos nietos en tus brazos para ponerte una sonrisa en la cara, un nudo en la garganta y ternura en el corazón.
Escribo estas líneas poco después de terminar de ver la final del mundial de fútbol de 2026; ¡enhorabuena, España!
(Dibujo de la bandera de España, coloreado por Eva cuando tenía siete añitos.)
Los que me conocéis sabéis que soy poco aficionada a los deportes, y menos todavía al fútbol, con lo que no es habitual para mí lo de sentarme a ver un partido. Pero hoy, siendo la final, jugando España, y además estando Irene y Alicia en casa, hemos hecho una excepción y lo hemos sufrido, digooo, lo hemos disfrutado las tres juntas (te hemos echado de menos, Eva).
Por supuesto, me alegro mucho de que haya ganado España, creo que ha sido el equipo que mejor ha jugado. Pero tengo que decir que me he quedado con mal sabor de boca; he visto mucho mal rollo, mucha bronca y poca camaradería entre los dos equipos, y eso me da mucha pena. Como no tengo mucho con lo que comparar (no he visto absolutamente nada más del mundial), no sé hasta qué punto es «normal» que se comporten así los jugadores (y ya de paso, los entrenadores); yo espero que esto sea la excepción más que la norma, pero la verdad es que no las tengo todas conmigo…
Qué contraste con el número musical del entreacto, donde salían niños cantando al amor universal y dando la imagen de que todos somos amigos. No he podido evitar que me sonara a falso.
Quizá esa es una de las razones por las que, en general, no me atraen las competiciones deportivas: llevo muy mal esa mentalidad del enfrentamiento, del «nosotros contra ellos», que es una tendencia muy humana y muy natural, pero también muy peligrosa, o, cuando menos, poco productiva.
Como comenté en el post de las etiquetas, todo esto tiene una explicación evolutiva: el ser humano es un ser social y tribal por naturaleza. El pertenecer a un clan o a una tribu les permitió a nuestros ancestros sobrevivir y reproducirse, al poder protegerse unos a otros y colaborar para resolver problemas (cazar juntos, repartirse el trabajo, especializarse en distintas tareas, etc.)
Pero de la misma manera que el ser humano está diseñado para colaborar, también está diseñado para competir. Porque parte de pertenecer a una tribu implica defenderte de otras tribus enemigas, o incluso atacarlas, por el bien de tu propio grupo. Y aquí es donde empezamos a categorizar a otras personas como «de los nuestros» o «de los otros», creando una separación basada en reglas arbitrarias, y empiezan los problemas.
Si te fijas, estas divisiones y rivalidades están por todas partes: se ven muy claramente en las relaciones entre países, pero también entre regiones, ciudades o pueblos, departamentos o equipos en una empresa, instituciones educativas, selecciones deportivas, lados de una familia, y suma y sigue. Y el nivel de desconfianza y animosidad entre ambos lados puede ir desde el típico «pique» inofensivo hasta una hostilidad enquistada que alimente guerras generación tras generación, como desgraciadamente hemos visto muy a menudo.
Esto quizá sea la explicación de una de las mayores contradicciones del ser humano. ¿Cómo es posible que a veces seamos capaces de mostrar tanta empatía y compasión y, otras veces, ser tan crueles y agresivos unos con otros? Pues porque no aplicamos el mismo rasero para todo; por desgracia, la norma no es simplemente «no matarás», sino «no matarás… a los tuyos». Los otros ya son otra cosa. Los otros son el enemigo.
Una vez, hace años, me dieron un consejo buenísimo en el trabajo: cuando trabajes con alguien, procura que se sienta parte del «nosotros», porque, si no, va a pasar a ser parte de «ellos»; va a percibir esa distancia, y habrá más resistencia a colaborar. Yo hoy te invito a que mires atentamente a tu alrededor y descubras esas dinámicas de «nosotros contra ellos»; ¿de qué manera estás tú colaborando a ese ambiente? ¿Y qué puedes hacer para «traerte a los otros» y que todos os sintáis del mismo lado?
Ya estamos casi a mediados de julio; ¿qué tal llevas el verano? ¿Mucho calor? (Si estás en el hemisferio norte, claro… No sé si tendré muchos lectores en el hemisferio sur, pero me gusta mencionarlo por si acaso.)
Yo este fin de semana me lo he tomado con muuuuucha calma, sin prisas, disfrutando de sentirme medio de vacaciones, aunque todavía me falta para las vacaciones de verdad. Y como una de las cosas que asocio con el verano y las vacaciones es leer, pues he aprovechado para leer un libro, que es algo que me encanta y que estoy procurando recuperar, por un lado, porque es súper entretenido y relajante, y me recarga un montón las pilas, y por otro, porque es un ejercicio muy beneficioso para el cerebro, al potenciar la imaginación, la capacidad de concentración, la memoria y muchas otras funciones cognitivas, además de ayudarnos a mejorar nuestro dominio del lenguaje.
Normalmente también diría que un beneficio añadido de la lectura es que nos da un descanso de las omnipresentes pantallas, pero resulta que, paradójicamente, este libro en concreto me lo he acabado leyendo en el móvil, ya que mi Kindle está viejecito y ya no se conecta a la wifi para cargar libros nuevos. En fin.
Todo esto de pensar en las pantallas y en la dependencia que tenemos hoy en día de ellas me ha traído un recuerdo de cuando veía la tele de pequeña; si tú también «fuiste a EGB» (o sea, si fuiste niñ@ en España en los años ochenta) a lo mejor lo recuerdas también.
Era un segmento del mítico programa de TVE la bola de cristal, y decía así:
«Tienes quince segundos para imaginar...»
(Pasaban quince segundos mostrando una imagen borrosa y con un sonido parecido al del tic-tac de un reloj)
«Si no se te ha ocurrido nada... A lo mejor deberías ver menos la tele»
Impresionante. Ya por entonces, a los adultos les preocupaba que los niños nos pasáramos muchas horas mirando «la caja tonta», como la llamaban algunos. Y no les faltaba razón.
(Foto de «Bibothy», prueba de que de momento en casa no tenemos que preocuparnos por la falta de imaginación…)
Pero es que ahora, lejos de mejorar, la situación ha empeorado. Ya no hay una sola «caja tonta» en cada casa; lo que hay son todo tipo de dispositivos, a menudo varios por persona, compitiendo constantemente por nuestra atención. Y no sólo en casa: en la calle, en el coche, en las tiendas, en bares y restaurantes… Es un bombardeo constante de información, una fuente ininterrumpida de estimulación, y nuestro cerebro no está preparado para tal volumen.
La mente necesita un descanso de vez en cuando. Un descanso de pantallas, y también de otras fuentes de estimulación, como pueden ser unos auriculares reproduciendo música o podcasts durante horas y horas. El cerebro necesita periodos de silencio para poder funcionar correctamente. Para poder procesar la información que ha recibido, y también para poder pasar de un modo más pasivo y consumista a un modo más activo, el que nos lleva a crear, a imaginar, a resolver problemas, etc.
Pero claro, esos huecos de silencio no suelen aparecer por las buenas; tenemos que crearlos nosotros, y eso no es fácil, ni mucho menos. Porque las pantallas nos ofrecen unos chutes de satisfacción a corto plazo que a nuestro cerebro le encantan, y por eso, nos pide más. Casi cualquier otra cosa que hagamos, en comparación, le parecerá sosa y aburrida, al menos al principio; por eso es tan fácil dejarse llevar por las pantallas, y hace falta tanta fuerza de voluntad para romper el hábito y ponerse a hacer otras cosas.
Esto es lo mismo que ocurre, por cierto, con la dieta y el ejercicio: nuestro cerebro está optimizado para ayudarnos a sobrevivir a corto plazo, y siguiendo esta lógica, prefiere la comida rica en grasa y en azúcar y prioriza el ahorrar energía haciendo el mínimo esfuerzo posible. De esta manera, nuestro propio cerebro nos sabotea y juega en nuestra contra, porque entiende poco de decisiones a largo plazo. Pero nosotros sí que lo entendemos; entendemos que para tener salud a largo plazo hay que tomar otro tipo de decisiones y adquirir otro tipo de hábitos, aunque al principio cuesten.
Así que hoy te invito a que, si aún no lo estás haciendo, empieces a crear un oasis de silencio en algún momento de tu día, o todavía mejor, en varios. Tu yo del futuro te lo agradecerá.
Esta semana ha nacido Mar, la primera sobrina-nieta de la familia, y hoy hemos podido verla un ratito por videoconferencia. Es una bebé preciosa, con un nombre igualmente bonito. ¡Bienvenida!
(Foto, cómo no, del mar, o más bien del océano, en la playa de Monterey, en California.)
El ver hoy a Mar y hablar un ratito con sus padres y abuelos me ha recordado mucho a mis primeros días de madre primeriza, con Irene recién nacida. Hace ya… ¡casi veinte años! Madre mía. Algunos recordaréis haber leído mis aventuras y desventuras de madre novata en un antepasado de este blog.
Luego, dos años más tarde, tras un hermanit@ que no llegó a nacer, vino Alicia, y cinco años después, Eva, que hasta ahora ha sido la benjamina de este lado de la familia. La experiencia fue distinta con cada una; hasta los partos fueron diferentes (aunque las tres nacieron en el mismo hospital, y curiosamente, ¡el mismo día de la semana!)
Pero las tres, cada una a su manera, nos trajeron mucho amor, mucha alegría, y mucho aprendizaje también. Cada bebé es único e irrepetible, y la familia va cambiando y adaptándose a cada nuevo miembro que llega.
La verdad es que me parece una época muy bonita de la vida, el ser padre o madre (sobre todo, en madre, tengo que decir), pero también tiende a ser una etapa complicadilla, donde las emociones están a flor de piel. Hay mucha alegría, por supuesto, pero también miedos, confusión, cansancio… Es una verdadera montaña rusa emocional, y te pilla de sorpresa, por mucho que te prepares.
Así que lo que toca es armarse de paciencia, de muuuuuuucha paciencia. Con el bebé, por supuesto, que es nuevo en este mundo, y no sabe de horarios ni de normas sociales. Pero también de los papás consigo mismos, así como el uno con el otro, y seguramente también con otras personas (léase familia y amigos).
Estaba buscando alguna cita bonita con la que felicitar a los nuevos papás, y me he acordado de una frase/consejo que no sé muy bien de dónde viene (perdón si tiene autor y yo no he sido capaz de encontrarlo), pero que creo que viene muy bien al caso: Ana y Javi, ¡Enhorabuena! Disfrutad de cada momento, de cada etapa, porque los días son largos, pero los años son cortos.
Os lo digo por experiencia: un día estáis cambiando pañales, y al día siguiente la niña ya está de sleepover con sus amigas, o buscándose un trabajo con el que ganar un dinerillo extra, o sacándose el carnet de conducir…
¿Y tú? ¿Tienes hijos, sobrinos o nietos? ¿Qué consejo le darías a unos padres primerizos?
El mes de junio es el mes del Orgullo en muchos países, incluida Irlanda, y el sábado me pasé un ratito por el desfile de Dublín. Al igual que otros años, me encantó el ambiente de alegría, buen rollo e inclusividad que se respira en estas ocasiones, donde todo el mundo es bienvenido y puede mostrarse tal y como es.
Luego ya en casa, hablando con mis hijas de las múltiples y variadas identidades que componen el compendio LGBTQ+ (y perdón, que seguro que me estoy dejando letras), me dio por pensar en cómo a las personas nos gusta ponernos, y ponerles a los demás, etiquetas.
(Cartelito visto en la puerta del baño de minusválidos del Ikea de Dublín. Me imagino que significará que es de género neutro, pero no he sido capaz de confirmarlo. Por parecer, parece una persona cargando con dos cajas de Ikea…)
El tema de las etiquetas es complicadillo, y veo argumentos a favor y en contra. Pero antes de entrar más de lleno en este tema, conviene recordar que nuestro cerebro no está diseñado para ayudarnos a ser felices, sino para ayudarnos a sobrevivir. Y para asegurar el cumplimiento de esa misión tan crucial, evolutivamente ha ido optimizando su funcionamiento, desarrollando patrones que le permiten tomar decisiones muy rápidas con poco gasto de energía.
Esa capacidad para interpretar y «clasificar» rápidamente las situaciones (y las personas) nos ha sido tremendamente útil a los humanos durante muchas generaciones; al fin y al cabo, estamos vivos hoy porque todos nuestros antepasados consiguieron sobrevivir al menos lo suficiente como para poder reproducirse, es decir, supieron, en múltiples ocasiones, identificar potenciales peligros y alejarse de ellos. Y eso incluía ir evaluando a cada persona que se encontraban como «amigo» o «enemigo»; como «de los míos» o «de los otros».
Otra parte muy positiva de todos estos patrones y mecanismos es que nos ayudan a entender el mundo a nuestro alrededor; digamos que van componiendo un modelo, un conjunto de historias, que nos dan una versión simplificada pero comprensible de una realidad que puede ser muy, muy compleja. Y eso nos hace sentir bien.
El problema es que son exactamente esos mismos mecanismos los que a veces nos meten en líos, por varias razones. En primer lugar, porque, para poder simplificar, el cerebro necesariamente altera y reduce la información, a base de generalizaciones, distorsiones y omisiones, lo cual puede no tener mucha importancia en ciertos contextos, pero en otros sí, favoreciendo la aparición de prejuicios, estereotipos y malentendidos varios (otro día os hablaré en más detalle de los sesgos cognitivos, que tienen mucha miga).
En segundo lugar, siguiendo con la lógica de favorecer la supervivencia, al cerebro le sale a cuenta ser desconfiado: si yo me encuentro con alguien desconocido, y equivocadamente lo clasifico como «enemigo» cuando no lo es, no pasará nada, sobreviviré igualmente; pero si equivocadamente lo clasifico como «amigo», y luego resulta que no lo era… Las consecuencias pueden ser catastróficas.
Y un tercer punto que también está relacionado es que los humanos somos seres tribales; lo llevamos en la sangre. Evolutivamente hablando, la pertenencia al grupo, al clan, proporcionaba protección, favoreciendo así la supervivencia. Y nosotros hemos heredado ese tribalismo, buscando encajar en el grupo, juzgando cómo encajan los demás, potenciando las similitudes con «los nuestros» y acentuando las diferencias con «los otros».
Una vez explicado todo esto, volvamos al tema de las etiquetas. Espero que ya esté un poquito más claro el por qué las utilizamos tanto: simple y llanamente, porque estamos programados para hacerlo.
Pero el que estemos programados para hacerlo no significa que lo hagamos bien; el mundo de hoy en día es mucho más complejo y sofisticado que el de nuestros ancestros, por lo que nos hacen falta herramientas de pensamiento más sofisticadas también, además de aprender a saber cuándo salir del piloto automático porque la ocasión requiera más atención e intención por nuestra parte.
Por eso es muy importante invertir en nuestro desarrollo y crecimiento personal, para poder tomar decisiones más conscientes que nos traigan mejores resultados en cualquier aspecto de la vida (o más bien, en todos).
Y a medida que avancemos por el camino del autoconocimiento, encontraremos palabras y conceptos que nos ayudarán a comprendernos mejor, añadiendo matices y explicaciones a nuestra identidad. Los conceptos englobados en LGBTQ+ pueden ser algunas de esas etiquetas, como lo pueden ser también los perfiles de personalidad del eneagrama, y tantas otras cosas…
Darles nombre a las cosas nos ayuda a entenderlas y a aceptarlas, y en este sentido, las etiquetas pueden ser muy positivas en un momento dado. Pero lo importante es no aferrarnos demasiado a nuestras etiquetas, no identificarnos demasiado con ellas, porque entonces dejan de ser un punto de referencia para convertirse en una limitación, y también en muchos casos, en una excusa.
¿Y tú? ¿Qué tal llevas lo de ponerte o quitarte etiquetas?
Una vez más, llegamos al momento del año en el que, en el hemisferio norte, disfrutamos del día más largo y de la noche más corta: es el solsticio de verano. Y, como el año pasado, hemos tenido suerte: ha hecho un día espectacular aquí en Irlanda.
La verdad es que los cambios de estación tienen algo especial, ¿verdad? A menudo son momentos de cambio también en nosotros, o como mínimo, una buena ocasión para hacer un alto en el camino y evaluar qué tal vamos.
(Foto sacada en la playa de Malahide hace exactamente un año)
Otros años os he hablado de pequeños ritos que se pueden hacer en días como éste, como por ejemplo, en la noche de San Juan, Esta vez me temo que mi propuesta suena bastante menos poética y un poco más burocrática, pero espero que os sea igualmente inspiradora, y, sobre todo, útil: hacer una planificación trimestral.
Esto es algo que en muchas empresas, incluida la mía (al menos en las áreas de tecnología), es un proceso bien establecido, y justo a nuestro equipo nos toca hacerlo esta semana que empieza, aunque ya llevamos un par de semanas preparándolo. Los pasos básicos que seguimos y las preguntas que nos planteamos sirven para todo tipo de proyectos, grandes y pequeños, personales y profesionales:
Lo primero que hay que hacer es aclarar las prioridades:
¿En qué nos queremos enfocar principalmente en estos tres meses?
Al acabar el trimestre, ¿qué nos gustaría haber conseguido?
¿En qué otras cosas nos gustaría al menos avanzar un poco?
Recordemos un par de reglas básicas a la hora de priorizar cualquier cosa: si todo tiene igual importancia, entonces nada la tiene, con lo que la palabra «prioridad» pierde su significado y el sistema no sirve para nada. Lo que sí que funciona es establecer un orden de prioridades, un ránking donde no haya empates. Y así, para conseguir que la primera prioridad sea realmente la primera, las otras tareas, proyectos u objetivos se tienen que poner necesariamente por debajo.
Una técnica que puede ayudar mucho es distinguir entre tareas, proyectos u objetivos que tienen que estar en el plan sí o sí (en inglés, «must have»), por la razón que sea, y los que estaría bien que estuvieran, pero que al fin y al cabo no son imprescindibles (en inglés, «nice to have»). Esa distinción nos puede aclarar mucho las cosas y facilita enormemente el resto del proceso.
Por cierto, quiero decir que aquí estoy generalizando mucho; cuando hablo de «tareas, proyectos u objetivos», puede ser literalmente cualquier cosa que sea importante para nosotros y a la que le queramos prestar tiempo, energía y atención. En este trimestre de verano, por ejemplo, una de las prioridades más altas puede ser perfectamente descansar e irnos de vacaciones, lo cual es absolutamente necesario para poder llevar luego un ritmo sostenible.
Una vez claras las prioridades, y sabiendo las razones por las que son prioritarias, pasamos a definir el trabajo:
¿Cuánto trabajo supone cada una de estas prioridades?
¿En qué consiste ese trabajo? ¿Qué es lo que hay que hacer? (aproximadamente)
¿Qué recursos necesitamos para poder llevar a cabo ese trabajo? ¿Y los tenemos todos, o dependemos de otros para conseguirlos?
Aquí nos metemos de lleno en entender la envergadura de cada tarea, proyecto u objetivo, hasta un nivel de detalle que nos permita estimar aproximadamente el esfuerzo. También debemos entender bien si dependemos de otro alguien, o si otro alguien depende de nosotros, para poder completarlo con éxito.
Ahora que ya tenemos una idea más o menos clara del trabajo, pasamos a calcular la capacidad:
¿Cuánto trabajo podemos sacar adelante este trimestre? (teniendo también en cuenta otros factores)
¿«Nos cabe» todo lo que teníamos la esperanza de incluir?
¿Cómo podemos ajustar el plan para optimizar los resultados?
Y aquí es cuando llegamos a la hora de la verdad: contrastar la capacidad con la carga de trabajo. Todos tenemos un número limitado de horas al día, y en la mayoría de los casos, otras tareas y obligaciones que cumplir, así que este paso es fundamental: ¿cómo de realista es intentar abarcar todo lo que estamos incluyendo en el plan?
Contestar a esta pregunta a veces puede ser complicadillo, e implicar negociaciones con otros, o con uno mismo, si al hacer las cuentas resulta que no nos «cabe» todo. Pero precisamente por eso es fundamental hacer este ejercicio, para poder, por un lado, ajustar y optimizar el plan según haga falta, y por otro lado, gestionar expectativas (las de otros y también las nuestras propias). Todo esto es lo que nos va a permitir aumentar las probabilidades de éxito.
¿Qué te parece este proceso? ¿Te ves haciéndolo en tu vida personal, o en tu proyecto creativo o profesional? Yo tengo unas cuantas cosas con las que quiero avanzar este verano para luego empezar con mucha fuerza en septiembre.
La semana pasada, durante una clase de eneagrama, surgió una conversación muy interesante sobre cómo nos relacionamos cada uno con el concepto de poder.
¿Qué se te pasa a ti por la cabeza cuando oyes la palabra «poder»?
A menudo la asociamos con ideas negativas, ¿verdad? Opresión, abuso, obligar a otros a obedecer por la fuerza… Y así, puede que desarrollemos la creencia de que el poder es algo malo, algo que no deberíamos tener o buscar.
Pero no tiene por qué ser así.
En realidad, el poder no es otra cosa que la capacidad de producir un resultado (gracias Mario por esta definición), o en otras palabras, de conseguir que las cosas que queremos salgan adelante.
Afortunadamente, todos tenemos el poder de conseguir cosas en la vida, aunque a veces no sepamos cómo hacerlo, ni por dónde empezar. Tenemos poder para cambiar, y cambiando nosotros, cambiamos nuestras circunstancias e influimos en nuestro entorno.
(Artilugio visto en el barco de vapor S. S. Nomadic, expuesto junto al museo del Titanic en Belfast. Servía para controlar la potencia utilizada para hacer avanzar o girar el barco.
Ahora bien, esto no es algo que suceda por arte de magia, ni de la noche a la mañana: cambiar requiere trabajo y esfuerzo consciente; requiere tiempo, paciencia y perseverancia. Y sobre todo, requiere algo que puede que nos cueste bastante: dejarnos de excusas y tomar ya de una vez las riendas de nuestra vida.
Hoy me han recordado una frase que dice: «aquello que no estás cambiando, lo estás eligiendo» (¡gracias, Orla! Según Google, la cita es de Laurie Buchanan). Un poco radical, ¿verdad? Pero muy cierto.
Más radical todavía es esta otra idea de Erica Jong, de la que conocía la última frase pero no el párrafo entero:
¡Nadie a quien culpar! Por eso la mayoría de la gente llevaba vidas que detestaban, con gente a la que odiaban. ¡Qué maravilla, tener a alguien a quien culpar! ¡Qué maravilla, vivir con tu archienemigo! Aun siendo desgraciado, sientes que siempre llevas la razón. Aun estando roto, te crees absuelto de toda culpa. Pero si tomas tu vida en tus propias manos, ¿qué sucede? Algo terrible: no hay nadie a quien echarle la culpa.
Ay, qué fácil nos resulta a veces culpar a otros, o a la vida, de nuestras circunstancias, sin reconocer cómo hemos contribuido a crear esa situación. La buena noticia es que, una vez que rompemos el hábito de culpar a los demás, dejamos también de sentirnos a su merced, y recuperamos el poder sobre nuestra propia vida, aunque sobre todo al principio nos resulte incómodo. Esta también es una tarea que requiere esfuerzo e intención consciente, y sobre todo, mucha autocompasión; porque, una vez que nos damos cuenta de cómo hemos llegado hasta donde estamos y dejamos de culpar a los demás, a menudo lo que hacemos es culparnos nosotros. Y eso, lejos de ayudarnos, nos puede hundir y paralizar todavía más.
Pero, como me dijo una vez un buen amigo (gracias, Hernán): no lo mires en términos de culpa, míralo en términos de responsabilidad. Llegaste hasta aquí haciéndolo lo mejor que pudiste con la información y los recursos que tenías en cada momento. Ahora que ya sabes un poco más, de ti depende tomar mejores decisiones y adquirir mejores recursos que te lleven (o al menos, te acerquen) a los resultados que tú quieres.
El momento en el que asumes responsabilidad total por tu vida es el momento en el que adquieres el poder para cambiar cualquer cosa en ella.
Hal Elrod
Ahora que ya lo sabes, ¿estás dispuesto a empezar a usar tu poder, sin excusas y dejando a un lado la culpa? Si quieres adquirir recursos que te ayuden a conseguir lo que buscas, échale un vistazo a mi página de servicios.
Hoy, mi hija Eva y yo hemos participado en una actividad organizada por las clases de español de ALCE en Irlanda: caminar un trocito del Camino de Santiago.
(Foto del «mojón» del Camino de Santiago en Bray, en el condado irlandés de Wicklow.)
¿Camino de Santiago? ¿En Irlanda? Pues sí, resulta que uno de los muchos caminos de Santiago repartidos por Europa (y por el mundo, que hoy hemos aprendido que hay hasta en Brasil) está en Irlanda; se le denomina el Camino celta, y hoy hemos recorrido una sección que va desde Bray hasta Dún Laoghaire, bordeando la costa. ¡Precioso!
Nos hemos juntado unas cuantas familias españolas, desafiando una amenaza de lluvia que, por suerte, no se ha cumplido, y la verdad es que hemos pasado un rato estupendo: caminando, charlando y compartiendo. Reviviendo el espíritu del Camino, incluidas las paradas para sellar los pasaportes y el merecido descansito con merendola al final. Igual mañana me levanto con agujetas (que ya no estoy acostumbrada a estos trotes), pero de momento hoy me llevo muy buenos recuerdos, conversaciones, encuentros, reencuentros, orgullo por el camino recorrido, y unas vistas espectaculares a pesar del cielo nublado:
(Foto de la playa y las vías del DART desde cerca de Killiney.)
Mil gracias a Ester y Beatriz, profesoras de ALCE Dublín y organizadoras de este evento, a los voluntarios de la Camino Society que nos han acompañado hoy, y a todas las familias que se han animado a venir. Ha estado fenomenal.
Por cierto, si nunca habéis hecho el Camino de Santiago (hasta llegar al propio Santiago de Compostela, me refiero), os lo recomiendo encarecidamente, es una experiencia maravillosa. La distancia mínima son 100 kilómetros, que tampoco son tan difíciles de conseguir, y da una satisfacción tremenda lo de llegar por tu propio pie a la impresionante catedral de Santiago. Yo lo hice dos veces hace ya muchos años, una por el Camino francés y otra por el portugués, y tengo muchas ganas de hacerlo otra vez (mi sueño es hacerlo algún día con mis niñas, Irene, Alicia y Eva, si consigo convencerlas).
Y para terminar, aquí os dejo las palabras inmortales de Antonio Machado, y esa gran metáfora de la vida que es el camino:
Caminante, son tus huellas el camino y nada más; Caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace el camino, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino sino estelas en la mar.
Hoy, revisando mis notas de Google, me he topado con esta frase que apunté hace tiempo para compartirla un día en el blog:
El pesimista se queja del viento; el optimista espera a que cambie; el realista ajusta las velas.
William George Ward
¿Qué te parece? Es un buen recordatorio de las distintas actitudes que podemos adoptar ante los problemas de la vida:
Podemos hacernos las víctimas y quejarnos de lo que nos pasa (pero sin hacer nada por cambiarlo)…
Podemos resignarnos y esperar ingenuamente a que las cosas mejoren por sí solas…
O podemos tomar cartas en el asunto, y procurar sacar lo mejor de la situación.
Esto me recuerda también a un libro que leí hace años (y que después doné en una de mis rachas de «decluttering», cosa de la que me arrepiento), titulado ¿Quién se ha llevado mi queso?, de Spencer Johnson.
A través de una historia con ratoncitos y un laberinto, el autor resalta la importancia de no acomodarnos dando por hecho que «el queso» (= lo que sea que queramos en la vida) siempre va a estar ahí. En lugar de eso, nos anima a estar atentos para detectar cuándo se avecina un cambio, sabiendo que es natural que surjan miedos al no saber cómo nos va a afectar, y a procurar adaptarnos rápidamente, pues el estar abiertos al cambio (= creer que el cambio nos va a beneficiar) en lugar de resistirlo (= creer que el cambio nos va a perjudicar) nos puede aportar muchos beneficios y aprendizajes.
Qué fácil es la teoría, ¿verdad? «No tengas miedo y abraza el cambio, que seguro que te va a ir bien». La práctica ya es otra cosa: los miedos no se disuelven como por arte de magia sólo porque sepamos que están ahí. Pero sí que podemos, con las herramientas adecuadas y haciendo el trabajo necesario, llegar a comprenderlos y gestionarlos mucho mejor, y así poder ser más dueños de nuestras propias decisiones.
¿Estás pasando ahora mismo, o crees que vas a pasar pronto, por un momento de cambio? Yo sí; estoy en un momento en el que digamos que se está moviendo mi queso. O mejor dicho: está cambiando el viento, y yo estoy buscando la mejor manera de ajustar mis velas…
(Foto a doble página de uno de los libros de Los Jóvenes Castores que leíamos de pequeñas mis hermanas y yo, donde aparece un estupendo barco pirata. ¿Se nota que no tengo experiencia real con barcos de vela? Tendré que pedirles un cursillo acelerado a mis amigos Seán y Dee.)
Hoy quiero hablaros de elefantes y de metáforas, aunque no del mismo elefante ni de la misma metáfora a los que me refería en este otro artículo (que, por cierto, os recomiendo encarecidamente que leáis, si no lo habéis hecho todavía).
En inglés se utiliza mucho la expresión the elephant in the room(literalmente, «el elefante en la sala») para referirse a un tema difícil y problemático, algo de lo que nadie quiere hablar, pero que al mismo tiempo resulta imposible de ignorar.
Uno de esos temas es la salud mental, de la que por suerte ya se va hablando más abiertamente, aunque todavía nos queda mucho camino por recorrer. Desde hace unos años existe aquí en Irlanda un movimiento llamado precisamente así, Elephant in the Room, que promueve las conversaciones sobre salud mental en los entornos laborales, con el fin de normalizarlas. Y la manera en la que le dan visibilidad a este problema es literalmente poniendo un elefante en la sala: ya llevan casi doscientas esculturas artísticas de bebé elefante repartidas por todo tipo de empresas, instituciones y centros educativos, dentro y fuera de Irlanda. Aquí tenéis fotos de dos de ellos:
Esculturas de elefante vistas hace ya tiempo en el centro comercial de Blanchardstown (a la izquierda) y la Universidad de Maynooth (a la derecha).
Estos elefantes nos recuerdan que, tras una fachada de aparente normalidad, cualquier persona puede estar sufriendo. Y que, si nos quedamos en el «hola, ¿qué tal?» y en la conversación superficial antes de pasar corriendo a otra cosa, nunca nos vamos a dar cuenta de quién está deseando poder desahogarse. De nosotros depende el dedicar tiempo y esfuerzo a conectar con otras personas y escucharlas de verdad, para así formar parte de una red de apoyo en la que nos sostengamos los unos a los otros.
Porque, en estos tiempos, ¿a quién no le vendría bien un poco más de apoyo y comprensión? Estamos viviendo una época histórica en la que estamos a la vez más conectados y más desconectados que nunca. Y seguramente también más desconcertados que nunca, con el ritmo vertiginoso al que se mueve todo…
Se me ocurre un elefante más del que podemos hablar, uno que yo personalmente evito todo lo que puedo, aunque cada vez puedo evitarlo menos, porque ya es poco menos que omnipresente. Una tecnología tan disruptiva y radical que nadie sabe adónde nos va a llevar. ¿Adivinas cuál puede ser?
Por supuesto, me estoy refiriendo a la prodigiosa y aterradora inteligencia artificial: un ente (o más bien, la suma de millones de entes) con la capacidad tanto de producir los más maravillosos avances para la Humanidad como de causar más estropicios que un elefante en una cristalería (otra metáfora muy gráfica con el elefante como protagonista, al menos en español; en inglés la expresión es parecida pero con un toro en una tienda de cerámica).
Me he estado resistiendo a hablar aquí sobre la inteligencia artificial, y la verdad, sigo sin tener ganas de escribir sobre ella. Por el momento, baste decir que me está generando mucha incertidumbre, como estoy segura de que se la está generando a mucha otra gente, y siempre que hay incertidumbre, también hay inquietud y malestar. Curiosamente, lo que noto que me está ayudando a mí personalmente es hablar del tema con otras personas; no del tema de la inteligencia artificial en sí, sino de mis reticencias y preocupaciones, de mi incertidumbre, de mis miedos. Creo que es porque abre la puerta a que otros también puedan sincerarse y hablar un poco más abiertamente de lo que les preocupa.
Lo cual me devuelve a la idea de los elefantes y la salud mental: a veces no nos damos cuenta cuando la tensión y las preocupaciones se van acumulando, y de repente un día nos encontramos con que cargamos con un peso enorme que no sabemos ni de dónde ha salido. Una conversación abierta y sincera con alguien en quien confiemos nos puede hacer mucho bien, así como dedicar tiempo a cuidarnos de la manera que necesitemos, sin culpabilidad, para asegurarnos de estar bien y tener energía física, mental y emocional para seguir adelante.
¿Y tú, has visto alguno de los elefantes? ¿Cuál es tu favorito? ¿Y cuál es tu «elefante en la sala» en estos momentos?