Expresiones intraducibles: to pack light

Hacía tiempo que no le dedicaba yo un artículo del blog a alguna frase o expresión de las que yo llamo intraducibles, que no es que sean exactamente imposibles de traducir, sino que pierden bastante la gracia (o, digamos, su elegancia) al traducirlas del inglés al español o viceversa.

La expresión de hoy es to pack light, y aquí el problema no es con la palabra light, que se traduce directamente como «ligero/a», sino con el verbo to pack, que en este contexto tiene una traducción mucho más larga y más torpe, al menos en el español de España: «hacer las maletas» (en otras versiones del español existe la palabra empacar, que sí que es más corta, pero a mí me resulta súper rara).

Para mí, la traducción que mejor transmite la idea detrás de to pack light es «ir ligero de equipaje», y en ambos idiomas, el significado va más allá del mero hecho de hacer las maletas: se refiere a una manera de viajar, y si me apuras, hasta a una filosofía de vida.

(Foto que le saqué con prisas una vez a una persona que vi por la calle, o más bien, a su bolsa. Me encantó ese dibujito de la línea que es de todo menos recta, metáfora del viaje de la vida; me recordó mucho a la imagen que utilicé hace unos años en este artículo.)

Yo reconozco que nunca he sido una persona de las que viajan ligeras de equipaje, y admiro muchísimo a los que son capaces de hacerlo. Aunque me gustaría pensar que he mejorado al menos un poquito con los años, en el fondo sigo siendo la reina de los «por-si-acasos»… Y a la hora de hacer las maletas, inevitablemente me asaltan las dudas y me paso de precavida, por lo que casi siempre me acabo llevando mucho más de lo que necesito, con la carga añadida (física y mental) que eso conlleva.

Todo esto me ha venido a la cabeza porque este fin de semana estamos de viaje las niñas y yo, haciendo una última escapadita antes de la vuelta al cole, y para variar, mientras yo he llenado la maleta casi hasta arriba, ¡a ellas les ha sobrado sitio! Podrían hasta haber compartido maleta. Tengo muuuucho que aprender de ellas.

Pero también hay otra manera en la que podemos pensar en el concepto de «ir ligeros de equipaje», y es en relación a nuestro equipaje emocional: todo ese peso con el que cargamos, consciente o inconscientemente (juicios, culpa, resentimiento…), y del que nos vendría muy bien liberarnos. Ese peso no va a desaparecer por arte de magia, por mucho que miremos para otro lado o intentemos taparlo. Pero sí que se puede aligerar, y mucho, a través de un trabajo profundo de toma de conciencia y desarrollo personal.

¿Y tú? ¿Ya viajas ligero de equipaje? ¿O sigues cargando con mucho más de lo que necesitas?

De vuelta a lo básico (otra vez)

Estamos a mediados de agosto, y tanto en Irlanda como me imagino que en España, los carteles y anuncios de la «vuelta al cole» ya están por todas partes.

Recuerdo que, de más joven, me daba mucha rabia verlos: me costaba aceptar que ya se acababa el verano, y que había que ir pensando en volver a la rutina del curso escolar.

(Foto de una página de mi cuaderno de dibujos «cuadriculados».)

Supongo que ahora me tomo las cosas con más filosofía; noto que me cuesta menos adaptarme a los distintos ciclos por los que va pasando la vida (y nosotros con ella). Como decía aquella canción, hay un momento para cada cosa, así que, centrémonos en hacer lo que toque en cada momento, y sobre todo, centrémonos en disfrutarlo y en aprender de ello, en lugar de simplemente resignarnos a sufrirlo.

Ahora que se va acercando el inicio de un nuevo curso escolar, igual te pasa como a mí, que ya tienes una lista enorme de tareas, proyectos y compromisos varios que encajar en el calendario, y te agotas solo de verlo…

Es el momento perfecto para tomar un poco de distancia y volver a lo más básico: asegurarnos de que nos estamos cuidando bien. para poder empezar el curso con las pilas cargadas, y armados con buenos hábitos que nos ayuden a mantener la energía y el entusiasmo.

Y tú, ¿Estás todavía en modo vacaciones, o ya volviendo? ¿Qué es lo que te toca hacer ahora?

P. D .- «Aquella canción», por si quieres buscarla, es una canción en inglés de los años sesenta; yo la recuerdo de la serie Aquellos maravillosos años. Se titula Turn, turn, turn, y es del grupo The Byrds:

To everything (turn, turn, turn), there is a season (turn, turn, turn)...

Generaciones

Escribo estas líneas desde el aeropuerto de Barajas, preparándome para volver a Dublín después de dos semanas de vacaciones en España.

Vuelvo cansada, pero también muy contenta: estos días me han cundido muchísimo. Han sido unas vacaciones ligeramente caóticas, con un par de cambios de planes sobre la marcha, pero al final ha resultado todo muy bien.

Y lo mejor, sin duda, ha sido poder conocer en persona a Mar, la primera bebé de la siguiente generación en nuestra familia, en un lugar donde el recuerdo de sus bisabuelos Ángel y Mari Carmen está siempre muy presente.

Otra generación más… Me parece muy curiosa la sensación que tengo a menudo, al juntarme con amigos, o incluso con mis hermanos, de que parece que no ha pasado el tiempo y que estamos como siempre… Hasta que miramos a nuestros hijos, a las nuevas generaciones, ¡y entonces sí que nos damos cuenta!

Como no podían faltar, aquí van unas cuantas citas para reflexionar sobre el tema:

Cada generación se imagina
más inteligente que la anterior
y más sabia que la posterior.

George Orwell

Debemos recordar a todas las generaciones
que hay tanto que aprender como que enseñar.

Gloria Steinem

Lo que una generación considera un lujo,
la siguiente lo ve como una necesidad.

Anthony Crosland

Y una que me ha hecho mucha gracia:

Desde la más remota antigüedad, los viejos han hecho creer a los jóvenes que son más sabios que ellos, y para cuando los jóvenes descubrían que eso era una tontería, ya eran viejos también, y les beneficiaba seguir con el engaño. - W. Somerset Maugham

Cerrado por vacaciones (III)

Como ya viene siendo tradición en este blog, escribo mi post vacacional desde mi lugar feliz, al que tengo la suerte de haber podido regresar un verano más (puedes leer artículos de años anteriores aquí y aquí).

(Foto sacada hoy, al atardecer, desde la «roca-casa» en la que tanto jugaba yo de pequeña.)

Un año más, lo nuevo y lo viejo se entremezclan al reencontrarme con ciertos lugares y ciertas personas: los recuerdos conviven con el aquí y ahora, creando una sensación de continuidad. En cierto modo, siempre es lo mismo, pero a la vez, nada es lo mismo.

Heráclito decía aquello de que no puedes bañarte dos veces en el mismo río, porque ni tú ni el río seréis los mismos, al estar todo en constante cambio. Y esta otra cita sigue con la misma idea:

No encontrarás a la misma persona dos veces,
ni siquiera si es la misma persona.

Mahmud Darwish

Me parece un buen recordatorio de que todos cambiamos con el tiempo (lo queramos o no), y de que debemos darnos permiso (y dárselo a los demás) para crecer, aprender y evolucionar como personas, cada uno a su manera y a su propio ritmo, aunque eso conlleve dejar de cumplir ciertas expectativas (ya os hablaré de la «culpa de crecimiento» en otro post más adelante).

Pero también tengo que decir que, al igual que pasa con algunos lugares, aunque las personas vamos cambiando poco a poco, hay una cierta continuidad que se mantiene a lo largo de los años. Una buena analogía para entenderlo podría ser la de un árbol: un cerezo puede crecer mucho o poco, y ponerse muy frondoso o quedarse raquítico, en función de diferentes factores como el clima, el sol, el agua, los nutrientes del suelo… Pero lo que no va a hacer nunca es convertirse en un pino, una encina o una palmera.

De la misma manera, las personas tenemos una determinada forma de ser, que por supuesto puede madurar y estabilizarse con el tiempo, pero que, salvo casos de trauma grave o similares, a grandes rasgos va a continuar siendo la misma. A nuestro cerebro le cuesta mucho cambiar, y lo hace muy poquito a poco; por eso es tan importante conocer herramientas que nos ayuden a aprovechar esa continuidad (en lugar de luchar contra ella) y convertirnos progresivamente en nuestra mejor versión.

Y tú, ¿qué lugares y qué personas recuerdas que te resultan a la vez familiares y diferentes?

Abuelos

Hoy, 26 de julio, es San Joaquín y Santa Ana, y en muchos países de tradición católica se celebra el día de los abuelos (San Joaquín y Santa Ana eran los padres de la Virgen María, y, por tanto, los abuelos del Niño Jesús).

(Figuritas de Willowtree que en su día les regalamos a mis padres y a mis suegros.)

¡Qué relación tan especial, la de los abuelos con sus nietos! Un puente entre generaciones.

Yo conocí a tres de mis cuatro abuelos; hoy los he tenido muy muy presentes. Y mis hijas, por suerte, han conocido a sus cuatro abuelos y han podido pasar tiempo con ellos muchos veranos y Navidades. Siempre recordaré a mi padre jugando con Irene, mi hija mayor, cuando tenía ella como dos añitos: ¡en el suelo, haciendo torres de megablocks! En la vida había visto yo a mi padre sentarse en el suelo a jugar con nosotros. Pero eso es precisamente lo que dicen, que la alegría que dan los nietos es diferente de la que se tiene con los hijos; a los hijos hay que educarlos, y a los nietos, disfrutarlos.

Ahora es a mi hermano y a mi cuñada a quienes les toca disfrutar de ser abuelos, y la verdad es que nunca los he visto tan felices. Yo también espero algún día convertirme en abuela (pero que quede claro que no hay prisa ninguna, ¿eh, chicas? Repito: NO HAY PRISA), y cuando llegue el momento, poder disfrutar de esa ternura y esa complicidad con mis nietos.

Y tú, ¿qué recuerdas de tus abuelos? ¿Estás de acuerdo con estas frases?

Un bebé se las arregla para convertir
a su padre en un hombre
y a su abuelo en un niño.

Angie Papadakis

Los abuelos son el mejor tipo de adultos.

(Anónimo)

No hay nada como unos nietos en tus brazos
para ponerte una sonrisa en la cara,
un nudo en la garganta y ternura en el corazón.

(Anónimo)

«Nosotros» y «ellos»

Escribo estas líneas poco después de terminar de ver la final del mundial de fútbol de 2026; ¡enhorabuena, España!

(Dibujo de la bandera de España, coloreado por Eva cuando tenía siete añitos.)

Los que me conocéis sabéis que soy poco aficionada a los deportes, y menos todavía al fútbol, con lo que no es habitual para mí lo de sentarme a ver un partido. Pero hoy, siendo la final, jugando España, y además estando Irene y Alicia en casa, hemos hecho una excepción y lo hemos sufrido, digooo, lo hemos disfrutado las tres juntas (te hemos echado de menos, Eva).

Por supuesto, me alegro mucho de que haya ganado España, creo que ha sido el equipo que mejor ha jugado. Pero tengo que decir que me he quedado con mal sabor de boca; he visto mucho mal rollo, mucha bronca y poca camaradería entre los dos equipos, y eso me da mucha pena. Como no tengo mucho con lo que comparar (no he visto absolutamente nada más del mundial), no sé hasta qué punto es «normal» que se comporten así los jugadores (y ya de paso, los entrenadores); yo espero que esto sea la excepción más que la norma, pero la verdad es que no las tengo todas conmigo…

Qué contraste con el número musical del entreacto, donde salían niños cantando al amor universal y dando la imagen de que todos somos amigos. No he podido evitar que me sonara a falso.

Quizá esa es una de las razones por las que, en general, no me atraen las competiciones deportivas: llevo muy mal esa mentalidad del enfrentamiento, del «nosotros contra ellos», que es una tendencia muy humana y muy natural, pero también muy peligrosa, o, cuando menos, poco productiva.

Como comenté en el post de las etiquetas, todo esto tiene una explicación evolutiva: el ser humano es un ser social y tribal por naturaleza. El pertenecer a un clan o a una tribu les permitió a nuestros ancestros sobrevivir y reproducirse, al poder protegerse unos a otros y colaborar para resolver problemas (cazar juntos, repartirse el trabajo, especializarse en distintas tareas, etc.)

Pero de la misma manera que el ser humano está diseñado para colaborar, también está diseñado para competir. Porque parte de pertenecer a una tribu implica defenderte de otras tribus enemigas, o incluso atacarlas, por el bien de tu propio grupo. Y aquí es donde empezamos a categorizar a otras personas como «de los nuestros» o «de los otros», creando una separación basada en reglas arbitrarias, y empiezan los problemas.

Si te fijas, estas divisiones y rivalidades están por todas partes: se ven muy claramente en las relaciones entre países, pero también entre regiones, ciudades o pueblos, departamentos o equipos en una empresa, instituciones educativas, selecciones deportivas, lados de una familia, y suma y sigue. Y el nivel de desconfianza y animosidad entre ambos lados puede ir desde el típico «pique» inofensivo hasta una hostilidad enquistada que alimente guerras generación tras generación, como desgraciadamente hemos visto muy a menudo.

Esto quizá sea la explicación de una de las mayores contradicciones del ser humano. ¿Cómo es posible que a veces seamos capaces de mostrar tanta empatía y compasión y, otras veces, ser tan crueles y agresivos unos con otros? Pues porque no aplicamos el mismo rasero para todo; por desgracia, la norma no es simplemente «no matarás», sino «no matarás… a los tuyos». Los otros ya son otra cosa. Los otros son el enemigo.

Una vez, hace años, me dieron un consejo buenísimo en el trabajo: cuando trabajes con alguien, procura que se sienta parte del «nosotros», porque, si no, va a pasar a ser parte de «ellos»; va a percibir esa distancia, y habrá más resistencia a colaborar. Yo hoy te invito a que mires atentamente a tu alrededor y descubras esas dinámicas de «nosotros contra ellos»; ¿de qué manera estás tú colaborando a ese ambiente? ¿Y qué puedes hacer para «traerte a los otros» y que todos os sintáis del mismo lado?

15 segundos para imaginar

Ya estamos casi a mediados de julio; ¿qué tal llevas el verano? ¿Mucho calor? (Si estás en el hemisferio norte, claro… No sé si tendré muchos lectores en el hemisferio sur, pero me gusta mencionarlo por si acaso.)

Yo este fin de semana me lo he tomado con muuuuucha calma, sin prisas, disfrutando de sentirme medio de vacaciones, aunque todavía me falta para las vacaciones de verdad. Y como una de las cosas que asocio con el verano y las vacaciones es leer, pues he aprovechado para leer un libro, que es algo que me encanta y que estoy procurando recuperar, por un lado, porque es súper entretenido y relajante, y me recarga un montón las pilas, y por otro, porque es un ejercicio muy beneficioso para el cerebro, al potenciar la imaginación, la capacidad de concentración, la memoria y muchas otras funciones cognitivas, además de ayudarnos a mejorar nuestro dominio del lenguaje.

Normalmente también diría que un beneficio añadido de la lectura es que nos da un descanso de las omnipresentes pantallas, pero resulta que, paradójicamente, este libro en concreto me lo he acabado leyendo en el móvil, ya que mi Kindle está viejecito y ya no se conecta a la wifi para cargar libros nuevos. En fin.

Todo esto de pensar en las pantallas y en la dependencia que tenemos hoy en día de ellas me ha traído un recuerdo de cuando veía la tele de pequeña; si tú también «fuiste a EGB» (o sea, si fuiste niñ@ en España en los años ochenta) a lo mejor lo recuerdas también.

Era un segmento del mítico programa de TVE la bola de cristal, y decía así:

«Tienes quince segundos para imaginar...»

(Pasaban quince segundos mostrando una imagen borrosa y con un sonido parecido al del tic-tac de un reloj)

«Si no se te ha ocurrido nada... A lo mejor deberías ver menos la tele»

Impresionante. Ya por entonces, a los adultos les preocupaba que los niños nos pasáramos muchas horas mirando «la caja tonta», como la llamaban algunos. Y no les faltaba razón.

(Foto de «Bibothy», prueba de que de momento en casa no tenemos que preocuparnos por la falta de imaginación…)

Pero es que ahora, lejos de mejorar, la situación ha empeorado. Ya no hay una sola «caja tonta» en cada casa; lo que hay son todo tipo de dispositivos, a menudo varios por persona, compitiendo constantemente por nuestra atención. Y no sólo en casa: en la calle, en el coche, en las tiendas, en bares y restaurantes… Es un bombardeo constante de información, una fuente ininterrumpida de estimulación, y nuestro cerebro no está preparado para tal volumen.

La mente necesita un descanso de vez en cuando. Un descanso de pantallas, y también de otras fuentes de estimulación, como pueden ser unos auriculares reproduciendo música o podcasts durante horas y horas. El cerebro necesita periodos de silencio para poder funcionar correctamente. Para poder procesar la información que ha recibido, y también para poder pasar de un modo más pasivo y consumista a un modo más activo, el que nos lleva a crear, a imaginar, a resolver problemas, etc.

Pero claro, esos huecos de silencio no suelen aparecer por las buenas; tenemos que crearlos nosotros, y eso no es fácil, ni mucho menos. Porque las pantallas nos ofrecen unos chutes de satisfacción a corto plazo que a nuestro cerebro le encantan, y por eso, nos pide más. Casi cualquier otra cosa que hagamos, en comparación, le parecerá sosa y aburrida, al menos al principio; por eso es tan fácil dejarse llevar por las pantallas, y hace falta tanta fuerza de voluntad para romper el hábito y ponerse a hacer otras cosas.

Esto es lo mismo que ocurre, por cierto, con la dieta y el ejercicio: nuestro cerebro está optimizado para ayudarnos a sobrevivir a corto plazo, y siguiendo esta lógica, prefiere la comida rica en grasa y en azúcar y prioriza el ahorrar energía haciendo el mínimo esfuerzo posible. De esta manera, nuestro propio cerebro nos sabotea y juega en nuestra contra, porque entiende poco de decisiones a largo plazo. Pero nosotros sí que lo entendemos; entendemos que para tener salud a largo plazo hay que tomar otro tipo de decisiones y adquirir otro tipo de hábitos, aunque al principio cuesten.

Así que hoy te invito a que, si aún no lo estás haciendo, empieces a crear un oasis de silencio en algún momento de tu día, o todavía mejor, en varios. Tu yo del futuro te lo agradecerá.

¡Bienvenida, Mar!

¡Ya soy tía abuela! 🙂

Esta semana ha nacido Mar, la primera sobrina-nieta de la familia, y hoy hemos podido verla un ratito por videoconferencia. Es una bebé preciosa, con un nombre igualmente bonito. ¡Bienvenida!

(Foto, cómo no, del mar, o más bien del océano, en la playa de Monterey, en California.)

El ver hoy a Mar y hablar un ratito con sus padres y abuelos me ha recordado mucho a mis primeros días de madre primeriza, con Irene recién nacida. Hace ya… ¡casi veinte años! Madre mía. Algunos recordaréis haber leído mis aventuras y desventuras de madre novata en un antepasado de este blog.

Luego, dos años más tarde, tras un hermanit@ que no llegó a nacer, vino Alicia, y cinco años después, Eva, que hasta ahora ha sido la benjamina de este lado de la familia. La experiencia fue distinta con cada una; hasta los partos fueron diferentes (aunque las tres nacieron en el mismo hospital, y curiosamente, ¡el mismo día de la semana!)

Pero las tres, cada una a su manera, nos trajeron mucho amor, mucha alegría, y mucho aprendizaje también. Cada bebé es único e irrepetible, y la familia va cambiando y adaptándose a cada nuevo miembro que llega.

La verdad es que me parece una época muy bonita de la vida, el ser padre o madre (sobre todo, en madre, tengo que decir), pero también tiende a ser una etapa complicadilla, donde las emociones están a flor de piel. Hay mucha alegría, por supuesto, pero también miedos, confusión, cansancio… Es una verdadera montaña rusa emocional, y te pilla de sorpresa, por mucho que te prepares.

Así que lo que toca es armarse de paciencia, de muuuuuuucha paciencia. Con el bebé, por supuesto, que es nuevo en este mundo, y no sabe de horarios ni de normas sociales. Pero también de los papás consigo mismos, así como el uno con el otro, y seguramente también con otras personas (léase familia y amigos).

Estaba buscando alguna cita bonita con la que felicitar a los nuevos papás, y me he acordado de una frase/consejo que no sé muy bien de dónde viene (perdón si tiene autor y yo no he sido capaz de encontrarlo), pero que creo que viene muy bien al caso: Ana y Javi, ¡Enhorabuena! Disfrutad de cada momento, de cada etapa, porque los días son largos, pero los años son cortos.

Os lo digo por experiencia: un día estáis cambiando pañales, y al día siguiente la niña ya está de sleepover con sus amigas, o buscándose un trabajo con el que ganar un dinerillo extra, o sacándose el carnet de conducir…

¿Y tú? ¿Tienes hijos, sobrinos o nietos? ¿Qué consejo le darías a unos padres primerizos?

Etiquetas

El mes de junio es el mes del Orgullo en muchos países, incluida Irlanda, y el sábado me pasé un ratito por el desfile de Dublín. Al igual que otros años, me encantó el ambiente de alegría, buen rollo e inclusividad que se respira en estas ocasiones, donde todo el mundo es bienvenido y puede mostrarse tal y como es.

Luego ya en casa, hablando con mis hijas de las múltiples y variadas identidades que componen el compendio LGBTQ+ (y perdón, que seguro que me estoy dejando letras), me dio por pensar en cómo a las personas nos gusta ponernos, y ponerles a los demás, etiquetas.

(Cartelito visto en la puerta del baño de minusválidos del Ikea de Dublín. Me imagino que significará que es de género neutro, pero no he sido capaz de confirmarlo. Por parecer, parece una persona cargando con dos cajas de Ikea…)

El tema de las etiquetas es complicadillo, y veo argumentos a favor y en contra. Pero antes de entrar más de lleno en este tema, conviene recordar que nuestro cerebro no está diseñado para ayudarnos a ser felices, sino para ayudarnos a sobrevivir. Y para asegurar el cumplimiento de esa misión tan crucial, evolutivamente ha ido optimizando su funcionamiento, desarrollando patrones que le permiten tomar decisiones muy rápidas con poco gasto de energía.

Esa capacidad para interpretar y «clasificar» rápidamente las situaciones (y las personas) nos ha sido tremendamente útil a los humanos durante muchas generaciones; al fin y al cabo, estamos vivos hoy porque todos nuestros antepasados consiguieron sobrevivir al menos lo suficiente como para poder reproducirse, es decir, supieron, en múltiples ocasiones, identificar potenciales peligros y alejarse de ellos. Y eso incluía ir evaluando a cada persona que se encontraban como «amigo» o «enemigo»; como «de los míos» o «de los otros».

Otra parte muy positiva de todos estos patrones y mecanismos es que nos ayudan a entender el mundo a nuestro alrededor; digamos que van componiendo un modelo, un conjunto de historias, que nos dan una versión simplificada pero comprensible de una realidad que puede ser muy, muy compleja. Y eso nos hace sentir bien.

El problema es que son exactamente esos mismos mecanismos los que a veces nos meten en líos, por varias razones. En primer lugar, porque, para poder simplificar, el cerebro necesariamente altera y reduce la información, a base de generalizaciones, distorsiones y omisiones, lo cual puede no tener mucha importancia en ciertos contextos, pero en otros sí, favoreciendo la aparición de prejuicios, estereotipos y malentendidos varios (otro día os hablaré en más detalle de los sesgos cognitivos, que tienen mucha miga).

En segundo lugar, siguiendo con la lógica de favorecer la supervivencia, al cerebro le sale a cuenta ser desconfiado: si yo me encuentro con alguien desconocido, y equivocadamente lo clasifico como «enemigo» cuando no lo es, no pasará nada, sobreviviré igualmente; pero si equivocadamente lo clasifico como «amigo», y luego resulta que no lo era… Las consecuencias pueden ser catastróficas.

Y un tercer punto que también está relacionado es que los humanos somos seres tribales; lo llevamos en la sangre. Evolutivamente hablando, la pertenencia al grupo, al clan, proporcionaba protección, favoreciendo así la supervivencia. Y nosotros hemos heredado ese tribalismo, buscando encajar en el grupo, juzgando cómo encajan los demás, potenciando las similitudes con «los nuestros» y acentuando las diferencias con «los otros».

Una vez explicado todo esto, volvamos al tema de las etiquetas. Espero que ya esté un poquito más claro el por qué las utilizamos tanto: simple y llanamente, porque estamos programados para hacerlo.

Pero el que estemos programados para hacerlo no significa que lo hagamos bien; el mundo de hoy en día es mucho más complejo y sofisticado que el de nuestros ancestros, por lo que nos hacen falta herramientas de pensamiento más sofisticadas también, además de aprender a saber cuándo salir del piloto automático porque la ocasión requiera más atención e intención por nuestra parte.

Por eso es muy importante invertir en nuestro desarrollo y crecimiento personal, para poder tomar decisiones más conscientes que nos traigan mejores resultados en cualquier aspecto de la vida (o más bien, en todos).

Y a medida que avancemos por el camino del autoconocimiento, encontraremos palabras y conceptos que nos ayudarán a comprendernos mejor, añadiendo matices y explicaciones a nuestra identidad. Los conceptos englobados en LGBTQ+ pueden ser algunas de esas etiquetas, como lo pueden ser también los perfiles de personalidad del eneagrama, y tantas otras cosas…

Darles nombre a las cosas nos ayuda a entenderlas y a aceptarlas, y en este sentido, las etiquetas pueden ser muy positivas en un momento dado. Pero lo importante es no aferrarnos demasiado a nuestras etiquetas, no identificarnos demasiado con ellas, porque entonces dejan de ser un punto de referencia para convertirse en una limitación, y también en muchos casos, en una excusa.

¿Y tú? ¿Qué tal llevas lo de ponerte o quitarte etiquetas?

Planificación trimestral

Una vez más, llegamos al momento del año en el que, en el hemisferio norte, disfrutamos del día más largo y de la noche más corta: es el solsticio de verano. Y, como el año pasado, hemos tenido suerte: ha hecho un día espectacular aquí en Irlanda.

La verdad es que los cambios de estación tienen algo especial, ¿verdad? A menudo son momentos de cambio también en nosotros, o como mínimo, una buena ocasión para hacer un alto en el camino y evaluar qué tal vamos.

(Foto sacada en la playa de Malahide hace exactamente un año)

Otros años os he hablado de pequeños ritos que se pueden hacer en días como éste, como por ejemplo, en la noche de San Juan, Esta vez me temo que mi propuesta suena bastante menos poética y un poco más burocrática, pero espero que os sea igualmente inspiradora, y, sobre todo, útil: hacer una planificación trimestral.

Esto es algo que en muchas empresas, incluida la mía (al menos en las áreas de tecnología), es un proceso bien establecido, y justo a nuestro equipo nos toca hacerlo esta semana que empieza, aunque ya llevamos un par de semanas preparándolo. Los pasos básicos que seguimos y las preguntas que nos planteamos sirven para todo tipo de proyectos, grandes y pequeños, personales y profesionales:

Lo primero que hay que hacer es aclarar las prioridades:

  • ¿En qué nos queremos enfocar principalmente en estos tres meses?
  • Al acabar el trimestre, ¿qué nos gustaría haber conseguido?
  • ¿En qué otras cosas nos gustaría al menos avanzar un poco?

Recordemos un par de reglas básicas a la hora de priorizar cualquier cosa: si todo tiene igual importancia, entonces nada la tiene, con lo que la palabra «prioridad» pierde su significado y el sistema no sirve para nada. Lo que sí que funciona es establecer un orden de prioridades, un ránking donde no haya empates. Y así, para conseguir que la primera prioridad sea realmente la primera, las otras tareas, proyectos u objetivos se tienen que poner necesariamente por debajo.

Una técnica que puede ayudar mucho es distinguir entre tareas, proyectos u objetivos que tienen que estar en el plan sí o sí (en inglés, «must have»), por la razón que sea, y los que estaría bien que estuvieran, pero que al fin y al cabo no son imprescindibles (en inglés, «nice to have»). Esa distinción nos puede aclarar mucho las cosas y facilita enormemente el resto del proceso.

Por cierto, quiero decir que aquí estoy generalizando mucho; cuando hablo de «tareas, proyectos u objetivos», puede ser literalmente cualquier cosa que sea importante para nosotros y a la que le queramos prestar tiempo, energía y atención. En este trimestre de verano, por ejemplo, una de las prioridades más altas puede ser perfectamente descansar e irnos de vacaciones, lo cual es absolutamente necesario para poder llevar luego un ritmo sostenible.

Una vez claras las prioridades, y sabiendo las razones por las que son prioritarias, pasamos a definir el trabajo:

  • ¿Cuánto trabajo supone cada una de estas prioridades?
  • ¿En qué consiste ese trabajo? ¿Qué es lo que hay que hacer? (aproximadamente)
  • ¿Qué recursos necesitamos para poder llevar a cabo ese trabajo? ¿Y los tenemos todos, o dependemos de otros para conseguirlos?

Aquí nos metemos de lleno en entender la envergadura de cada tarea, proyecto u objetivo, hasta un nivel de detalle que nos permita estimar aproximadamente el esfuerzo. También debemos entender bien si dependemos de otro alguien, o si otro alguien depende de nosotros, para poder completarlo con éxito.

Ahora que ya tenemos una idea más o menos clara del trabajo, pasamos a calcular la capacidad:

  • ¿Cuánto trabajo podemos sacar adelante este trimestre? (teniendo también en cuenta otros factores)
  • ¿«Nos cabe» todo lo que teníamos la esperanza de incluir?
  • ¿Cómo podemos ajustar el plan para optimizar los resultados?

Y aquí es cuando llegamos a la hora de la verdad: contrastar la capacidad con la carga de trabajo. Todos tenemos un número limitado de horas al día, y en la mayoría de los casos, otras tareas y obligaciones que cumplir, así que este paso es fundamental: ¿cómo de realista es intentar abarcar todo lo que estamos incluyendo en el plan?

Contestar a esta pregunta a veces puede ser complicadillo, e implicar negociaciones con otros, o con uno mismo, si al hacer las cuentas resulta que no nos «cabe» todo. Pero precisamente por eso es fundamental hacer este ejercicio, para poder, por un lado, ajustar y optimizar el plan según haga falta, y por otro lado, gestionar expectativas (las de otros y también las nuestras propias). Todo esto es lo que nos va a permitir aumentar las probabilidades de éxito.

¿Qué te parece este proceso? ¿Te ves haciéndolo en tu vida personal, o en tu proyecto creativo o profesional? Yo tengo unas cuantas cosas con las que quiero avanzar este verano para luego empezar con mucha fuerza en septiembre.

¿Y tú, qué planes tienes?