Expresiones intraducibles: the elephant in the room

Hoy quiero hablaros de elefantes y de metáforas, aunque no del mismo elefante ni de la misma metáfora a los que me refería en este otro artículo (que, por cierto, os recomiendo encarecidamente que leáis, si no lo habéis hecho todavía).

En inglés se utiliza mucho la expresión the elephant in the room (literalmente, «el elefante en la sala») para referirse a un tema difícil y problemático, algo de lo que nadie quiere hablar, pero que al mismo tiempo resulta imposible de ignorar.

Uno de esos temas es la salud mental, de la que por suerte ya se va hablando más abiertamente, aunque todavía nos queda mucho camino por recorrer. Desde hace unos años existe aquí en Irlanda un movimiento llamado precisamente así, Elephant in the Room, que promueve las conversaciones sobre salud mental en los entornos laborales, con el fin de normalizarlas. Y la manera en la que le dan visibilidad a este problema es literalmente poniendo un elefante en la sala: ya llevan casi doscientas esculturas artísticas de bebé elefante repartidas por todo tipo de empresas, instituciones y centros educativos, dentro y fuera de Irlanda. Aquí tenéis fotos de dos de ellos:

Esculturas de elefante vistas hace ya tiempo en el centro comercial de Blanchardstown (a la izquierda) y la Universidad de Maynooth (a la derecha).

Estos elefantes nos recuerdan que, tras una fachada de aparente normalidad, cualquier persona puede estar sufriendo. Y que, si nos quedamos en el «hola, ¿qué tal?» y en la conversación superficial antes de pasar corriendo a otra cosa, nunca nos vamos a dar cuenta de quién está deseando poder desahogarse. De nosotros depende el dedicar tiempo y esfuerzo a conectar con otras personas y escucharlas de verdad, para así formar parte de una red de apoyo en la que nos sostengamos los unos a los otros.

Porque, en estos tiempos, ¿a quién no le vendría bien un poco más de apoyo y comprensión? Estamos viviendo una época histórica en la que estamos a la vez más conectados y más desconectados que nunca. Y seguramente también más desconcertados que nunca, con el ritmo vertiginoso al que se mueve todo…

Se me ocurre un elefante más del que podemos hablar, uno que yo personalmente evito todo lo que puedo, aunque cada vez puedo evitarlo menos, porque ya es poco menos que omnipresente. Una tecnología tan disruptiva y radical que nadie sabe adónde nos va a llevar. ¿Adivinas cuál puede ser?

Por supuesto, me estoy refiriendo a la prodigiosa y aterradora inteligencia artificial: un ente (o más bien, la suma de millones de entes) con la capacidad tanto de producir los más maravillosos avances para la Humanidad como de causar más estropicios que un elefante en una cristalería (otra metáfora muy gráfica con el elefante como protagonista, al menos en español; en inglés la expresión es parecida pero con un toro en una tienda de cerámica).

Me he estado resistiendo a hablar aquí sobre la inteligencia artificial, y la verdad, sigo sin tener ganas de escribir sobre ella. Por el momento, baste decir que me está generando mucha incertidumbre, como estoy segura de que se la está generando a mucha otra gente, y siempre que hay incertidumbre, también hay inquietud y malestar. Curiosamente, lo que noto que me está ayudando a mí personalmente es hablar del tema con otras personas; no del tema de la inteligencia artificial en sí, sino de mis reticencias y preocupaciones, de mi incertidumbre, de mis miedos. Creo que es porque abre la puerta a que otros también puedan sincerarse y hablar un poco más abiertamente de lo que les preocupa.

Lo cual me devuelve a la idea de los elefantes y la salud mental: a veces no nos damos cuenta cuando la tensión y las preocupaciones se van acumulando, y de repente un día nos encontramos con que cargamos con un peso enorme que no sabemos ni de dónde ha salido. Una conversación abierta y sincera con alguien en quien confiemos nos puede hacer mucho bien, así como dedicar tiempo a cuidarnos de la manera que necesitemos, sin culpabilidad, para asegurarnos de estar bien y tener energía física, mental y emocional para seguir adelante.

¿Y tú, has visto alguno de los elefantes? ¿Cuál es tu favorito? ¿Y cuál es tu «elefante en la sala» en estos momentos?

Cinco años de BinaryWords

Hoy, 18 de mayo de 2026, hace exactamente cinco años que empecé a escribir este blog.

Cinco años, ¡un lustro! Recuerdo que, cuando yo era pequeñita, no sabía cuánto duraba un lustro, pero sí sabía que era una medida de tiempo, y me parecía que debía de ser como un siglo o algo así, una eternidad…

(Parece ser que la palabra «lustro» no se utiliza mucho en inglés, y me atrevería a decir que ya tampoco en español, pero bueno, me hacía ilusión utilizarla hoy. En inglés es lustrum, tomando prestada directamente la palabra original en latín.)

Esta foto de la playa de Killiney también tiene casi cinco años; es la imagen que puse inicialmente como cabecera del blog:

Muchas cosas han pasado desde mayo de 2021, en el mundo y en cada uno de nosotros. Recuerdo que por aquel entonces yo estaba en plena búsqueda: no tenía muy claro qué hacer con mi vida, pero sabía que quería hacer algo diferente. Así que decidí empezar a caminar, a moverme, confiando en que el camino iría apareciendo. Y lo hice retomando una afición que en tiempos me llenaba, pero que luego había dejado abandonada durante varios años: escribir. O más concretamente, bloguear.

Todavía, si me pongo a pensarlo, me resulta raro: todas las semanas me siento a sintetizar mis pensamientos y aprendizajes en unos cuantos párrafos, y luego los lanzo al mundo, un poco a ciegas, sin saber a quién les llegarán ni si les resonarán. En el fondo tengo la esperanza de que, quien sea que se tropiece con estas líneas, se encuentre con alguna idea que le anime, le ayude o le inspire de alguna manera.

Pero tengo que decir que el mayor beneficio, sin duda, me lo llevo yo. Por un lado, por poder expresar mi vena creativa y aportar algo, aunque sea pequeño, de lo que sentirme orgullosa, y por otro, porque estas reflexiones semanales son las que han abierto la puerta a muchas otras cosas interesantes (y retadoras) en mi vida.

Y es que, efectivamente, el camino fue apareciendo, y sigue apareciendo con cada paso. Poco a poco se va formando mi proyecto, que todavía está en construcción, porque precisamente de eso se trata: de seguir creciendo y de apoyar a otros en su crecimiento, y esas son tareas que duran toda la vida.

El blog tiene ahora más de 250 artículos; los puedes encontrar todos en la sección de archivo. Y si ya te vas cansando de sólo leer y estás preparad@ para pasar a la acción, échale un vistazo a la página de servicios (recién actualizada) y cuéntame qué cambio quieres hacer en tu vida.

Premeditatio malorum

El artículo de hoy empieza con estas palabras en latín: premeditatio malorum, que podríamos traducir como «preestudiar el mal futuro».

Y aunque parezca de broma, como las frases en latín falso que leíamos en los cómics de Astérix, resulta que sí que es una expresión auténtica de hace siglos. Se trata de una técnica de los antiguos filósofos estoicos que aprendí en el curso de estoicismo de Autognosis (¡gracias, Luis!)

(Flores dibujadas por Eva, la artista de la familia, en la pizarra de la cocina.)

Esta semana han pasado unas cuantas cosas a mi alrededor que me han descolocado bastante, cosas que me han hecho plantearme situaciones que hasta hace poco ni se me habrían ocurrido. Y dándole vueltas, sin darme cuenta, me he puesto en lo peor. Que es precisamente en lo que consiste este ejercicio: en permitirnos durante un tiempo determinado ponernos en esa situación que nos da miedo que ocurra.

Pero no de manera masoquista, con la intención de sufrir más, sino, paradójicamente, para sufrir menos. Cuando surgen las preocupaciones por el futuro, ya sabemos que a la mente no le vale con que le digamos que no se preocupe; se va a preocupar igual. Así que lo que propone esta técnica no es huir de ese pensamiento ni intentar taparlo, sino darle la oportunidad de aflorar. Así, visualizando e imaginándonos el peor caso posible como si de verdad estuviera ocurriendo, nos permitimos asimilarlo, procesarlo, y aceptar más tranquilamente la posibilidad (aunque sea remota) de que nos ocurra.

Pero además, esta técnica también nos ayuda a estar mejor preparados para lo que pueda pasar, o incluso a reducir las probabilidades de que ocurra, si hay cosas que podemos hacer para intentar evitarlo. Esto es lo que yo hice también sin darme cuenta: pasé al modo ¿qué haría yo en esta situación? ¿Cómo lo gestionaria? ¿Con qué recursos contaría? Y a partir de ahí, tomé una serie de decisiones hipotéticas que me proporcionaron una imagen más o menos clara de ese futuro imaginario, que ya no parecía tan terrible.

Al fin y al cabo, se trata de «descatastrofizar» esa amenaza futura a base de aterrizarla, darle forma y trazar un plan de acción que tranquilice a nuestra mente, al situarnos en el panel de mando en lugar de dejarnos a merced de los acontecimientos.

Para obtener los mejores resultados, lo ideal es hacer este ejercicio por escrito, reservando un tiempo prudencial (no demasiado largo) para ponerte en la situación, imaginarte los detalles y observar las emociones y los pensamientos que van surgiendo. ¿Qué opciones tienes?

Puedes ir escribiéndolo todo en tres columnas:

  • Situación: tu miedo, el peor caso posible.
  • Prevención: ¿qué está bajo tu control para evitar que ocurra?
  • Gestión: si termina ocurriendo, ¿qué está bajo tu control para solucionar o mitigar el problema?

Así, mirando de frente la amenaza y reflexionando sobre ella, paradójicamente la ansiedad baja, en lugar de subir. Porque pasamos de estar preocupados por el problema a estar ocupados construyendo la solución. Y además, como todo queda por escrito, una vez acabado el ejercicio, la mente ya puede liberarse de ese tema y volver a concentrarse en otras cosas.

Como nota final, valga un recordatorio de que somos más fuertes de lo que nos creemos. Y como decía Marco Aurelio, uno de los grandes filósofos estoicos:

No temas al futuro.
Lo enfrentarás con las mismas armas
con las que enfrentas el presente.

Cita del día

¿Te gustan las citas y frases célebres? Si llevas un tiempo leyendo este blog, sabrás que a mí sí, y que a menudo pongo alguna en mis artículos, aunque intento no pasarme.

Hoy, al encender el ordenador, Google me ha mostrado una cita de Ralph Waldo Emerson que ya conocía (esta es mi propia traducción del original en inglés):

Lo que queda detrás de nosotros
y lo que nos espera delante
no es nada comparado
con lo que llevamos dentro.

Bonita, ¿verdad? Me he puesto a buscar más citas suyas y me han salido un montón; aquí abajo os pongo una selección.

(Foto tomada este fin de semana, turisteando por Irlanda del Norte con Merche, Nacho y Miguel, ¡gracias chicos!)

La gente no parece darse cuenta
de que su opinión del mundo
es también una confesión de su carácter.

Lo que haces habla tan fuerte
que no puedo escuchar lo que dices.

Sin ambición, uno no empieza nada.
Sin trabajo, uno no termina nada.
El premio no va a venir él sólo.
Tienes que ganártelo.

Una vez que tomas una decisión,
el universo conspira para que ocurra.

Y una que me ha sorprendido:

Hazte tu propia Biblia.
Selecciona y recopila todas las palabras y oraciones
que en tus lecturas te hayan resonado
como el estruendo de una trompeta.

Un pie delante de otro

Empezamos una nueva semana, y yo me la imagino como una hoja en blanco que ir rellenando día a día, a ser posible con buena letra.

A veces, hay temporadas en que la vida no da para mucho más que para ir haciendo lo imprescindible cada día. Y eso está bien, es lo que toca.

Pero cuidado con no quedarnos ahí atascados más tiempo del necesario…

Esta cita la he encontrado (en inglés) en un libro que tengo por casa; no decía el autor, y no he sido capaz de localizarlo.

No te pases tanto tiempo concentrado
en poner un pie delante del otro
que te olvides de mirar hacia dónde vas.

(Foto sacada hace aproximadamente un año, bajando desde la Alhambra hacia el centro de Granada.)

En otras palabras: levanta de vez en cuando la mirada del camino, y comprueba si realmente vas en la dirección que quieres.

Marcarte un destino te ayudará a dar pasos más firmes y más acertados. Y pararte de vez en cuando a afilar la sierra te dará la claridad y las herramientas que necesites para seguir avanzando.

Y tú, ¿hacia dónde vas? ¿Y qué pasos vas a dar esta semana para irte acercando?

Botón de reinicio

Una vez más, el fin de semana se me ha pasado muy rápido, y me he quedado con la sensación de no haber hecho ni la mitad de las cosas que hubiera querido. Lo cual probablemente quiere decir que había planeado como el doble de cosas de las que, siendo realistas, me caben en un fin de semana.

¿Te pasa a ti también esto? Es bastante normal; a las personas se nos da fatal estimar el tiempo que tardamos en realizar una tarea o un proyecto (más sobre este tema aquí).

Para mí, una consecuencia habitual de no ser realista con mi tiempo es que a menudo acabo descansando y durmiendo menos, porque hay cosas que no quiero dejar sin hacer, aunque ya se me acaben las horas del día. Y así, sin darme cuenta, me meto en una rueda de cansancio atrasado que no hace sino traerme más problemas…

Esta semana me he pillado otra vez en esa rueda. Y sólo de mí depende salir de ella.

A veces nos da la sensación de que no hay más remedio que llenarnos el día de tareas y seguir hasta caer de agotamiento. O igual ya estamos agotados, pero no le hacemos caso a nuestro cuerpo. ¿Hasta cuándo? ¿Es que tenemos que esperar a que la vida nos dé un susto para empezar a cuidarnos?

Lo bueno es que la vida (o más bien, nuestro cuerpo) nos va dando avisos, nos va indicando cuándo el ritmo que llevamos ya no es sostenible. El caso es aprender a escuchar, para que, cuando aparezcan las señales, podamos tomar nota y hacer algo al respecto.

Pero claro, para poder escucharnos, primero tenemos que crear un poco de silencio. Y para eso no ayuda el estar rodeados de ruido y distracciones continuas, como lo estamos hoy en día. Hace falta hacer un esfuerzo consciente por «desconectar» un poquito de lo de fuera, para poder conectar con lo de dentro y hacer balance de cómo estamos de verdad.

Esto me recuerda a dos cosas: por un lado, a la primera frase de la Desiderata: «Camina plácidamente entre el ruido y la prisa, y recuerda cuánta paz puede haber en el silencio»… Si esto ya era verdad hace más o menos un siglo, sin lugar a dudas es más cierto ahora que nunca.

Y por otro lado, a esta cita que yo creía que ya os había contado, pero parece ser que no:

Casi todo volverá a funcionar
si lo desconectas durante unos minutos,
incluid@ tú.

Anne Lamot

Y si son unas horas, o unos días, o incluso semanas, mejor que mejor.

(Póster visto en una tienda de Avoca: «estar offline (desconectado de internet) es el nuevo lujo.» Esta frase daría para otro artículo entero, que algún día a lo mejor escribiré.)

Y a ti, ¿te hace falta pulsar el botón de reinicio?

Palabras (casi) intraducibles: workout

Como ya sabéis, de vez en cuando en este blog me gusta hablar de alguna palabra o expresión que me parece especialmente acertada en inglés (o en español) y que creo que pierde fuerza y significado al traducirla al español (o al inglés, según el caso).

Hoy añadimos a nuestra lista de intraducibles una palabra en inglés que se utiliza muchísimo, y yo diría que no sólo entre la gente de habla inglesa: workout. El diccionario la traduce como «ejercicio» (exercise) o «entrenamiento» (training), pero esas dos palabras, en mi opinión, son un poco genéricas, un poco «vagas» (si me permitís el chiste), cuando el workout es algo mucho más tangible: es cada sesión concreta de entrenamiento, cada rato que dedicas a hacer ejercicio. Y eso conlleva un esfuerzo, un trabajo, que va implícito en la propia palabra, al ser un derivado del verbo trabajar (to work).

(Foto de un cartel que hay en mi oficina, animando a la gente a usar las escaleras en lugar del ascensor: «Quema calorías, no electricidad. Usa las escaleras.»)

Efectivamente, hacer ejercicio cuesta trabajo, y no sólo por el esfuerzo físico, que una vez puestos, ya casi es lo de menos. Lo que más cuesta es mantener la constancia, y seguir adelante sin esperar a que te apetezca, porque, seamos realistas, casi nunca te va a apetecer… (Por cierto, por si no lo sabías, esto es completamente normal; a los atletas de élite tampoco les apetece salir a correr todos los días, y aun así, lo hacen, por eso es tan importante crear rutinas que nos lo pongan un poco más fácil y nos ayuden a cumplir nuestros objetivos).

Lo bueno es que todo ese trabajo a lo largo de semanas, meses y años al final tiene su recompensa: cuando entrenamos regularmente, estamos más en forma, nos sentimos mejor y podemos hacer más cosas. En otras palabras, mejora nuestra calidad de vida.

Ahora bien, ¿y si pudiéramos aplicar el mismo razonamiento a otros tipos de ejercicio, aparte del físico?

Todo esto viene a que el otro día escuché una frase que creo que merece la pena compartir. No sé si será original de la persona a quien se la oí, una coach llamada Alexias Anderson; era parte de una charla sobre Inteligencia Adaptativa (un tema clave en estos tiempos tan acelerados y cambiantes, y que va a dar para más posts seguro):

Cada experiencia desconocida es un entrenamiento.

Me gusta mucho el paralelismo que hace aquí esta señora: al igual que hacer ejercicio es incómodo y cansado para el cuerpo, pero a la larga le viene bien, el tener que desenvolverse en un entorno poco conocido es incómodo y cansado para el cerebro, pero a la larga, también le viene bien. Le permite aprender a adaptarse a distintas situaciones, a ser más flexible y a tener más repertorio de estrategias, respuestas y acciones según convenga en cada caso.

Y al igual que pasa con el ejercicio físico, la clave está en hacerlo a menudo, aunque sea en pequeñas dosis. No hace falta hacer nada demasiado radical; la idea es irnos exponiendo poco a poco a experiencias y actividades en las que no nos sirva el piloto automático, y que tengamos que ingeniárnoslas para poder seguir adelante. Puede ser tan sencillo como volver a casa por un camino diferente (¡y sin Google Maps!), empezar un hobby nuevo o aprender una habilidad que tenga poco que ver con lo que se nos da bien normalmente.

Un ejemplo muy tonto que se me ocurre es el de las canciones que cantamos en el coro del trabajo: yo normalmente estoy en el grupo de las sopranos, pero últimamente estamos muy poquitas y para algunas canciones me han cambiado al grupo de altos… Parece mentira, la cantidad de energía extra que me supone aprenderme esa otra versión de las canciones; me cuesta muchísimo.

Pero como decíamos antes, lo bueno es que todo este gasto de energía adicional tiene su recompensa, en mi opinión, por partida doble. Por un lado, a base de ponernos intencionadamente en situaciones un poco incómodas, poco a poco vamos consiguiendo tolerar mejor la incomodidad, y eso nos puede dar mucha libertad y abrirnos opciones en el día a día. Y por otro lado, cuando inevitablemente la vida nos traiga momentos de cambio de esos que tienen la capacidad de sacudirnos y descolocarnos, nos encontrará mucho más preparados, con recursos para capear mejor el temporal y hasta sacar provecho de las circunstancias.

¿Qué te parece esta idea? ¿De qué manera entrenas tú tu cuerpo y tu mente?

Ensanchando la vida

¡Feliz Pascua de Resurrección a todos los que la celebréis!

(Qué poco original soy, todos los años empiezo con la misma frase… Si te apetece leer mis reflexiones sobre la Semana Santa en años anteriores, las tienes aquí, aquí y aquí.)

Esta semana he tenido la inmensa suerte de estar de vacaciones, disfrutando de tiempo en familia y de poder hacer cosas con tranquilidad (o al menos, con menos prisas que normalmente).

(Foto del interior de la catedral de Galway, que fuimos a ver el otro día. Por fuera es bastante sencilla, pero por dentro me parece preciosa, y además nos vino fenomenal para refugiarnos un rato de la lluvia.)

En estos tiempos tan acelerados en los que vivimos, el poder bajar de revoluciones por unos días es un auténtico lujo… Un lujo completamente necesario, me atrevería a decir, aunque no siempre sepamos verlo. Crear espacio para recuperar fuerzas, para volver a centrarnos en lo que de verdad importa, para disfrutar de las cosas pequeñas (y grandes) que nos trae la vida.

Hoy quiero invitarte a reflexionar un poco, a ver qué te parece esta cita:

Muchos estudian la forma de alargar la vida,
¡cuando lo que habría que hacer es ensancharla!

Luciano de Crescenzo

¿Cuáles son esas cosas que «ensanchan» tu vida? ¿Cómo te sientes cuando les dedicas tiempo y atención? ¿Y cuánto tiempo y atención les dedicas?

Visitas

¿Qué tal llevas lo de recibir visitas en casa? ¿Te agobias un poco (o mucho) con los preparativos?

En eso estaba pensando yo esta mañana, antes de ir al aeropuerto a recoger a mi hermana Cristina y a mis sobrinos Pablo y Andrés (¡bienvenidos, chicos!). Yo en tiempos me agobiaba muchísssimo cuando iba a venir alguien a casa, y la verdad es que con los años me he ido relajando un poco, ¡menos mal!

(Foto de un corazón de manualidades que hizo Eva en el cole hace un par de años, y que adorna permanentemente la pizarra de la cocina.)

Creo que parte del problema, al menos en mi caso, era la creencia de que la casa tenía que estar perfectamente limpia y ordenada para poder recibir a las visitas «como Dios manda». Ahora me doy cuenta de que eso es un reflejo, por un lado, de las costumbres de mi familia en particular, y por otro, de las normas sociales por las que se regían las generaciones anteriores a la nuestra.

Antiguamente, en muchas casas se reservaba una salita o salón específicamente para las visitas (un sitio donde habitualmente los niños no podían estar, no fuera a ser que ensuciaran o rompieran algo), y se sacaba «la vajilla buena» para servir el café, la merienda o lo que se terciara. Era impensable que las visitas pasaran hasta la cocina o las habitaciones de la familia… A no ser que a la anfitriona le diera por enseñarles la casa entera, cosa que mi madre hacía de vez en cuando (qué recuerdos, entrar en pánico y tener que ordenar nuestro cuarto en tiempo récord para poder enseñárselo a la visita de turno).

Pero hoy en día, afortunadamente, las cosas han cambiado. Las casas son más abiertas; se hace mucha más vida en la cocina, y las relaciones sociales tienden a ser mucho menos formales. O a lo mejor soy yo, que hace ya años decidí que no quería «visitas» en mi casa, o más bien, que no quería que quien viniera a mi casa se sintiera como una visita (entendiendo visita como las de antiguamente, de mírame y no me toques). El punto de encuentro en nuestra casa de ahora es definitivamente la cocina, que es sencilla, sin grandes lujos, pero muy acogedora, y ya no me siento (tan) mal porque la casa no esté perfecta, aunque por supuesto me gusta que esté razonablemente limpia y ordenada.

Al fin y al cabo, lo importante es poder juntarnos para pasar un buen rato. Y he aprendido que flexibilizar y simplificar ciertas cosas me ayuda a disfrutar mucho más del momento y, cómo no, de la compañía.

¿Tú cómo lo ves? ¿Estás a favor de las visitas, o de las «no-visitas»?

Patitos en fila

Hoy Google Fotos me ha recordado dónde estaba hace más o menos un año: curioseando la tienda de una gasolinera de una conocida cadena norteamericana, Buc-ee’s (¡gracias, Tasha!)

Había una sección repleta de letreros, plaquitas y tarjetas varias con mensajes muy chulos, y hubo dos que me hicieron especial gracia. Pero antes de enseñaros la primera, tengo que explicar una expresión en inglés que podríamos incluir en la categoría de intraducibles: to have your ducks in a row, que literalmente quiere decir «tener tus patitos en fila».

¿Habéis visto alguna vez a una mamá pato caminar con sus patitos? Da sensación de orden y disciplina, ¿verdad? Pues eso es precisamente lo que transmite esta frase: el tenerlo todo bien preparado y organizado, todo bajo control, sin que se te escape nada. En el trabajo utilizamos mucho esta expresión al hablar de tareas o proyectos, o por ejemplo esta semana, que nos estamos preparando para planificar el próximo trimestre, y queremos asegurarnos de tenerlo todo bien atado.

Bueno, pues una vez entendido esto, aquí va la primera foto, de una tarjeta:

(Traducción libre del texto: «Ni tengo patitos ni tengo fila… Lo que tengo son ardillas, y están por todas partes.»

¿Habéis visto alguna vez, o si no, os imagináis, a una familia de ardillas corriendo y saltando en distintas direcciones? Imprevisible y caótica, todo lo contrario que la familia de patitos, ¿verdad? ¿Quién no ha tenido alguna vez esa sensación de que las cosas se escapan de su control y empiezan a salirse de madre?

Lo cual me lleva a la segunda foto, esta vez de una plaquita muy mona que estuve a puntito de comprar:

(Traducción libre del texto: «Mientras esté todo exactamente como yo quiero, soy súper flexible».)

Esta frase me parece buenísima, y me viene que ni pintada, como buen eneatipo 1 que soy. Refleja en clave de humor una piedrecita con la que me tropiezo mucho más a menudo de lo que me gustaría: el tener expectativas poco realistas y responder con rigidez cada vez que no se cumplen (y hoy me ha vuelto a pasar, lo siento chicas, os ha tocado bronca).

Enlazando esta idea con la anterior, me doy cuenta de que generalmente todo va bien y puedo fluir con la vida y estar tranquila hasta que se me sale un patito de la fila (o unos cuantos a la vez), y entonces vislumbro el caos y empieza el desastre… Esta plaquita para mí es un recordatorio de que es fácil avanzar cuando las cosas nos van bien; lo difícil es no echarlo todo a perder cuando dejan de ir tan bien, que, seamos realistas, va a ser bastante a menudo, porque la vida se parece mucho más a la familia de ardillas que a la de patitos, por mucho que nos cueste aceptarlo.

¿Qué te parecen a ti estas dos frases? ¿Te identificas con alguna? ¿Y de qué manera?