Visitas

¿Qué tal llevas lo de recibir visitas en casa? ¿Te agobias un poco (o mucho) con los preparativos?

En eso estaba pensando yo esta mañana, antes de ir al aeropuerto a recoger a mi hermana Cristina y a mis sobrinos Pablo y Andrés (¡bienvenidos, chicos!). Yo en tiempos me agobiaba muchísssimo cuando iba a venir alguien a casa, y la verdad es que con los años me he ido relajando un poco, ¡menos mal!

(Foto de un corazón de manualidades que hizo Eva en el cole hace un par de años, y que adorna permanentemente la pizarra de la cocina.)

Creo que parte del problema, al menos en mi caso, era la creencia de que la casa tenía que estar perfectamente limpia y ordenada para poder recibir a las visitas «como Dios manda». Ahora me doy cuenta de que eso es un reflejo, por un lado, de las costumbres de mi familia en particular, y por otro, de las normas sociales por las que se regían las generaciones anteriores a la nuestra.

Antiguamente, en muchas casas se reservaba una salita o salón específicamente para las visitas (un sitio donde habitualmente los niños no podían estar, no fuera a ser que ensuciaran o rompieran algo), y se sacaba «la vajilla buena» para servir el café, la merienda o lo que se terciara. Era impensable que las visitas pasaran hasta la cocina o las habitaciones de la familia… A no ser que a la anfitriona le diera por enseñarles la casa entera, cosa que mi madre hacía de vez en cuando (qué recuerdos, entrar en pánico y tener que ordenar nuestro cuarto en tiempo récord para poder enseñárselo a la visita de turno).

Pero hoy en día, afortunadamente, las cosas han cambiado. Las casas son más abiertas; se hace mucha más vida en la cocina, y las relaciones sociales tienden a ser mucho menos formales. O a lo mejor soy yo, que hace ya años decidí que no quería «visitas» en mi casa, o más bien, que no quería que quien viniera a mi casa se sintiera como una visita (entendiendo visita como las de antiguamente, de mírame y no me toques). El punto de encuentro en nuestra casa de ahora es definitivamente la cocina, que es sencilla, sin grandes lujos, pero muy acogedora, y ya no me siento (tan) mal porque la casa no esté perfecta, aunque por supuesto me gusta que esté razonablemente limpia y ordenada.

Al fin y al cabo, lo importante es poder juntarnos para pasar un buen rato. Y he aprendido que flexibilizar y simplificar ciertas cosas me ayuda a disfrutar mucho más del momento y, cómo no, de la compañía.

¿Tú cómo lo ves? ¿Estás a favor de las visitas, o de las «no-visitas»?

1 pensamientos sobre "Visitas"

  1. Me pasaba lo mismo, pero siempre he sido un desastre 😅
    Lo importante es reunirse y pasar tiempo juntos. Me encanta tu cocina 😋

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