Un año de BinaryWords

¡BinaryWords 2.0 cumple este mes su primer añito!

Doce meses escribiendo, más de cincuenta posts publicados, siempre con todo mi cariño e ilusión 🙂

Para mí ha sido un año lleno de cambios, unos más visibles que otros: decisiones, nuevos retos, mucho aprendizaje… Empezar a trazar un nuevo camino. Y lo mejor de todo es que esto no es más que el principio.

Estoy ya trabajando en la siguiente versión de esta web, la 3.0. El blog seguirá, por supuesto, pero también habrá otros elementos, entrando más de lleno en el mundo del coaching y el desarrollo personal.

Así que aprovecho esta oportunidad para darte las gracias otra vez, querido/a lector/a, por estar ahí semana tras semana, tú eres la razón por la que escribo este blog. Y también para pedirte que, si te parece bien, como regalo de cumpleaños me envíes tu feedback, que me ayudará un montón con mis próximos pasos.

Aquí tienes unas cuantas preguntas, por favor siéntete libre de añadir o quitar lo que te parezca oportuno:

  • ¿Cómo llegaste a este blog, y qué fue lo que te hizo quedarte?
  • ¿Cuál es tu post favorito hasta la fecha, y por qué?
  • ¿Sobre qué otros temas te gustaría ver contenidos publicados?
  • ¿Cuál es el mayor reto al que te enfrentas en este momento?

Estoy deseando leer tu respuesta, tu regalo. Puedes responder con un comentario aquí mismo en el post, contactar conmigo por las redes sociales, o escribirme un email a binarybea@binarywords.com.

¡Mil gracias!

Y allá vamos, a por el segundo año 😉

Jugando a las damas

Mi hija Eva, de siete años, está aprendiendo a jugar a las damas. Bueno, creo que ya había jugado alguna vez hace tiempo, pero por alguna razón llevábamos mucho sin jugar, y se le habían olvidado las reglas.

Jugar con Eva me trajo muchos recuerdos de cuando yo de pequeña jugaba a las damas con mi hermana Cristina, que fue quien me me enseñó. ¡Y vaya palizas que me daba! No recuerdo haberle ganado nunca… En mi defensa diré que es seis años mayor que yo, y de pequeños, esa diferencia de edad se nota mucho. Ahora parece ella más joven que yo, pero eso ya es tema para otro post 🙂

El caso es que una de las cosas que más recuerdo era la cara de tonta que se me ponía cuando no lo veía venir, y de pronto ella me comía dos o tres piezas de un tirón. Creo que no era exactamente el perder lo que me hundía (perder a los juegos nunca me ha importado demasiado), sino la sensación de impotencia de no saber jugar bien, y de no poder hacer nada para remontar la partida.

Y claro, ahora la que siente esa impotencia, partida tras partida, es Eva. No sabe lo bien que la comprendo.

Todos hemos pasado por experiencias parecidas, cuando empezamos a aprender algo nuevo y se nos da fatal, o al menos eso creemos; en realidad es que todavía no sabemos hacerlo, es esa fase del aprendizaje que llamamos de incompetencia consciente. Es algo inevitable. Y puede ser muy, muy frustrante, sobre todo cuando hace mucho que no salimos de nuestra zona de confort, y estamos acostumbrados a que las cosas nos salgan bien. A nadie le gusta sentirse torpe e inútil, como un pez fuera del agua.

Pero se nos olvida que todo aprendizaje necesita su proceso, y eso lógicamente lleva su tiempo. Lo importante es seguir practicando, tener perseverancia, e ir aprovechando los «errores» para mejorar la técnica, la estrategia, o lo que sea que nos haga falta.

A mí los juegos de mesa siempre me han parecido un buen ensayo para la vida, una buena manera de aprender habilidades que luego podemos aplicar a cualquier otra cosa. Pensando en el ejemplo de esta semana con las damas, se me ocurren unas cuantas cosas:

  • Gestionar emociones como la tristeza, el enfado y la frustración.
  • Tener paciencia con uno mismo y con los demás.
  • Centrarse en aprender y mejorar, más que en el hecho de ganar o perder.
  • Permitirse ser imperfecto y cometer errores.
  • Observar para darse más cuenta de lo que está pasando, y poder ver venir las jugadas del contrario.

Y a ti, ¿qué te han enseñado los juegos? ¿Hay alguno que te resultara especialmente frustrante?

Presencia

Hoy os traigo una cita con la que me he topado esta semana, sacada de un libro sobre gestión de equipos que se llama Software for your head («software para tu cabeza»). Tengo que admitir que el libro en sí no me lo he leído, aunque me parece que tiene muy buena pinta, y al menos el título pega mucho con el espíritu de este blog 🙂

Ya sea que los miembros de un equipo estén desperdigados por el mundo o apretados hombro con hombro en filas de cubículos, la distancia siempre es el problema principal que surge entre colaboradores. El remedio para la distancia es la presencia. Claramente, es más fácil distinguir las dificultades generadas por la distancia cuando un equipo está disperso geográficamente, y los problemas se suelen atribuir más a los kilómetros que a las mentes. Sea cual sea su situación geográfica, la tarea principal de cualquier equipo es superar la distancia. Pero lo que debe superarse es la distancia psicológica entre las mentes de las personas, más que el espacio físico que haya entre sus cuerpos.

Jim & Michelle McCarthy – Software for your head

El libro se escribió hace más de veinte años, y si este párrafo ya era cierto seguramente entonces, yo diría que ahora lo es todavía mucho más, tanto dentro como fuera del entorno laboral. Vivimos tan distraídos en nuestra vida en general, tenemos normalmente la atención tan dispersa, que nos cuesta estar de verdad presentes con la persona que tenemos delante en cada momento. A menudo estamos sin estar realmente. O estamos, pero a medias, dedicando sólo un cachito de nuestra atención a la otra persona. Y lo peor de todo es que nos hemos acostumbrado a vivir así, lo consideramos normal, y tenemos todo tipo de excusas para justificarlo.

Pero cuando hacemos el esfuerzo y de verdad estamos presentes, aparcando durante un rato todas las distracciones, se nota la diferencia, y mucho,. La conexión se vuelve más profunda, el momento compartido es más valioso. Y si estamos en un entorno laboral, lo más seguro es que la comunicación sea más eficiente y ayude mucho a sacar adelante el trabajo.

Así que estemos donde estemos, acordémonos de que el mejor regalo que podemos hacer a los demás es nuestra presencia, nuestra atención plena, durante el tiempo que pasemos con ellos. Familiares, amigos., compañeros de trabajo, da igual quien sea. Y la distancia deja de importar.

Violinistas en el metro

La vida está llena de pequeños detalles, de esos que pasan desapercibidos cuando estamos ensimismados pensando en otras cosas, que es la mayoría de las veces. Andamos demasiado a menudo con el piloto automático puesto, agobiándonos por el futuro o dándole vueltas al pasado, y nos perdemos el presente.

Y claro, si se nos pasan por alto todos los detalles que hacen que cada día sea único e irrepetible, ¿cómo no nos va a parecer que vivimos en el día de la marmota?

Pero si conseguimos bajar un poco el ritmo, y nos centramos en estar presentes y atentos como nos enseña la práctica del mindfulness, empezamos a notar cosas maravillosas y sorprendentes, estemos donde estemos. Porque en todas partes hay belleza, si la sabemos ver.

Una historia muy chula que escuché hace poco y que tiene que ver con esto (¡gracias Paz!) es un experimento que se hizo hace unos años en Estados Unidos. Un violinista famosísimo, uno de los mejores del mundo, se puso a tocar de incógnito con su violín Stradivarius en una estación de metro de Washington D.C., en plena hora punta. Estuvo casi tres cuartos de hora tocando, y en todo ese tiempo, tan sólo siete personas se pararon a escuchar su música, y sólo una de ellas le reconoció. Los demás pasaron de largo, inmersos en las prisas y el estrés de sus preocupaciones diarias… ¿Es así de verdad como queremos vivir, pasando siempre de largo por la vida, para luego andar quejándonos de la monotonía y la rutina?

Lo bueno es que podemos romper ese ciclo. Cada mañana al despertarnos, podemos elegir entre poner el piloto automático y vivir otro día de la marmota, o cambiar nuestra mirada y dejarnos sorprender por los «violinistas del metro»: una puesta de sol espectacular, la alegría de tus hijos al llegar a casa, charlar con un ser querido…

Mi «violinista» de hoy es darme cuenta de que éste es el post número cincuenta del blog 🙂 ¿Y el tuyo?

Configuraciones

A veces nos pasa que cuando tenemos un problema que queremos solucionar, sobre todo si somos un poquillo perfeccionistas, es que caemos en la trampa de pensar dos cosas: por un lado, que sólo hay una solución «ideal» o «perfecta» para ese problema en concreto, y por otro, que sólo hay una manera posible de llegar hasta esa solución.

Se nos olvida que cada persona es un mundo, y que así como las situaciones que nos podemos encontrar en la vida son potencialmente infinitas, también lo es nuestra creatividad para encontrar soluciones, siempre y cuando nos demos a nosotros mismos un voto de confianza.

Pero claro, a veces por el camino perdemos esa confianza, como cuando montamos una cara del cubo de Rubik y se nos descuajaringa otra. A veces al hacer un cambio, sin querer removemos otras cosas, porque todo está relacionado.

El secreto quizá sea empezar a tomarnos la vida como un experimento, y en lugar de intentar llegar a ese cubo de Rubik tan perfectamente montado, pero a la vez tan rígido e inamovible (¡y tan aburrido!), con todos los cuadritos de colores en su cara correspondiente, podemos optar por ir encontrando nuestra propia combinación, la que funciona para cada uno de nosotros. Nuestro cubo no tiene por qué ser igual que el de los demás, ni tiene por qué ser el mismo toda la vida.

Y eso, ¿cómo se consigue? Pues a base de ir probando distintas configuraciones. Yo soy muy amiga de las soluciones intermedias, o sea, de ir haciendo pequeños cambios que nos acerquen poco a poco adonde queremos estar, sabiendo que siempre podemos modificar el experimento y cambiar de rumbo según decidamos, a medida que vayamos obteniendo resultados y haciendo descubrimientos.

Y digo pequeños cambios porque, si son muy grandes, puede que no duren mucho, o que se nos hagan tan cuesta arriba que al final abandonemos, o peor aún, que ni siquiera lo intentemos. Así que poco a poco: ¿qué pasa si muevo esta pieza un poquito hacia este lado? ¿O si cambio este color por este otro?

Por lo visto, un cubo de Rubik se puede configurar de 43 quintillones de maneras distintas… ¿Cómo es tu combinación de hoy?

Elige tus piedras con amor

El año 2021 ya se nos está acabando, y dentro de poquito estrenaremos el 2022.

Pero aún nos quedan unos días, y antes de lanzarnos de cabeza a celebrar el año nuevo, tenemos tiempo de reflexionar un poco sobre este año pasado. Os propongo hacerlo utilizando un acrónimo, unas siglas que al juntarse forman la palabra AMOR:

  • A de AGRADECIMIENTO: ¿De qué me siento agradecid@? ¿Qué cosas me han pasado en este año por las que doy las gracias?
  • M de MEJORABLE: ¿Qué me había propuesto este año que no llegué a conseguir? ¿Qué haría ahora de manera diferente, y cómo lo haría?
  • O de ORGULLOS@: ¿Qué es lo que sí he conseguido este año, de lo que me siento orgullos@? ¿Qué obstáculos he superado?
  • R de REFLEXIÓN: ¿Qué cosas han salido como me esperaba, y cuáles no? ¿Qué sorpresas me he encontrado por el camino? ¿Y qué es lo que he aprendido?

Una vez que hemos mirado hacia atrás y hecho este pequeño repaso, ya sabiendo de dónde venimos y el camino recorrido para llegar hasta aquí, nos será más fácil mirar hacia adelante y decidir hacia dónde queremos ir ahora, qué metas nos queremos marcar para 2022.

Y ojo, no estoy hablando de hacernos propósitos de año nuevo, de esos que nos duran unos días y luego enseguida se disipan para dejarnos igual que antes, o incluso peor… Hablo de ser sinceros con nosotros mismos y decidir conscientemente nuestras prioridades, las cosas a las que damos valor e importancia en nuestra vida, porque una vez que conectemos con ellas y las tengamos claras, la motivación y el éxito vendrán solos, o al menos con mucho menos esfuerzo que si intentáramos cambiar solo a base de fuerza de voluntad 😉

Y hablando de prioridades en la vida, os dejo aquí una historia que seguramente ya habréis visto o leído, pero que nunca está de más recordar. Ahora es el momento perfecto para, desde el AMOR, colocar nuestras piedras grandes (o según esta versión del relato, las pelotas de golf, aunque tengo que decir que no queda tan poético como lo de las piedras…)

Emociones

Preguntita fácil para los fans de Pixar: ¿sabéis nombrar los cinco personajes que aparecen en esta imagen?

Efectivamente, son las cinco emociones que aparecen en la película Inside Out, que en España se tradujo como Del Revés: Miedo, Asco, Tristeza, Alegría e Ira.

Lo que a lo mejor no sabéis es que no es casualidad que esas cinco emociones fueran las seleccionadas para la película. Son las emociones que los expertos califican de universales, es decir, que todos los seres humanos tenemos desde que nacemos, independientemente de nuestro origen y entorno cultural. Hay dos emociones más, la sorpresa y el desprecio, que algunos expertos consideran universales y otros no, pero lo que está claro es que estas cinco sí que lo son.

Qué chulo, ¿verdad? Pues todavía más chulo es que cada una de estas emociones va acompañada de una expresión facial característica que también es universal: todos las podemos reconocer instintivamente, y de hecho lo hacemos constantemente, interpretando cómo se sienten los demás por la expresión de su cara. Fijaos un momento en los personajes de la imagen, y veréis claramente las emoción que representa cada uno.

Todo esto lo sabemos porque Paul Ekman, psicólogo especialista en emociones (y asesor de Pixar para la película Inside Out), viajó en los años sesenta a una de las civilizaciones más remotas y aisladas de la Tierra, en Papúa Nueva Guinea, donde no habían llegado avances como la fotografía ni la televisión, para estudiar cómo hacían sus habitantes para expresar sus propias emociones y reconocer las de otros.

Y es que a veces podremos parecer muy distintos por fuera, pero por dentro, en el fondo, estamos todos hechos de lo mismo, aunque luego por encima hayamos ido añadiendo capas de personalidad, referencias culturales y comportamientos aprendidos que hacen que a veces no lleguemos a entendernos muy bien.

La película a mí personalmente me parece superdivertida, y muy interesante para todas las edades, os la recomiendo si no la habéis visto. Mi escena favorita es un ejemplo superchulo de empatía que nos da Tristeza, una de las protagonistas, pero también hay otros muchos momentos memorables.

Los que ya la habéis visto, ¿tenéis una escena favorita? ¿Qué destacaríais de la película?

Y si queréis aprender más sobre las emociones, echadle un vistazo a este atlas: http://atlasofemotions.org/

Agradecida y orgullosa

Hoy quiero proponeros un hábito muy sencillo pero a la vez muy potente, y que seguramente habréis visto recomendado en otros muchos sitios: el dedicar unos momentos cada día al agradecimiento.

purple petaled flower and thank you card

Puede hacerse de muchas maneras: por la mañana o por la noche, por escrito, en voz alta o simplemente pensándolo… pero la idea es siempre la misma: pararnos un momento a apreciar lo que ya tenemos, lo que la vida nos regala cada día, y así sentirnos afortunados y abundantes.

Yo empecé a ponerlo en práctica con mis hijas hace unos años, cuando oí que para los niños era muy beneficioso pensar cada noche en tres cosas por las que dar gracias, y así acabar el día contentos, recordando cosas agradables. Convertimos el «dar gracias» en parte de la rutina de irnos a la cama, y a día de hoy la seguimos manteniendo.

En cierto modo me recuerda a cuando yo de pequeña rezaba antes de irme a dormir. Alguna vez repetía alguna oración de memoria, pero normalmente era más bien un ratito de «hablar con Dios»: le contaba cómo me había ido el día, le daba las gracias por algunas cosas, le pedía otras… Y ahora recordándolo, me doy cuenta de que ese ejercicio de reflexión al final del día me ayudaba mucho y me hacía sentir bien, independientemente de quién estuviera «al otro lado» en esa conversación silenciosa que transcurría dentro de mi cabeza.

Así que ahora soy una gran fan de las rutinas al principio y al final del día, incluyendo por supuesto los agradecimientos. Y desde hace unos meses, incluyendo también un ratito de escribir a mano, que es un proceso muy interesanate y muy distinto del de sólo pensar las palabras, pero eso ya os lo cuento otro día 🙂

Lo que sí quería contaros hoy es que esta semana hemos hecho un experimento las niñas y yo, añadiendo una cosa más a la rutina de la noche: además de tres cosas por las que damos gracias cada una, hemos empezado a mencionar una cosa por la que nos sentimos orgullosas ese día. Puede ser grande o pequeña, eso da igual, lo importante es sentir otra vez por un momento esa alegría, ese subidón de autoestima, y que eso nos anime a seguir enfrentándonos a nuevos retos.

Es verdad que unos días ha costado más que otros el encontrar algo que decir en este apartado, y que todavía no nos sale natural, pero espero que poco a poco se vaya asentando esta nueva costumbre. Y es que, qué mejor manera de acabar el día que apreciando lo que tenemos a nuestro alrededor, y a nosotros mismos.

Tengo que…

Una cosa que me propuse para el blog hace unos meses, y que desde entonces llevo cumpliendo, es escribir una entrada nueva a la semana. Como os podréis imaginar, unas veces me cuesta más que otras el mantener esa regularidad… Normalmente suelo escribir durante el fin de semana, que en teoría tengo más tiempo, pero luego en la práctica, no es raro que llegue el domingo por la noche y esté el post sin escribir, como me ha pasado hoy. Y a estas horas ya van llegando el cansancio y la pereza…

woman typing on laptop

Pero bueno, aquí estoy, escribiendo, como no podría ser de otra manera. El cansancio y la pereza se van a tener que esperar un rato.

Pero, ¿y eso cómo se consigue? ¿Cómo consigues mantener un hábito cuando llega ese momento en que no te apetece nada seguir con ello, y lo que te entran son ganas de saltártelo?

Una opción es recurrir a la fuerza de voluntad, como hacemos muy a menudo: te recuerdas a ti mismo/a todas las razones por las que «lo tienes que hacer», te echas una buena bronca por querer escaquearte, y te obligas a hacerlo aunque no te apetezca. Porque al fin y al cabo, «lo tienes que hacer», ¿no?

Sí, esa opción probablemente funcione, por lo menos al principio, pero a costa de hacerte pasar un mal rato (o más bien dos: el de machacarte por no querer hacerlo, y el de acabar haciéndolo sin ganas). Y a la larga, ¿cómo vas a tener fuerzas para manterner un hábito si cada paso lo sientes como una obligación? ¿Así cómo no se te van a quitar las ganas?

A lo mejor el truco está en hacer que no nos parecza una obligación, sino algo que hemos elegido nosotros, porque en realidad así es – incluso si es algo que nos viene impuesto de fuera, si nos hemos comprometido a ello es porque hemos aceptado ese compromiso, por las razones que sean.

En estos casos, puede ser útil preguntarnos para qué nos hemos comprometido a ese hábito. Y fijaos en que digo «para qué», en lugar de «por qué»; el «para qué» nos lleva a mirar hacia adelante y encontrar la motivación, mientras que el «por qué» nos deja mirando hacia atras, buscando justificaciones. Si seguimos con el ejemplo de este blog, yo sigo escribiendo una entrada a la semana para alimentar mi lado más creativo, para mantener vivo el blog y que no vuelva a caer en el olvido, y para seguir compartiendo mis reflexiones y mis experiencias, por si les pueden ser útiles a otras personas.

Y ya una vez que ya hemos recordado el «para qué», y tenemos claro que merece la pena seguir en la brecha, podemos utilizar trucos del lenguaje para darle la vuelta a esa percepciön de obligación, simplemente eligiendo las palabras adecuadas, tanto dentro como fuera de nuestra cabeza.

Hace poco oí en una conferencia que si decimos: «tengo que hacer…», o «debo hacer…» lo que sea, sólo con pensarlo ya nos estresamos y nos desmotivamos, y es que no nos suele gustar que nos obliguen a hacer las cosas, En cambio, volviendo a la idea de que en realidad lo hemos decidido nosotros, si lo cambiamos por «quiero hacer…», nuestro cerebro lo acepta mucho mejor, y sentimos mucha menos resistencia.

¿Y qué pasa cuando no nos sale de dentro el decir «yo quiero»? La conferenciante ofrecía en ese caso una tercera opción: simplemente decir «voy a…», sin entrar en si es algo que quiero o que tengo que hacer. Lo voy a hacer y punto. Es lo que toca ahora, y no hay que darle más vueltas, que es lo que les digo yo a mi hija pequeña cuando me discute algo de lo que le pido 🙂

Y ya para terminar, otra cosa que me ayuda mucho es saber que la mayor resistencia que tengo realmente es a empezar, a vencer la inercia de antes de ponerme a ello. Luego una vez que me pongo, en este caso a escribir, sé que lo disfruto mucho, que las ideas me van llegando con poco esfuerzo, y que al acabar me alegro un montón de haber publicado otro artículo más.

Y tú, ¿qué trucos empleas para motivarte y mantener tus hábitos?

Noche de San Juan

La noche del 23 de junio se celebra en muchos pueblos españoles la Noche de San Juan. Es la versión cristiana de la celebración del solsticio de verano en el hemisferio norte, y como en muchas otras celebraciones ancestrales, tiene al fuego como protagonista.

outdoor fireplace during nighttime

Yo personalmente no he llegado a disfrutar de primera mano las grandes celebraciones con hogueras en la playa (en mi ciudad natal no se celebra oficialmente San Juan, y además tampoco estamos cerca de la costa), pero sí recuerdo reunirme con amigos para celebrar esa noche a nuestra manera… un año incluso llegamos a hacer una queimada con su conjuro y todo, gracias a Víctor, nuestro compañero gallego 🙂

Por supuesto teníamos nuestra mini versión de la hoguera, improvisada en un cuenco o cenicero, que saltábamos tres veces para atraer la buena suerte. Y en esa mini hoguera quemábamos un papelito, que si no recuerdo mal tenía escritas tres cosas: algo por lo que estábamos agradecidos, algo que ya no queríamos en nuestra vida, y algo que sí queríamos que nos sucediera o nos llegase.

Era una noche mágica, llena de posibilidades.

Siempre me ha gustado la idea de aprovechar esa noche para reflexionar un poco sobre nuestra vida: evaluar dónde estamos, decidir lo que queremos y hacer un ritual para poder sentir la magia del cambio. Lo que pasa es que a veces se nos olvida que esa magia no sólo está en el “universo”, en ese concepto abstracto al que lanzamos todos nuestros deseos… la magia también está dentro de nosotros, porque nosotros somos el centro de nuestro propio universo. Así que no vale con escribir nuestros deseos como quien escribe una carta a los Reyes Magos, también nos toca poner algo de nuestra parte para que la cosa funcione 🙂 

Este año te propongo hacer un poquito más de reflexión delante de la hoguera, y escribir cuatro cosas en lugar de tres: algo por lo que te sientas agradecido, algo que ya no quieras en tu vida, algo que quieras que te suceda o te llegue, y algo que vas a empezar a hacer desde ya para contribuir al cambio que quieres.