Reto sobre reto

Bueno, pues ya llevamos una semanita de septiembre; ¿tú qué tal lo llevas?

Yo, si recordáis, la semana pasada me propuse un reto para los 30 días del mes, y os dije que os iba a ir contando mis progresos (lo cual es un truco estupendo para aumentar las probabilidades de éxito).

El caso es que ya bastante reto ha sido la primera semana entera de vuelta a la rutina, con horarios completos de colegio, instituto y oficina incluidos, e invitados en casa el fin de semana (¡gracias, primos!). Con todo y con eso, empecé muy bien (como suele pasar), dedicando cada día un rato a hacer ejercicio de distintas maneras: paseo, yoga, máquina de remo… Y todo iba estupendamente hasta que se me cruzó el jueves, que no paré en todo el día, y no fui capaz de hacerle un huequito al ejercicio.

Si alguna vez habéis hecho un reto de este tipo, o habéis establecido (o intentado establecer) un hábito nuevo, lo más seguro es que os hayáis topado también con este problema: ¿qué pasa si, por lo que sea, te saltas un día? ¿Hay que darlo ya todo por perdido?

Nuestra tendencia natural puede ser a pensar así, en términos absolutos (o, podríamos decir, en términos binarios, haciendo honor al título de este blog): todo o nada, blanco o negro. Si no he conseguido terminarlo entero, entonces es como si no hubiera hecho nada… Nuestro cerebro simplifica de esta manera para ahorrar energía, y también porque no le gusta nada la incertidumbre, así que busca una respuesta categórica (y si no la encuentra, se la inventa). Siguiendo ese razonamiento supersimplificado, saltarse un día equivale a fracasar; ya no hay nada que hacer, la racha de 30 días se ha roto, así que más nos vale tirar ya la toalla.

Pero hay otras formas de pensar en la misma situación que son igualmente válidas y mucho más productivas, que nos animan a seguir avanzando en lugar de hundirnos en la miseria:

  • Por ejemplo, podría elegir quedarme con el hecho de que he conseguido hacer ejercicio de forma intencionada durante seis días de siete, lo cual ya es muchísimo más de lo que habría hecho de no estar siguiendo el reto.
  • También podría darme al menos algo de crédito por mantenerme más activa en general, subiendo y bajando escaleras en la oficina, saliendo a la calle a caminar más a menudo, etc.
  • Incluso podría felicitarme por al menos haber empezado, y por haber retomado la racha después del día que me salté.

¡Si hasta Duolingo te perdona cuando te saltas un día de práctica! Básicamente, porque saben que los seres humanos no somos perfectos, y que estas cosas pasan; mantener la constancia cuesta mucho.

(Cartelito visto el año pasado en el centro comercial de Dundrum, con una frase de Seth Godin: «Lo único peor que empezar algo y fracasar… es no empezar algo.»)

También podríamos ir más allá, y aprovechar la ocasión para mirar hacia adentro e investigar lo que puede haber detrás de ese pequeño «fracaso»: ¿qué es lo que de verdad me ha impedido cumplir con mi compromiso?¿Estoy alineando mis prioridades diarias con lo que considero importante en mi vida? ¿De qué manera me puedo estar autosaboteando?

Y aquí es donde viene muy bien conocer nuestros patrones de personalidad, para dar todavía más en el clavo con las razones por las que hacemos muchas de las cosas que hacemos, y poder explicar esas contradicciones que a veces nos vuelven locos (o vuelven locos a nuestros seres queridos). Y eso es lo que va a marcar la diferencia entre seguir tropezándonos siempre con la misma piedra o por fin conseguir entender el camino y que nos sea más fácil avanzar.

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