Etiquetas

El mes de junio es el mes del Orgullo en muchos países, incluida Irlanda, y el sábado me pasé un ratito por el desfile de Dublín. Al igual que otros años, me encantó el ambiente de alegría, buen rollo e inclusividad que se respira en estas ocasiones, donde todo el mundo es bienvenido y puede mostrarse tal y como es.

Luego ya en casa, hablando con mis hijas de las múltiples y variadas identidades que componen el compendio LGBTQ+ (y perdón, que seguro que me estoy dejando letras), me dio por pensar en cómo a las personas nos gusta ponernos, y ponerles a los demás, etiquetas.

(Cartelito visto en la puerta del baño de minusválidos del Ikea de Dublín. Me imagino que significará que es de género neutro, pero no he sido capaz de confirmarlo. Por parecer, parece una persona cargando con dos cajas de Ikea…)

El tema de las etiquetas es complicadillo, y veo argumentos a favor y en contra. Pero antes de entrar más de lleno en este tema, conviene recordar que nuestro cerebro no está diseñado para ayudarnos a ser felices, sino para ayudarnos a sobrevivir. Y para asegurar el cumplimiento de esa misión tan crucial, evolutivamente ha ido optimizando su funcionamiento, desarrollando patrones que le permiten tomar decisiones muy rápidas con poco gasto de energía.

Esa capacidad para interpretar y «clasificar» rápidamente las situaciones (y las personas) nos ha sido tremendamente útil a los humanos durante muchas generaciones; al fin y al cabo, estamos vivos hoy porque todos nuestros antepasados consiguieron sobrevivir al menos lo suficiente como para poder reproducirse, es decir, supieron, en múltiples ocasiones, identificar potenciales peligros y alejarse de ellos. Y eso incluía ir evaluando a cada persona que se encontraban como «amigo» o «enemigo»; como «de los míos» o «de los otros».

Otra parte muy positiva de todos estos patrones y mecanismos es que nos ayudan a entender el mundo a nuestro alrededor; digamos que van componiendo un modelo, un conjunto de historias, que nos dan una versión simplificada pero comprensible de una realidad que puede ser muy, muy compleja. Y eso nos hace sentir bien.

El problema es que son exactamente esos mismos mecanismos los que a veces nos meten en líos, por varias razones. En primer lugar, porque, para poder simplificar, el cerebro necesariamente altera y reduce la información, a base de generalizaciones, distorsiones y omisiones, lo cual puede no tener mucha importancia en ciertos contextos, pero en otros sí, favoreciendo la aparición de prejuicios, estereotipos y malentendidos varios (otro día os hablaré en más detalle de los sesgos cognitivos, que tienen mucha miga).

En segundo lugar, siguiendo con la lógica de favorecer la supervivencia, al cerebro le sale a cuenta ser desconfiado: si yo me encuentro con alguien desconocido, y equivocadamente lo clasifico como «enemigo» cuando no lo es, no pasará nada, sobreviviré igualmente; pero si equivocadamente lo clasifico como «amigo», y luego resulta que no lo era… Las consecuencias pueden ser catastróficas.

Y un tercer punto que también está relacionado es que los humanos somos seres tribales; lo llevamos en la sangre. Evolutivamente hablando, la pertenencia al grupo, al clan, proporcionaba protección, favoreciendo así la supervivencia. Y nosotros hemos heredado ese tribalismo, buscando encajar en el grupo, juzgando cómo encajan los demás, potenciando las similitudes con «los nuestros» y acentuando las diferencias con «los otros».

Una vez explicado todo esto, volvamos al tema de las etiquetas. Espero que ya esté un poquito más claro el por qué las utilizamos tanto: simple y llanamente, porque estamos programados para hacerlo.

Pero el que estemos programados para hacerlo no significa que lo hagamos bien; el mundo de hoy en día es mucho más complejo y sofisticado que el de nuestros ancestros, por lo que nos hacen falta herramientas de pensamiento más sofisticadas también, además de aprender a saber cuándo salir del piloto automático porque la ocasión requiera más atención e intención por nuestra parte.

Por eso es muy importante invertir en nuestro desarrollo y crecimiento personal, para poder tomar decisiones más conscientes que nos traigan mejores resultados en cualquier aspecto de la vida (o más bien, en todos).

Y a medida que avancemos por el camino del autoconocimiento, encontraremos palabras y conceptos que nos ayudarán a comprendernos mejor, añadiendo matices y explicaciones a nuestra identidad. Los conceptos englobados en LGBTQ+ pueden ser algunas de esas etiquetas, como lo pueden ser también los perfiles de personalidad del eneagrama, y tantas otras cosas…

Darles nombre a las cosas nos ayuda a entenderlas y a aceptarlas, y en este sentido, las etiquetas pueden ser muy positivas en un momento dado. Pero lo importante es no aferrarnos demasiado a nuestras etiquetas, no identificarnos demasiado con ellas, porque entonces dejan de ser un punto de referencia para convertirse en una limitación, y también en muchos casos, en una excusa.

¿Y tú? ¿Qué tal llevas lo de ponerte o quitarte etiquetas?

Planificación trimestral

Una vez más, llegamos al momento del año en el que, en el hemisferio norte, disfrutamos del día más largo y de la noche más corta: es el solsticio de verano. Y, como el año pasado, hemos tenido suerte: ha hecho un día espectacular aquí en Irlanda.

La verdad es que los cambios de estación tienen algo especial, ¿verdad? A menudo son momentos de cambio también en nosotros, o como mínimo, una buena ocasión para hacer un alto en el camino y evaluar qué tal vamos.

(Foto sacada en la playa de Malahide hace exactamente un año)

Otros años os he hablado de pequeños ritos que se pueden hacer en días como éste, como por ejemplo, en la noche de San Juan, Esta vez me temo que mi propuesta suena bastante menos poética y un poco más burocrática, pero espero que os sea igualmente inspiradora, y, sobre todo, útil: hacer una planificación trimestral.

Esto es algo que en muchas empresas, incluida la mía (al menos en las áreas de tecnología), es un proceso bien establecido, y justo a nuestro equipo nos toca hacerlo esta semana que empieza, aunque ya llevamos un par de semanas preparándolo. Los pasos básicos que seguimos y las preguntas que nos planteamos sirven para todo tipo de proyectos, grandes y pequeños, personales y profesionales:

Lo primero que hay que hacer es aclarar las prioridades:

  • ¿En qué nos queremos enfocar principalmente en estos tres meses?
  • Al acabar el trimestre, ¿qué nos gustaría haber conseguido?
  • ¿En qué otras cosas nos gustaría al menos avanzar un poco?

Recordemos un par de reglas básicas a la hora de priorizar cualquier cosa: si todo tiene igual importancia, entonces nada la tiene, con lo que la palabra «prioridad» pierde su significado y el sistema no sirve para nada. Lo que sí que funciona es establecer un orden de prioridades, un ránking donde no haya empates. Y así, para conseguir que la primera prioridad sea realmente la primera, las otras tareas, proyectos u objetivos se tienen que poner necesariamente por debajo.

Una técnica que puede ayudar mucho es distinguir entre tareas, proyectos u objetivos que tienen que estar en el plan sí o sí (en inglés, «must have»), por la razón que sea, y los que estaría bien que estuvieran, pero que al fin y al cabo no son imprescindibles (en inglés, «nice to have»). Esa distinción nos puede aclarar mucho las cosas y facilita enormemente el resto del proceso.

Por cierto, quiero decir que aquí estoy generalizando mucho; cuando hablo de «tareas, proyectos u objetivos», puede ser literalmente cualquier cosa que sea importante para nosotros y a la que le queramos prestar tiempo, energía y atención. En este trimestre de verano, por ejemplo, una de las prioridades más altas puede ser perfectamente descansar e irnos de vacaciones, lo cual es absolutamente necesario para poder llevar luego un ritmo sostenible.

Una vez claras las prioridades, y sabiendo las razones por las que son prioritarias, pasamos a definir el trabajo:

  • ¿Cuánto trabajo supone cada una de estas prioridades?
  • ¿En qué consiste ese trabajo? ¿Qué es lo que hay que hacer? (aproximadamente)
  • ¿Qué recursos necesitamos para poder llevar a cabo ese trabajo? ¿Y los tenemos todos, o dependemos de otros para conseguirlos?

Aquí nos metemos de lleno en entender la envergadura de cada tarea, proyecto u objetivo, hasta un nivel de detalle que nos permita estimar aproximadamente el esfuerzo. También debemos entender bien si dependemos de otro alguien, o si otro alguien depende de nosotros, para poder completarlo con éxito.

Ahora que ya tenemos una idea más o menos clara del trabajo, pasamos a calcular la capacidad:

  • ¿Cuánto trabajo podemos sacar adelante este trimestre? (teniendo también en cuenta otros factores)
  • ¿«Nos cabe» todo lo que teníamos la esperanza de incluir?
  • ¿Cómo podemos ajustar el plan para optimizar los resultados?

Y aquí es cuando llegamos a la hora de la verdad: contrastar la capacidad con la carga de trabajo. Todos tenemos un número limitado de horas al día, y en la mayoría de los casos, otras tareas y obligaciones que cumplir, así que este paso es fundamental: ¿cómo de realista es intentar abarcar todo lo que estamos incluyendo en el plan?

Contestar a esta pregunta a veces puede ser complicadillo, e implicar negociaciones con otros, o con uno mismo, si al hacer las cuentas resulta que no nos «cabe» todo. Pero precisamente por eso es fundamental hacer este ejercicio, para poder, por un lado, ajustar y optimizar el plan según haga falta, y por otro lado, gestionar expectativas (las de otros y también las nuestras propias). Todo esto es lo que nos va a permitir aumentar las probabilidades de éxito.

¿Qué te parece este proceso? ¿Te ves haciéndolo en tu vida personal, o en tu proyecto creativo o profesional? Yo tengo unas cuantas cosas con las que quiero avanzar este verano para luego empezar con mucha fuerza en septiembre.

¿Y tú, qué planes tienes?

Premeditatio malorum

El artículo de hoy empieza con estas palabras en latín: premeditatio malorum, que podríamos traducir como «preestudiar el mal futuro».

Y aunque parezca de broma, como las frases en latín falso que leíamos en los cómics de Astérix, resulta que sí que es una expresión auténtica de hace siglos. Se trata de una técnica de los antiguos filósofos estoicos que aprendí en el curso de estoicismo de Autognosis (¡gracias, Luis!)

(Flores dibujadas por Eva, la artista de la familia, en la pizarra de la cocina.)

Esta semana han pasado unas cuantas cosas a mi alrededor que me han descolocado bastante, cosas que me han hecho plantearme situaciones que hasta hace poco ni se me habrían ocurrido. Y dándole vueltas, sin darme cuenta, me he puesto en lo peor. Que es precisamente en lo que consiste este ejercicio: en permitirnos durante un tiempo determinado ponernos en esa situación que nos da miedo que ocurra.

Pero no de manera masoquista, con la intención de sufrir más, sino, paradójicamente, para sufrir menos. Cuando surgen las preocupaciones por el futuro, ya sabemos que a la mente no le vale con que le digamos que no se preocupe; se va a preocupar igual. Así que lo que propone esta técnica no es huir de ese pensamiento ni intentar taparlo, sino darle la oportunidad de aflorar. Así, visualizando e imaginándonos el peor caso posible como si de verdad estuviera ocurriendo, nos permitimos asimilarlo, procesarlo, y aceptar más tranquilamente la posibilidad (aunque sea remota) de que nos ocurra.

Pero además, esta técnica también nos ayuda a estar mejor preparados para lo que pueda pasar, o incluso a reducir las probabilidades de que ocurra, si hay cosas que podemos hacer para intentar evitarlo. Esto es lo que yo hice también sin darme cuenta: pasé al modo ¿qué haría yo en esta situación? ¿Cómo lo gestionaria? ¿Con qué recursos contaría? Y a partir de ahí, tomé una serie de decisiones hipotéticas que me proporcionaron una imagen más o menos clara de ese futuro imaginario, que ya no parecía tan terrible.

Al fin y al cabo, se trata de «descatastrofizar» esa amenaza futura a base de aterrizarla, darle forma y trazar un plan de acción que tranquilice a nuestra mente, al situarnos en el panel de mando en lugar de dejarnos a merced de los acontecimientos.

Para obtener los mejores resultados, lo ideal es hacer este ejercicio por escrito, reservando un tiempo prudencial (no demasiado largo) para ponerte en la situación, imaginarte los detalles y observar las emociones y los pensamientos que van surgiendo. ¿Qué opciones tienes?

Puedes ir escribiéndolo todo en tres columnas:

  • Situación: tu miedo, el peor caso posible.
  • Prevención: ¿qué está bajo tu control para evitar que ocurra?
  • Gestión: si termina ocurriendo, ¿qué está bajo tu control para solucionar o mitigar el problema?

Así, mirando de frente la amenaza y reflexionando sobre ella, paradójicamente la ansiedad baja, en lugar de subir. Porque pasamos de estar preocupados por el problema a estar ocupados construyendo la solución. Y además, como todo queda por escrito, una vez acabado el ejercicio, la mente ya puede liberarse de ese tema y volver a concentrarse en otras cosas.

Como nota final, valga un recordatorio de que somos más fuertes de lo que nos creemos. Y como decía Marco Aurelio, uno de los grandes filósofos estoicos:

No temas al futuro.
Lo enfrentarás con las mismas armas
con las que enfrentas el presente.

Conciencia en Acción: Estrategias Eneagrámicas

Hoy seguimos con los conceptos básicos del modelo Conciencia en Acción (en inglés, Awareness to Action, o ATA) de Mario Sikora, una metodología que se apoya en el eneagrama de la personalidad para ofrecer herramientas de desarrollo personal y profesional tan potentes como prácticas.

El otro día vimos una de las dimensiones del modelo, los tres sesgos institntivos, y hoy nos vamos a centrar en la otra, las nueve estrategias. Cada dimensión describe un aspecto diferente de nuestra forma de ser, y al combinarlas, obtenemos 27 perfiles de personalidad que, si bien no lo explican todo sobre las personas (¡ni muchísimo menos!), sí que nos dan mucha información sobre los patrones de pensamiento, emoción y comportamiento que son habituales y característicos de cada perfil.

Y todo esto, ¿para qué sirve? Pues más allá de la curiosidad por conocer mejor a las personas (empezando por nosotros mismos), nos sirve para darnos cuenta de cuándo esos patrones no conscientes (nuestro famoso piloto automático, bajo el fuerte influjo del elefante) nos están causando problemas en lugar de ayudarnos, y así poder tomar el control y elegir otra opción más adaptativa según las circunstancias, consiguiendo mejores resultados y con menos sufrimiento por el camino.

En otras palabras, ¿has oído alguna vez lo de que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra? Pues el trabajo con el eneagrama nos ayuda a descubrir cuáles son esas piedras con las que nos seguimos tropezando una y otra vez, y qué podemos hacer para reconciliarnos con ellas.

(Símbolo del eneagrama: nueve puntos situados alrededor de un círculo, representados con números del 1 al 9, y con líneas uniendo cada punto con los otros dos con los que se relaciona.)

Dicho esto, vamos ya con las estrategias. Ante todo, quiero aclarar que cuando decimos «estrategia» en este contexto, no nos referimos a algo consciente y premeditado desde el pensamiento racional, como cuando se habla de una estrategia de mercado o de una estrategia militar. Aquí nos referimos, una vez más, a patrones no conscientes; en este caso, al modo particular en que nuestro cerebro ha aprendido a enfrentarse a los problemas y situaciones del día a día.

El otro día hablábamos de cómo los sesgos instintivos nos muestran las necesidades que cada uno consideramos más importantes (las relacionadas con preservar, navegar o transmitir, según el caso). Pues bien, las nueve estrategias nos muestran de qué maneras tendemos a intentar satisfacer esas necesidades. Cada uno utilizamos una de las nueve estrategias más que las otras ocho, y eso es lo que determina nuestro eneatipo.

Las definiciones de cada eneatipo varían ligeramente según el enfoque del eneagrama que se utilice, y ni que decir tiene que son sólo la punta del iceberg; hay muchísima profundidad que explorar por debajo. En ATA, cada estrategia se define como un esfuerzo que hacemos por sentirnos de una determinada manera, y esa manera en la que nos queremos sentir se convierte en nuestra motivación más profunda, así como en el filtro a través del que percibimos la vida e interactuamos con ella.

  • El eneatipo 1 se esfuerza por sentirse perfecto.
  • El eneatipo 2 se esfuerza por sentirse conectado.
  • El eneatipo 3 se esfuerza por sentir que destaca.
  • El eneatipo 4 se esfuerza por sentirse único.
  • El eneatipo 5 se esfuerza por sentirse desapegado.
  • El eneatipo 6 se esfuerza por sentirse seguro.
  • El eneatipo 7 se esfuerza por sentirse estimulado.
  • El eneatipo 8 se esfuerza por sentirse poderoso.
  • El eneatipo 9 se esfuerza por sentirse en paz.

Estas «maneras de sentir» determinan el «modo por defecto» en el que operamos la mayor parte del tiempo, y, como podéis ver, van mucho más allá del comportamiento: en realidad, son nueve formas totalmente distintas de entender el mundo.

Como muy bien explica Alberto Peña Chavarino, es como si cada uno lleváramos puestas unas gafas con los cristales de un color determinado, tal vez rosa, o verde, o azul, y por lo tanto vemos la vida teñida de ese color, mientras que otras personas la ven de otro color porque los cristales de sus gafas son diferentes. Y yo me atrevería a decir que gran parte de los problemas, frustraciones y malentendidos que tenemos en la vida se deben a no darnos cuenta, primero, de que llevamos puestas esas gafas, y segundo, de que los otros llevan otras que no son como las nuestras.

Es precisamente esta profundidad la que distingue al eneagrama de otros modelos de personalidad: aquí no nos estamos centrando en los comportamientos, ya que el mismo comportamiento puede tener motivaciones muy distintas. Nos centramos en lo que está detrás, en lo que en última instancia provoca ese comportamiento (o esa forma de pensar o de sentir). Por eso tenemos que tener mucho cuidado con las palabras e ir más allá, a la intención, al porqué.

Por ejemplo, cuando alguien nos dice que es «perfeccionista», podemos caer en la trampa de pensar inmediatamente que es enatipo 1, el que se esfuerza por sentirse perfecto. Pero, ¿qué entendemos exactamente por perfeccionismo, y cuál es la motivación que hay detrás de esos comportamientos? Podría ser efectivamente un eneatipo 1 tratando de ser moralmente correcto y de ceñirse a las normas establecidas, pero también podría ser un eneatipo 3 buscando mostrar excelencia y así destacar, o un eneatipo 6 buscando evitar riesgos que pongan en peligro su puesto de trabajo.

De manera parecida, una misma percepción de «querer que los demás estén bien», o que sean felices, puede venir de varias motivaciones distintas: ¿quiero ayudarte a estar bien para sentirme conectado a ti y que me valores, como haría un 2? ¿Quiero que estés bien para que no me amargues a mí y poder estar yo contento y estimulado, como haría un 7? ¿O quiero minimizar mis necesidades para no estorbarte a ti y que mantengamos la paz, como haría un 9? Como veis, un solo comportamiento no confirma nada, pero sí que es un dato observable que podemos ir hilando con otros datos para ir poco a poco construyendo una hipótesis.

Y una vez que la hipótesis tenga sentido y veamos una coherencia en nuestra forma de desenvolvernos en la vida, podemos empezar a aplicarla a nuestro trabajo de desarrollo personal y profesional.

Recordemos la clave de todo esto NO es identificarnos con un eneatipo y simplemente aceptarlo como lo que somos (o peor todavía, utilizarlo como excusa para justificarnos y no cambiar). La idea es darnos cuenta de lo que hacemos habitualmente (cómo pensamos, cómo nos sentimos, cómo nos comportamos), para poder sacarle el máximo partido y flexibilizarlo cuando nos convenga.

¿Qué te parece todo esto? ¿Te ves reflejado en una de las nueve estrategias? Tal vez te veas en más de una, y eso también es normal; más adelante hablaremos de las conexiones entre estrategias (que son las líneas del símbolo del eneagrama) y de cómo podemos sacarles partido.

Ma ka hana ka ʻike

Esta semana os traigo un proverbio nada menos que hawaiano (¡gracias Ryan!): Ma ka hana ka ʻike, que podría traducirse como «se aprende haciendo», o dicho de otra manera: el conocimiento de verdad se adquiere con la práctica.

Photo of a white sheet of paper with line drawings in black pen - multiple sections with different types of lines and patterns

Esta foto es de un boceto que hice hace un par de años con técnicas de dibujo lineal, algo que aprendí de una compañera de trabajo (¡gracias Valerie!) y que disfruté mucho, a pesar de que se me daba fatal.

Ahora bien, ¿por qué se me daba fatal? Pues porque dibujar no es una cosa que yo haya practicado mucho, o más bien nada. En algún momento hacia el final de mi infancia, recuerdo mirar un dibujo mío y llegar a la conclusión de que, como no se me daba nada bien, era mejor dejarlo.

Y ahora, mirando hacia atrás, me doy cuenta de que hice eso mismo con muchas otras actividades: probar una vez, hacerlo mal o regular, e inmediatamente dejarlo por imposible. Los deportes, las manualidades, y, durante muchos años, incluso la cocina, cayeron en esa categoría. Cualquier cosa creativa y/o espontánea que requiriera habilidades que yo no tenía.

Lo que no se me ocurría pensar era que esas habilidades yo no las tenía todavía, pero que las podía cultivar. En aquellos tiempos aún no se hablaba, o al menos yo no había oído hablar, de la mentalidad de crecimiento (en inglés, «growth mindset»).

La buena noticia es que hoy en día sí sabemos que las habilidades se pueden cultivar y mejorar. ¿Pero cuál es la mejor manera de hacerlo?

La pista nos la puede dar uno de los modelos de aprendizaje más utilizados en las empresas: la regla 70/20/10, que procede de un estudio realizado en los años noventa, y que postula que, en un entorno de trabajo, el 90% del aprendizaje que se produce no es aprendizaje formal, sino informal:

  • El 70% del aprendizaje es experiencial: proviene de las propias experiencias en el puesto de trabajo, realizando tareas, afrontando nuevas situaciones, tomando decisiones y, sobre todo, viviendo experiencias nuevas y retadoras.
  • El 20% es aprendizaje social: se produce debatiendo, compartiendo información con los compañeros, colaborando en parejas o en grupos, trabajando con un mentor o un coach, etc.
  • Sólo el 10% es aprendizaje formal, incluyendo cursos de formación, clases magistrales, libros, artículos, vídeos…

Como veis, esta regla le da la razón al proverbio hawaiano: la mejor manera de cultivar habilidades es practicarlas. Lo ideal sería ponerse a practicar después de haber aprendido un poco sobre la habilidad en concreto, y teniendo un grupo que te apoye en ese aprendizaje.

Así que este artículo va dedicado a todos los que, como yo, somos o alguna vez hemos sido «cursillistas profesionales», para que dejemos de serlo: una vez sentadas las bases y encontrada una comunidad que te apoye y te ayude a seguir creciendo, es momento de tirarse a la piscina, y empezar a practicar YA. No «cuando estés preparado», porque nunca lo vas a estar si no te pones a ello.

¿Y tú, qué vas a practicar esta semana?

Expresiones intraducibles: sueño atrasado

Este fin de semana nos lo hemos tomado con calma las niñas y yo, creo que todas necesitábamos descansar. Y nos ha venido súper bien, aunque no sé si habrá sido suficiente para el nivel de cansancio acumulado que llevábamos (y eso que sólo hace un mes que volvimos al cole).

Photo of a dark grey sofa with chaise long, in a well lit living room.

(Foto de nuestro antiguo sofá, del que nos despedimos hace un par de meses. La de siestas que me habré echado yo aquí…)

El otro día por casualidad, o más bien gracias a los algoritmos de Google, encontré un artículo en el que hablaban de que hoy en día vivimos en la sociedad del cansancio. Explicaba que muchos de nosotros vivimos en una situación de cansancio crónico, y lo peor es que ya lo hemos normalizado. Nuestra sociedad valora el estar siempre haciendo cosas, así que eso es lo que hacemos, llenar nuestro calendario hasta arriba para abarcar más, para conseguir más, e intentar así motivarnos y ser más felices. No hace falta que nos explote nadie; ya nos autoexplotamos nosotros. Y en cierto modo nos parece que descansar es perder el tiempo, algo que no nos podemos permitir.

¿El resultado? Estamos agotados, individual y colectivamente.

Pero en realidad, lo que no nos podemos permitir es no descansar. Y si no lo aprendemos por las buenas, lo aprenderemos por las malas.

La «expresión intraducible» de hoy es tener sueño atrasado, que es la manera en la que decimos en español que hemos dormido menos de lo que deberíamos, ya sea refiriéndonos a la noche anterior o a un periodo más largo de tiempo (incluso hay algún gracioso que dice que tiene sueño atrasado desde su primera comunión…)

Me gusta esta manera de expresarlo porque transmite la idea de que hay una cierta deuda, en este caso de tiempo, que hay que «pagar» para ponerse al día, para volver a la normalidad. Y precisamente ese «ponerse al día» es lo que transmite la expresión más cercana que he encontrado en inglés: having to catch up on sleep, tener que recuperar sueño.

La pena es que dicen los expertos que el sueño atrasado no se recupera nunca. No es tan fácil como dormir de más para compensar el día que dormiste de menos.

Pero entonces, ¿Qué podemos hacer? Se me ocurren unas cuantas cosas:

  • Despréndete de la carga de querer estar al día en todo. La lista de tareas SIEMPRE va a ser más larga que lo que da tiempo a hacer.
  • Recuerda que en la vida todo se reduce a prioridades: ¿A qué le estás dedicando más tiempo y atención? Pues esas son ahora mismo tus prioridades, las hayas elegido conscientemente o no.
  • Tómate el tiempo de reflexionar sobre tus valores, y ellos te ayudarán a establecer tus prioridades, para asegurarte de que estás invirtiendo el tiempo en cosas que de verdad importan.
  • Una vez claras las prioridades, revisa tu lista de tareas y mira a ver qué puedes ajustar según lo urgente o importante que sea cada cosa.
  • Póntelo fácil con las tareas que queden en la lista, eligiendo hacerlas en vez de obligándote.
  • Mantente alerta a las señales de tu cuerpo; te avisarán cuando el ritmo que lleves no sea sostenible.

¿Qué te parecen estas sugerencias? Y me he guardado la mejor para el final…

Una cosa que me ayuda muchísimo a mí es considerar el descanso y el autocuidado como parte de mi trabajo: si no me cuido y no descanso bien, mis facultades físicas y mentales no son las mismas, y no puedo estar al cien por cien en mi función de madre, de analista o de coach.

Soy consciente de que todo esto lo digo mientras escribo este post a las tantas de la noche, así que, como veis, todavía me queda para cumplir mi propio consejo al cien por cien. Pero también os digo que ahora le dedico mucha más atención al descanso que hace años, y lo que es más importante: ya no me siento culpable por descansar, dormir y «perder el tiempo» de vez en cuando.

MITs

¿Tienes una lista de tareas pendientes más larga que tu brazo? ¿Te levantas por la mañana con la intención de hacer una serie de cosas, y acabas el día agotad@, agobiad@ y sin haber podido terminarlas todas? Si es así, bienvenid@ al club 🙂

Photo of a notebook page with the words "To do..." written at the top left corner, space to write the date at the top right corner, multiple lines with chckboxes for writing tasks, and a box labelled "Priorities"

(Foto de una de las páginas de mi cuaderno de «ccosas que hacer». Por cierto, lo de «una lista tan larga como tu brazo» es una expresión muy irlandesa, en español igual suena un poco raro, pero a mí me encanta, me parece muy visual.)

Una cosa que a mí me funciona muy bien en los días en los que la lista de «tengo qués» me resulta abrumadora, es plantearme qué es lo más importante que tengo que dejar hecho ese día. Es lo que Leo Babauta de Zen Habits llama el MIT, la tarea más importante del día (en inglés, the Most Important Task).

Babauta sugiere apuntar cada mañana un máximo de tres tareas prioritarias (o MITs), con al menos una de ella directamente ligada a uno de nuestros objetivos. Luego, la clave está en completar esas tareas lo antes posible, para que, independientemente de como vaya después el día, nosotros ya hayamos avanzado. Así, nos iremos a dormir cada noche con sensación de éxito, en lugar de con sensación de fracaso.

Una lista de tres tareas parece mucho más manejable que una tan larga como tu brazo, ¿a que sï?

Pero podemos llevarlo todavía un paso más allá, yo a menudo lo hago. Podemos reducir la lista a UNA sola tarea, a LA cosa más importante que haya que hacer (o más bien, que decidas hacer) ese día.

Y cada día será diferente: a veces la tarea más importante tendrá que ver con el trabajo, a veces estará más relacionado con tu vida personal o familiar. A veces implicará motivarte y ponerte de una vez por todas con eso que has estado postponiendo tanto tiempo, y a veces tocará volver a lo básico y descansar, dar un paseo, quedar con alguien o simplemente dormir, porque lo necesites, y eso será lo más importante.

El caso es reconocer que no es humanamente posible completar todas las tareas que nos autoimponemos, y priorizar el tiempo y la energía que sí que tenemos de una manera que nos haga sentir bien y nos permita seguir avanzando.

¿Y tú? ¿Qué es lo más importante que tienes que hacer hoy? Elige una sola cosa, ¡y adelante!

¿Urgente, o importante?

Llevo tiempo queriendo escribir sobre esto en el blog, porque me parece importante. Pero como no es urgente, pues lo he ido dejando… Lo cual es precisamente el quid de la cuestión.

Esta es la llamada matriz de Eisenhower, y si lleváis un tiempo en el mundillo del desarrollo personal, seguro que ya la conocéis. Aparece en muchos libros y artículos sobre «gestión del tiempo» (que en realidad debería llamarse «gestión de prioridades», porque el tiempo como tal no lo podemos gestionar; lo único que podemos gestionar es en qué lo empleamos).

La propuesta es muy sencilla: lo primero, reconocer que siempre vamos a tener más cosas que hacer que tiempo para hacerlas; por lo que es necesario priorizar. Y lo segundo, plantearnos el nivel de urgencia e importancia de cada tarea, y a partir de ahí decidir qué hacer primero, qué hacer después y qué no hacer.

  1. Las tareas urgentes e importantes requieren acción inmediata, por lo que son, lógicamente, las más prioritarias. Es un tipo de trabajo que podríamos categorizar como «apagar fuegos»: hay que hacerlo cuanto antes para terminarlo a tiempo, porque si no, hay claras consecuencias negativas.
  2. Las importantes y no urgentes son tareas que nos acercan a nuestros objetivos sin tener un plazo de entrega concreto. Se trata de trabajo estratégico, y la clave aquí es planificarlo: buscarle hueco en la agenda y dedicarle tiempo intencionadamente, por que si no, corremos el riesgo de posponerlo demasiado, o incluso de que se quede sin hacer.
  3. Las urgentes y no importantes son tareas que nos mantienen ocupados pero no nos aportan mucho, en el sentido de que no nos ayudan a cumplir nuestros objetivos, más bien nos desvían de ellos. Papeleo, interrupciones, encargos de otras personas… Lo ideal es delegar o automatizar todo lo posible, para evitar que nos consuman demasiado tiempo.
  4. Y por último, las no urgentes y no importantes son todas esas distracciones en las que caemos a menudo y que no nos aportan nada; son verdaderos «gastatiempos», y lo mejor que podemos hacer es eliminarlos. (Nota: aquí me estoy refiriendo a las mil y una formas que tenemos las personas de procrastinar, y escapar de la realidad de forma vacía y superficial. No lo confundamos con tomarnos tiempo para descansar de verdad, practicar hobbies, conectar con nosotros mismos, cuidar nuestras relaciones, etc., que son cosas que entrarían en la categoría número 2.)

¿Qué te parece este sistema? Si no lo has utilizado nunca, o si hace tiempo que no lo utilizas, te invito a que averigües cuánto tiempo pasas normalmente en cada uno de estos cuadrantes, sobre todo si ves que se te pasan los días y los meses y no avanzas en lo que realmente quieres. ¿Te pasas el día apagando fuegos? ¿O haciendo tareas para otros que se podrían resolver de otra manera? ¿O tal vez perdiendo el tiempo con distracciones que no te llenan de verdad?

Yo misma estoy ahora en proceso de reajustar unas cuantas cosas, que falta me hace…