Ayer fue el día más largo del año (en el hemisferio norte), seguido de la noche más corta, y las niñas y yo lo celebramos dando un paseíto por la playa al atardecer.

(Foto de la playa de Malahide ayer por la tarde, con la luz del sol filtrándose entre las nubes.)
Tal y como aprendí yo en el colegio las estaciones del año, el 21 de junio marca el comienzo del verano, pero para las zonas de tradición celta, como Irlanda, el verano a estas alturas ya está por la mitad, habiendo empezado (según su calendario) el 1 de mayo. De ahí que la famosa obra de Shakespeare El sueño de una noche de verano esté ambientada precisamente en estos días, y el título en inglés así lo refleja.
En cualquier caso, el solsticio de verano es una ocasión que se viene celebrando a lo largo de los siglos en muchas culturas. En España, la versión «cristianizada» de esta fiesta (probablemente a partir del festival celta de Grianstad) es la noche de San Juan, donde el fuego es el protagonista, ya sea a través de hogueras o de fuegos artificiales.
Yo hoy he tenido la suerte de poder participar en una pequeña celebración con agua de San Juan y baño de sonido incluidos (¡gracias Isabel!), y no descarto preparar mañana por la noche una mini-hoguera en un cuenquito como en los viejos tiempos… ¿Por qué? Porque estos rituales nos ayudan a «tomar tierra»: nos permiten apartarnos por un momento de la prisa y el ruido del día a día y mirar hacia adentro, escucharnos un poquito, reflexionar sobre esta primera mitad del año y plantearnos nuestro camino de ahora en adelante.
Es momento de renovación, de cerrar unos ciclos y empezar otros, de decidir lo que queremos conservar en nuestra vida, lo que queremos atraer y potenciar, y lo que queremos soltar para que pueda marcharse y dejarnos avanzar.
¿Y tú? ¿Qué quieres conservar o atraer en este momento de tu vida, y de qué te quieres liberar?