Viajando

Estos días estoy de vacaciones, y viajando, como seguramente muchos de vosotros. Después de dos veranos sin pasar por España, este año por fin hemos podido venir las niñas y yo, a disfrutar de la familia y del buen tiempo (¡con ola de calor incluida!)

Buscando citas sobre viajes, me he encontrado con estas tres, que me han hecho reflexionar:

Viajar – te deja sin palabras, y luego te convierte en narrador.

Ibn Battuta

Una cita muy chula que no conocía.

Pero para que esto pase de verdad, no basta con viajar (en el sentido de moverse de un lado a otro); hay que meterse de lleno en la experiencia, ir con la mente abierta, dejarse sorprender. En resumen, lo típico que se dice de ser viajero en lugar de turista – el turista vuelve a su casa igual que estaba cuando se fue, mientras que el viajero se deja transformar por el camino.

Y se me ocurre que es mucho más fácil sorprenderse cuando se viaja a algún lugar nuevo, lo cual me lleva a la segunda cita de hoy:

Una vez al año, ve a algún sitio donde no hayas estado nunca.

Anónimo

Muy buen consejo, en mi opinión. Y eso que yo reconozco que soy muy propensa a volver a ciertos sitios conocidos, y es que en cuestión de viajes soy poco aventurera,… Pero cuando consigo vencer esa pereza inicial y lanzarme a la aventura, sí que disfruto mucho, y aprendo un montón, conociendo sitios nuevos.

Pero qué pasa, ¿que sólo podemos transformarnos si viajamos a sitios desconocidos? Pues no necesariamente; creo que lo que pasa es que un sitio nuevo nos puede cambiar la perspectiva más fácilmente, nos puede ayudar a pensar y actuar de una manera nueva, mientras que cuando nos quedamos en los sitios de siempre, tendemos a pensar y a actuar… pues como siempre 🙂

Por eso me ha gustado tanto esta tercera cita, que tampoco conocía:

De vez en cuando, la gente se da cuenta de que no tiene que experimentar el mundo de la manera que le han dicho.

Alan Keightley

Lo que nos sugiere esta última frase es que en realidad no importa dónde estemos; el entorno puede ser el mismo de siempre, pero si nuestra mirada cambia, si nuestra actitud cambia, lo percibiremos todo de una forma nueva y distinta.

Y a ti, ¿te gusta viajar? ¿Eres de los aventureros, o de los que prefieren repetir destino? ¿Y te consideras viajero, o turista?

Marta y María

Como mucha otra gente de mi edad tanto en España como en Irlanda, yo nací y me crié en un entorno católico, y durante muchos años fui a misa todos los domingos y fiestas de guardar.

Recuerdo que había varios pasajes del Nuevo Testamento que me llamaban especialmente la atención, y uno de ellos era el de Marta y María:

 Aconteció que yendo de camino, entró en una aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra. Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres, y acercándose, dijo: Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude. Respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada y preocupaada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la parte buena, que no le será arrebatada.

Creo que esta lectura me llamaba la atención porque no la acababa de entender, no me cuadraba. Porque a ver, si había cosas que hacer, pues había que hacerlas, ¿no? No se podía una quedar ahí haciendo el vago… Pero Jesús venía a decirles justamente lo contrario, lo cual me rompía completamente los esquemas.

No se me ocurría cuestionar ni que aquellas cosas «que había que hacer» realmente hubiera que hacerlas, ni que el simplemente estar, sin «hacer», significara estar haciendo el vago.

Y es que ese contraste (o más bien conflicto) entre lo que representaban los personajes de Marta y María lo sufría yo también por dentro: estaba agobiada por todas mis tareas, que sentía como obligaciones, y cuando por lo que fuera le dedicaba tiempo a descansar o a alguna otra cosa menos «productiva», luego me sentía mal. No estaba a gusto ni con una cosa, ni con la otra. ¿El resultado? Mucho sueño atrasado durante años, y mucha sensación de culpabilidad.

Ahora que ya han pasado el tiempo y me conozco mejor, sé que en realidad lo que pasa es que tengo dos modos distintos de funcionar:

  • El «modo eficiente», en el que tengo un montón de energía y soy súper productiva, ya sea en el trabajo, haciendo cosas por casa, saliendo a hacer recados, etc.
  • Y el «modo tranquilo», en el que voy a mi ritmo, y me tomo mi tiempo para recargar pilas, de la manera que sea según el momento.

La diferencia para mí la ha marcado el saber que no sólo ambos modos son válidos, sino que además son necesarios, y en realidad se complementan, todo es cuestión de mantener un equilibrio. Para poder gastar energía, primero hay que conseguirla. Y como vivimos en la cultura del «hacer», hay que recalcar mucho la importancia del «ser», pero si nos dedicamos solamente a ser y nunca a hacer, tampoco avanzamos… Lo ideal es que vayan los dos de la mano, y que jueguen a nuestro favor, no en nuestra contra.

Volviendo a la lectura sobre Marta y María: lo que viene a hacer Jesús es alabar a María por darle prioridad a lo más importante. Hagamos nosotros también eso: tengamos claro qué es para nosotros lo más importante en cada momento, y démosle prioridad, conscientemente, de la mejor manera posible y sin sentirnos culpables.

101100

Estos son los años que he cumplido esta semana: 101100.

En formato binario, por supuesto, haciendo honor a mi formación en informática y al título de este blog 🙂

Pero como las personas somos mucho, muchísimo más que una sola identidad, y además porque nunca me ha gustado esa división entre ser «de ciencias» o «de letras» (que al menos en España hace unos años se llevaba mucho), os lo cuento también con letras:

Estos son los años que he cumplido esta semana: XLIV, en números romanos.

Y ya si nos ponemos muy «frikis» (que es un término con el que sí que me identifico, porque, si lo piensas, en el fondo todos somos «frikis» de algo), lo podemos poner en hexadecimal también: 0x2C.

La única pena es que no lo he podido poner en un código de escritura que me hubiera hecho mucha ilusión, pero que por desgracia sólo tiene símbolos para las letras, y no para los números… Igual un día llevo mi frikismo al extremo y me invento los números en Dada Urka 🙂

Compañeros de camino

Escribo estas líneas desde el aeropuerto de Barajas, esperando mi vuelo de vuelta a Dublín.

Durante unos días he tenido la oportunidad de permitirme hacer un alto en el camino, poner entre paréntesis el ritmo (a menudo acelerado) de mi vida cotidiana, y prestar atención a lo verdaderamente importante… Ha sido todo un lujo, y por ello estoy enormemente agradecida.

Entre otras muchas cosas, he disfrutado un montón compartiendo tiempo, cariño y conversaciones con varias personas que en algún momento fueron, o tal vez aún son, mis compañeros de camino.

  • Mi madre y mis hermanos, que fueron los primeros compañeros que tuve en mi vida, y que me acompañan siempre aunque sea en la distancia.
  • Mis cuñados, tan cariñosos como siempre, y mis sobrinos, la siguiente generación, que viene con una fuerza tremenda (sois todos un encanto chicos 😉)
  • Mi primo del alma, al que hacía mil años que no veía 🙂 (no sabes la ilusión que me hizo verte, Borja)
  • Amigos de la familia que son tan cercanos como la familia misma, con los que sabemos que siempre podemos contar.
  • Amigos de esos con los que no importa cuánto tiempo pase sin vernos, la conexión se mantiene y se sigue fortaleciendo (vosotros sabéis quiénes sois)
  • Un reencuentro que nos llevó al baúl de los recuerdos, a paso de baile… (¡mil gracias por todo Cristina!)
  • Y hablando del baúl de los recuerdos, hasta hubo tiempo para unas risas viendo fotos de mi primera comunión 😀

La guinda final del pastel ha sido ya hoy, cuando he tenido la inmensa suerte de conocer en persona a varios colegas en esta nueva aventura de reinvención en la que me he embarcado. Aunque llevemos menos tiempo caminando juntos, ya estáis dejando también vuestra huella, estamos creciendo juntos, y lo que nos queda por compartir…

La verdad es que vuelvo a casa con alegría, atesorando los momentos que he pasado con todos vosotros. Muchísimas gracias, compañeros de camino.

Hasta siempre, Papá

Esta semana falleció mi padre, a los ochenta y ocho años de edad. Descanse en paz.

Dicen que la mejor manera de predicar es con el ejemplo, y así es exactamente como lo hizo él. De manera firme pero a la vez cálida y sencilla, a través de su actitud, sus costumbres y su ética personal y profesional, nos dio un magnífico ejemplo a mis hermanos y a mí, y más adelante también a sus nietos.

Muchos recuerdan su buena memoria, su talante algo serio aunque con buen humor de fondo, y la calidad de su trabajo, siempre impecable. Pero lo que aparece con más frecuencia en las conversaciones al recordarle, lo que más grabado se ha quedado en la memoria de quienes le conocieron, es la manera que tenía de felicitar los cumpleaños.

En esta era en la que muchos parecemos dedicarnos a «coleccionar amigos» en las redes sociales, y nos mandamos mensajes cada vez más superficiales, él dedicaba tiempo todos los días a sentarse a escribir tarjetas a mano, y así felicitar personalmente a los amigos, familiares y conocidos apuntados en su agenda, que eran muchos. Y a la familia más cercana, cuando había confianza, la felicitación nos llegaba en forma de mensaje al móvil justo a medianoche, para que empezáramos a celebrar nuestro cumpleaños desde el primer minuto.

Guardaba un lugar en sus pensamientos y en su corazón para cada persona que pasó por su vida, ya fuera que los viera a menudo o que hiciera décadas que no los viera. Un ejemplo precioso que me gustaría seguir (aunque sea de otras formas más modernas), no sólo por lo que es sino también por lo que representa: darle importancia a lo importante. Y el trabajo es importante, claro que sí, y es importante hacerlo lo mejor posible. Pero aún más importantes, siempre, son las personas.

Gracias por tu ejemplo Papá, por tantas cosas que he tenido la suerte de aprender de ti. Y hasta siempre.

Incertidumbre

Las Navidades ya están a la vuelta de la esquina, y no sé a vosotros, pero a mí este año me está costando meterme en el espíritu navideño. En una época en la que lo que se suele hacer son planes, la incertidumbre pesa todavía más que de costumbre… Y digo que de costumbre porque me atrevería a decir que, de dos años para acá, todos nos hemos adaptado a cierto nivel continuo de no saber qué va a pasar. Y sabemos que en un momento u otro van a seguir apareciendo situaciones inciertas.

snowy pathway surrounded by bare tree

Pero claro, como a nuestro cerebro no le gusta nada la incertidumbre, si lo dejamos en piloto automático gasta mucha energía manteniéndose alerta y poniéndose en lo peor, de modo que acabamos estresándonos inútilmente hasta acabar agotados. Y eso es insostenible a largo plazo.

¿La solución? Aprender a estar cómodo con la incomodidad de no tener certeza absoluta, de no saber cómo van a salir las cosas, de no tenerlo todo controlado.

Y para eso, ¿qué es lo que ayuda mucho? Confiar.

Confiar en que todo va a salir de la mejor manera posible, de la manera que tiene que salir, aunque no sea la que nosotros queramos ni entendamos ahora mismo el porqué. Cuando nos atrevemos a soltar y a confiar en la vida, la historia cambia. La incertidumbre puede que siga ahí, pero el miedo desaparece.

Os copio unas palabras de Brené Brown sobre este tema, que ella relaciona con la vulnerabilidad:

Me pasé muchos años tratando de ser más rápida y más lista que la vulnerabilidad haciendo que las cosas fueran seguras y definitivas, blancas y negras, buenas y malas. Mi incapacidad para acoger la incomodidad de ser vulnerable limitó la plenitud de esas experiencias tan importantes que se forjan en la incertidumbre: el amor, la pertenencia, la confianza, la alegría y la creatividad, por nombrar unas pocas.

Felices fiestas. Que la incertidumbre no te impida vivirlas plenamente, tal vez este año de una manera nueva y diferente.

Volver a empezar

Dicen que cada día es una oportunidad para empezar de nuevo… Y sí que es cierto, pero también es verdad que hay ciertas épocas del año en las que es más fácil tener esa sensación de borrón y cuenta nueva. Como por ejemplo en los cambios de estación: al cambiar el clima y la longitud de los días aprovechamos no sólo para renovar el vestuario, sino también para adaptar nuestras costumbres a lo que toca según la temporada.

Y uno de los cambios de estación que más nos revoluciona es el inicio del curso escolar, que tanto en Irlanda como en España (donde vivo y de donde soy, respectivamente), ocurre en el mes de septiembre.

"Back to school" written on a black backboard

Es un momento en el que me suelo sentir con muchas ganas de empezar nuevos proyectos, de crear nuevas rutinas, volviendo a la estabilidad después del cambio de aires del verano.

Y este año no es una excepción, al contrario: me hace todavía más ilusión, porque este año tocan cambios a lo grande en mi vida personal y en la profesional (si es que hay manera de separar las dos), y por una vez me estoy animando a aceptar el reto de abrazar la incertidumbre, de caminar hacia ella en lugar de evitarla… La verdad es que no tengo muy claro ni cómo me saldrá ni dónde acabaré, pero lo que sí sé es que va a ser un camino muy interesante, lleno de retos, y que voy a aprender un montón, ¡qué ganas de empezar! 🙂

Amistades

Cuando estaba en la universidad, mi amiga Merche tenía en su cuarto un póster que a mí me gustaba mucho. El dibujo era una caricatura muy colorida de un grupo de animales todos juntos, creo recordar que había una jirafa, un elefante… Y la frase, que estaba en inglés, decía: «Friendship comes in all shapes and sizes» (hay amistades de todos los colores y tamaños).

A lo largo de los años vamos conociendo a muchas personas, creando amistades, compartiendo etapas de nuestra vida con unos y con otros. Y aunque quizá en general tendemos a buscar personas con las que tenemos bastante en común, cuando hacemos amigos que son de alguna manera diferentes (y hay mil maneras de ser diferente), la amistad resulta si cabe mucho más enriquecedora: nos ayuda a crecer, a ensanchar nuestro mundo, a ver otras perspectivas.

Algunas amistades se pierden con el tiempo, otras permanecen, y otras van cambiando con los años. Y es completamente natural: ni tú ni ellos sois los mismos de hace un año, o hace diez, o hace veinte, y a veces los caminos de cada uno van en distintas direcciones. Pero eso no resta valor para nada al cariño y al tiempo que compartisteis.

Y afortunadamente, sin saber muy bien por qué, hay ciertas amistades por las que no pasa el tiempo. No importa desde cuando llevemos sin vernos, o si hemos perdido el contacto durante unos meses, o unos años… Al volver a encontrarnos, vuelve la misma confianza de siempre, la misma alegría, el mismo cariño.

Tengo la inmensa suerte de haber ido encontrando de esos buenos amigos por los que no pasa el tiempo. Y esta semana me he podido reunir con varios de ellos. Mil gracias chicos, vosotros sabéis quiénes sois 😉

Original by Dani&She

Un regalo inesperado

Yo en general no soy mucho de bañarme en la playa; me crié en el interior y tengo poca costumbre, pero una cosa que sí que me encanta es pasear por la orilla y remojarme los pies. 

Ayer por la tarde tuve el placer de hacer precisamente eso, mientras veía una preciosa puesta de sol. Había hecho mucho calor durante el día, pero a esa hora la temperatura se había suavizado y se estaba genial, hasta el agua me pareció menos fría de lo habitual… La mayoría de la gente ya se había vuelto a casa, y ya sólo quedaban unos pocos. Y en aquel momento, todo era paz y tranquilidad.

Qué gozada.

Así que iba yo paseando tranquilamente, en mi propio mundo, disfrutando del paisaje, pensando en mis cosas, alegrándome de haber aparcado mi lista de tareas un ratito para vivir el momento presente (y dándole forma en mi cabeza a un post sobre prioridades, que ya escribiré otro día), cuando otra visitante de la playa sacó esta foto tan chula:

Bea walking along the beach at dusk, her reflection showing in the water

Un regalito inesperado, y un precioso recuerdo, ¡gracias Sharon!

Pilas recargadas

De vez en cuando viene bien cambiar de aires, aunque sea por un par de días, para salirse un poco de la rutina diaria, cambiar de perspectiva y recargar pilas. Este verano, por segundo año consecutivo, me he llevado a las niñas a unas mini-vacaciones por Irlanda, o como está de moda decir, a una staycation (vacaciones sin salir del país).

La verdad es que es una gozada salir a conocer sitios nuevos, o volver sitios conocidos de hace años… Y estos tiempos de confinamiento me han hecho apreciar más que nunca estas oportunidades. Me ha encantado volver al anillo de Kerry, y hemos tenido el privilegio de verlo a nuestro ritmo, sin agobios, y sin el sinfín de autobuses de turistas que normalmente invaden estas tierras en los meses de verano. 

Durante este viaje en familia hemos tenido un poco de todo: sorpresas, cambios de planes, mucha música en la radio (de calidad variable), muchos helados (¡y chocolate!), y sobre todo, muchos paisajes chulísimos. Para muestra esta foto de los acantilados de Kerry:

View of the Kerry cliffs and the sea

Total, que nos llevamos un montón de buenos recuerdos para aguantar hasta la próxima escapada. Y si está genial salir de vacaciones unos días, está genial también volver después a casa 🙂

Después de este descansito (más mental que físico, tengo que decir), retomo mi día a día con energías renovadas, sobre todo el par de proyectos en los que estoy trabajando y que me hacen mucha ilusión, uno de ellos por supuesto este blog. Seguiremos informando.