Botón de reinicio

Una vez más, el fin de semana se me ha pasado muy rápido, y me he quedado con la sensación de no haber hecho ni la mitad de las cosas que hubiera querido. Lo cual probablemente quiere decir que había planeado como el doble de cosas de las que, siendo realistas, me caben en un fin de semana.

¿Te pasa a ti también esto? Es bastante normal; a las personas se nos da fatal estimar el tiempo que tardamos en realizar una tarea o un proyecto (más sobre este tema aquí).

Para mí, una consecuencia habitual de no ser realista con mi tiempo es que a menudo acabo descansando y durmiendo menos, porque hay cosas que no quiero dejar sin hacer, aunque ya se me acaben las horas del día. Y así, sin darme cuenta, me meto en una rueda de cansancio atrasado que no hace sino traerme más problemas…

Esta semana me he pillado otra vez en esa rueda. Y sólo de mí depende salir de ella.

A veces nos da la sensación de que no hay más remedio que llenarnos el día de tareas y seguir hasta caer de agotamiento. O igual ya estamos agotados, pero no le hacemos caso a nuestro cuerpo. ¿Hasta cuándo? ¿Es que tenemos que esperar a que la vida nos dé un susto para empezar a cuidarnos?

Lo bueno es que la vida (o más bien, nuestro cuerpo) nos va dando avisos, nos va indicando cuándo el ritmo que llevamos ya no es sostenible. El caso es aprender a escuchar, para que, cuando aparezcan las señales, podamos tomar nota y hacer algo al respecto.

Pero claro, para poder escucharnos, primero tenemos que crear un poco de silencio. Y para eso no ayuda el estar rodeados de ruido y distracciones continuas, como lo estamos hoy en día. Hace falta hacer un esfuerzo consciente por «desconectar» un poquito de lo de fuera, para poder conectar con lo de dentro y hacer balance de cómo estamos de verdad.

Esto me recuerda a dos cosas: por un lado, a la primera frase de la Desiderata: «Camina plácidamente entre el ruido y la prisa, y recuerda cuánta paz puede haber en el silencio»… Si esto ya era verdad hace más o menos un siglo, sin lugar a dudas es más cierto ahora que nunca.

Y por otro lado, a esta cita que yo creía que ya os había contado, pero parece ser que no:

Casi todo volverá a funcionar
si lo desconectas durante unos minutos,
incluid@ tú.

Anne Lamot

Y si son unas horas, o unos días, o incluso semanas, mejor que mejor.

(Póster visto en una tienda de Avoca: «estar offline (desconectado de internet) es el nuevo lujo.» Esta frase daría para otro artículo entero, que algún día a lo mejor escribiré.)

Y a ti, ¿te hace falta pulsar el botón de reinicio?

Visitas

¿Qué tal llevas lo de recibir visitas en casa? ¿Te agobias un poco (o mucho) con los preparativos?

En eso estaba pensando yo esta mañana, antes de ir al aeropuerto a recoger a mi hermana Cristina y a mis sobrinos Pablo y Andrés (¡bienvenidos, chicos!). Yo en tiempos me agobiaba muchísssimo cuando iba a venir alguien a casa, y la verdad es que con los años me he ido relajando un poco, ¡menos mal!

(Foto de un corazón de manualidades que hizo Eva en el cole hace un par de años, y que adorna permanentemente la pizarra de la cocina.)

Creo que parte del problema, al menos en mi caso, era la creencia de que la casa tenía que estar perfectamente limpia y ordenada para poder recibir a las visitas «como Dios manda». Ahora me doy cuenta de que eso es un reflejo, por un lado, de las costumbres de mi familia en particular, y por otro, de las normas sociales por las que se regían las generaciones anteriores a la nuestra.

Antiguamente, en muchas casas se reservaba una salita o salón específicamente para las visitas (un sitio donde habitualmente los niños no podían estar, no fuera a ser que ensuciaran o rompieran algo), y se sacaba «la vajilla buena» para servir el café, la merienda o lo que se terciara. Era impensable que las visitas pasaran hasta la cocina o las habitaciones de la familia… A no ser que a la anfitriona le diera por enseñarles la casa entera, cosa que mi madre hacía de vez en cuando (qué recuerdos, entrar en pánico y tener que ordenar nuestro cuarto en tiempo récord para poder enseñárselo a la visita de turno).

Pero hoy en día, afortunadamente, las cosas han cambiado. Las casas son más abiertas; se hace mucha más vida en la cocina, y las relaciones sociales tienden a ser mucho menos formales. O a lo mejor soy yo, que hace ya años decidí que no quería «visitas» en mi casa, o más bien, que no quería que quien viniera a mi casa se sintiera como una visita (entendiendo visita como las de antiguamente, de mírame y no me toques). El punto de encuentro en nuestra casa de ahora es definitivamente la cocina, que es sencilla, sin grandes lujos, pero muy acogedora, y ya no me siento (tan) mal porque la casa no esté perfecta, aunque por supuesto me gusta que esté razonablemente limpia y ordenada.

Al fin y al cabo, lo importante es poder juntarnos para pasar un buen rato. Y he aprendido que flexibilizar y simplificar ciertas cosas me ayuda a disfrutar mucho más del momento y, cómo no, de la compañía.

¿Tú cómo lo ves? ¿Estás a favor de las visitas, o de las «no-visitas»?

Abraza todo lo que eres

El otro día, buscando otra cosa por internet, me topé con una campaña publicitaria que lanzó Netflix España en 2024, y me encantó el lema: «abraza todo lo que eres».

El vídeo sólo lo he encontrado en español; espero que se entienda para los que me lean en inglés. Básicamente, es una chica/señora que se encuentra confundida porque se da cuenta de que le gustan muchos tipos distintos de películas y series, y eso le hace plantearse quién es ella realmente.

La verdad es que el tema de la identidad me parece súper interesante; ya lo he tocado un par de veces en este blog (por ejemplo, aquí y aquí). Conviene recordarnos a menudo que las personas somos muy pero que muy complejas, y además, contradictorias (he estado buscando otro anuncio español de hace años que decía aquello de «vive tus contradicciones», pero ese no lo he encontrado).

De hecho, gran parte del trabajo de desarrollo personal consiste en ir aceptando e integrando esas partes diferentes y hasta contradictorias que todos tenemos, cada uno a nuestra manera.

Y como suele pasar con estas cosas, es un trabajo que cuesta (¡a veces mucho!), pero que merece la pena. Lo primero, nos ayuda a darnos cuenta de que no es que nos pase nada raro, simplemente somos seres humanos, con todo lo que ello conlleva. Y una vez que ya podemos aceptar todo lo que somos y dejamos de juzgarnos, sentirnos culpables y machacarnos, nos podemos dar permiso para avanzar y hacer los cambios que queramos en nuestra vida.

Estos días estoy teniendo la suerte de poder desconectar un poco del día a día para reconectar con ciertas cosas y personas en mi vida, abrazando mi lado español sin olvidar el irlandés. ¡Feliz semana de San Patricio!

(Entrada del metro de Gran Vía, en Madrid, vestida de verde para celebrar la «semana de Irlanda», una campaña publicitaria de Turismo de Irlanda).

Un deseo para el año

Ya llegó el 2026, ¡Feliz Año Nuevo!

Las niñas y yo llegamos anoche de pasar unos días en España, donde todavía están de fiesta hasta después de Reyes. En cambio, aquí, en Irlanda, toca ya volver al cole (o en mi caso, al trabajo), así que estamos en fase de reeducación.

(Foto sacada en Madrid hace unos días, concretamente en el parque del Retiro. Otro día os contaré cosas de mi «doble retiro» de final de año.)

Buscando alguna cita inspiradora para empezar el año con buen pie, me he topado con esta de Neil Gaiman, que siento que me viene como anillo al dedo, espero que a vosotros también os guste:

Espero que en este próximo año cometas errores.

Porque si estás cometiendo errores es porque estás haciendo cosas nuevas, probando cosas nuevas, aprendiendo, viviendo, creciendo, cambiándote, cambiando tu mundo. Estás haciendo cosas que nunca hiciste antes, y lo que es más importante, estás Haciendo Algo.

Así que ese es mi deseo para ti, para todos nosotros, y para mí. Comete nuevos errores. Comete errores gloriosos, increíbles. Comete errores que nadie haya cometido nunca. No te quedes congelado, no te pares, no te preocupes por si no sale perfecto o no es lo bastante bueno, sea lo que sea: en el arte, el amor, el trabajo, la familia o la vida.

Aquello que tengas miedo de hacer, hazlo.

Comete tus errores, el año que viene y siempre.

¿Qué te parece? ¿Te ves practicando esto? Yo precisamente he elegido como hilo conductor para este año la palabra PRACTICAR, así que me encaja perfectamente, sobre todo la parte de no preocuparme por que salga perfecto. Eso sí, sé que va a ser todo un reto, pero estoy segura de que va a merecer la pena.

¿Y tú, te apuntas al reto de cometer errores?

Nollaig Shona

Ahora ya sí que sí, la Navidad está a la vuelta de la esquina, y quiero aprovechar la ocasión para desearos a todos unas muy felices fiestas.

Nollaig Shona es la versión gaélica más extendida de nuestro «feliz Navidad», al menos que yo sepa (acabo de leer que también se puede decir Nollaig Shona Duit, traducido como «te deseo feliz Navidad»). Curiosamente, la palabra Nollaig significa tanto Navidad como diciembre, lo cual nos da una idea de cómo de unidas están la religión cristiana y la cultura tradicional irlandesa. Diciembre es, simplemente, el mes de la Navidad.

Tanto España (el país donde nací) como Irlanda (donde vivo y trabajo) son países tradicionalmente católicos, aunque con costumbres bastante diferentes en esta época del año, supongo que por haber recibido influjos culturales y geográficos distintos. En España, por ejemplo, son mucho más habituales los belenes, como este de Cáceres que fotografié hace unos años:

Por otro lado, lo mejor de Irlanda (en mi opinión) son las luces navideñas; me parece que consiguen transformar casi mágicamente la tristeza y oscuridad de las largas noches de diciembre en alegría e ilusión por lo que está por venir. Y ese es precisamente el sentido de esta fiesta, desde mucho antes de la llegada del cristianismo: celebrar el solsticio de invierno. Recordar que, aunque haya momentos en los que reine la oscuridad y parezca que se acaba la esperanza, más adelante volverá a vencer la luz.

También es un buen momento del año para reunirse con amigos y familiares, si las circunstancias lo permiten, y celebrar el estar juntos. O tal vez sea la ocasión perfecta para descansar unos días, hacer algo diferente o recargar las pilas antes de entrar con fuerza en el nuevo año.

Sea como sea y lo celebres como lo celebres (o no), que pases unas muy felices fiestas.

Adamstown, nuestro hogar

De los veinte añitos que llevo ya en Irlanda, diecisiete los he pasado viviendo en el mismo barrio: Adamstown, al oeste del condado de Dublín.

Adamstown es un lugar muy interesante, bastante distinto de los típicos barrios residenciales irlandeses. Se empezó a proyectar a finales de los años noventa como un pueblo completamente nuevo, siguiendo un modelo de planificación urbanística parecido al de otros países de Europa. La construcción de esta «zona estratégica de desarrollo» empezó en 2005, y todo iba muy bien hasta que llegó la crisis del 2008, causando un parón económico que dejó el barrio a medio construir.

Por suerte, para entonces Adamstown ya contaba con su propia estación de tren, una guardería, dos colegios de primaria y la aprobación para un instituto de secundaria. A nosotros nos pareció el lugar ideal para empezar a echar raíces como familia, así que nos mudamos a un dúplex de alquiler al ladito de la guardería, con Irene pequeñita y Alicia a unos meses de nacer.

Con el paso de los años, el barrio siguió creciendo muy poco a poco, con rachas de construcción moderada alternadas con otras de parón casi absoluto. Pero lejos de convertirse en «un barrio fantasma» (como lo etiquetaban a veces en la prensa), Adamstown se fue afianzando como una nueva comunidad, moderna y sobre todo muy diversa, que se mantenía activa a pesar a las circunstancias. A falta de espacios públicos donde reunirse (el centro comunitario no abriría sus puertas hasta 2018), en aquella época los colegios de primaria se convirtieron en el principal punto de encuentro, cediendo o alquilando sus espacios para distintas actividades. Y como la mayoría de las familias veníamos de fuera, o bien de otros países o de otras regiones de Irlanda, el tener la posibilidad de conocernos y apoyarnos mutuamente nos ayudó inmensamente a establecernos y encontrar nuestro sitio.

Fue durante esa época, hace diez años, cuando surgió un proyecto precioso para darle voz a nuestra comunidad: el libro Adamstown my home, que recopila las historias de 27 mujeres y sus familias, representando la diversidad de culturas y nacionalidades que se entrelazan en este barrio, símbolo de una nueva Irlanda.

Porque lo que de verdad hace interesante a Adamstown no son los edificios, sino las personas. Es una comunidad multicultural e intercultural, con familias procedentes de prácticamente todos los rincones del mundo… Para que os hagáis una idea: en nuestro cole de primaria hay niños de 45 nacionalidades distintas, y la inmensa mayoría de ellos, si no todos, viven en el barrio. En el instituto son todavía más, 52 nacionalidades. La diversidad de culturas, ideas y costumbres con las que están creciendo nuestros hijos de verdad no tiene precio.

Volviendo ahora al presente, estamos en una racha de construcción de vivienda sin precedentes, y el barrio está creciendo a pasos agigantados; yo creo que de esta sí que quedará terminado (y tal vez hasta nos convirtamos en un pueblo de pleno derecho y todo). Seguimos siendo una comunidad muy diversa e internacional, ahora además con el apoyo del centro comunitario, que hace una labor magnífica en todos los sentidos. También contamos con varios parques, instalaciones deportivas, una zona comercial, un centro de salud recién construido y el proyecto de una biblioteca que algún día llegará.

Pero además, veinte años después del nacimiento de Adamstown, tenemos algo mucho más importante: una generación entera que se ha criado en esta nueva Irlanda, formando parte de una diversidad que para ellos es su medio natural, fundiendo múltiples culturas y construyendo una identidad todavía más compleja y rica en matices que la de la generación anterior.

No podíamos dejar pasar la oportunidad de recopilar algunas de esas historias, diez años después del libro original. Y así nació Adamstown our home, un proyecto muy especial creado por dos personas muy queridas y admiradas en nuestra comunidad, y con toda la razón del mundo: el padre John Hassett, también creador y coordinador del libro original, y Gema Pintor, directora del centro comunitario. El resultado son otras veinte historias, varias de ellas de más de una generación, de las familias que llaman a Adamstown su hogar.

(Foto de la portada del libro Adamstown our home.)

Muchísimas gracias, John y Gema, por contar conmigo para este proyecto; he disfrutado mucho siendo una de las entrevistadoras, y he aprendido mucho también. Gracias a los demás entrevistadores, Anisa, Bernie, Ita, Michael, Rose y Sunita, y sobre todo, gracias a David, Aida, Joseph, Vicky y John por el tiempo que pasamos juntos en las entrevistas.

Las grabaciones de las entrevistas pasarán a formar parte del archivo oral de Adamstown, y estarán disponibles en nuestra biblioteca (una vez que se construya). Mientras tanto, el libro ya está a la venta, y todos los beneficios se repartirán entre los tres colegios del barrio (dos de primaria y uno de secundaria) para ayudar a niños con necesidades especiales.

¿Habrá tercera parte en 2035? Quién sabe…

Inspiración inesperada

¿Te gusta hacer fotos? ¿Qué tipo de fotos haces normalmente?

Yo he notado que en general hago muy pocas fotos «de personas», de las que se hacen en familia o con un grupo de amigos. Es algo de lo que, sinceramente, no suelo estar pendiente, y casi siempre se me olvida (o como mucho, si estamos en algún sitio bonito, me da por hacerme un selfie con las niñas, con resultados a veces mejores y a veces peores). Por suerte, casi siempre hay alguien en todos los grupos o reuniones familiares que sí que se acuerda de inmortalizar el momento, y aprovecho ahora la ocasion para decirles a todos ellos: ¡gracias!

Lo que sí me he dado cuenta de que hago mucho son fotos de lugares o cosas que me llaman la atención, por la razón que sea. A veces son paisajes o edificios que me resultan bonitos, y los fotografío a poder ser sin personas delante (lo que yo llamo «hacer postales». Otras veces son fotos de cosas que tienen valor sentimental para mí, que me traen buenos recuerdos.

Y otras veces, son frases o citas curiosas que me encuentro en los lugares más inesperados, como esta que os traigo hoy:

(Cartel visto en un Chick-fil-A cerca de San José, en California. Chick-fil-A es una cadena estadounidense de restaurantes de comida rápida que nos pareció sorprendentemente deliciosa.)

Resulta que esta frase es precisamente del fundador de la cadena Chick-fil-A, aquí la tenéis en español (traducción mía):

¿Cómo saber si una persona necesita que la alienten? ¡Si respira!

S. Truett Cathy

En otras palabras: a TODOS nos viene bien que nos alienten, que nos den ánimos, porque TODOS estamos pasando por algo, y muchas veces ese algo es bastante más grave de lo que se pueda percibir desde fuera.

Lo cual me recuerda a otra cita que no me puedo creer que no haya puesto todavía en el blog, porque es una de mis favoritas. Eso sí, no me atrevo a confirmar el autor porque parece ser que no está claro, y no quiero que me pase como aquella vez que me acusaron de dar información falsa… Según a quién le preguntes, se le atribuye a Séneca, a Marco Aurelio o a un tal Ian McLaren. Pero en el fondo da igual, lo que importa es el mensaje:

Sé amable, pues todo aquel que conoces está luchando una dura batalla.

Y a ti, ¿qué fotos te han resultado inspiradoras últimamente?

Haz que cuente

Las niñas y yo acabamos de volver de pasar una semanita de vacaciones con la framily (si no sabes lo que es la framily, te lo explico aquí), aprovechando que el último lunes de octubre es fiesta en Irlanda y que los colegios lo alargan a una semana entera sin clase.

Y esta vez el reencuentro ha sido nada más y nada menos que… ¡En California!

Photo of San Francisco´s Golden Gate bridge, taken from an end of the bridge itself

(Foto del puente Golden Gate de San Francisco, tomada desde un extremo del propio puente.)

Hemos pasado una semana fantástica (mil gracias Juanjo, Gema, Laia y Joan por acogernos a todos «en boloque»).

Yo tengo que reconocer que soy muy poco aventurera en esto de viajar; como me descuide, acabo siempre yendo a los mismos sitios… Por eso, últimamente estoy haciendo un esfuerzo y me estoy buscando razones (o excusas, según se mire) para ir variando un poco más las vacaciones sin alejarnos demasiado de lo conocido.

Las dos variantes que he visto que me funcionan son: o bien llevar a las niñas a sitios que me hagan mucha ilusión (como cuando fuimos a Nerja esta primavera, porque yo ya había estado allí de pequeña, o como cuando fuimos a París, porque, en fin, quién no quiere conocer París), o bien ir a visitar a amigos o familiares que vivan en sitios chulos (como cuando fuimos a Londres hace un par de años, también con la framily, o a Stuttgart este verano con mis primos).

Este año hemos tenido la gran suerte de poder encajar un tercer viaje en otoño, que además cumple los dos criterios: tenemos unos muy buenos amigos que viven en California, y esa es una zona que yo tenía muchas ganas de conocer, sobre todo la ciudad de San Francisco.

Y la verdad es que ha sido una semana excepcional: además de pasarnos un día pateándonos San Francisco (espectacular el viaje en tranvía por aquellas cuestas), hemos podido turistear por varios sitios muy chulos de San José y alrededores (cada uno en su estilo, como diría Audrey Hepburn), y sobre todo, pasar tiempo juntos como en los viejos tiempos, ponernos al día, ver a los «niños» disfrutar, celebrar Halloween de una manera diferente y reírnos muchísimo durante todo el proceso.

Photo of a street of San Francisco´s Chinatown, with a group of people walking on the sidewalk at the left of the image (we can only see their backs)

(Lo mejor, como siempre, la compañía. Aquí estamos dando una vuelta por Chinatown.)

Me alegro muchísimo de haber hecho este viaje, de haberle dado prioridad (en tiempo, energía y presupuesto) a esta aventura californiana. La vuelta a la realidad esta semana tal vez sea durilla, entre el jet lag y el cambio de clima y de luz, pero ha merecido la pena al cien por cien.

En estos tiempos en que vivimos, con su postureo en Instagram y su FOMO permanente (algún día tendremos que hablar de la paradoja de la elección, que veo que todavía no lo he escrito sobre eso), a veces cuesta mucho decidir cómo emplear nuestros recursos de maneras que nos aporten y nos llenen, en lugar de dejarnos con un sentimiento de vacío e insatisfacción.

Y no hay una respuesta «talla única» que nos sirva a todos por igual: cada uno tenemos que encontrar la nuestra propia, y sentirnos libres de irla modificando a medida que pase el tiempo y cambiemos tanto nosotros como nuestras circunstancias.

¿Qué es lo que te llena de verdad a ti? ¿Le estás dando la prioridad y la atención que se merece? ¿O estás simplemente haciendo cosas por inercia, por comodidad o porque las hace todo el mundo?

Sólo hacemos este viaje una vez, y deberíamos hacer que cuente de verdad.

Nancy Reagan

Cada uno decidimos qué es lo que hace que nuestro viaje cuente, que nuestra vida cuente. Cada uno a nuestro estilo, como diría Audrey Hepburn, según nuestras prioridades. En nuestra mano está hacer que cada momento cuente.

Gracias a los chavalit@s, los junior y los senior, los que han podido estar en persona y los que nos han acompañado en espíritu. Gracias por hacer de esta semana una de las que cuentan.

Veinte añitos

Hoy, 19 de octubre de 2025 (San Pedro de Alcántara, patrón de mi tierra natal, Extremadura), hace exactamente veinte años que llegué a Irlanda para quedarme, ¡feliz aniversario!

Para celebrarlo, me he ido a dar una vuelta por Harmonstown, la zona por donde vivimos Fredi y yo los primeros tres meses de nuestra aventura irlandesa, antes de mudarnos al centro de Dublín (gracias Rafa y Hernán por acogernos aquella temporada en vuestra casa; con vosotros la adaptación se nos hizo mucho más llevadera y divertida).

Blue and green signpost in a train station in the greater Dublin area, with the stop name in Irish ("Baile Hearmann") and English ("Harmonstown")

(Foto de la estación de DART de Harmonstown. El DART es el tren de cercanías de Dublín y alrededores, y en aquellos tiempos era nuestra forma principal de movernos, junto con el autobús, que si no recuerdo mal, era la línea 42B.)

Ahora me toca decir las cosas típicas de «madre mía, cómo pasa el tiempo», «parece que fue ayer», «quién me iba a decir a mí que acabaría quedándome veinte años», etc., etc., etc. Y sí, son frases típicas, pero no por ello menos ciertas. Por un lado, tengo la sensación de que se ha pasado en un suspiro (como decía Carlos Gardel, «que veinte años no es nada»).

Pero por otro lado, echo la vista atrás y me doy cuenta de todo lo que he avanzado, lo que he madurado, lo que he cambiado. Y la verdad es que estoy orgullosa. Orgullosa de lo que he conseguido hasta ahora en diferentes ámbitos de mi vida, y sobre todo, orgullosa de las tres personitas que por aquel entonces no existían todavía y que ahora son las que más quiero en este mundo.

A veces viene bien pasar un ratito echando la vista atrás, como decíamos en este post sobre el baúl de los recuerdos, para poder apreciar el camino recorrido y seguir caminando con energías renovadas.

Brindo y doy gracias por estos veinte años que llevo en Irlanda, ¡y por los que aún me quedan! Sláinte.

¡Misión cumplida!

¡Hoy toca celebración! Después de tres años practicando y creciendo como coach, y habiendo superado retrasos y bloqueos varios, al fin me he lanzado a la piscina, me he presentado a la certificación de ACC, ¡y he aprobado!

Photo of a board with two pieces of paper held by magnets - the left image is a drawing to illustrate coaching, and the right image is the ICF credential badge from ICF

(Foto de un trocito del «vision board» que tengo en la pared de mi habitación. La idea es poner imágenes que te ayuden a visualizar tus objetivos y acercarte a ellos.)

El Associate Certified Coach (ACC) es el primer nivel de certificación de la Federación Internacional de Coaching (ICF), la institución de coaching más reconocida y extendida en el mundo entero. Una parte fundamental de la labor de ICF es la de establecer unos estándares de calidad y un código ético para la profesión del coaching, que actualmente no está regulada, y que puede confundirse muy fácilmente con otras profesiones de ayuda, como la consultoría, el mentoring o la psicoterapia.

Los requisitos para certificarse incluyen cierto número de horas de formación, horas de mentorado y horas de práctica haciendo sesiones de coaching, además de aprobar un examen. Y ahora entiendo por qué: todos esos elementos se complementan entre sí, combinando teoría y práctica, acción y reflexión, para un aprendizaje mucho más completo.

Yo sé que esto no es más que otro paso en el camino, pero para mí, es un paso tremendamente importante, por dos razones.

  • Primero, porque así demuestro al mundo que esto del coaching es algo que me tomo muy en serio, y que estoy alineada con los más altos estándares y el código ético de esta profesión. Ahora puedo ofrecer garantía de calidad en mis servicios con un criterio objetivo que los avale.
  • Y segundo, porque de paso también me demuestro a mí misma que, efectivamente, estoy haciendo las cosas bien, lo cual me da aún más tranquilidad y confianza. Y digo bien, que no perfectas…

Mil gracias a D´Arte Human & Business School por la formación que lo empezó todo (mi querida 15), a Stephen Clements por ser un mentor extraordinario, a todos los coachees con los que he tenido el privilegio de trabajar, dentro y fuera de Fidelity, y a ExpertCoach por sus materiales de preparación para el examen.

De momento, ¡prueba superada! Pero la aventura continúa, esto no se acaba nunca…