15 segundos para imaginar

Ya estamos casi a mediados de julio; ¿qué tal llevas el verano? ¿Mucho calor? (Si estás en el hemisferio norte, claro… No sé si tendré muchos lectores en el hemisferio sur, pero me gusta mencionarlo por si acaso.)

Yo este fin de semana me lo he tomado con muuuuucha calma, sin prisas, disfrutando de sentirme medio de vacaciones, aunque todavía me falta para las vacaciones de verdad. Y como una de las cosas que asocio con el verano y las vacaciones es leer, pues he aprovechado para leer un libro, que es algo que me encanta y que estoy procurando recuperar, por un lado, porque es súper entretenido y relajante, y me recarga un montón las pilas, y por otro, porque es un ejercicio muy beneficioso para el cerebro, al potenciar la imaginación, la capacidad de concentración, la memoria y muchas otras funciones cognitivas, además de ayudarnos a mejorar nuestro dominio del lenguaje.

Normalmente también diría que un beneficio añadido de la lectura es que nos da un descanso de las omnipresentes pantallas, pero resulta que, paradójicamente, este libro en concreto me lo he acabado leyendo en el móvil, ya que mi Kindle está viejecito y ya no se conecta a la wifi para cargar libros nuevos. En fin.

Todo esto de pensar en las pantallas y en la dependencia que tenemos hoy en día de ellas me ha traído un recuerdo de cuando veía la tele de pequeña; si tú también «fuiste a EGB» (o sea, si fuiste niñ@ en España en los años ochenta) a lo mejor lo recuerdas también.

Era un segmento del mítico programa de TVE la bola de cristal, y decía así:

«Tienes quince segundos para imaginar...»

(Pasaban quince segundos mostrando una imagen borrosa y con un sonido parecido al del tic-tac de un reloj)

«Si no se te ha ocurrido nada... A lo mejor deberías ver menos la tele»

Impresionante. Ya por entonces, a los adultos les preocupaba que los niños nos pasáramos muchas horas mirando «la caja tonta», como la llamaban algunos. Y no les faltaba razón.

(Foto de «Bibothy», prueba de que de momento en casa no tenemos que preocuparnos por la falta de imaginación…)

Pero es que ahora, lejos de mejorar, la situación ha empeorado. Ya no hay una sola «caja tonta» en cada casa; lo que hay son todo tipo de dispositivos, a menudo varios por persona, compitiendo constantemente por nuestra atención. Y no sólo en casa: en la calle, en el coche, en las tiendas, en bares y restaurantes… Es un bombardeo constante de información, una fuente ininterrumpida de estimulación, y nuestro cerebro no está preparado para tal volumen.

La mente necesita un descanso de vez en cuando. Un descanso de pantallas, y también de otras fuentes de estimulación, como pueden ser unos auriculares reproduciendo música o podcasts durante horas y horas. El cerebro necesita periodos de silencio para poder funcionar correctamente. Para poder procesar la información que ha recibido, y también para poder pasar de un modo más pasivo y consumista a un modo más activo, el que nos lleva a crear, a imaginar, a resolver problemas, etc.

Pero claro, esos huecos de silencio no suelen aparecer por las buenas; tenemos que crearlos nosotros, y eso no es fácil, ni mucho menos. Porque las pantallas nos ofrecen unos chutes de satisfacción a corto plazo que a nuestro cerebro le encantan, y por eso, nos pide más. Casi cualquier otra cosa que hagamos, en comparación, le parecerá sosa y aburrida, al menos al principio; por eso es tan fácil dejarse llevar por las pantallas, y hace falta tanta fuerza de voluntad para romper el hábito y ponerse a hacer otras cosas.

Esto es lo mismo que ocurre, por cierto, con la dieta y el ejercicio: nuestro cerebro está optimizado para ayudarnos a sobrevivir a corto plazo, y siguiendo esta lógica, prefiere la comida rica en grasa y en azúcar y prioriza el ahorrar energía haciendo el mínimo esfuerzo posible. De esta manera, nuestro propio cerebro nos sabotea y juega en nuestra contra, porque entiende poco de decisiones a largo plazo. Pero nosotros sí que lo entendemos; entendemos que para tener salud a largo plazo hay que tomar otro tipo de decisiones y adquirir otro tipo de hábitos, aunque al principio cuesten.

Así que hoy te invito a que, si aún no lo estás haciendo, empieces a crear un oasis de silencio en algún momento de tu día, o todavía mejor, en varios. Tu yo del futuro te lo agradecerá.

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