Ajustando las velas

Hoy, revisando mis notas de Google, me he topado con esta frase que apunté hace tiempo para compartirla un día en el blog:

El pesimista se queja del viento;
el optimista espera a que cambie;
el realista ajusta las velas.

William George Ward

¿Qué te parece? Es un buen recordatorio de las distintas actitudes que podemos adoptar ante los problemas de la vida:

  • Podemos hacernos las víctimas y quejarnos de lo que nos pasa (pero sin hacer nada por cambiarlo)…
  • Podemos resignarnos y esperar ingenuamente a que las cosas mejoren por sí solas…
  • O podemos tomar cartas en el asunto, y procurar sacar lo mejor de la situación.

Esto me recuerda también a un libro que leí hace años (y que después doné en una de mis rachas de «decluttering», cosa de la que me arrepiento), titulado ¿Quién se ha llevado mi queso?, de Spencer Johnson.

A través de una historia con ratoncitos y un laberinto, el autor resalta la importancia de no acomodarnos dando por hecho que «el queso» (= lo que sea que queramos en la vida) siempre va a estar ahí. En lugar de eso, nos anima a estar atentos para detectar cuándo se avecina un cambio, sabiendo que es natural que surjan miedos al no saber cómo nos va a afectar, y a procurar adaptarnos rápidamente, pues el estar abiertos al cambio (= creer que el cambio nos va a beneficiar) en lugar de resistirlo (= creer que el cambio nos va a perjudicar) nos puede aportar muchos beneficios y aprendizajes.

Qué fácil es la teoría, ¿verdad? «No tengas miedo y abraza el cambio, que seguro que te va a ir bien». La práctica ya es otra cosa: los miedos no se disuelven como por arte de magia sólo porque sepamos que están ahí. Pero sí que podemos, con las herramientas adecuadas y haciendo el trabajo necesario, llegar a comprenderlos y gestionarlos mucho mejor, y así poder ser más dueños de nuestras propias decisiones.

¿Estás pasando ahora mismo, o crees que vas a pasar pronto, por un momento de cambio? Yo sí; estoy en un momento en el que digamos que se está moviendo mi queso. O mejor dicho: está cambiando el viento, y yo estoy buscando la mejor manera de ajustar mis velas…

(Foto a doble página de uno de los libros de Los Jóvenes Castores que leíamos de pequeñas mis hermanas y yo, donde aparece un estupendo barco pirata. ¿Se nota que no tengo experiencia real con barcos de vela? Tendré que pedirles un cursillo acelerado a mis amigos Seán y Dee.)

Expresiones intraducibles: the elephant in the room

Hoy quiero hablaros de elefantes y de metáforas, aunque no del mismo elefante ni de la misma metáfora a los que me refería en este otro artículo (que, por cierto, os recomiendo encarecidamente que leáis, si no lo habéis hecho todavía).

En inglés se utiliza mucho la expresión the elephant in the room (literalmente, «el elefante en la sala») para referirse a un tema difícil y problemático, algo de lo que nadie quiere hablar, pero que al mismo tiempo resulta imposible de ignorar.

Uno de esos temas es la salud mental, de la que por suerte ya se va hablando más abiertamente, aunque todavía nos queda mucho camino por recorrer. Desde hace unos años existe aquí en Irlanda un movimiento llamado precisamente así, Elephant in the Room, que promueve las conversaciones sobre salud mental en los entornos laborales, con el fin de normalizarlas. Y la manera en la que le dan visibilidad a este problema es literalmente poniendo un elefante en la sala: ya llevan casi doscientas esculturas artísticas de bebé elefante repartidas por todo tipo de empresas, instituciones y centros educativos, dentro y fuera de Irlanda. Aquí tenéis fotos de dos de ellos:

Esculturas de elefante vistas hace ya tiempo en el centro comercial de Blanchardstown (a la izquierda) y la Universidad de Maynooth (a la derecha).

Estos elefantes nos recuerdan que, tras una fachada de aparente normalidad, cualquier persona puede estar sufriendo. Y que, si nos quedamos en el «hola, ¿qué tal?» y en la conversación superficial antes de pasar corriendo a otra cosa, nunca nos vamos a dar cuenta de quién está deseando poder desahogarse. De nosotros depende el dedicar tiempo y esfuerzo a conectar con otras personas y escucharlas de verdad, para así formar parte de una red de apoyo en la que nos sostengamos los unos a los otros.

Porque, en estos tiempos, ¿a quién no le vendría bien un poco más de apoyo y comprensión? Estamos viviendo una época histórica en la que estamos a la vez más conectados y más desconectados que nunca. Y seguramente también más desconcertados que nunca, con el ritmo vertiginoso al que se mueve todo…

Se me ocurre un elefante más del que podemos hablar, uno que yo personalmente evito todo lo que puedo, aunque cada vez puedo evitarlo menos, porque ya es poco menos que omnipresente. Una tecnología tan disruptiva y radical que nadie sabe adónde nos va a llevar. ¿Adivinas cuál puede ser?

Por supuesto, me estoy refiriendo a la prodigiosa y aterradora inteligencia artificial: un ente (o más bien, la suma de millones de entes) con la capacidad tanto de producir los más maravillosos avances para la Humanidad como de causar más estropicios que un elefante en una cristalería (otra metáfora muy gráfica con el elefante como protagonista, al menos en español; en inglés la expresión es parecida pero con un toro en una tienda de cerámica).

Me he estado resistiendo a hablar aquí sobre la inteligencia artificial, y la verdad, sigo sin tener ganas de escribir sobre ella. Por el momento, baste decir que me está generando mucha incertidumbre, como estoy segura de que se la está generando a mucha otra gente, y siempre que hay incertidumbre, también hay inquietud y malestar. Curiosamente, lo que noto que me está ayudando a mí personalmente es hablar del tema con otras personas; no del tema de la inteligencia artificial en sí, sino de mis reticencias y preocupaciones, de mi incertidumbre, de mis miedos. Creo que es porque abre la puerta a que otros también puedan sincerarse y hablar un poco más abiertamente de lo que les preocupa.

Lo cual me devuelve a la idea de los elefantes y la salud mental: a veces no nos damos cuenta cuando la tensión y las preocupaciones se van acumulando, y de repente un día nos encontramos con que cargamos con un peso enorme que no sabemos ni de dónde ha salido. Una conversación abierta y sincera con alguien en quien confiemos nos puede hacer mucho bien, así como dedicar tiempo a cuidarnos de la manera que necesitemos, sin culpabilidad, para asegurarnos de estar bien y tener energía física, mental y emocional para seguir adelante.

¿Y tú, has visto alguno de los elefantes? ¿Cuál es tu favorito? ¿Y cuál es tu «elefante en la sala» en estos momentos?

Cinco años de BinaryWords

Hoy, 18 de mayo de 2026, hace exactamente cinco años que empecé a escribir este blog.

Cinco años, ¡un lustro! Recuerdo que, cuando yo era pequeñita, no sabía cuánto duraba un lustro, pero sí sabía que era una medida de tiempo, y me parecía que debía de ser como un siglo o algo así, una eternidad…

(Parece ser que la palabra «lustro» no se utiliza mucho en inglés, y me atrevería a decir que ya tampoco en español, pero bueno, me hacía ilusión utilizarla hoy. En inglés es lustrum, tomando prestada directamente la palabra original en latín.)

Esta foto de la playa de Killiney también tiene casi cinco años; es la imagen que puse inicialmente como cabecera del blog:

Muchas cosas han pasado desde mayo de 2021, en el mundo y en cada uno de nosotros. Recuerdo que por aquel entonces yo estaba en plena búsqueda: no tenía muy claro qué hacer con mi vida, pero sabía que quería hacer algo diferente. Así que decidí empezar a caminar, a moverme, confiando en que el camino iría apareciendo. Y lo hice retomando una afición que en tiempos me llenaba, pero que luego había dejado abandonada durante varios años: escribir. O más concretamente, bloguear.

Todavía, si me pongo a pensarlo, me resulta raro: todas las semanas me siento a sintetizar mis pensamientos y aprendizajes en unos cuantos párrafos, y luego los lanzo al mundo, un poco a ciegas, sin saber a quién les llegarán ni si les resonarán. En el fondo tengo la esperanza de que, quien sea que se tropiece con estas líneas, se encuentre con alguna idea que le anime, le ayude o le inspire de alguna manera.

Pero tengo que decir que el mayor beneficio, sin duda, me lo llevo yo. Por un lado, por poder expresar mi vena creativa y aportar algo, aunque sea pequeño, de lo que sentirme orgullosa, y por otro, porque estas reflexiones semanales son las que han abierto la puerta a muchas otras cosas interesantes (y retadoras) en mi vida.

Y es que, efectivamente, el camino fue apareciendo, y sigue apareciendo con cada paso. Poco a poco se va formando mi proyecto, que todavía está en construcción, porque precisamente de eso se trata: de seguir creciendo y de apoyar a otros en su crecimiento, y esas son tareas que duran toda la vida.

El blog tiene ahora más de 250 artículos; los puedes encontrar todos en la sección de archivo. Y si ya te vas cansando de sólo leer y estás preparad@ para pasar a la acción, échale un vistazo a la página de servicios (recién actualizada) y cuéntame qué cambio quieres hacer en tu vida.

Un pie delante de otro

Empezamos una nueva semana, y yo me la imagino como una hoja en blanco que ir rellenando día a día, a ser posible con buena letra.

A veces, hay temporadas en que la vida no da para mucho más que para ir haciendo lo imprescindible cada día. Y eso está bien, es lo que toca.

Pero cuidado con no quedarnos ahí atascados más tiempo del necesario…

Esta cita la he encontrado (en inglés) en un libro que tengo por casa; no decía el autor, y no he sido capaz de localizarlo.

No te pases tanto tiempo concentrado
en poner un pie delante del otro
que te olvides de mirar hacia dónde vas.

(Foto sacada hace aproximadamente un año, bajando desde la Alhambra hacia el centro de Granada.)

En otras palabras: levanta de vez en cuando la mirada del camino, y comprueba si realmente vas en la dirección que quieres.

Marcarte un destino te ayudará a dar pasos más firmes y más acertados. Y pararte de vez en cuando a afilar la sierra te dará la claridad y las herramientas que necesites para seguir avanzando.

Y tú, ¿hacia dónde vas? ¿Y qué pasos vas a dar esta semana para irte acercando?

Palabras (casi) intraducibles: workout

Como ya sabéis, de vez en cuando en este blog me gusta hablar de alguna palabra o expresión que me parece especialmente acertada en inglés (o en español) y que creo que pierde fuerza y significado al traducirla al español (o al inglés, según el caso).

Hoy añadimos a nuestra lista de intraducibles una palabra en inglés que se utiliza muchísimo, y yo diría que no sólo entre la gente de habla inglesa: workout. El diccionario la traduce como «ejercicio» (exercise) o «entrenamiento» (training), pero esas dos palabras, en mi opinión, son un poco genéricas, un poco «vagas» (si me permitís el chiste), cuando el workout es algo mucho más tangible: es cada sesión concreta de entrenamiento, cada rato que dedicas a hacer ejercicio. Y eso conlleva un esfuerzo, un trabajo, que va implícito en la propia palabra, al ser un derivado del verbo trabajar (to work).

(Foto de un cartel que hay en mi oficina, animando a la gente a usar las escaleras en lugar del ascensor: «Quema calorías, no electricidad. Usa las escaleras.»)

Efectivamente, hacer ejercicio cuesta trabajo, y no sólo por el esfuerzo físico, que una vez puestos, ya casi es lo de menos. Lo que más cuesta es mantener la constancia, y seguir adelante sin esperar a que te apetezca, porque, seamos realistas, casi nunca te va a apetecer… (Por cierto, por si no lo sabías, esto es completamente normal; a los atletas de élite tampoco les apetece salir a correr todos los días, y aun así, lo hacen, por eso es tan importante crear rutinas que nos lo pongan un poco más fácil y nos ayuden a cumplir nuestros objetivos).

Lo bueno es que todo ese trabajo a lo largo de semanas, meses y años al final tiene su recompensa: cuando entrenamos regularmente, estamos más en forma, nos sentimos mejor y podemos hacer más cosas. En otras palabras, mejora nuestra calidad de vida.

Ahora bien, ¿y si pudiéramos aplicar el mismo razonamiento a otros tipos de ejercicio, aparte del físico?

Todo esto viene a que el otro día escuché una frase que creo que merece la pena compartir. No sé si será original de la persona a quien se la oí, una coach llamada Alexias Anderson; era parte de una charla sobre Inteligencia Adaptativa (un tema clave en estos tiempos tan acelerados y cambiantes, y que va a dar para más posts seguro):

Cada experiencia desconocida es un entrenamiento.

Me gusta mucho el paralelismo que hace aquí esta señora: al igual que hacer ejercicio es incómodo y cansado para el cuerpo, pero a la larga le viene bien, el tener que desenvolverse en un entorno poco conocido es incómodo y cansado para el cerebro, pero a la larga, también le viene bien. Le permite aprender a adaptarse a distintas situaciones, a ser más flexible y a tener más repertorio de estrategias, respuestas y acciones según convenga en cada caso.

Y al igual que pasa con el ejercicio físico, la clave está en hacerlo a menudo, aunque sea en pequeñas dosis. No hace falta hacer nada demasiado radical; la idea es irnos exponiendo poco a poco a experiencias y actividades en las que no nos sirva el piloto automático, y que tengamos que ingeniárnoslas para poder seguir adelante. Puede ser tan sencillo como volver a casa por un camino diferente (¡y sin Google Maps!), empezar un hobby nuevo o aprender una habilidad que tenga poco que ver con lo que se nos da bien normalmente.

Un ejemplo muy tonto que se me ocurre es el de las canciones que cantamos en el coro del trabajo: yo normalmente estoy en el grupo de las sopranos, pero últimamente estamos muy poquitas y para algunas canciones me han cambiado al grupo de altos… Parece mentira, la cantidad de energía extra que me supone aprenderme esa otra versión de las canciones; me cuesta muchísimo.

Pero como decíamos antes, lo bueno es que todo este gasto de energía adicional tiene su recompensa, en mi opinión, por partida doble. Por un lado, a base de ponernos intencionadamente en situaciones un poco incómodas, poco a poco vamos consiguiendo tolerar mejor la incomodidad, y eso nos puede dar mucha libertad y abrirnos opciones en el día a día. Y por otro lado, cuando inevitablemente la vida nos traiga momentos de cambio de esos que tienen la capacidad de sacudirnos y descolocarnos, nos encontrará mucho más preparados, con recursos para capear mejor el temporal y hasta sacar provecho de las circunstancias.

¿Qué te parece esta idea? ¿De qué manera entrenas tú tu cuerpo y tu mente?

Ensanchando la vida

¡Feliz Pascua de Resurrección a todos los que la celebréis!

(Qué poco original soy, todos los años empiezo con la misma frase… Si te apetece leer mis reflexiones sobre la Semana Santa en años anteriores, las tienes aquí, aquí y aquí.)

Esta semana he tenido la inmensa suerte de estar de vacaciones, disfrutando de tiempo en familia y de poder hacer cosas con tranquilidad (o al menos, con menos prisas que normalmente).

(Foto del interior de la catedral de Galway, que fuimos a ver el otro día. Por fuera es bastante sencilla, pero por dentro me parece preciosa, y además nos vino fenomenal para refugiarnos un rato de la lluvia.)

En estos tiempos tan acelerados en los que vivimos, el poder bajar de revoluciones por unos días es un auténtico lujo… Un lujo completamente necesario, me atrevería a decir, aunque no siempre sepamos verlo. Crear espacio para recuperar fuerzas, para volver a centrarnos en lo que de verdad importa, para disfrutar de las cosas pequeñas (y grandes) que nos trae la vida.

Hoy quiero invitarte a reflexionar un poco, a ver qué te parece esta cita:

Muchos estudian la forma de alargar la vida,
¡cuando lo que habría que hacer es ensancharla!

Luciano de Crescenzo

¿Cuáles son esas cosas que «ensanchan» tu vida? ¿Cómo te sientes cuando les dedicas tiempo y atención? ¿Y cuánto tiempo y atención les dedicas?

Visitas

¿Qué tal llevas lo de recibir visitas en casa? ¿Te agobias un poco (o mucho) con los preparativos?

En eso estaba pensando yo esta mañana, antes de ir al aeropuerto a recoger a mi hermana Cristina y a mis sobrinos Pablo y Andrés (¡bienvenidos, chicos!). Yo en tiempos me agobiaba muchísssimo cuando iba a venir alguien a casa, y la verdad es que con los años me he ido relajando un poco, ¡menos mal!

(Foto de un corazón de manualidades que hizo Eva en el cole hace un par de años, y que adorna permanentemente la pizarra de la cocina.)

Creo que parte del problema, al menos en mi caso, era la creencia de que la casa tenía que estar perfectamente limpia y ordenada para poder recibir a las visitas «como Dios manda». Ahora me doy cuenta de que eso es un reflejo, por un lado, de las costumbres de mi familia en particular, y por otro, de las normas sociales por las que se regían las generaciones anteriores a la nuestra.

Antiguamente, en muchas casas se reservaba una salita o salón específicamente para las visitas (un sitio donde habitualmente los niños no podían estar, no fuera a ser que ensuciaran o rompieran algo), y se sacaba «la vajilla buena» para servir el café, la merienda o lo que se terciara. Era impensable que las visitas pasaran hasta la cocina o las habitaciones de la familia… A no ser que a la anfitriona le diera por enseñarles la casa entera, cosa que mi madre hacía de vez en cuando (qué recuerdos, entrar en pánico y tener que ordenar nuestro cuarto en tiempo récord para poder enseñárselo a la visita de turno).

Pero hoy en día, afortunadamente, las cosas han cambiado. Las casas son más abiertas; se hace mucha más vida en la cocina, y las relaciones sociales tienden a ser mucho menos formales. O a lo mejor soy yo, que hace ya años decidí que no quería «visitas» en mi casa, o más bien, que no quería que quien viniera a mi casa se sintiera como una visita (entendiendo visita como las de antiguamente, de mírame y no me toques). El punto de encuentro en nuestra casa de ahora es definitivamente la cocina, que es sencilla, sin grandes lujos, pero muy acogedora, y ya no me siento (tan) mal porque la casa no esté perfecta, aunque por supuesto me gusta que esté razonablemente limpia y ordenada.

Al fin y al cabo, lo importante es poder juntarnos para pasar un buen rato. Y he aprendido que flexibilizar y simplificar ciertas cosas me ayuda a disfrutar mucho más del momento y, cómo no, de la compañía.

¿Tú cómo lo ves? ¿Estás a favor de las visitas, o de las «no-visitas»?

Abraza todo lo que eres

El otro día, buscando otra cosa por internet, me topé con una campaña publicitaria que lanzó Netflix España en 2024, y me encantó el lema: «abraza todo lo que eres».

El vídeo sólo lo he encontrado en español; espero que se entienda para los que me lean en inglés. Básicamente, es una chica/señora que se encuentra confundida porque se da cuenta de que le gustan muchos tipos distintos de películas y series, y eso le hace plantearse quién es ella realmente.

La verdad es que el tema de la identidad me parece súper interesante; ya lo he tocado un par de veces en este blog (por ejemplo, aquí y aquí). Conviene recordarnos a menudo que las personas somos muy pero que muy complejas, y además, contradictorias (he estado buscando otro anuncio español de hace años que decía aquello de «vive tus contradicciones», pero ese no lo he encontrado).

De hecho, gran parte del trabajo de desarrollo personal consiste en ir aceptando e integrando esas partes diferentes y hasta contradictorias que todos tenemos, cada uno a nuestra manera.

Y como suele pasar con estas cosas, es un trabajo que cuesta (¡a veces mucho!), pero que merece la pena. Lo primero, nos ayuda a darnos cuenta de que no es que nos pase nada raro, simplemente somos seres humanos, con todo lo que ello conlleva. Y una vez que ya podemos aceptar todo lo que somos y dejamos de juzgarnos, sentirnos culpables y machacarnos, nos podemos dar permiso para avanzar y hacer los cambios que queramos en nuestra vida.

Estos días estoy teniendo la suerte de poder desconectar un poco del día a día para reconectar con ciertas cosas y personas en mi vida, abrazando mi lado español sin olvidar el irlandés. ¡Feliz semana de San Patricio!

(Entrada del metro de Gran Vía, en Madrid, vestida de verde para celebrar la «semana de Irlanda», una campaña publicitaria de Turismo de Irlanda).

Mens sana in corpore sano

Este sábado pasado, como casi todos los sábados, estuve en clase de pilates. Estoy orgullosa porque llevo ya seis meses manteniendo este hábito semanal, desde que en agosto abrieron un estudio con máquinas reformer al ladito de mi casa, y yo, que siempre había querido probar el pilates con máquinas, me quedé sin excusas para no ir.

Ya sé que una sola clase a la semana suena a bastante poco, pero para mí, que soy alérgica a los gimnasios (principalmente porque me aburren un montón), y que, en general, tengo baja motivación para hacer ejercicio, considero que es todo un logro el haberlo mantenido, y además, con ilusión.

Y es que me encanta la clase, entre otras cosas porque no sólo se hace ejercicio con el cuerpo, sino también con la mente. Los movimientos son casi siempre diferentes de una semana a otra, y muchas veces son nuevos o, al menos, nuevos para mí. Así que no me queda más remedio que concentrarme para enterarme de cómo va la cosa, y poder realizar esos movimientos hasta entonces desconocidos con control y precisión.

Y fue precisamente durante la clase cuando me acordé de esta frase tan típica: mens sana in corpore sano, que en latín significa «mente sana en un cuerpo sano». Es un buen recordatorio de que nuestra salud física está íntimamente relacionada con nuestra salud mental, y de que es necesario cuidar de ambas, porque así invertimos en calidad de vida a corto, medio y largo plazo.

Ya los antiguos griegos combinaban en su gymnasium el entrenamiento físico con la filosofía y otras actividades intelectuales. Pero curiosamente, esta frase no nos viene de los griegos, como yo pensaba: según la Wikipedia, esta cita aparece por primera vez en las Sátiras del poeta romano Juvenal, durante la época del imperio romano. Es parte de un poema más largo, y su sentido original, por cierto, no tiene nada que ver con la forma en la que lo interpretamos ahora: habla de la necesidad de rezar para tener un espíritu equilibrado en un cuerpo equilibrado.

Sea como fuere, hoy en día ya sabemos que eso del espíritu equilibrado y el cuerpo equilibrado (o bien, la mente sana y el cuerpo sano) no son cosas que sucedan por casualidad ni de un día para otro, y mucho menos por arte de magia, sino que hay que irlas construyendo poco a poco, hábito a hábito.

Así que volvemos a lo que seguramente ya he mencionado varias veces en este blog: buscar maneras de ejercitar el cuerpo y la mente que de verdad vayan con nuestro estilo de vida y nos funcionen bien, porque si no, no las vamos a mantener. Habrá a quien le motiven los deportes de equipo, las artes marciales o el salir a correr; en mi caso, son más bien los paseos, el yoga y el pilates. Podría ser más, pero también podría ser menos, y ahora que ya va llegando el buen tiempo (¡o eso espero!). y los días van siendo más largos, el salir «a hacer la fotosíntesis», como diría mi amigo Juanjo, sé que también me va a ayudar mucho a mantenerme animada y con energía.

(Foto que hice ayer mientras me daba un paseo; es el mismo árbol que aparece en este otro post.)

¿Cuál es tu manera favorita de ejercitar el cuerpo? ¿Y la mente?

La cámara de la vida

Damas y caballeros, hoy llegamos al artículo número 250 de BinaryWords 🙂

250 reflexiones sobre temas muy variados, aunque con un mismo hilo conductor: el del crecimiento personal y profesional, que, en mi opinión, van siempre de la mano.

Recuerdo que durante los primeros meses de escribir este blog, allá por 2021, me inspiraba en los cuadros y pósters que tenía por casa para escribir algunos de los artículos (como por ejemplo aquí, aquí y aquí), además de desempolvar citas que tenía recogidas en tarjetas, imanes de nevera y hasta recortes de periódico o folletos publicitarios. Y es que, sin darme cuenta, llevaba ya muchos años recopilando material inspirador, aunque hasta entonces no se me había ocurrido ponerme a compartirlo.

Y como la inspiración se puede encontrar literalmente en cualquier parte, a partir de ahí he ido desarrollando la costumbre de estar casi siempre con el radar puesto, y sacar fotos a las cosas curiosas e interesantes que me voy encontrando por el mundo. Así como soy un auténtico desastre para hacer fotos de personas (y más desastre todavía, si cabe, para salir yo misma en esas fotos), mi galería está llena de fotos aparentemente aleatorias que a lo mejor algún día me sirven para transmitir alguna idea.

Hoy, rebuscando en esa galería, me ha salido la foto de este cartel que me encontré en una tienda hace ya varios años, comparando la vida con una cámara de fotos. Curiosamente, ahora están de moda otra vez las cámaras de toda la vida, las de flash y botoncito, en lugar de lo de hacer fotos con el móvil… Pero de esto de las modas retro ya hablaremos otro día.

Aquí está el símil; espero que se entienda, aunque los juegos de palabras se pierden al traducir del inglés al español:

La vida es como una cámara.
Apunta hacia lo que es importante.
Captura los buenos tiempos.
Saca lo mejor de los negativos.
Y si no te sale bien, haz otro intento.