Damas y caballeros, hoy llegamos al artículo número 250 de BinaryWords 🙂
250 reflexiones sobre temas muy variados, aunque con un mismo hilo conductor: el del crecimiento personal y profesional, que, en mi opinión, van siempre de la mano.
Recuerdo que durante los primeros meses de escribir este blog, allá por 2021, me inspiraba en los cuadros y pósters que tenía por casa para escribir algunos de los artículos (como por ejemplo aquí, aquí y aquí), además de desempolvar citas que tenía recogidas en tarjetas, imanes de nevera y hasta recortes de periódico o folletos publicitarios. Y es que, sin darme cuenta, llevaba ya muchos años recopilando material inspirador, aunque hasta entonces no se me había ocurrido ponerme a compartirlo.
Y como la inspiración se puede encontrar literalmente en cualquier parte, a partir de ahí he ido desarrollando la costumbre de estar casi siempre con el radar puesto, y sacar fotos a las cosas curiosas e interesantes que me voy encontrando por el mundo. Así como soy un auténtico desastre para hacer fotos de personas (y más desastre todavía, si cabe, para salir yo misma en esas fotos), mi galería está llena de fotos aparentemente aleatorias que a lo mejor algún día me sirven para transmitir alguna idea.
Hoy, rebuscando en esa galería, me ha salido la foto de este cartel que me encontré en una tienda hace ya varios años, comparando la vida con una cámara de fotos. Curiosamente, ahora están de moda otra vez las cámaras de toda la vida, las de flash y botoncito, en lugar de lo de hacer fotos con el móvil… Pero de esto de las modas retro ya hablaremos otro día.
Aquí está el símil; espero que se entienda, aunque los juegos de palabras se pierden al traducir del inglés al español:
La vida es como una cámara. Apunta hacia lo que es importante. Captura los buenos tiempos. Saca lo mejor de los negativos. Y si no te sale bien, haz otro intento.
El otro día estuve recordándoles a mis compañeros el argumento de la película Groundhog Day, cuyo título se tradujo al español como «Atrapado en el tiempo», precisamente porque de eso trata: el protagonista se queda atascado en el día 2 de febrero, viviendo en bucle el mismo día (el día de la marmota) y sin saber cómo salir de ahí.
(Foto de un banco cualquiera en un parque cualquiera.)
Y después de aquella conversación, me quedé pensando… Hace mucho que no le oigo comentar a nadie lo de que le parece estar viviendo en el día de la marmota, en el sentido de estar metido en una rutina y una monotonía de las que le gustaría salir. Y es que quizá llevamos un tiempo en que la vida no está siendo precisamente rutinaria, y no necesariamente por razones que podríamos considerar «buenas».
Más bien parece (o igual sólo me lo parece a mí) que está todo un poco fuera de control, ya sea por las inclemencias meteorológicas de estas últimas semanas, por el avance cada vez más rápido de las tecnologías (léase IA), o por tantas otras cosas que están ocurriendo en ciertos lugares del mundo, y que llegan a situaciones francamente surrealistas.
Igual lo que preferiríamos ahora mismo sería un mundo un poquito más estable y predecible.
Pero de momento, tenemos lo que tenemos.
¿Y qué podemos hacer?
No puedo evitar acordarme del principio de la pandemia, allá por marzo de 2020 (hace ya ¡casi seis años!). En aquel momento todo era incertidumbre; la situación también era surrealista, sin precedentes, y no teníamos ni idea de lo que nos deparaba el futuro. Pero había que seguir adelante, y eso fue lo que hicimos: seguir adelante como buenamente pudimos, y paso a paso, con mayor o menor sufrimiento, conseguimos transitar ese camino y llegar a una nueva normalidad.
Quizá es eso también lo que nos toca hacer ahora, porque es lo que al ser humano le ha tocado hacer desde el principio de los tiempos: adaptarse a nuevas situaciones, resolver nuevos problemas.
Dicen que en esta vida lo único constante es el cambio, y sabemos que es verdad: las personas vamos cambiando, y a la vez también cambian nuestro entorno y circunstancias. Lo que pasa es que hay temporadas en las que ese cambio es más suave y gradual, y temporadas en las que es mucho más fuerte y rápido, hasta tal punto que puede llegar a sobrepasarnos. Y ahí es cuando se nos escapa la sensación (ilusoria, por otra parte) de tenerlo todo bajo control, y llegan el agobio y la incertidumbre.
A nuestro cerebro no le gusta nada la incertidumbre. Le genera mucho malestar, porque no sabe qué hacer con ella, y al no poder solucionarla con su piloto automático habitual, gasta mucha energía preocupándose e intentando predecir el futuro. Por eso muchas veces preferimos volver a lo «malo conocido», a la rutina (mal entendida) y a la monotonía, antes que aventurarnos hacia lo que está por descubrir, por mucho que pueda ser mejor que lo que tenemos ahora.
Así que, si estás pasando por algún tipo de incertidumbre en este momento, que sepas que no estás solo, ni mucho menos. Y aunque por supuesto hay factores externos que no podemos controlar, sí que podemos utilizar herramientas y estrategias que nos ayuden a sentirnos mejor, y a recuperar cierta sensación de orden y de control. Aquí van algunas sugerencias:
Establecer rutinas «de las buenas», que aporten estabilidad, estructura y predictibilidad a nuestros días, pero con cierta flexibilidad también, para que podamos ir adaptándonos a medida que cambien las cosas.
Dedicar tiempo intencionadamente a cuidarnos física, mental y emocionalmente, incluyendo en nuestra agenda ratos de ocio, de descanso y de conexión (que, como bien me han recordado recientemente, no son un lujo, son una necesidad). Cualquier cosa se afronta mejor cuando se tienen las pilas cargadas, y todo se hace mucho más cuesta arriba cuando nos pilla cansados o bajos de ánimos.
Tener un diario (físico) en el que escribir (a mano) nuestros pensamientos y preocupaciones. El ejercicio de escribir nos ayuda a sacar lo que llevamos dentro, para tomar conciencia y poder procesarlo mejor. Y además, nuestra mente puede descansar más tranquila, sabiendo que está todo por escrito.
¿Qué te parecen estas tres estrategias? ¿Cuáles utilizas tú cuando la vida va a un paso más acelerado del que te gustaría?
Hoy, día 19, es el tercer lunes del mes de enero, y hay quien afirma que es el día más deprimente de todo el año. En inglés lo llaman Blue Monday, que se podría traducir como «el lunes triste», o si queremos seguir con la analogía de los colores, «el lunes gris».
Es verdad que el mes de enero a veces se hace bastante largo, por lo menos en el hemisferio norte, donde todavía es invierno, hace frío y anochece pronto… Las Navidades, con sus luces, su alegría y sus celebraciones, ya se pasaron, y ahora nos toca apretarnos el cinturón y controlarnos un poco después de los excesos de diciembre. Qué divertido, ¿verdad? Es lo que en España siempre hemos llamado la cuesta de enero, que Google me acaba de traducir como January blues, así que, efectivamente, es la misma idea.
Y para colmo, lo más probable es que ya se nos hayan fastidiado los buenos propósitos de año nuevo, después de empezar con tanto entusiasmo el día uno… La fuerza de voluntad no es que nos haya durado mucho.
Por todo esto, si hoy te sientes un poco bajo de energía, que sepas que es normal y que no eres el único, ni mucho menos. Aquí te dejo una imagen que espero que te anime un poco, a pesar de ser azul:
(Foto de una piedra decorada que me encontré un día paseando por unos jardines, con un dibujo de nuestra querida Dori, la amiga de Nemo, y su frase favorita: «sigue nadando».)
Esta semana me han recordado (¡gracias, Neil!) que, cuando uno se encuentra bajo de energía, lo mejor que puede hacer es volver a centrarse en lo básico, así que eso es lo que te propongo para este mes de enero: volver a cuidarte y recuperar fuerzas, para poder emplearlas luego en lo que sea que te propongas.
Por cierto, si te preguntas por qué este año tampoco te ha funcionado lo de los propósitos de año nuevo, quizá es porque te has quedado en la parte superficial de tu iceberg, y te hace falta bucear más hacia el fondo para averiguar cómo hacer ese cambio que tanto deseas… Si no sabes de lo que te estoy hablando, échale un vistazo a este artículo.
Si lleváis un tiempo leyendo este blog, ya sabréis que los artículos los escribo siempre en español y luego los traduzco al inglés, todo ello desde cero y sin ayuda de la casi omnipresente inteligencia artificial (llamadme antigua si queréis, pero es una de las formas en las que mantengo mi mente activa y doy rienda suelta a mi creatividad, dos cosas que considero sumamente importantes).
El caso es que, como ya habréis visto, a veces me cuesta encontrar maneras igualmente precisas o elegantes de expresar la misma idea en ambos idiomas. Pero hoy no tengo ese problema; esta vez, el título del post es muy fácil de traducir, ya que es una expresión que se utiliza tanto en inglés como en español: buenas vibraciones.
Decimos que algo nos da buenas vibraciones cuando nos causa una buena impresión, nos hace sentir bien, resonamos con ello de forma positiva. ¿Y por qué lo decimos así? Porque así es como ocurre, y aunque intelectualmente no lleguemos del todo a entender el cómo ni el porqué, sí que lo experimentamos en nuestro día a día, y por eso nuestro lenguaje lo refleja.
Llegados a este punto, pido disculpas por no ser capaz de daros una explicación científica detallada sobre este tema de las vibraciones, que ya me gustaría. Sólo puedo hablar de lo que yo misma he experimentado, sobre todo con la forma de vibración más fácil de percibir por los humanos: el sonido.
A finales de diciembre tuve la suerte de participar en un retiro de yoga en el centro de Madrid, en un estudio llamado Yoga Retiro. Y una de las actividades principales a las que nos dedicamos en esos tres días, junto con el yoga y la meditación, fue precisamente el canto de mantras.
(Foto del simbolito de OM que me regalaron en Yoga Retiro. ¡Gracias, Swami Krishnananda y Durga Devi!)
Tengo que decir que me encantó lo del canto de mantras, y también que me costó un poquito al principio, al no estar acostumbrada ni a las melodías ni a las letras (la mayoría en sánscrito). Pero poco a poco me fui acostumbrando, y me fui sintiendo más cómoda. Me vinieron un montón de recuerdos de mi época juvenil, cuando practicaba otro tipo de cantos meditativos: las oraciones franciscanas, El Palancar, Taizé. La sensación de paz, recogimiento y comunión era la misma.
Unos días después, en el concierto de primero de año en Viena, el director de orquesta reiteró el mensaje de que la música tiene el poder de unir a las personas. Y es que la buena música no se queda solamente en nuestros oídos, sino que nos toca mucho más profundamente, va a la raíz de lo que todos los seres humanos tenemos en común. Hay incluso quien se atreve a afirmar que sin música no hay vida…
Y es que todo vuelve a lo mismo. Dicen los expertos que todo es vibración, incluidos nosotros. Y la ciencia está empezando ahora a descubrir lo que los sabios ya nos venían enseñando desde hace milenios.
Hay muchos caminos de crecimiento espiritual (no necesariamente religioso, aunque también), y cada persona encuentra el suyo, pero hay elementos fundamentales que tienden a repetirse, y la música y el canto están presentes en todas o casi todas las tradiciones. Yo tengo que reconocer que a mí es de lo que más me llena, desde siempre, y por eso sigo investigando y aprendiendo. Baños de sonido, música clásica y hasta cantos gregorianos. Sonido, ritmo y vibración para unirnos a algo más grande que cada uno de nosotros, para entrar en sintonía con el Universo.
Hoy añadimos otra subcategoría a uno de los temas recurrentes de este blog: los «intraducibles»: palabras, frases y expresiones que me parecen muy torpes de traducir del español al inglés o viceversa.
El otro día estaba curioseando por El Corte Inglés (unos grandes almacenes muy famosos en España) y me topé con esto:
Descripción de la imagen: foto de la portada de un cuaderno / planificador semanal de Mr. Wonderful, con un dibujo de Mafalda (el famoso personaje de Quino) volando con cara de felicidad, y la frase: «¿Y si en vez de planear tanto VOLÁRAMOS un poco más alto?»
Me pareció un juego de palabras muy chulo, aunque el doble sentido sólo funciona en español: en inglés hay dos verbos distintos para planear en el sentido de planificar (to plan) y en el sentido de mantenerse planeando en el aire (to glide).
Pero bueno, espero que se pille la idea en los dos idiomas. Yo lo interpreto como que a menudo nos pasamos la vida haciendo planes en nuestra cabeza pero luego nos quedamos cortos a la hora de «volar», o sea, de entrar en acción.
Y en realidad, el problema no es planificar, que está muy bien, siempre que se haga en su justa medida. El peligro, como de costumbre, es irnos a un extremo, o bien por exceso o por defecto, como cuando nos quedamos atascados añadiendo detalles y mas detalles al plan, eternamente preparándonos y no viendo nunca el momento de empezar.
O como cuando caemos en lo que en inglés se llama «wishful thinking» (otro intraducible): declarar nuestra intención de hacer o conseguir algo y pensar que eso ya es suficiente planificación y que mágicamente va a suceder. En esta categoría entran también muchos de nuestros propósitos de año nuevo, y luego los sorprendemos de que duren tan poco: como no los aterricemos y los convirtamos en un plan que sea a la vez motivador y realista, de nada nos van a servir todas esas buenas intenciones.
Así que mi propuesta para este año nuevo que ya está a la vuelta de la esquina es sentarnos tranquilamente con papel y boli y contestar a estas preguntas:
¿En qué área de mi vida me gustaría «volar» más (o más alto) en 2026?
¿Qué quiero conseguir concretamente en este año?
¿Qué pasos / rutinas / sistemas tengo que poner en marcha para conseguirlo?
Y a partir de ahí, elabora un plan inicial, lo justo para empezar, y lo más importante, ¡empieza! Ponte a ello. Luego ya será solo cuestión de ir ajustando y revisando sobre la marcha, según los resultados que vayas consiguiendo.
Ahora ya sí que sí, la Navidad está a la vuelta de la esquina, y quiero aprovechar la ocasión para desearos a todos unas muy felices fiestas.
Nollaig Shona es la versión gaélica más extendida de nuestro «feliz Navidad», al menos que yo sepa (acabo de leer que también se puede decir Nollaig Shona Duit, traducido como «te deseo feliz Navidad»). Curiosamente, la palabra Nollaig significa tanto Navidad como diciembre, lo cual nos da una idea de cómo de unidas están la religión cristiana y la cultura tradicional irlandesa. Diciembre es, simplemente, el mes de la Navidad.
Tanto España (el país donde nací) como Irlanda (donde vivo y trabajo) son países tradicionalmente católicos, aunque con costumbres bastante diferentes en esta época del año, supongo que por haber recibido influjos culturales y geográficos distintos. En España, por ejemplo, son mucho más habituales los belenes, como este de Cáceres que fotografié hace unos años:
Por otro lado, lo mejor de Irlanda (en mi opinión) son las luces navideñas; me parece que consiguen transformar casi mágicamente la tristeza y oscuridad de las largas noches de diciembre en alegría e ilusión por lo que está por venir. Y ese es precisamente el sentido de esta fiesta, desde mucho antes de la llegada del cristianismo: celebrar el solsticio de invierno. Recordar que, aunque haya momentos en los que reine la oscuridad y parezca que se acaba la esperanza, más adelante volverá a vencer la luz.
También es un buen momento del año para reunirse con amigos y familiares, si las circunstancias lo permiten, y celebrar el estar juntos. O tal vez sea la ocasión perfecta para descansar unos días, hacer algo diferente o recargar las pilas antes de entrar con fuerza en el nuevo año.
Sea como sea y lo celebres como lo celebres (o no), que pases unas muy felices fiestas.
Se acaba noviembre y llega diciembre, el último mes del año.
¡Ya sólo queda un mes de 2025! Entramos en la recta final; dentro de nada estaremos estrenando el 2026.
(Foto de la página de diciembre del calendario que tengo en la puerta de mi cocina. Tener un calendario en la puerta de la cocina es una de esas costumbres de toda la vida en mi familia, y sé que puede parecer un poco antiguo, ahora que tenemos Google Calendar y demás moderneces, pero a mí me sigue gustando mucho tener un calendario físico en casa, igual que tengo una pizarra gigante para apuntar cosas y relojes en casi todas las habitaciones.)
Hoy me ha dado por mirar lo que escribí en el blog a principios de este mismo año, y me he encontrado con algo que me propuse en el mes de enero, que sinceramente ya se me había olvidado… O en realidad no, porque es un tema que siempre tengo muy presente, y en el que considero que voy mejorando. Pero sí que me olvidé de que había decidido que ese sería mi hilo conductor para este año, mi foco de atención: el 2025 iba a ser el año de…Decluterear.
¿Y qué fue lo que pasó? Pues ahora que lo pienso, dos cosas:
La primera, que no me puse objetivos concretos en los que trabajar; me quedé con un propósito demasiado genérico y «en el aire», sin «aterrizarlo» en tareas específicas y medibles (que por cierto, es lo que pasa muchas veces con los famosos propósitos de año nuevo).
Y la segunda, que no hice un seguimiento a lo largo del año; empecé con muy buen pie, pero luego, por el camino fueron apareciendo otros problemas que solucionar, otras tareas que atender y otros objetivos que conseguir, dejando a un lado lo que hace un año me parecía tan importante. ¿Te suena la historia?
Como dicen en inglés, life got in the way («se metió la vida por medio»), como suele pasar. Pero precisamente porque sabemos que es lo que suele pasar, porque sabemos que la vida va cambiando y nuestras prioridades también, por eso es tan importante tener un método que nos ayude a ajustar el rumbo y a seguir avanzando sin perder el norte.
La buena noticia es que siempre es buen momento para tomar (o retomar) el timón, hacer balance de la situación y actuar en consecuencia. En este caso, todavía me quedan treinta días para enfocarme en liberar espacio, tanto físico como mental, emocional y hasta espiritual. Así que, dándole la vuelta a la frase:
¡Todavía queda un mes de 2025! ¿Cómo lo vas a aprovechar?
Esta semana ya se ha empezado a notar en serio que el tiempo ha cambiado, las temperaturas han bajado y hay bastante menos horas de luz. Y a partir de hoy, con el cambio de hora, empieza la mitad del año que más me cuesta desde que vivo en Irlanda: la que los días más cortos, la más oscura.
(Dibujo de Halloween cortesía de Eva, ¡Gracias!)
Como ya os he contado otras veces, las celebraciones típicas de esta época del año, como Halloween, Diwali y el día de los Muertos, reflejan ese miedo a la oscuridad que nos rodea, con sus fantasmas y sus espíritus, y también la esperanza de que al final triunfe la luz.
Al fin y al cabo, la oscuridad que vemos fuera no hace otra cosa que reflejar la que llevamos dentro: nuestras sombras, las cosas que no nos gustan de nosotros mismos. Y también en nuestro interior luchamos por que nuestra parte más luminosa, la más virtuosa, al final gane la batalla.
Pensando en este tema, me doy cuenta de que, de la misma manera que no me gustan las películas violentas o de miedo y elijo no verlas, mi reacción frente a las cosas desagradables en general es intentar no verlas ni oírlas, a no ser que no tenga más remedio. No quiero sentir la incomodidad de reconocer que las cosas no son como en mi opinión «deberían ser», que la gente no se comporta como «se debería comportar» (incluida yo, por supuesto), y mi estrategia es taparme los oídos (¡casi literalmente!) para no tener que oírlo.
Pero en el fondo sé que esa no es la solución. Porque la realidad es que todos tenemos nuestras sombras, al igual que tenemos nuestras luces. Todos los seres humanos somos complicados y contradictorios por naturaleza.
Y sí, hay aspectos de nosotros de los que no nos sentimos orgullosos, y a veces la intención con la que hacemos las cosas es más bien egoísta (lo cual puede traer consecuencias más o menos graves). Pero eso no significa que seamos «malos»; significa que somos personas humanas, como todos los demás.
A veces es tentador hacer oídos sordos e ignorar nuestra parte más sombría, o reprimirla y castigarla, a ver si así desaparece. Pero esto no funciona así. La solución no es «matar a nuestro ego», sino reconocerlo, aceptarlo y comprenderlo. Y cuesta, claro que sí, cuesta mucho, porque implica mirar para dentro y enfrentarnos a esa incomodidad de sentirnos malos, rotos o imperfectos. Pero también es muy liberador; nos alivia un montón de sufrimiento y nos permite por fin avanzar sin autoengañarnos.
Porque al fin y al cabo, necesitamos las sombras para poder distinguir la luz. Necesitamos experimentar las consecuencias de nuestras acciones más «sombrías» para poder aprender a tomar mejores decisiones.
Y tú, ¿Cómo te relacionas con tu sombra y tu luz? ¿Cuánta oscuridad estás dispuesto a ver y transformar en tu vida?
Hoy, 19 de octubre de 2025 (San Pedro de Alcántara, patrón de mi tierra natal, Extremadura), hace exactamente veinte años que llegué a Irlanda para quedarme, ¡feliz aniversario!
Para celebrarlo, me he ido a dar una vuelta por Harmonstown, la zona por donde vivimos Fredi y yo los primeros tres meses de nuestra aventura irlandesa, antes de mudarnos al centro de Dublín (gracias Rafa y Hernán por acogernos aquella temporada en vuestra casa; con vosotros la adaptación se nos hizo mucho más llevadera y divertida).
(Foto de la estación de DART de Harmonstown. El DART es el tren de cercanías de Dublín y alrededores, y en aquellos tiempos era nuestra forma principal de movernos, junto con el autobús, que si no recuerdo mal, era la línea 42B.)
Ahora me toca decir las cosas típicas de «madre mía, cómo pasa el tiempo», «parece que fue ayer», «quién me iba a decir a mí que acabaría quedándome veinte años», etc., etc., etc. Y sí, son frases típicas, pero no por ello menos ciertas. Por un lado, tengo la sensación de que se ha pasado en un suspiro (como decía Carlos Gardel, «que veinte años no es nada»).
Pero por otro lado, echo la vista atrás y me doy cuenta de todo lo que he avanzado, lo que he madurado, lo que he cambiado. Y la verdad es que estoy orgullosa. Orgullosa de lo que he conseguido hasta ahora en diferentes ámbitos de mi vida, y sobre todo, orgullosa de las tres personitas que por aquel entonces no existían todavía y que ahora son las que más quiero en este mundo.
A veces viene bien pasar un ratito echando la vista atrás, como decíamos en este post sobre el baúl de los recuerdos, para poder apreciar el camino recorrido y seguir caminando con energías renovadas.
Brindo y doy gracias por estos veinte años que llevo en Irlanda, ¡y por los que aún me quedan! Sláinte.
Esta semana os traigo un proverbio nada menos que hawaiano (¡gracias Ryan!): Ma ka hana ka ʻike, que podría traducirse como «se aprende haciendo», o dicho de otra manera: el conocimiento de verdad se adquiere con la práctica.
Esta foto es de un boceto que hice hace un par de años con técnicas de dibujo lineal, algo que aprendí de una compañera de trabajo (¡gracias Valerie!) y que disfruté mucho, a pesar de que se me daba fatal.
Ahora bien, ¿por qué se me daba fatal? Pues porque dibujar no es una cosa que yo haya practicado mucho, o más bien nada. En algún momento hacia el final de mi infancia, recuerdo mirar un dibujo mío y llegar a la conclusión de que, como no se me daba nada bien, era mejor dejarlo.
Y ahora, mirando hacia atrás, me doy cuenta de que hice eso mismo con muchas otras actividades: probar una vez, hacerlo mal o regular, e inmediatamente dejarlo por imposible. Los deportes, las manualidades, y, durante muchos años, incluso la cocina, cayeron en esa categoría. Cualquier cosa creativa y/o espontánea que requiriera habilidades que yo no tenía.
Lo que no se me ocurría pensar era que esas habilidades yo no las tenía todavía, pero que las podía cultivar. En aquellos tiempos aún no se hablaba, o al menos yo no había oído hablar, de la mentalidad de crecimiento (en inglés, «growth mindset»).
La buena noticia es que hoy en día sí sabemos que las habilidades se pueden cultivar y mejorar. ¿Pero cuál es la mejor manera de hacerlo?
La pista nos la puede dar uno de los modelos de aprendizaje más utilizados en las empresas: la regla 70/20/10, que procede de un estudio realizado en los años noventa, y que postula que, en un entorno de trabajo, el 90% del aprendizaje que se produce no es aprendizaje formal, sino informal:
El 70% del aprendizaje es experiencial: proviene de las propias experiencias en el puesto de trabajo, realizando tareas, afrontando nuevas situaciones, tomando decisiones y, sobre todo, viviendo experiencias nuevas y retadoras.
El 20% es aprendizaje social: se produce debatiendo, compartiendo información con los compañeros, colaborando en parejas o en grupos, trabajando con un mentor o un coach, etc.
Sólo el 10% es aprendizaje formal, incluyendo cursos de formación, clases magistrales, libros, artículos, vídeos…
Como veis, esta regla le da la razón al proverbio hawaiano: la mejor manera de cultivar habilidades es practicarlas. Lo ideal sería ponerse a practicar después de haber aprendido un poco sobre la habilidad en concreto, y teniendo un grupo que te apoye en ese aprendizaje.
Así que este artículo va dedicado a todos los que, como yo, somos o alguna vez hemos sido «cursillistas profesionales», para que dejemos de serlo: una vez sentadas las bases y encontrada una comunidad que te apoye y te ayude a seguir creciendo, es momento de tirarse a la piscina, y empezar a practicar YA. No «cuando estés preparado», porque nunca lo vas a estar si no te pones a ello.