La semana pasada se me quedó en el tintero un comentario sobre la diferencia entre tener que hacer algo y elegirlo. Yo estaba convencida de que ya había escrito de este tema aquí en el blog, pero no he sido capaz de encontrar dónde, así que aquí va mi reflexión de hoy, aun a riesgo de repetirme.
Piensa por un momento en todas las cosas que tienes que hacer hoy, o esta semana, o en tu día a día habitual. Si tienes tiempo, siéntate con un papel y un boli y haz una lista lo más completa posible, empezando cada línea con las palabras «Tengo que…».
Ejemplos:
- Tengo que madrugar mañana.
- Tengo que ir al trabajo.
- Tengo que preparar la comida.
(Foto del amanecer desde la estación de Adamstown, un día que madrugué para coger el tren a Dublín).
Ahora lee detenidamente esa lista.
¿Cómo te sientes?
Yo recuerdo hacer este ejercicio hace unos años y sentir todos esos «tengo que» como un peso enorme sobre mis hombros, como una losa que me aplastaba y no me dejaba otra alternativa más que cumplir con mi obligación.
Porque esa es la idea implícita, que cada «tengo que» es una obligación. Y pasarse el día cumpliendo obligaciones no sólo es aburrido/agobiante/deprimente (elige el adjetivo que más te resuene), sino que además nos resta energía, y a la larga resulta agotador.
Pero, ¿y si pudiéramos pensar en esas tareas de una forma que nos motivara, en lugar de aburrirnos, agobiarnos o deprimirnos?
Aquí es donde entra en juego el poder transformador de la palabra. Porque las palabras importan, y mucho. Las que pronunciamos hacia afuera y las que nos decimos por dentro, que al fin y al cabo son nuestros pensamientos.
Prueba a escribir otra vez la misma lista, pero en lugar de empezar cada línea con «tengo que…», empiézala con «elijo…»:
- Elijo madrugar mañana.
- Elijo ir al trabajo.
- Elijo preparar la comida.
Lee detenidamente esta nueva lista. ¿Qué te parece?
Lo que acabas de hacer es convertir cada tarea de tu día en una elección, en lugar de en una obligación. Pero sólo cambiar las palabras no es suficiente: tenemos que darnos cuenta de que de verdad somos nosotros los que decidimos hacer todas esas cosas, al igual que decidimos no hacer otras. Y asumir esa responsabilidad.
Porque aunque a menudo nos parezca que no tenemos otra elección, en realidad, la inmensa mayoría de las veces (por no decir siempre), sí que la tenemos. Así que el siguiente paso es observar esas tareas una por una, ver qué otras opciones hay, y analizar las consecuencias (tanto a corto como a largo plazo) de cada una de esas opciones. ¿Estoy dispuesto a asumir las consecuencias de no madrugar, de no ir a trabajar, de no cocinar?
Puede que te encuentres con que algunas de tus tareas no son tan imprescindibles como tú creías; quizá son cosas que has seguido haciendo por inercia sin plantearte si siguen teniendo sentido, o tal vez algo que te propusieron (o te impusieron) en algún momento y que tú aceptaste sin cuestionarlo. El darte permiso para elegir algo diferente a partir de ahora ya puede aligerar un poco tu carga.
Estupendo, ¿y para las demás? ¿Qué pasa con esas tareas de la lista para las que no es viable elegir otra opción? Lo que puedes hacer en esos casos es reafirmar tu motivación, tu para qué, el beneficio que te va a traer (o el perjuicio que te va a evitar) esa tarea:
- Elijo madrugar mañana para poder dedicarme un poco de tiempo, organizarme y sentir que tengo control sobre mi día (o bien: cuando no madrugo tengo que ir a prisas y a carreras, empiezo el día ya sintiendo que voy atrasada y me estreso más, así que elijo madrugar).
- Elijo ir al trabajo para ganarme el salario, y además, sentirme realizada y crecer como profesional (o bien: si no voy a trabajar, acabarán despidiéndome y no podré pagar la hipoteca ni irme de vacaciones, y puede que no encuentre otro trabajo que me guste, así que elijo ir a trabajar).
- Elijo preparar la comida para que mi familia y yo llevemos una dieta equilibrada y nos mantengamos sanos y con energía (o bien: si no preparo comida casera con antelación, acabaremos comiendo de cualquier manera, y a la larga tendremos problemas de salud, así que elijo cocinar).
¿Qué te parece? ¿Notas la diferencia entre percibir las cosas como una obligación frente a abrazarlas como nuestra propia elección?
Tan solo un comentario más: si te cuesta mucho utilizar el «elijo…» porque te suene demasiado forzado, otra alternativa al «tengo que…» puede ser simplemente decir «voy a…». Así no te quedas enganchado en si lo decides tú o lo deciden por ti: lo vas a hacer, se queda hecho, y punto. ¡Misión cumplida!
La mayor arma contra el estrés es nuestra habilidad para elegir un pensamiento sobre otro.
William James
