Generaciones

Escribo estas líneas desde el aeropuerto de Barajas, preparándome para volver a Dublín después de dos semanas de vacaciones en España.

Vuelvo cansada, pero también muy contenta: estos días me han cundido muchísimo. Han sido unas vacaciones ligeramente caóticas, con un par de cambios de planes sobre la marcha, pero al final ha resultado todo muy bien.

Y lo mejor, sin duda, ha sido poder conocer en persona a Mar, la primera bebé de la siguiente generación en nuestra familia, en un lugar donde el recuerdo de sus bisabuelos Ángel y Mari Carmen está siempre muy presente.

Otra generación más… Me parece muy curiosa la sensación que tengo a menudo, al juntarme con amigos, o incluso con mis hermanos, de que parece que no ha pasado el tiempo y que estamos como siempre… Hasta que miramos a nuestros hijos, a las nuevas generaciones, ¡y entonces sí que nos damos cuenta!

Como no podían faltar, aquí van unas cuantas citas para reflexionar sobre el tema:

Cada generación se imagina
más inteligente que la anterior
y más sabia que la posterior.

George Orwell

Debemos recordar a todas las generaciones
que hay tanto que aprender como que enseñar.

Gloria Steinem

Lo que una generación considera un lujo,
la siguiente lo ve como una necesidad.

Anthony Crosland

Y una que me ha hecho mucha gracia:

Desde la más remota antigüedad, los viejos han hecho creer a los jóvenes que son más sabios que ellos, y para cuando los jóvenes descubrían que eso era una tontería, ya eran viejos también, y les beneficiaba seguir con el engaño. - W. Somerset Maugham

Cerrado por vacaciones (III)

Como ya viene siendo tradición en este blog, escribo mi post vacacional desde mi lugar feliz, al que tengo la suerte de haber podido regresar un verano más (puedes leer artículos de años anteriores aquí y aquí).

(Foto sacada hoy, al atardecer, desde la «roca-casa» en la que tanto jugaba yo de pequeña.)

Un año más, lo nuevo y lo viejo se entremezclan al reencontrarme con ciertos lugares y ciertas personas: los recuerdos conviven con el aquí y ahora, creando una sensación de continuidad. En cierto modo, siempre es lo mismo, pero a la vez, nada es lo mismo.

Heráclito decía aquello de que no puedes bañarte dos veces en el mismo río, porque ni tú ni el río seréis los mismos, al estar todo en constante cambio. Y esta otra cita sigue con la misma idea:

No encontrarás a la misma persona dos veces,
ni siquiera si es la misma persona.

Mahmud Darwish

Me parece un buen recordatorio de que todos cambiamos con el tiempo (lo queramos o no), y de que debemos darnos permiso (y dárselo a los demás) para crecer, aprender y evolucionar como personas, cada uno a su manera y a su propio ritmo, aunque eso conlleve dejar de cumplir ciertas expectativas (ya os hablaré de la «culpa de crecimiento» en otro post más adelante).

Pero también tengo que decir que, al igual que pasa con algunos lugares, aunque las personas vamos cambiando poco a poco, hay una cierta continuidad que se mantiene a lo largo de los años. Una buena analogía para entenderlo podría ser la de un árbol: un cerezo puede crecer mucho o poco, y ponerse muy frondoso o quedarse raquítico, en función de diferentes factores como el clima, el sol, el agua, los nutrientes del suelo… Pero lo que no va a hacer nunca es convertirse en un pino, una encina o una palmera.

De la misma manera, las personas tenemos una determinada forma de ser, que por supuesto puede madurar y estabilizarse con el tiempo, pero que, salvo casos de trauma grave o similares, a grandes rasgos va a continuar siendo la misma. A nuestro cerebro le cuesta mucho cambiar, y lo hace muy poquito a poco; por eso es tan importante conocer herramientas que nos ayuden a aprovechar esa continuidad (en lugar de luchar contra ella) y convertirnos progresivamente en nuestra mejor versión.

Y tú, ¿qué lugares y qué personas recuerdas que te resultan a la vez familiares y diferentes?

Abuelos

Hoy, 26 de julio, es San Joaquín y Santa Ana, y en muchos países de tradición católica se celebra el día de los abuelos (San Joaquín y Santa Ana eran los padres de la Virgen María, y, por tanto, los abuelos del Niño Jesús).

(Figuritas de Willowtree que en su día les regalamos a mis padres y a mis suegros.)

¡Qué relación tan especial, la de los abuelos con sus nietos! Un puente entre generaciones.

Yo conocí a tres de mis cuatro abuelos; hoy los he tenido muy muy presentes. Y mis hijas, por suerte, han conocido a sus cuatro abuelos y han podido pasar tiempo con ellos muchos veranos y Navidades. Siempre recordaré a mi padre jugando con Irene, mi hija mayor, cuando tenía ella como dos añitos: ¡en el suelo, haciendo torres de megablocks! En la vida había visto yo a mi padre sentarse en el suelo a jugar con nosotros. Pero eso es precisamente lo que dicen, que la alegría que dan los nietos es diferente de la que se tiene con los hijos; a los hijos hay que educarlos, y a los nietos, disfrutarlos.

Ahora es a mi hermano y a mi cuñada a quienes les toca disfrutar de ser abuelos, y la verdad es que nunca los he visto tan felices. Yo también espero algún día convertirme en abuela (pero que quede claro que no hay prisa ninguna, ¿eh, chicas? Repito: NO HAY PRISA), y cuando llegue el momento, poder disfrutar de esa ternura y esa complicidad con mis nietos.

Y tú, ¿qué recuerdas de tus abuelos? ¿Estás de acuerdo con estas frases?

Un bebé se las arregla para convertir
a su padre en un hombre
y a su abuelo en un niño.

Angie Papadakis

Los abuelos son el mejor tipo de adultos.

(Anónimo)

No hay nada como unos nietos en tus brazos
para ponerte una sonrisa en la cara,
un nudo en la garganta y ternura en el corazón.

(Anónimo)

Poder sin excusas (y sin culpa)

La semana pasada, durante una clase de eneagrama, surgió una conversación muy interesante sobre cómo nos relacionamos cada uno con el concepto de poder.

¿Qué se te pasa a ti por la cabeza cuando oyes la palabra «poder»?

A menudo la asociamos con ideas negativas, ¿verdad? Opresión, abuso, obligar a otros a obedecer por la fuerza… Y así, puede que desarrollemos la creencia de que el poder es algo malo, algo que no deberíamos tener o buscar

Pero no tiene por qué ser así. 

En realidad, el poder no es otra cosa que la capacidad de producir un resultado (gracias Mario por esta definición), o en otras palabras, de conseguir que las cosas que queremos salgan adelante. 

Afortunadamente, todos tenemos el poder de conseguir cosas en la vida, aunque a veces no sepamos cómo hacerlo, ni por dónde empezar. Tenemos poder para cambiar, y cambiando nosotros, cambiamos nuestras circunstancias e influimos en nuestro entorno.

"Full steam ahead" device seen at an at exhibition steam ship in Belfast,  Northern Ireland.

(Artilugio visto en el barco de vapor S. S. Nomadic, expuesto junto al museo del Titanic en Belfast. Servía para controlar la potencia utilizada para hacer avanzar o girar el barco.

Ahora bien, esto no es algo que suceda por arte de magia, ni de la noche a la mañana: cambiar requiere trabajo y esfuerzo consciente; requiere tiempo, paciencia y perseverancia. Y sobre todo, requiere algo que puede que nos cueste bastante: dejarnos de excusas y tomar ya de una vez las riendas de nuestra vida

Hoy me han recordado una frase que dice: «aquello que no estás cambiando, lo estás eligiendo» (¡gracias, Orla! Según Google, la cita es de Laurie Buchanan). Un poco radical, ¿verdad? Pero muy cierto.

Más radical todavía es esta otra idea de Erica Jong, de la que conocía la última frase pero no el párrafo entero:

¡Nadie a quien culpar! Por eso la mayoría de la gente llevaba vidas que detestaban, con gente a la que odiaban. ¡Qué maravilla, tener a alguien a quien culpar! ¡Qué maravilla, vivir con tu archienemigo! Aun siendo desgraciado, sientes que siempre llevas la razón. Aun estando roto, te crees absuelto de toda culpa. Pero si tomas tu vida en tus propias manos, ¿qué sucede? Algo terrible: no hay nadie a quien echarle la culpa.

Ay, qué fácil nos resulta a veces culpar a otros, o a la vida, de nuestras circunstancias, sin reconocer cómo hemos contribuido a crear esa situación. La buena noticia es que, una vez que rompemos el hábito de culpar a los demás, dejamos también de sentirnos a su merced, y recuperamos el poder sobre nuestra propia vida, aunque sobre todo al principio nos resulte incómodo. Esta también es una tarea que requiere esfuerzo e intención consciente, y sobre todo, mucha autocompasión; porque, una vez que nos damos cuenta de cómo hemos llegado hasta donde estamos y dejamos de culpar a los demás, a menudo lo que hacemos es culparnos nosotros. Y eso, lejos de ayudarnos, nos puede hundir y paralizar todavía más.

Pero, como me dijo una vez un buen amigo (gracias, Hernán): no lo mires en términos de culpa, míralo en términos de responsabilidad. Llegaste hasta aquí haciéndolo lo mejor que pudiste con la información y los recursos que tenías en cada momento. Ahora que ya sabes un poco más, de ti depende tomar mejores decisiones y adquirir mejores recursos que te lleven (o al menos, te acerquen) a los resultados que tú quieres.

El momento en el que asumes responsabilidad total por tu vida
es el momento en el que adquieres el poder
para cambiar cualquer cosa en ella.

Hal Elrod

Ahora que ya lo sabes, ¿estás dispuesto a empezar a usar tu poder, sin excusas y dejando a un lado la culpa? Si quieres adquirir recursos que te ayuden a conseguir lo que buscas, échale un vistazo a mi página de servicios.

Ajustando las velas

Hoy, revisando mis notas de Google, me he topado con esta frase que apunté hace tiempo para compartirla un día en el blog:

El pesimista se queja del viento;
el optimista espera a que cambie;
el realista ajusta las velas.

William George Ward

¿Qué te parece? Es un buen recordatorio de las distintas actitudes que podemos adoptar ante los problemas de la vida:

  • Podemos hacernos las víctimas y quejarnos de lo que nos pasa (pero sin hacer nada por cambiarlo)…
  • Podemos resignarnos y esperar ingenuamente a que las cosas mejoren por sí solas…
  • O podemos tomar cartas en el asunto, y procurar sacar lo mejor de la situación.

Esto me recuerda también a un libro que leí hace años (y que después doné en una de mis rachas de «decluttering», cosa de la que me arrepiento), titulado ¿Quién se ha llevado mi queso?, de Spencer Johnson.

A través de una historia con ratoncitos y un laberinto, el autor resalta la importancia de no acomodarnos dando por hecho que «el queso» (= lo que sea que queramos en la vida) siempre va a estar ahí. En lugar de eso, nos anima a estar atentos para detectar cuándo se avecina un cambio, sabiendo que es natural que surjan miedos al no saber cómo nos va a afectar, y a procurar adaptarnos rápidamente, pues el estar abiertos al cambio (= creer que el cambio nos va a beneficiar) en lugar de resistirlo (= creer que el cambio nos va a perjudicar) nos puede aportar muchos beneficios y aprendizajes.

Qué fácil es la teoría, ¿verdad? «No tengas miedo y abraza el cambio, que seguro que te va a ir bien». La práctica ya es otra cosa: los miedos no se disuelven como por arte de magia sólo porque sepamos que están ahí. Pero sí que podemos, con las herramientas adecuadas y haciendo el trabajo necesario, llegar a comprenderlos y gestionarlos mucho mejor, y así poder ser más dueños de nuestras propias decisiones.

¿Estás pasando ahora mismo, o crees que vas a pasar pronto, por un momento de cambio? Yo sí; estoy en un momento en el que digamos que se está moviendo mi queso. O mejor dicho: está cambiando el viento, y yo estoy buscando la mejor manera de ajustar mis velas…

(Foto a doble página de uno de los libros de Los Jóvenes Castores que leíamos de pequeñas mis hermanas y yo, donde aparece un estupendo barco pirata. ¿Se nota que no tengo experiencia real con barcos de vela? Tendré que pedirles un cursillo acelerado a mis amigos Seán y Dee.)

Premeditatio malorum

El artículo de hoy empieza con estas palabras en latín: premeditatio malorum, que podríamos traducir como «preestudiar el mal futuro».

Y aunque parezca de broma, como las frases en latín falso que leíamos en los cómics de Astérix, resulta que sí que es una expresión auténtica de hace siglos. Se trata de una técnica de los antiguos filósofos estoicos que aprendí en el curso de estoicismo de Autognosis (¡gracias, Luis!)

(Flores dibujadas por Eva, la artista de la familia, en la pizarra de la cocina.)

Esta semana han pasado unas cuantas cosas a mi alrededor que me han descolocado bastante, cosas que me han hecho plantearme situaciones que hasta hace poco ni se me habrían ocurrido. Y dándole vueltas, sin darme cuenta, me he puesto en lo peor. Que es precisamente en lo que consiste este ejercicio: en permitirnos durante un tiempo determinado ponernos en esa situación que nos da miedo que ocurra.

Pero no de manera masoquista, con la intención de sufrir más, sino, paradójicamente, para sufrir menos. Cuando surgen las preocupaciones por el futuro, ya sabemos que a la mente no le vale con que le digamos que no se preocupe; se va a preocupar igual. Así que lo que propone esta técnica no es huir de ese pensamiento ni intentar taparlo, sino darle la oportunidad de aflorar. Así, visualizando e imaginándonos el peor caso posible como si de verdad estuviera ocurriendo, nos permitimos asimilarlo, procesarlo, y aceptar más tranquilamente la posibilidad (aunque sea remota) de que nos ocurra.

Pero además, esta técnica también nos ayuda a estar mejor preparados para lo que pueda pasar, o incluso a reducir las probabilidades de que ocurra, si hay cosas que podemos hacer para intentar evitarlo. Esto es lo que yo hice también sin darme cuenta: pasé al modo ¿qué haría yo en esta situación? ¿Cómo lo gestionaria? ¿Con qué recursos contaría? Y a partir de ahí, tomé una serie de decisiones hipotéticas que me proporcionaron una imagen más o menos clara de ese futuro imaginario, que ya no parecía tan terrible.

Al fin y al cabo, se trata de «descatastrofizar» esa amenaza futura a base de aterrizarla, darle forma y trazar un plan de acción que tranquilice a nuestra mente, al situarnos en el panel de mando en lugar de dejarnos a merced de los acontecimientos.

Para obtener los mejores resultados, lo ideal es hacer este ejercicio por escrito, reservando un tiempo prudencial (no demasiado largo) para ponerte en la situación, imaginarte los detalles y observar las emociones y los pensamientos que van surgiendo. ¿Qué opciones tienes?

Puedes ir escribiéndolo todo en tres columnas:

  • Situación: tu miedo, el peor caso posible.
  • Prevención: ¿qué está bajo tu control para evitar que ocurra?
  • Gestión: si termina ocurriendo, ¿qué está bajo tu control para solucionar o mitigar el problema?

Así, mirando de frente la amenaza y reflexionando sobre ella, paradójicamente la ansiedad baja, en lugar de subir. Porque pasamos de estar preocupados por el problema a estar ocupados construyendo la solución. Y además, como todo queda por escrito, una vez acabado el ejercicio, la mente ya puede liberarse de ese tema y volver a concentrarse en otras cosas.

Como nota final, valga un recordatorio de que somos más fuertes de lo que nos creemos. Y como decía Marco Aurelio, uno de los grandes filósofos estoicos:

No temas al futuro.
Lo enfrentarás con las mismas armas
con las que enfrentas el presente.

Cita del día

¿Te gustan las citas y frases célebres? Si llevas un tiempo leyendo este blog, sabrás que a mí sí, y que a menudo pongo alguna en mis artículos, aunque intento no pasarme.

Hoy, al encender el ordenador, Google me ha mostrado una cita de Ralph Waldo Emerson que ya conocía (esta es mi propia traducción del original en inglés):

Lo que queda detrás de nosotros
y lo que nos espera delante
no es nada comparado
con lo que llevamos dentro.

Bonita, ¿verdad? Me he puesto a buscar más citas suyas y me han salido un montón; aquí abajo os pongo una selección.

(Foto tomada este fin de semana, turisteando por Irlanda del Norte con Merche, Nacho y Miguel, ¡gracias chicos!)

La gente no parece darse cuenta
de que su opinión del mundo
es también una confesión de su carácter.

Lo que haces habla tan fuerte
que no puedo escuchar lo que dices.

Sin ambición, uno no empieza nada.
Sin trabajo, uno no termina nada.
El premio no va a venir él sólo.
Tienes que ganártelo.

Una vez que tomas una decisión,
el universo conspira para que ocurra.

Y una que me ha sorprendido:

Hazte tu propia Biblia.
Selecciona y recopila todas las palabras y oraciones
que en tus lecturas te hayan resonado
como el estruendo de una trompeta.

Un pie delante de otro

Empezamos una nueva semana, y yo me la imagino como una hoja en blanco que ir rellenando día a día, a ser posible con buena letra.

A veces, hay temporadas en que la vida no da para mucho más que para ir haciendo lo imprescindible cada día. Y eso está bien, es lo que toca.

Pero cuidado con no quedarnos ahí atascados más tiempo del necesario…

Esta cita la he encontrado (en inglés) en un libro que tengo por casa; no decía el autor, y no he sido capaz de localizarlo.

No te pases tanto tiempo concentrado
en poner un pie delante del otro
que te olvides de mirar hacia dónde vas.

(Foto sacada hace aproximadamente un año, bajando desde la Alhambra hacia el centro de Granada.)

En otras palabras: levanta de vez en cuando la mirada del camino, y comprueba si realmente vas en la dirección que quieres.

Marcarte un destino te ayudará a dar pasos más firmes y más acertados. Y pararte de vez en cuando a afilar la sierra te dará la claridad y las herramientas que necesites para seguir avanzando.

Y tú, ¿hacia dónde vas? ¿Y qué pasos vas a dar esta semana para irte acercando?

Botón de reinicio

Una vez más, el fin de semana se me ha pasado muy rápido, y me he quedado con la sensación de no haber hecho ni la mitad de las cosas que hubiera querido. Lo cual probablemente quiere decir que había planeado como el doble de cosas de las que, siendo realistas, me caben en un fin de semana.

¿Te pasa a ti también esto? Es bastante normal; a las personas se nos da fatal estimar el tiempo que tardamos en realizar una tarea o un proyecto (más sobre este tema aquí).

Para mí, una consecuencia habitual de no ser realista con mi tiempo es que a menudo acabo descansando y durmiendo menos, porque hay cosas que no quiero dejar sin hacer, aunque ya se me acaben las horas del día. Y así, sin darme cuenta, me meto en una rueda de cansancio atrasado que no hace sino traerme más problemas…

Esta semana me he pillado otra vez en esa rueda. Y sólo de mí depende salir de ella.

A veces nos da la sensación de que no hay más remedio que llenarnos el día de tareas y seguir hasta caer de agotamiento. O igual ya estamos agotados, pero no le hacemos caso a nuestro cuerpo. ¿Hasta cuándo? ¿Es que tenemos que esperar a que la vida nos dé un susto para empezar a cuidarnos?

Lo bueno es que la vida (o más bien, nuestro cuerpo) nos va dando avisos, nos va indicando cuándo el ritmo que llevamos ya no es sostenible. El caso es aprender a escuchar, para que, cuando aparezcan las señales, podamos tomar nota y hacer algo al respecto.

Pero claro, para poder escucharnos, primero tenemos que crear un poco de silencio. Y para eso no ayuda el estar rodeados de ruido y distracciones continuas, como lo estamos hoy en día. Hace falta hacer un esfuerzo consciente por «desconectar» un poquito de lo de fuera, para poder conectar con lo de dentro y hacer balance de cómo estamos de verdad.

Esto me recuerda a dos cosas: por un lado, a la primera frase de la Desiderata: «Camina plácidamente entre el ruido y la prisa, y recuerda cuánta paz puede haber en el silencio»… Si esto ya era verdad hace más o menos un siglo, sin lugar a dudas es más cierto ahora que nunca.

Y por otro lado, a esta cita que yo creía que ya os había contado, pero parece ser que no:

Casi todo volverá a funcionar
si lo desconectas durante unos minutos,
incluid@ tú.

Anne Lamot

Y si son unas horas, o unos días, o incluso semanas, mejor que mejor.

(Póster visto en una tienda de Avoca: «estar offline (desconectado de internet) es el nuevo lujo.» Esta frase daría para otro artículo entero, que algún día a lo mejor escribiré.)

Y a ti, ¿te hace falta pulsar el botón de reinicio?

Palabras (casi) intraducibles: workout

Como ya sabéis, de vez en cuando en este blog me gusta hablar de alguna palabra o expresión que me parece especialmente acertada en inglés (o en español) y que creo que pierde fuerza y significado al traducirla al español (o al inglés, según el caso).

Hoy añadimos a nuestra lista de intraducibles una palabra en inglés que se utiliza muchísimo, y yo diría que no sólo entre la gente de habla inglesa: workout. El diccionario la traduce como «ejercicio» (exercise) o «entrenamiento» (training), pero esas dos palabras, en mi opinión, son un poco genéricas, un poco «vagas» (si me permitís el chiste), cuando el workout es algo mucho más tangible: es cada sesión concreta de entrenamiento, cada rato que dedicas a hacer ejercicio. Y eso conlleva un esfuerzo, un trabajo, que va implícito en la propia palabra, al ser un derivado del verbo trabajar (to work).

(Foto de un cartel que hay en mi oficina, animando a la gente a usar las escaleras en lugar del ascensor: «Quema calorías, no electricidad. Usa las escaleras.»)

Efectivamente, hacer ejercicio cuesta trabajo, y no sólo por el esfuerzo físico, que una vez puestos, ya casi es lo de menos. Lo que más cuesta es mantener la constancia, y seguir adelante sin esperar a que te apetezca, porque, seamos realistas, casi nunca te va a apetecer… (Por cierto, por si no lo sabías, esto es completamente normal; a los atletas de élite tampoco les apetece salir a correr todos los días, y aun así, lo hacen, por eso es tan importante crear rutinas que nos lo pongan un poco más fácil y nos ayuden a cumplir nuestros objetivos).

Lo bueno es que todo ese trabajo a lo largo de semanas, meses y años al final tiene su recompensa: cuando entrenamos regularmente, estamos más en forma, nos sentimos mejor y podemos hacer más cosas. En otras palabras, mejora nuestra calidad de vida.

Ahora bien, ¿y si pudiéramos aplicar el mismo razonamiento a otros tipos de ejercicio, aparte del físico?

Todo esto viene a que el otro día escuché una frase que creo que merece la pena compartir. No sé si será original de la persona a quien se la oí, una coach llamada Alexias Anderson; era parte de una charla sobre Inteligencia Adaptativa (un tema clave en estos tiempos tan acelerados y cambiantes, y que va a dar para más posts seguro):

Cada experiencia desconocida es un entrenamiento.

Me gusta mucho el paralelismo que hace aquí esta señora: al igual que hacer ejercicio es incómodo y cansado para el cuerpo, pero a la larga le viene bien, el tener que desenvolverse en un entorno poco conocido es incómodo y cansado para el cerebro, pero a la larga, también le viene bien. Le permite aprender a adaptarse a distintas situaciones, a ser más flexible y a tener más repertorio de estrategias, respuestas y acciones según convenga en cada caso.

Y al igual que pasa con el ejercicio físico, la clave está en hacerlo a menudo, aunque sea en pequeñas dosis. No hace falta hacer nada demasiado radical; la idea es irnos exponiendo poco a poco a experiencias y actividades en las que no nos sirva el piloto automático, y que tengamos que ingeniárnoslas para poder seguir adelante. Puede ser tan sencillo como volver a casa por un camino diferente (¡y sin Google Maps!), empezar un hobby nuevo o aprender una habilidad que tenga poco que ver con lo que se nos da bien normalmente.

Un ejemplo muy tonto que se me ocurre es el de las canciones que cantamos en el coro del trabajo: yo normalmente estoy en el grupo de las sopranos, pero últimamente estamos muy poquitas y para algunas canciones me han cambiado al grupo de altos… Parece mentira, la cantidad de energía extra que me supone aprenderme esa otra versión de las canciones; me cuesta muchísimo.

Pero como decíamos antes, lo bueno es que todo este gasto de energía adicional tiene su recompensa, en mi opinión, por partida doble. Por un lado, a base de ponernos intencionadamente en situaciones un poco incómodas, poco a poco vamos consiguiendo tolerar mejor la incomodidad, y eso nos puede dar mucha libertad y abrirnos opciones en el día a día. Y por otro lado, cuando inevitablemente la vida nos traiga momentos de cambio de esos que tienen la capacidad de sacudirnos y descolocarnos, nos encontrará mucho más preparados, con recursos para capear mejor el temporal y hasta sacar provecho de las circunstancias.

¿Qué te parece esta idea? ¿De qué manera entrenas tú tu cuerpo y tu mente?