El artículo de hoy empieza con estas palabras en latín: premeditatio malorum, que podríamos traducir como «preestudiar el mal futuro».
Y aunque parezca de broma, como las frases en latín falso que leíamos en los cómics de Astérix, resulta que sí que es una expresión auténtica de hace siglos. Se trata de una técnica de los antiguos filósofos estoicos que aprendí en el curso de estoicismo de Autognosis (¡gracias, Luis!)

(Flores dibujadas por Eva, la artista de la familia, en la pizarra de la cocina.)
Esta semana han pasado unas cuantas cosas a mi alrededor que me han descolocado bastante, cosas que me han hecho plantearme situaciones que hasta hace poco ni se me habrían ocurrido. Y dándole vueltas, sin darme cuenta, me he puesto en lo peor. Que es precisamente en lo que consiste este ejercicio: en permitirnos durante un tiempo determinado ponernos en esa situación que nos da miedo que ocurra.
Pero no de manera masoquista, con la intención de sufrir más, sino, paradójicamente, para sufrir menos. Cuando surgen las preocupaciones por el futuro, ya sabemos que a la mente no le vale con que le digamos que no se preocupe; se va a preocupar igual. Así que lo que propone esta técnica no es huir de ese pensamiento ni intentar taparlo, sino darle la oportunidad de aflorar. Así, visualizando e imaginándonos el peor caso posible como si de verdad estuviera ocurriendo, nos permitimos asimilarlo, procesarlo, y aceptar más tranquilamente la posibilidad (aunque sea remota) de que nos ocurra.
Pero además, esta técnica también nos ayuda a estar mejor preparados para lo que pueda pasar, o incluso a reducir las probabilidades de que ocurra, si hay cosas que podemos hacer para intentar evitarlo. Esto es lo que yo hice también sin darme cuenta: pasé al modo ¿qué haría yo en esta situación? ¿Cómo lo gestionaria? ¿Con qué recursos contaría? Y a partir de ahí, tomé una serie de decisiones hipotéticas que me proporcionaron una imagen más o menos clara de ese futuro imaginario, que ya no parecía tan terrible.
Al fin y al cabo, se trata de «descatastrofizar» esa amenaza futura a base de aterrizarla, darle forma y trazar un plan de acción que tranquilice a nuestra mente, al situarnos en el panel de mando en lugar de dejarnos a merced de los acontecimientos.
Para obtener los mejores resultados, lo ideal es hacer este ejercicio por escrito, reservando un tiempo prudencial (no demasiado largo) para ponerte en la situación, imaginarte los detalles y observar las emociones y los pensamientos que van surgiendo. ¿Qué opciones tienes?
Puedes ir escribiéndolo todo en tres columnas:
- Situación: tu miedo, el peor caso posible.
- Prevención: ¿qué está bajo tu control para evitar que ocurra?
- Gestión: si termina ocurriendo, ¿qué está bajo tu control para solucionar o mitigar el problema?
Así, mirando de frente la amenaza y reflexionando sobre ella, paradójicamente la ansiedad baja, en lugar de subir. Porque pasamos de estar preocupados por el problema a estar ocupados construyendo la solución. Y además, como todo queda por escrito, una vez acabado el ejercicio, la mente ya puede liberarse de ese tema y volver a concentrarse en otras cosas.
Como nota final, valga un recordatorio de que somos más fuertes de lo que nos creemos. Y como decía Marco Aurelio, uno de los grandes filósofos estoicos:
No temas al futuro.
Lo enfrentarás con las mismas armas
con las que enfrentas el presente.








