«Nosotros» y «ellos»

Escribo estas líneas poco después de terminar de ver la final del mundial de fútbol de 2026; ¡enhorabuena, España!

(Dibujo de la bandera de España, coloreado por Eva cuando tenía siete añitos.)

Los que me conocéis sabéis que soy poco aficionada a los deportes, y menos todavía al fútbol, con lo que no es habitual para mí lo de sentarme a ver un partido. Pero hoy, siendo la final, jugando España, y además estando Irene y Alicia en casa, hemos hecho una excepción y lo hemos sufrido, digooo, lo hemos disfrutado las tres juntas (te hemos echado de menos, Eva).

Por supuesto, me alegro mucho de que haya ganado España, creo que ha sido el equipo que mejor ha jugado. Pero tengo que decir que me he quedado con mal sabor de boca; he visto mucho mal rollo, mucha bronca y poca camaradería entre los dos equipos, y eso me da mucha pena. Como no tengo mucho con lo que comparar (no he visto absolutamente nada más del mundial), no sé hasta qué punto es «normal» que se comporten así los jugadores (y ya de paso, los entrenadores); yo espero que esto sea la excepción más que la norma, pero la verdad es que no las tengo todas conmigo…

Qué contraste con el número musical del entreacto, donde salían niños cantando al amor universal y dando la imagen de que todos somos amigos. No he podido evitar que me sonara a falso.

Quizá esa es una de las razones por las que, en general, no me atraen las competiciones deportivas: llevo muy mal esa mentalidad del enfrentamiento, del «nosotros contra ellos», que es una tendencia muy humana y muy natural, pero también muy peligrosa, o, cuando menos, poco productiva.

Como comenté en el post de las etiquetas, todo esto tiene una explicación evolutiva: el ser humano es un ser social y tribal por naturaleza. El pertenecer a un clan o a una tribu les permitió a nuestros ancestros sobrevivir y reproducirse, al poder protegerse unos a otros y colaborar para resolver problemas (cazar juntos, repartirse el trabajo, especializarse en distintas tareas, etc.)

Pero de la misma manera que el ser humano está diseñado para colaborar, también está diseñado para competir. Porque parte de pertenecer a una tribu implica defenderte de otras tribus enemigas, o incluso atacarlas, por el bien de tu propio grupo. Y aquí es donde empezamos a categorizar a otras personas como «de los nuestros» o «de los otros», creando una separación basada en reglas arbitrarias, y empiezan los problemas.

Si te fijas, estas divisiones y rivalidades están por todas partes: se ven muy claramente en las relaciones entre países, pero también entre regiones, ciudades o pueblos, departamentos o equipos en una empresa, instituciones educativas, selecciones deportivas, lados de una familia, y suma y sigue. Y el nivel de desconfianza y animosidad entre ambos lados puede ir desde el típico «pique» inofensivo hasta una hostilidad enquistada que alimente guerras generación tras generación, como desgraciadamente hemos visto muy a menudo.

Esto quizá sea la explicación de una de las mayores contradicciones del ser humano. ¿Cómo es posible que a veces seamos capaces de mostrar tanta empatía y compasión y, otras veces, ser tan crueles y agresivos unos con otros? Pues porque no aplicamos el mismo rasero para todo; por desgracia, la norma no es simplemente «no matarás», sino «no matarás… a los tuyos». Los otros ya son otra cosa. Los otros son el enemigo.

Una vez, hace años, me dieron un consejo buenísimo en el trabajo: cuando trabajes con alguien, procura que se sienta parte del «nosotros», porque, si no, va a pasar a ser parte de «ellos»; va a percibir esa distancia, y habrá más resistencia a colaborar. Yo hoy te invito a que mires atentamente a tu alrededor y descubras esas dinámicas de «nosotros contra ellos»; ¿de qué manera estás tú colaborando a ese ambiente? ¿Y qué puedes hacer para «traerte a los otros» y que todos os sintáis del mismo lado?

Conociendo al elefante

El otro día fui con mis compañeros de trabajo a comer a un pub muy chulo cerca de la oficina (An Poitin Stil, para quien tenga curiosidad), y a la puerta me encontré con este elefante:

(Foto de la estatua de un elefante gris a la entrada de un pub en Rathcoole, Irlanda.)

Inmediatamente me acordé de una metáfora que me gusta mucho, y que estoy empezando a utilizar bastante al hablar de temas de coaching y crecimiento personal/profesional (junto con la del iceberg, que sigue siendo mi favorita).

Es la teoría del elefante y el jinete, formulada por el psicólogo Jonathan Haidt. Propone la idea de que nuestra mente consciente, es decir, nuestra parte lógica y racional, es como un jinete que va montado a lomos de un elefante, y ese elefante es nuestra mente no consciente, es decir, nuestro lado intuitivo y emocional.

El jinete se cree que él es el que manda, el que lleva las riendas, pero al fin y al cabo, el elefante es mucho más fuerte y siempre acaba ganando. Y todo esto pasa sin que nos demos cuenta… El caso es que la inmensa mayoría de nuestras decisiones no son tan lógicas y racionales como nos gustaría creer: en realidad, son decisiones emocionales, que luego justificamos racionalmente a posteriori.

Asusta un poco, ¿verdad? Y cuesta reconocerlo. Nosotros que nos creíamos tan listos…

Pero también hay un lado muy positivo de esta metáfora, y es que explica muy bien por qué nos cuesta tanto cambiar y adquirir hábitos nuevos: puede que el jinete tenga muy claro adónde quiere ir, pero como no sepa convencer y motivar al elefante, no va a conseguir moverse en esa dirección.

En otras palabras: mientras nuestros objetivos no estén alineados con nuestras motivaciones más profundas (creencias, valores, identidad, etc.), no vamos a conseguir hacer cambios duraderos, nos vamos a estar autosaboteando constantemente.

¿La solución? Hacerte amigo del elefante 🙂 Esforzarte por conocerle lo mejor posible, aprender a entenderle y a trabajar con él, para poder así aunar fuerzas y avanzar juntos de una manera que satisfaga las necesidades de ambos.

Y tú, ¿cómo de bien conoces a tu elefante? ¿Y qué tal te llevas con él?

Blue Monday

Hoy, día 19, es el tercer lunes del mes de enero, y hay quien afirma que es el día más deprimente de todo el año. En inglés lo llaman Blue Monday, que se podría traducir como «el lunes triste», o si queremos seguir con la analogía de los colores, «el lunes gris».

Es verdad que el mes de enero a veces se hace bastante largo, por lo menos en el hemisferio norte, donde todavía es invierno, hace frío y anochece pronto… Las Navidades, con sus luces, su alegría y sus celebraciones, ya se pasaron, y ahora nos toca apretarnos el cinturón y controlarnos un poco después de los excesos de diciembre. Qué divertido, ¿verdad? Es lo que en España siempre hemos llamado la cuesta de enero, que Google me acaba de traducir como January blues, así que, efectivamente, es la misma idea.

Y para colmo, lo más probable es que ya se nos hayan fastidiado los buenos propósitos de año nuevo, después de empezar con tanto entusiasmo el día uno… La fuerza de voluntad no es que nos haya durado mucho.

Por todo esto, si hoy te sientes un poco bajo de energía, que sepas que es normal y que no eres el único, ni mucho menos. Aquí te dejo una imagen que espero que te anime un poco, a pesar de ser azul:

(Foto de una piedra decorada que me encontré un día paseando por unos jardines, con un dibujo de nuestra querida Dori, la amiga de Nemo, y su frase favorita: «sigue nadando».)

Esta semana me han recordado (¡gracias, Neil!) que, cuando uno se encuentra bajo de energía, lo mejor que puede hacer es volver a centrarse en lo básico, así que eso es lo que te propongo para este mes de enero: volver a cuidarte y recuperar fuerzas, para poder emplearlas luego en lo que sea que te propongas.

Por cierto, si te preguntas por qué este año tampoco te ha funcionado lo de los propósitos de año nuevo, quizá es porque te has quedado en la parte superficial de tu iceberg, y te hace falta bucear más hacia el fondo para averiguar cómo hacer ese cambio que tanto deseas… Si no sabes de lo que te estoy hablando, échale un vistazo a este artículo.

Conciencia en Acción

Ya estamos a mediados de diciembre, y toca ir haciendo revisión del año que acaba. Tengo que decir que para mí el 2025 ha sido muy movidito, tanto personal como profesionalmente… Pero también, y seguramente por las mismas razones, ha sido un año muy gratificante, en el que considero que he crecido y madurado en muchos aspectos.

En el aspecto profesional, hay dos cosas que han pasado este año por las que estoy tremendamente agradecida, y por qué no decirlo, también orgullosa. La primera ya os la conté en septiembre: conseguir la certificación de ACC.

La segunda ha sido un viaje de aprendizaje (¡y desaprendizaje!) que comenzó en enero, y que no diré que acaba de terminar, porque estoy segura de que voy a seguir aprendiendo… Acabo de completar la formación del programa de certificación ATAAwareness to Action (Conciencia en Acción), impartido por Mario Sikora y María José Munita, de Awareness to Action International. Y para mí ha supuesto encontrar una pieza fundamental para mi proyecto de coaching con eneagrama.

(Imagen simbólica de los tres sesgos instintivos que caracterizan la metodología de Awareness to Action: preservadores, navegadores y transmisores. ¡Gracias Óscar por los dibujos!)

Si lleváis un tiempo leyendo este blog, quizá me habréis visto mencionar tímidamente el eneagrama en algunas ocasiones, muy pocas teniendo en cuenta que llevo tres años estudiándolo en detalle… Y no ha sido por falta de interés, ni mucho menos: el eneagrama me parece un tema fascinante ,y una herramienta extraordinaria para el desarrollo personal (y profesional).

Ha sido sobre todo por falta de confianza en poder explicarlo bien, en poder transmitir todo su valor sin caer ni en estereotipos superficiales (que nos encasillan en lugar de liberarnos) ni en explicaciones enrevesadas (que nos confunden más que ayudarnos). Y aún me queda mucho que progresar, estoy segura, pero a día de hoy ya puedo decir que tengo esa confianza.

Llegados a este punto, viene bien aclarar qué queremos decir exactamente con «el eneagrama». En el sentido más literal, el eneagrama es un símbolo cuyo nombre viene del griego: ennea significa «nueve», y grama, «línea», y efectivamente, es un diagrama formado por nueve líneas, conectando nueve puntos situados alrededor de un círculo.

Este símbolo se utiliza como parte de una herramienta de crecimiento personal, el llamado «eneagrama de la personalidad», que describe nueve perfiles de personalidad diferentes y relacionados entre sí conforme a ciertos patrones.

Ahora bien, algo que no mucha gente sabe es que no existe un único «eneagrama» fijo e inamovible, en el sentido de que no es un sistema propietario de tipología de la personalidad como podría ser DISC o MBTI (Myers-Briggs). En el mundo del eneagrama hay varios enfoques y escuelas de pensamiento, unas más antiguas y otras más modernas, que han ido evolucionando y refinándose con el tiempo, al igual que la psicología, la filosofía y otras muchas disciplinas también han ido evolucionando progresivamente y construyendo nuevos enfoques sobre las base de los anteriores.

Si lo comparásemos con un sistema operativo, por ejemplo, no sería como Windows o Mac OS, sería más bien como Linux – código abierto, disponible para que cada uno pueda hacer sus propias versiones, mejoras y aportaciones.

Pues bien, uno de los problemas que hay actualmente con el eneagrama es que mucha gente lo aprende basándose en libros que llevan escritos muchos años, con ciertos conceptos e ideas que ya están obsoletos y para los que hoy en día tenemos mejores explicaciones, surgidas de la aplicación práctica del modelo a lo largo de los años. O peor aún, les llega solamente una versión parcial de esas ideas y conceptos ya de por sí estereotipados, en forma de descripciones ultrarresumidas y chistes superficiales publicados en las redes sociales.

Y la verdad es que es una pena, porque el eneagrama cuando se entiende bien, se explica bien y se aplica bien, tiene al mismo tiempo una profundidad y una sencillez que resultan sorprendentemente poderosas, y tremendamente útiles tanto en el terreno personal como en el profesional.

Por eso estoy tan contenta de haber encontrado un enfoque del eneagrama que no sólo me permite entenderlo en profundidad, sino sobre todo explicarlo con claridad y sencillez, y aplicarlo a situaciones prácticas dentro y fuera del coaching. Así que, a partir de enero, podéis esperar mucho más contenido sobre eneagrama en este blog: os iré explicando en qué consiste la metodología de Awareness to Action, o ATA, sus distintos componentes y las relaciones entre ellos.

Mil gracias otra vez Mario y María José por vuestra generosidad en este último año, compartiendo vuestra sabiduría y el modelo tan práctico que habéis construido a base de mucho trabajo. Gracias también Lee, Micky y Creek por vuestro apoyo, cada uno con vuestro propio estilo y perspectiva, y a todos los compañeros con los que he coincidido en clase. Y cómo no, gracias también a Autognosis, mi anterior escuela y la que asentó las bases de mi entendimiento del eneagrama: Alberto, Laura, Fernando, Rafa, Luis, Benoit, Ana B y Ana M. ¡Gracias!

Recta final (del año)

Se acaba noviembre y llega diciembre, el último mes del año.

¡Ya sólo queda un mes de 2025! Entramos en la recta final; dentro de nada estaremos estrenando el 2026.

(Foto de la página de diciembre del calendario que tengo en la puerta de mi cocina. Tener un calendario en la puerta de la cocina es una de esas costumbres de toda la vida en mi familia, y sé que puede parecer un poco antiguo, ahora que tenemos Google Calendar y demás moderneces, pero a mí me sigue gustando mucho tener un calendario físico en casa, igual que tengo una pizarra gigante para apuntar cosas y relojes en casi todas las habitaciones.)

Hoy me ha dado por mirar lo que escribí en el blog a principios de este mismo año, y me he encontrado con algo que me propuse en el mes de enero, que sinceramente ya se me había olvidado… O en realidad no, porque es un tema que siempre tengo muy presente, y en el que considero que voy mejorando. Pero sí que me olvidé de que había decidido que ese sería mi hilo conductor para este año, mi foco de atención: el 2025 iba a ser el año de… Decluterear.

¿Y qué fue lo que pasó? Pues ahora que lo pienso, dos cosas:

  • La primera, que no me puse objetivos concretos en los que trabajar; me quedé con un propósito demasiado genérico y «en el aire», sin «aterrizarlo» en tareas específicas y medibles (que por cierto, es lo que pasa muchas veces con los famosos propósitos de año nuevo).
  • Y la segunda, que no hice un seguimiento a lo largo del año; empecé con muy buen pie, pero luego, por el camino fueron apareciendo otros problemas que solucionar, otras tareas que atender y otros objetivos que conseguir, dejando a un lado lo que hace un año me parecía tan importante. ¿Te suena la historia?

Como dicen en inglés, life got in the way («se metió la vida por medio»), como suele pasar. Pero precisamente porque sabemos que es lo que suele pasar, porque sabemos que la vida va cambiando y nuestras prioridades también, por eso es tan importante tener un método que nos ayude a ajustar el rumbo y a seguir avanzando sin perder el norte.

La buena noticia es que siempre es buen momento para tomar (o retomar) el timón, hacer balance de la situación y actuar en consecuencia. En este caso, todavía me quedan treinta días para enfocarme en liberar espacio, tanto físico como mental, emocional y hasta espiritual. Así que, dándole la vuelta a la frase:

¡Todavía queda un mes de 2025! ¿Cómo lo vas a aprovechar?

¡Misión cumplida!

¡Hoy toca celebración! Después de tres años practicando y creciendo como coach, y habiendo superado retrasos y bloqueos varios, al fin me he lanzado a la piscina, me he presentado a la certificación de ACC, ¡y he aprobado!

Photo of a board with two pieces of paper held by magnets - the left image is a drawing to illustrate coaching, and the right image is the ICF credential badge from ICF

(Foto de un trocito del «vision board» que tengo en la pared de mi habitación. La idea es poner imágenes que te ayuden a visualizar tus objetivos y acercarte a ellos.)

El Associate Certified Coach (ACC) es el primer nivel de certificación de la Federación Internacional de Coaching (ICF), la institución de coaching más reconocida y extendida en el mundo entero. Una parte fundamental de la labor de ICF es la de establecer unos estándares de calidad y un código ético para la profesión del coaching, que actualmente no está regulada, y que puede confundirse muy fácilmente con otras profesiones de ayuda, como la consultoría, el mentoring o la psicoterapia.

Los requisitos para certificarse incluyen cierto número de horas de formación, horas de mentorado y horas de práctica haciendo sesiones de coaching, además de aprobar un examen. Y ahora entiendo por qué: todos esos elementos se complementan entre sí, combinando teoría y práctica, acción y reflexión, para un aprendizaje mucho más completo.

Yo sé que esto no es más que otro paso en el camino, pero para mí, es un paso tremendamente importante, por dos razones.

  • Primero, porque así demuestro al mundo que esto del coaching es algo que me tomo muy en serio, y que estoy alineada con los más altos estándares y el código ético de esta profesión. Ahora puedo ofrecer garantía de calidad en mis servicios con un criterio objetivo que los avale.
  • Y segundo, porque de paso también me demuestro a mí misma que, efectivamente, estoy haciendo las cosas bien, lo cual me da aún más tranquilidad y confianza. Y digo bien, que no perfectas…

Mil gracias a D´Arte Human & Business School por la formación que lo empezó todo (mi querida 15), a Stephen Clements por ser un mentor extraordinario, a todos los coachees con los que he tenido el privilegio de trabajar, dentro y fuera de Fidelity, y a ExpertCoach por sus materiales de preparación para el examen.

De momento, ¡prueba superada! Pero la aventura continúa, esto no se acaba nunca…

MITs

¿Tienes una lista de tareas pendientes más larga que tu brazo? ¿Te levantas por la mañana con la intención de hacer una serie de cosas, y acabas el día agotad@, agobiad@ y sin haber podido terminarlas todas? Si es así, bienvenid@ al club 🙂

Photo of a notebook page with the words "To do..." written at the top left corner, space to write the date at the top right corner, multiple lines with chckboxes for writing tasks, and a box labelled "Priorities"

(Foto de una de las páginas de mi cuaderno de «ccosas que hacer». Por cierto, lo de «una lista tan larga como tu brazo» es una expresión muy irlandesa, en español igual suena un poco raro, pero a mí me encanta, me parece muy visual.)

Una cosa que a mí me funciona muy bien en los días en los que la lista de «tengo qués» me resulta abrumadora, es plantearme qué es lo más importante que tengo que dejar hecho ese día. Es lo que Leo Babauta de Zen Habits llama el MIT, la tarea más importante del día (en inglés, the Most Important Task).

Babauta sugiere apuntar cada mañana un máximo de tres tareas prioritarias (o MITs), con al menos una de ella directamente ligada a uno de nuestros objetivos. Luego, la clave está en completar esas tareas lo antes posible, para que, independientemente de como vaya después el día, nosotros ya hayamos avanzado. Así, nos iremos a dormir cada noche con sensación de éxito, en lugar de con sensación de fracaso.

Una lista de tres tareas parece mucho más manejable que una tan larga como tu brazo, ¿a que sï?

Pero podemos llevarlo todavía un paso más allá, yo a menudo lo hago. Podemos reducir la lista a UNA sola tarea, a LA cosa más importante que haya que hacer (o más bien, que decidas hacer) ese día.

Y cada día será diferente: a veces la tarea más importante tendrá que ver con el trabajo, a veces estará más relacionado con tu vida personal o familiar. A veces implicará motivarte y ponerte de una vez por todas con eso que has estado postponiendo tanto tiempo, y a veces tocará volver a lo básico y descansar, dar un paseo, quedar con alguien o simplemente dormir, porque lo necesites, y eso será lo más importante.

El caso es reconocer que no es humanamente posible completar todas las tareas que nos autoimponemos, y priorizar el tiempo y la energía que sí que tenemos de una manera que nos haga sentir bien y nos permita seguir avanzando.

¿Y tú? ¿Qué es lo más importante que tienes que hacer hoy? Elige una sola cosa, ¡y adelante!

Mala memoria

A veces, cuando pienso en ideas que pueden ser interesantes para escribir en el blog, me pasa que no me acuerdo de si ya he escrito antes sobre un tema determinado o no, y me tengo que poner a buscar palabras clave en los archivos para confirmar que no me estoy repitiendo más de la cuenta.

La semana pasada dije que os iba a explicar un ejercicio muy sencillo para clarificar valores… Pues resulta que ya os lo conté en junio del año pasado, en este artículo: cosas que importan.

Y el artículo de hoy se iba a titular «Decisiones», pero me he dado cuenta de que ese título ya lo utilicé hace algo más de un año, y precisamente para compartir una de las dos citas que me habían venido a la mente para hoy. ¡Qué mala memoria tengo a veces!

Pero bueno, no está de más el volver a visitar algunos temas, y como todavía tengo la otra cita que quería compartir y una más que me ha surgido por el camino, pues allá voy.

Vista del puente de cuerda de Carrick-a-Rede en Irlanda del Norte, rodeado de acantilados y mar, con una trayectoria que conecta dos tierras en un entorno natural.

(Foto del famoso puente de cuerda de Carrick-a-Rede, en Irlanda del Norte, que visitamos hace unos meses. ¿Cruzar, o no cruzar? Esa es la cuestión.)

¿Qué tal se te da tomar decisiones?

Yo siempre me he considerado bastante indecisa, pero me he dado cuenta de que, con los años, he ido mejorando: todavía sigo pensándome bastante las cosas, eso no lo voy a poder evitar, pero al menos ahora entro antes en acción, mucho antes en algunos casos, en lugar de quedarme paralizada en la indecisión o procrastinando por no equivocarme, como me pasaba antiguamente.

Ahora que lo pienso, creo que el coaching ha tenido mucho que ver en todo esto. Tal y como explico en este otro artículo, el coaching está muy enfocado en el presente y el futuro: en tener claro dónde estamos y adónde queremos llegar, y en dar pasos conscientes y decididos en dirección al objetivo. Pero además, el coaching nos ayuda a abrir la mente: a vernos como personas capaces y llenas de recursos, personas que pueden conseguir muchas cosas (quizá no todas, pero sí muchas), y a ver el mundo como un entorno lleno de posibiliidades, donde hay múltiples maneras de resolver cada problema, y donde cada paso que damos nos trae nuevos aprendizajes, sobre todo cuando no acertamos a la primera.

Y a lo largo del camino, toca tomar decisiones, lo cual a veces no es fácil, pero es necesario… Aquí va la primera cita de hoy para reflexionar un poco (gracias Luis):

Decisiones fáciles, vida difícil.
Decisiones difíciles, vida fácil.

Jerzy Gregorek

¿Qué te parece? Es un poco durilla, pero si lo piensas, es cierto: muchas veces optamos por la salida fácil o cómoda a corto plazo, ya sea en cuestión de hábitos saludables o de muchas otras cosas, porque no vemos (o no queremos ver) las consecuencias a largo plazo.

También es verdad que nuestro cerebro no nos ayuda precisamente con esto: él vive siempre en el presente y su objetivo es que sobrevivamos, así que nuestro piloto automático siempre va a ser cortoplacista, y por eso una hamburguesa nos va a atraer siempre más que una ensaladita, no vaya a ser que luego nos muramos de hambre. Por suerte, y aunque nos cueste un poco más de esfuerzo y cierta incomodidad pasajera, podemos sobreescribir esos impulsos cortoplacistas y tomar decisiones más equilibradas (con la comida y con todo lo demás). Y después, practicando esos nuevos comportamientos hasta convertirlos en hábitos, nos lo podemos poner mucho más fácil a largo plazo.

Por cierto, no debería hacer falta decirlo, pero lo diré igualmente por si acaso: tomar decisiones como un adulto responsable implica aceptar plenamente las consecuencias. Lo cual significa cero quejas, y cero echarle la culpa a los demás. Y hablando de culpa, aquí va la segunda frase de hoy, que espero que ayude un poco a quitarle hierro al asunto (gracias Hernán, esta me la enseñaste tú hace muchos años):

En la naturaleza no hay premios ni castigos, lo que hay son consecuencias.

Robert Green Ingersoll

Nuestra tradición judeocristiana nos ha enseñado a ponerle a todo la etiqueta de «bueno» o «malo», y a creer que todo lo «bueno» es recompensado (tal vez en la otra vida), y todo lo «malo», castigado. Pero en la vida las cosas raramente son tan en blanco y negro, y además, el sentirnos culpables no va a solucionar nada, así que os propongo otro planteamiento: el de que todas nuestras acciones tienen sus consecuencias, y esas consecuencias pueden favorecer y ayudar (a los demás, y también a nosotros), o todo lo contrario, perjudicar.

¿Qué tipo de consecuencias queremos generar? Cambiemos la culpa por la responsabilidad.

Impostores

Hoy te quiero hablar del famoso síndrome del impostor (gracias Carlota por sacar el tema el otro día).

Black and white photo of a person in disguise, with fake glasses, nose, eyebrows and moustache, smoking a cigar

Me imagino que ya sabrás lo que es, y seguramente lo hayas vivido alguna vez en primera persona: es esa sensación de que en el fondo no nos merecemos estar donde estamos (laboralmente, por ejemplo), porque consideramos que no somos tan competentes como nos ven los demás, y tememos que en cualquier momento se den cuenta del «engaño» y nos vayan a «desenmascarar».

Yo misma lo he sentido muchas veces, y lo sigo sintiendo con bastante frecuencia, aunque ya me agobia un poco menos, gracias a lo que he ido aprendiendo en estos últimos cinco o seis años y que comparto por aquí, por si te sirve:

  • El síndrome del impostor existe; es una sensación real, no nos lo estamos inventando. Pero tal vez es un poco excesivo el llamarlo síndrome; la palabra «síndrome» transmite la idea de que es una enfermedad o un trastorno grave, cuando esto en realidad no es más que un mecanismo natural de nuestra mente ante una situación determinada.
  • Hay quien dice que nos afecta sobre todo a las mujeres, pero yo no lo tengo tan claro; me parece que es mucho más universal de lo que nos creemos (aunque quizá a las mujeres se nos note un poco más la falta de confianza).
  • Un factor que contribuye a esta sensación de ser un impostor es la tendencia a no ver claramente ni reconocer nuestros propios méritos, y atribuir nuestro éxito en cierta medida a la suerte o la casualidad (al tiempo que, paradójicamente, sí que nos atribuimos los fracasos como fallos propios, y nos machacamos por ello). Es como si sintíeramos que «no nos hemos ganado» el derecho a estar donde estamos.
  • Y la sensación se intensifica cuando se nos presenta el reto de seguir avanzando: por ejemplo, una tarea o un puesto que nos requiera esfuerzo extra (lo que en inglés se llamaría un «stretch goal») y que nos saque todavía más de la zona de confort. Aquí es donde surgen las dudas con más fuerza que nunca: ¿Cómo voy a poder yo hacer esto, si ni siquiera debería estar aquí?
  • La buena noticia es que esas dudas y esa sensación de no estar a la altura te están dando una información muy valiosa: te están mostrando que lo que haces te importa de verdad; te están recordando que tienes altos estándares de calidad, y que para ti es muy importante cumplirlos.

¿Qué opinas de este último punto? ¿Te ayuda a planteártelo de otra manera? A mí me parece un reencuadre muy útil, por un lado porque le da una intención positiva a esa sensación incómoda o desagradable que estamos sintiendo, y por otro lado, porque nos permite pasar a la acción en lugar de seguir dándole vueltas a la cabeza.

Podemos, por ejemplo, ponernos a escribir objetivamente las razones por las que somos la persona adecuada para esa tarea o ese puesto (si hace falta, incluso preguntando a quienes nos eligieron para estar ahí). Podemos identificar nuestras fortalezas y talentos, y también posibles áreas de mejora o carencias específicas, para poder trabajar en ellas (la matriz DAFO viene muy bien para estas cosas, me la apunto para explicarla en otro artículo).

Y tú, ¿qué opinas? ¿En qué área de tu vida o tu trabajo te sientes un poquito impostor en este momento? ¿Cómo te está afectando? ¿Y qué puedes hacer para gestionarlo mejor?

¿Urgente, o importante?

Llevo tiempo queriendo escribir sobre esto en el blog, porque me parece importante. Pero como no es urgente, pues lo he ido dejando… Lo cual es precisamente el quid de la cuestión.

Esta es la llamada matriz de Eisenhower, y si lleváis un tiempo en el mundillo del desarrollo personal, seguro que ya la conocéis. Aparece en muchos libros y artículos sobre «gestión del tiempo» (que en realidad debería llamarse «gestión de prioridades», porque el tiempo como tal no lo podemos gestionar; lo único que podemos gestionar es en qué lo empleamos).

La propuesta es muy sencilla: lo primero, reconocer que siempre vamos a tener más cosas que hacer que tiempo para hacerlas; por lo que es necesario priorizar. Y lo segundo, plantearnos el nivel de urgencia e importancia de cada tarea, y a partir de ahí decidir qué hacer primero, qué hacer después y qué no hacer.

  1. Las tareas urgentes e importantes requieren acción inmediata, por lo que son, lógicamente, las más prioritarias. Es un tipo de trabajo que podríamos categorizar como «apagar fuegos»: hay que hacerlo cuanto antes para terminarlo a tiempo, porque si no, hay claras consecuencias negativas.
  2. Las importantes y no urgentes son tareas que nos acercan a nuestros objetivos sin tener un plazo de entrega concreto. Se trata de trabajo estratégico, y la clave aquí es planificarlo: buscarle hueco en la agenda y dedicarle tiempo intencionadamente, por que si no, corremos el riesgo de posponerlo demasiado, o incluso de que se quede sin hacer.
  3. Las urgentes y no importantes son tareas que nos mantienen ocupados pero no nos aportan mucho, en el sentido de que no nos ayudan a cumplir nuestros objetivos, más bien nos desvían de ellos. Papeleo, interrupciones, encargos de otras personas… Lo ideal es delegar o automatizar todo lo posible, para evitar que nos consuman demasiado tiempo.
  4. Y por último, las no urgentes y no importantes son todas esas distracciones en las que caemos a menudo y que no nos aportan nada; son verdaderos «gastatiempos», y lo mejor que podemos hacer es eliminarlos. (Nota: aquí me estoy refiriendo a las mil y una formas que tenemos las personas de procrastinar, y escapar de la realidad de forma vacía y superficial. No lo confundamos con tomarnos tiempo para descansar de verdad, practicar hobbies, conectar con nosotros mismos, cuidar nuestras relaciones, etc., que son cosas que entrarían en la categoría número 2.)

¿Qué te parece este sistema? Si no lo has utilizado nunca, o si hace tiempo que no lo utilizas, te invito a que averigües cuánto tiempo pasas normalmente en cada uno de estos cuadrantes, sobre todo si ves que se te pasan los días y los meses y no avanzas en lo que realmente quieres. ¿Te pasas el día apagando fuegos? ¿O haciendo tareas para otros que se podrían resolver de otra manera? ¿O tal vez perdiendo el tiempo con distracciones que no te llenan de verdad?

Yo misma estoy ahora en proceso de reajustar unas cuantas cosas, que falta me hace…