Escribo estas líneas poco después de terminar de ver la final del mundial de fútbol de 2026; ¡enhorabuena, España!

(Dibujo de la bandera de España, coloreado por Eva cuando tenía siete añitos.)
Los que me conocéis sabéis que soy poco aficionada a los deportes, y menos todavía al fútbol, con lo que no es habitual para mí lo de sentarme a ver un partido. Pero hoy, siendo la final, jugando España, y además estando Irene y Alicia en casa, hemos hecho una excepción y lo hemos sufrido, digooo, lo hemos disfrutado las tres juntas (te hemos echado de menos, Eva).
Por supuesto, me alegro mucho de que haya ganado España, creo que ha sido el equipo que mejor ha jugado. Pero tengo que decir que me he quedado con mal sabor de boca; he visto mucho mal rollo, mucha bronca y poca camaradería entre los dos equipos, y eso me da mucha pena. Como no tengo mucho con lo que comparar (no he visto absolutamente nada más del mundial), no sé hasta qué punto es «normal» que se comporten así los jugadores (y ya de paso, los entrenadores); yo espero que esto sea la excepción más que la norma, pero la verdad es que no las tengo todas conmigo…
Qué contraste con el número musical del entreacto, donde salían niños cantando al amor universal y dando la imagen de que todos somos amigos. No he podido evitar que me sonara a falso.
Quizá esa es una de las razones por las que, en general, no me atraen las competiciones deportivas: llevo muy mal esa mentalidad del enfrentamiento, del «nosotros contra ellos», que es una tendencia muy humana y muy natural, pero también muy peligrosa, o, cuando menos, poco productiva.
Como comenté en el post de las etiquetas, todo esto tiene una explicación evolutiva: el ser humano es un ser social y tribal por naturaleza. El pertenecer a un clan o a una tribu les permitió a nuestros ancestros sobrevivir y reproducirse, al poder protegerse unos a otros y colaborar para resolver problemas (cazar juntos, repartirse el trabajo, especializarse en distintas tareas, etc.)
Pero de la misma manera que el ser humano está diseñado para colaborar, también está diseñado para competir. Porque parte de pertenecer a una tribu implica defenderte de otras tribus enemigas, o incluso atacarlas, por el bien de tu propio grupo. Y aquí es donde empezamos a categorizar a otras personas como «de los nuestros» o «de los otros», creando una separación basada en reglas arbitrarias, y empiezan los problemas.
Si te fijas, estas divisiones y rivalidades están por todas partes: se ven muy claramente en las relaciones entre países, pero también entre regiones, ciudades o pueblos, departamentos o equipos en una empresa, instituciones educativas, selecciones deportivas, lados de una familia, y suma y sigue. Y el nivel de desconfianza y animosidad entre ambos lados puede ir desde el típico «pique» inofensivo hasta una hostilidad enquistada que alimente guerras generación tras generación, como desgraciadamente hemos visto muy a menudo.
Esto quizá sea la explicación de una de las mayores contradicciones del ser humano. ¿Cómo es posible que a veces seamos capaces de mostrar tanta empatía y compasión y, otras veces, ser tan crueles y agresivos unos con otros? Pues porque no aplicamos el mismo rasero para todo; por desgracia, la norma no es simplemente «no matarás», sino «no matarás… a los tuyos». Los otros ya son otra cosa. Los otros son el enemigo.
Una vez, hace años, me dieron un consejo buenísimo en el trabajo: cuando trabajes con alguien, procura que se sienta parte del «nosotros», porque, si no, va a pasar a ser parte de «ellos»; va a percibir esa distancia, y habrá más resistencia a colaborar. Yo hoy te invito a que mires atentamente a tu alrededor y descubras esas dinámicas de «nosotros contra ellos»; ¿de qué manera estás tú colaborando a ese ambiente? ¿Y qué puedes hacer para «traerte a los otros» y que todos os sintáis del mismo lado?









