¡Empezamos el 2025! ¿Qué tal lo llevas de momento?
Me ha gustado esta imagen del cuaderno en blanco y el lápiz, me parece una buena metáfora para esta época del año:
¿Qué planes tienes para los próximos doce meses? En este artículo te propongo dos alternativas a los típicos propósitos de año nuevo (que, seamos realistas, suenan muy bonitos pero están condenados a no cumplirse), y hoy añado otra propuesta más, algo que escuché el año pasado y que no había puesto en práctica hasta ahora.
Se trata de elegir una palabra como tema para el año, algo en lo que queramos enfocarnos. Así creamos un hilo conductor para nuestros objetivos, usando la palabra como recordatorio y fuente de motivación.
Yo ya tengo la mía para 2025, ¿quieres saber cuál es?
Tachán tacháaaaan…
2025 para mí es el año de…
LA LIMPIA*
(*Nota aclaratoria para la versión en español: me refiero a hacer limpia en el sentido de organizar y deshacerme de lo que ya no necesito. En inglés hay una palabra maravillosa para eso, decluttering, que yo estaba convencida de que ya había añadido a la lista de intraducibles, pero se ve que no, pendiente queda para otro post.)
Pues sí, esta va a ser la temática de este año en nuestra casa, y no sólo para mí; también he reclutado a las niñas. Durante 2024, por diversos motivos, hemos ido acumulando muchas cosas en casa, y no hemos tenido tiempo de hacer limpia como es debido. Ha llegado el momento de liberar espacio, y que salga lo viejo para que pueda entrar lo nuevo.
¿Y tú, qué palabra eliges? Puede ser cualquier cosa que resuene contigo y a lo que quieras darle prioridad este año. Cuentamelo en un comentario, y me encantará leerte.
La semana pasada se me quedó en el tintero un comentario sobre la diferencia entre tener que hacer algo y elegirlo. Yo estaba convencida de que ya había escrito de este tema aquí en el blog, pero no he sido capaz de encontrar dónde, así que aquí va mi reflexión de hoy, aun a riesgo de repetirme.
Piensa por un momento en todas las cosas que tienes que hacer hoy, o esta semana, o en tu día a día habitual. Si tienes tiempo, siéntate con un papel y un boli y haz una lista lo más completa posible, empezando cada línea con las palabras «Tengo que…».
Ejemplos:
Tengo que madrugar mañana.
Tengo que ir al trabajo.
Tengo que preparar la comida.
(Foto del amanecer desde la estación de Adamstown, un día que madrugué para coger el tren a Dublín).
Ahora lee detenidamente esa lista.
¿Cómo te sientes?
Yo recuerdo hacer este ejercicio hace unos años y sentir todos esos «tengo que» como un peso enorme sobre mis hombros, como una losa que me aplastaba y no me dejaba otra alternativa más que cumplir con mi obligación.
Porque esa es la idea implícita, que cada «tengo que» es una obligación. Y pasarse el día cumpliendo obligaciones no sólo es aburrido/agobiante/deprimente (elige el adjetivo que más te resuene), sino que además nos resta energía, y a la larga resulta agotador.
Pero, ¿y si pudiéramos pensar en esas tareas de una forma que nos motivara, en lugar de aburrirnos, agobiarnos o deprimirnos?
Aquí es donde entra en juego el poder transformador de la palabra. Porque las palabras importan, y mucho. Las que pronunciamos hacia afuera y las que nos decimos por dentro, que al fin y al cabo son nuestros pensamientos.
Prueba a escribir otra vez la misma lista, pero en lugar de empezar cada línea con «tengo que…», empiézala con «elijo…»:
Elijo madrugar mañana.
Elijo ir al trabajo.
Elijo preparar la comida.
Lee detenidamente esta nueva lista. ¿Qué te parece?
Lo que acabas de hacer es convertir cada tarea de tu día en una elección, en lugar de en una obligación. Pero sólo cambiar las palabras no es suficiente: tenemos que darnos cuenta de que de verdad somos nosotros los que decidimos hacer todas esas cosas, al igual que decidimos no hacer otras. Y asumir esa responsabilidad.
Porque aunque a menudo nos parezca que no tenemos otra elección, en realidad, la inmensa mayoría de las veces (por no decir siempre), sí que la tenemos. Así que el siguiente paso es observar esas tareas una por una, ver qué otras opciones hay, y analizar las consecuencias (tanto a corto como a largo plazo) de cada una de esas opciones. ¿Estoy dispuesto a asumir las consecuencias de no madrugar, de no ir a trabajar, de no cocinar?
Puede que te encuentres con que algunas de tus tareas no son tan imprescindibles como tú creías; quizá son cosas que has seguido haciendo por inercia sin plantearte si siguen teniendo sentido, o tal vez algo que te propusieron (o te impusieron) en algún momento y que tú aceptaste sin cuestionarlo. El darte permiso para elegir algo diferente a partir de ahora ya puede aligerar un poco tu carga.
Estupendo, ¿y para las demás? ¿Qué pasa con esas tareas de la lista para las que no es viable elegir otra opción? Lo que puedes hacer en esos casos es reafirmar tu motivación, tu para qué, el beneficio que te va a traer (o el perjuicio que te va a evitar) esa tarea:
Elijo madrugar mañana para poder dedicarme un poco de tiempo, organizarme y sentir que tengo control sobre mi día (o bien: cuando no madrugo tengo que ir a prisas y a carreras, empiezo el día ya sintiendo que voy atrasada y me estreso más, así que elijo madrugar).
Elijo ir al trabajo para ganarme el salario, y además, sentirme realizada y crecer como profesional (o bien: si no voy a trabajar, acabarán despidiéndome y no podré pagar la hipoteca ni irme de vacaciones, y puede que no encuentre otro trabajo que me guste, así que elijo ir a trabajar).
Elijo preparar la comida para que mi familia y yo llevemos una dieta equilibrada y nos mantengamos sanos y con energía (o bien: si no preparo comida casera con antelación, acabaremos comiendo de cualquier manera, y a la larga tendremos problemas de salud, así que elijo cocinar).
¿Qué te parece? ¿Notas la diferencia entre percibir las cosas como una obligación frente a abrazarlas como nuestra propia elección?
Tan solo un comentario más: si te cuesta mucho utilizar el «elijo…» porque te suene demasiado forzado, otra alternativa al «tengo que…» puede ser simplemente decir «voy a…». Así no te quedas enganchado en si lo decides tú o lo deciden por ti: lo vas a hacer, se queda hecho, y punto. ¡Misión cumplida!
La mayor arma contra el estrés es nuestra habilidad para elegir un pensamiento sobre otro.
Hoy hace diecinueve años y dos días que llegué a Irlanda para quedarme. Ya había estado en Dublín unos meses antes, de visita, pero esta vez me venía a vivir aquí, por tiempo indefinido, sin billete de vuelta a España.
Por aquel entonces yo estaba recién casada y llevaba sólo tres años trabajando de informática; podríamos decir que tenía toda la vida por delante. Hasta entonces mi vida había sido bastante previsible, pero aquel era el momento de empezar una nueva aventura… O más bien muchas, una detras de otra. Aventuras casi de todo tipo; unas más previsibles que otras, unas más retadoras que otras, y todas ellas tremendamente enriquecedoras.
Las he llamado aventuras, pero tal vez hay una palabra mejor para definirlas: transiciones.
(Esta foto la saqué pasando una tarde estupenda con mis primos en una playa del condado de Galway, perdón pero no recuerdo el nombre de la playa)
El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define transición como la «Acción y efecto de pasar de un modo de ser o estar a otro distinto», y propone sinónimos como cambio, mudanza, transformación y metamorfosis.
Curiosamente, hace unos días en el trabajo (¡gracias Naval!) compartieron información sobre la importancia de las transiciones en la vida de una persona. Éstas son las conclusiones de Bruce Feiler, autor del libro Transiciones: ¿Cómo sobrellevar los cambios en la vida?:
Las personas solemos experimentar una transición nueva cada 12-18 meses.
La mayoría de las transiciones tardan por lo menos de tres a cinco años en completarse.
Una de cada diez se convierte en un «lifequake» – una especie de terremoto que sacude completamente nuestra vida.
A lo largo de nuestra vida nos toca vivir entre tres y cinco de esos «lifequakes».
El 53% son involuntarios, incluyendo acontecimientos como que tu pareja te engañe, que te despidan del trabajo o que te diagnostiquen una enfermedad.
El 47% son voluntarios, incluyendo engañar tú a tu pareja, dejar tu trabajo para emprender un negocio o elegir mudarte a otro país.
Interesante, ¿verdad? Echando la vista atrás, sí que puedo identificar unos cuantos de esos «lifequakes» en mi vida, y sí que es verdad que parece que se te viene el mundo abajo, o al menos, sientes que todo se tambalea dentro y fuera de ti. Da un poco de vértigo.
Hasta que poco a poco, con paso del tiempo, todo se va colocando otra vez; aparece la luz al final del túnel, y al final sales de la experiencia sintiéndote un poco más fuerte y un poco más sabio. Y así hasta la próxima, lo quieras o no, porque las transiciones son una parte inevitable de la vida.
Y ¿qué es lo que nos puede ayudar a sobrellevar mejor las transiciones, sobre todo las más radicales? Todas las herramientas y recursos de desarrollo personal que podamos encontrar nos serán muy útiles, y si llevas un tiempo leyendo este blog, espero que hayas podido identificar algunas (el autoconocimiento y la gestión emocional son siempre un excelente punto de partida, así como la filosobía estoica, y por supuesto, el coaching).
Pero además de todos estos recursos, hay otro factor que según los expertos es sumamente importante (gracias Luis por esta información). Como explica Robert Waldinger en su charla TED, un estudio de Harvard en el que llevan 75 años observando a individuos a lo largo de su vida (y midiendo sus niveles de felicidad) les ha llevado a la conclusión de que, independientemente del nivel socioeconómico y de otros muchos factores, los individuos más felices son sin duda los que tienen buenas relaciones con otras personas.
En otras palabras: la calidad de tus relaciones determina la calidad de tu vida. Punto. Así de simple.
Y no me refiero solamente a la pareja (a la que hoy en día, por cierto, cargamos con demasiadas expectativas); también están los amigos, la familia… En definitiva, el tener una red de seres queridos con quienes compartir tus penas y tus alegrías. Está demostrado que es bueno para la salud mental, emocional y también física.
Volviendo otra vez la vista atrás, me doy cuenta de que para todos y cada uno de esos «lifequakes» tuve la suerte de contar con el amor y el apoyo de mis seres queridos: mi familia y mis amigos. Ellos sintieron mis penas y mis alegrías, me escucharon y me ofrecieron su ayuda, y confiaron en mí aunque no siempre comprendieran o compartieran mis decisiones. Todo eso me ayudó inmensamente a seguir adelante con paso más o menos firme. Y la verdad es que no sé si alguna vez se lo agradecí… MIL GRACIAS a todos, de corazón.
¿Y tú? ¿A qué «lifequakes» te enfrentas o te has enfrentado últimamente? ¿Y con quién cuentas para compartir el camino y que se te haga un poquito más fácil?
Este fin de semana hemos estado hablando en casa de carreras universitarias. Irene, mi hija mayor, está en el último curso del instituto, así que le toca elegir ya lo que quiere estudiar, y a su hermana Alicia le quedan sólo dos años para verse en las mismas.
(Esta foto es de la universidad de Maynooth, que está bastante cerca de nuestra casa. Es una universidad moderna, pero también tiene algunos edificios antiguos; el otro día me di una vuelta por allí, y me gustó mucho el ambiente.)
La verdad es que lo de elegir universidad y carrera es un punto de inflexión en la vida de un adolescente, quizá la primera gran decisión a la que se enfrenten muchos de ellos… Y puede ser un proceso bastante abrumador, lleno de dudas e incertidumbre. Los que ya tengan clara su primera opción sentirán presión por sacar suficiente nota, y se agobiarán pensando si lo conseguirán o no. Pero, ¿y los que ni siquiera sepan por dónde tirar? Pues más dudas, más presion y más agobio todavía, intentando aclararse las ideas y elegir bien.
Porque claro, lo que estudies en la carrera va a ser lo que determine tu vida profesional una vez que acabes…
Todo esto me recuerda a la charla que di el año pasado sobre trayectorias profesionales (puedes leer los artículos aquí y aquí), en la que intentaba tranquilizar un poco a los chavales en este sentido. Cuando se trata de decisiones importantes como ésta, es natural sentir la necesidad de acertar con la solución perfecta, en este caso de elegir la trayectoria profesional ideal… Pero la realidad es que ni tenemos toda la información, ni todo depende de nosotros, además de que no existe la solución perfecta como tal; lo que existe son opciones diferentes que nos van a dar resultados y aprendizajes diferentes.
Por suerte, hoy en día, el elegir una carrera o una profesión determinada no significa que tengas que quedarte atrapado ahí para toda la vida: la reinvención profesional está a la orden del día, tanto por voluntad propia como por la evolución del mercado laboral. Así que, en mi opinión, lo más importante es empezar por alguna parte (a ser posible en algo que te guste y/o que se te dé bien), hacerlo lo mejor que puedas, aprender mucho, ganar experiencia, y luego ya si hace falta, ir ajustando el rumbo a medida que avances.
Eso sí, tampoco es cuestión de irse reinventando y cambiando de carrera profesional cada diez minutos, ¿eh? Hace falta un poco de paciencia y perseverancia para poder aprender todo lo que cada etapa nos tenga que enseñar.
Y lo bueno es que todos esos conocimientos, experiencias y habilidades que adquirimos en cada etapa los vamos integrando sin darnos cuenta, y eso nos convierte en mejores profesionales, aunque a primera vista parezca que algunas cosas no sean relevantes o no se puedan aplicar al nuevo puesto o a la nueva situación.
Os pongo un par de ejemplos de mi propia trayectoria para ver si se entiende mejor:
Yo en la universidad estudié ingeniería informática, lo cual me sirvió para aprender a programar, y aunque no era la ilusión de mi vida programar (no era my hobby, como lo era para algunos de mis amigos), se me daba más o menos bien, y mis primeros trabajos al terminar la carrera fueron de programadora.
Al llegar a Irlanda empecé a trabajar también como programadora, pero al pasar el tiempo entraron otros informáticos más júnior en mi equipo, y yo pasé a programar cada vez menos y a hacer cada vez más tareas de análisis (o sea, entender cómo funciona el sistema y qué cambios hacer según lo que se necesite para cada proyecto).
En la siguiente empresa en la que entré (que es en la que aún estoy), ya me contrataron directamente como analista de sistemas.
Las tareas típicas de un analista incluyen:
Recopilar los requisitos de los clientes o usuarios para añadir funcionalidad a un sistema,
Documentar el estado actual del sistema (as-is),
Definir el estado futuro, una vez añadida la nueva funcionalidad (to-be)
Especificar los cambios necesarios para pasar del estado actual al estado futuro, y
Trabajar con el equipo de desarrolladores para implementar dichos cambios.
Años después, descubrí el coaching, una disciplina que a primera vista no tiene nada que ver con el análisis de sistemas… Hasta que nos ponemos a mirar en detalle los pasos del método GROW, que es el modelo más extendido en coaching:
Goal – Definir el objetivo: ¿qué es lo que quieres conseguir?
Reality – Explorar la realidad: ¿cómo son las cosas ahora mismo, en relación a ese objetivo?
Options – Listar las opciones: ¿qué podrías hacer para avanzar hacia tu objetivo?
Will or Way forward – Plan de acción: ¿qué vas a hacer, por dónde vas a empezar?
Resulta que (a grandes rasgos y salvando las distancias), la estructura de una sesión de coaching no es tan diferente de los pasos que hay que seguir antes de modificar una página web, por ejemplo. Y la mente estructurada y analítica que he ido desarrollando en todos estos años gracias al análisis de sistemas me ha dado muy buena base para poder gestionar mis sesiones de coaching.
Y otro paralelismo más que he notado:
Más allá de las sesiones individuales, recordemos que el coaching es sobre todo un proceso:
Al principio del todo se establece un objetivo principal (el objetivo de proceso), y se define lo mejor posible.
Después, en cada sesión identificamos un tema concreto que trabajar (el objetivo de la sesión) en relación con el objetivo principal, y definimos un nuevo plan de acción.
Así, cada sesión implica dar un paso más en el camino hacia el objetivo principal, evaluando los resultados del paso anterior y ajustando el rumbo siempre que sea necesario.
Esto se podría comparar a cómo trabajamos en informática con las metodologías Agile, por ejemplo con Scrum:
Cada proyecto o iniciativa representa un objetivo: implementar cierta funcionalidad en el sistema.
El equipo define, para cada ciclo de trabajo (lo que en Scrum se llama sprint, un periodo fijo de tiempo, por ejemplo de dos semanas), un objetivo parcial como parte del desarrollo completo, basándose en el número de tareas que estiman que pueden terminar en ese tiempo.
Al final de cada sprint se hace un seguimiento del trabajo, se reflexiona sobre lo que ha funcionado y lo que no, lo que se ha conseguido terminar y lo que no, se hacen los ajustes necesarios, y se planifica el siguiente sprint.
Espero que estos ejemplos ilustren un poco lo que quiero decir con este post: que muchas de las cosas que aprendemos en unos contextos nos pueden servir en muchos otros contextos, y que aunque no «acertemos» a la primera con nuestra carrera profesional, estaremos aprendiendo y evolucionando igualmente, por lo que no estaremos perdiendo tiempo ni mucho menos, sinio todo lo contrario.
¿Y tú que opinas? ¿Qué habilidades tienes ahora gracias a trabajos o proyectos del pasado?
¡Ahora sí que sí! Empieza septiembre, ¿estás preparad@?
El otro día hablábamos un amigo y yo de que el principio de curso y el principio del año (que tanto en España como en Irlanda coinciden con septiembre y enero, respectivamente) son los dos momentos del año en los que muchos de nosotros nos paramos a planificar y a plantearnos nuevos proyectos, y nos parecía que, de los dos, seguramente septiembre es más productivo que enero.
Por eso me parece un momento ideal para empezar un proceso de coaching… ¿Cómo? ¿Que no sabes lo que es un proceso de coaching? Pues la verdad es que no me extraña; la palabra coaching es un término que se utiliza mucho hoy en día, pero no siempre con un significado claro, lo que puede dar lugar a bastante confusión. A menudo se asocia al coaching con el mentoring (o mentoría) y la terapia, cuando son cosas muy diferentes (te lo explico aquí y aquí).
Así pues, ¿qué es el coaching? Empecemos con la definición oficial de ICF, que es la institución mundial de referencia en lo que a coaching se refiere:
Para la International Coaching Federation, el coaching profesional se fundamenta en una asociación (partnership) entre un coach y su cliente (coachee) para que éste maximice su potencial tanto personal como profesional a través de un proceso de acompañamiento reflexivo, creativo e inspirador.
¿Qué significa todo esto? Que durante un periodo de tiempo (de unas semanas, unos meses…), el coach acompaña al cliente en su proceso particular de crecimiento personal y profesional (que siempre van de la mano), creando el entorno y las condiciones adecuadas para que se pueda producir ese avance.
El punto de partida del proceso de coaching es definir un objetivo concreto que se marca el cliente: puede ser un problema que solucionar, una meta que alcanzar, un reto que superar, una tarea o proyecto que completar… El objetivo es importante porque sirve de punto de referencia: le permite al cliente comparar donde está con donde quiere estar, en el ámbito que sea. Y a partir de ahí, el proceso consiste en ir trazando un plan, un camino para llegar de aquí a allí, y en empezar a recorrer ese camino, comprometiéndose a hacer el trabajo necesario.
Empezar el proceso con buen pie, con un objetivo bien definido, es muy importante en coaching. Pero sin duda lo más interesante no es si el objetivo se acaba consiguiendo o no, sino todo lo que pasa a lo largo del camino. Ahí es donde surge la magia, el crecimiento, la evolución. Pero todo lleva su tiempo, ¡por eso es un proceso, no una única sesión!
Lo que pasa por el camino es que van surgiendo todo tipo de cosas: sorpresas, imprevistos, resultados deseados y no deseados, obstáculos internos y externos… Si lo piensas, es normal, así es como funciona la vida, no la podemos controlar por mucho que queramos, y eso es lo que hace que muchas veces nos desesperemos y tiremos la toalla en lugar de seguir persiguiendo nuestros objetivos. Un buen coach nos puede ayudar no sólo a sobrellevar los imprevistos más o menos bien, sino a sacarles todo el partido posible, aprender de ellos y salir fortalecidos.
Con el acompañamiento experto de un coach, el cliente tiene la oportunidad (siempre que se lo tome en serio) de ir observando, reflexionando y aprendiendo a medida que avanza en su camino, e inevitablemente empieza a darse cuenta de cosas… ¿El resultado? Que poco a poco, al conocerse mejor a sí mismo y ver más claramente su situación, el cliente descubre perspectivas nuevas, y se vuelve capaz de superar sus bloqueos y de crear opciones y oportunidades que antes no existían.
Lo que impide la acción, motiva la acción. Lo que se interpone en el camino se convierte en el camino.
Marco Aurelio
¿Te animas a empezar un proceso de coaching conmigo, y descubrir los tesoros que se esconden por el camino?
Te voy a contar una cosa que a lo mejor ya sabes, pero a lo mejor no, así que te la cuento por si acaso.
Este blog es bilingüe.
Todos los artículos que escribo, y con este ya van 175, los puedes leer en español y en inglés.
En teoría, WordPress es lo bastante listo como para detectar el idioma de tu navegador y presentarte la página más adecuada, pero si por la razón que sea te aparece en el idioma que no es, para cambiarlo sólo tienes que pinchar en la banderita que aparece en la esquina superior derecha de la web (una vez que llegues desde LinkedIn, Facebook, Instagram o donde sea que veas el enlace al artículo).
Todo esto viene a que el otro día, un compañero de trabajo me dijo algo así como: «he visto que escribes artículos en LinkedIn, pero son sobre todo en español, ¿no?» Yo me apresuré a decirle que no sólo en español, que también en inglés… De hecho, es algo de lo que estoy muy orgullosa: de escribir en los dos idiomas, para que todo el que quiera pueda leerme, y además porque me encanta tanto escribir como traducir. Tardo un poco más en terminar cada artículo, pero merece la pena con creces.
Porque las ventaja de ser bilingüe (volviendo al título del post), ya seas un blog o una persona, son muchas. La más obvia es que hay mucha más gente con la que te puedes entender, y eso ya de por sí te enriquece y amplía tus horizontes.
Pero más allá de eso, otra ventaja para mí fundamental es que tienes más opciones tanto a la hora de comprender ideas como de expresarlas. Cada idioma tiene su propio vocabulario, sus patrones, sus estructuras gramaticales, y al aprenderlos, estamos literalmente aprendiendo nuevas formas de pensar. Estamos haciendo a nuestro cerebro funcionar de manera diferente.
Y eso nos abre la puerta a nuevos recursos, porque al fin y al cabo, no podemos evitar pensar en palabras: el lenguaje es la herramienta con la que damos sentido a todo lo que pasa dentro y fuera de nosotros. Por eso las palabras son tan poderosas, porque no son simplemente palabras… Son los filtros y las lentes que conforman nuestra realidad presente, y los ladrillos con los que construimos nuestra realidad futura.
¿Y tú, qué idiomas conoces? ¿Y qué nuevas formas de pensar te han aportado?
P.D.- Como ya os adelanté la semana pasada, ¡tengo noticias! A partir del lunes 2 de septiembre abro hueco en mi agenda para nuevos procesos de coaching y desarrollo personal. ¿Tienes ya claro qué cambios / proyectos quieres abordar este curso? ¿Aceptas el reto de dejar a un lado las excusas y ponerte en marcha desde ya? Es el momento perfecto, contacta conmigo y lo hablamos.
Este viernes pasado tuve el privilegio de participar en una mesa redonda organizada internamente por mi empresa (¡Gracias Sonia!), bajo el título de «coaching y mentoring a todos los niveles». Fue una conversación muy interesante: las otras dos compañeras compartieron su amplia experiencia en lo que se refiere a mentoring (o mentoría, en español), y yo aporté mi punto de vista desde el terreno del coaching.
Las palabras coaching y mentoring a menudo se utilizan juntas, sobre todo en entornos empresariales y de trabajo, y a veces no queda muy claro. qué es cada cosa, por eso precisamente empezamos la charla explicando las diferencias.
Un mentor es una persona con experiencia y reputación en una determinada profesión, especialidad o área laboral. Es alguien que lleva años recorriendo el camino que el mentorado está empezando ahora a emprender, y que se ha convertido en un experto en la materia, con lo que puede orientar y aconsejar al mentorado compartiendo sus conocimientos, su sabiduría y su experiencia.
A menudo la mentoría dura un tiempo prolongado, y se acaba convirtiendo en una relación a largo plazo. Lo habitual es que el mentor tenga un puesto más senior que el mentorado, por lo que hay cierta jerarquía en la relación, y los temas que se tratan suelen ser o bien relevantes a la profesión que comparten, o bien orientados al crecimiento profesional, cómo relacionarse con el entorno laboral, networking, etc.
En cambio, un coach no tiene por qué tener conocimientos del área laboral del coachee; un coach es una persona que ha recibido formación y tiene experiencia y reputación en coaching, y que se ha convertido en un experto en acompañar a sus clientes en el proceso de definir sus propios objetivos y encontrar sus propias respuestas y soluciones.
La relación entre coach y coachee es de igual a igual, no jerárquica, y los temas que se van a tratar los elige el coachee según lo que considere más importante y relevante durante el proceso. Cada proceso de coaching suele ser específico para una meta u objetivo determinado, y tiene un principio y un fin claramente definidos; la duración del proceso es variable, desde unas semanas hasta varios meses.
Y con esto llegamos a la que en mi opinión es la diferencia fundamental entre coaching y mentoring: así como el mentor te orienta y te aconseja, el coach no está ahí para darte consejos, no te va a decir lo que tienes que hacer.
En coaching, todo se basa en creer firmemente que el coachee es una persona creativa y resolutiva, y que ya tiene (o puede conseguir) todos los recursos que necesita para poder alcanzar sus metas y superar los retos que se le pongan por delante. Es el coachee el que es un experto en su propia vida, y en el fondo sabe lo que quiere, lo que más le conviene y lo que mejor le funciona. El trabajo del coach, por lo tanto, es el de crear ese ambiente de confianza y seguridad que anime al coachee indagar con curiosidad y abrirse a nuevas posibilidades, para que puedan aflorar las respuestas.
Como veis, hay bastantes diferencias entre estas dos disciplinas, aunque tiene sentido que se mencionen juntas al hablar de desarrollo profesional, porque en ese terreno se complementan muy bien la una a la otra. El mentor te inspira con su ejemplo, comparte su experiencia y te ofrece sabiduría práctica; el coach te hace de espejo, de caja de resonancia, te ayuda a mirar hacia adentro y a decidir los próximos pasos siguiendo tu propia brújula. Eso sí, ninguno de los dos va a hacer el trabajo por ti, porque eso es imposible. Sigue siendo tu viaje, tu carrera, tu vida, y de ti depende poner de tu parte para sacarle partido.
Y tú, ¿qué necesitas en este momento de tu vida? ¿Mentoring? ¿Coaching? ¿O tal vez los dos?
(Si te ha interesado este artículo, puede que también te interese este otro, donde explico la diferencia entre coaching y psicoterapia)
Si os gustan los temas de productividad y desarrollo personal, seguro que habréis visto muchas veces la típica matriz para categorizar tareas teniendo en cuenta su nivel de urgencia y de importancia (y si no, os animo a buscarla, es la llamada matriz de Eisenhower, y es una ayuda estupenda para establecer prioridades).
Pues bien, esta semana he tenido el lujo de poder dedicar mi tiempo a cosas verdaderamente importantes, que no urgentes.
Cosas que importan.
Personas que importan.
Momentos, lugares y recuerdos que importan.
No, no me he dedicado a hacer puzzles estos días; esta foto no es de ahora, es de hace unos meses.
Este puzzle me lo regalaron mis hijas por mi cumpleaños, y tardamos un par de semanas en terminarlo entre todas. Lo pongo aquí como ejemplo de la idea que os quiero transmitir: el dedicar tiempo intencionadamente a las cosas y a las personas que de verdad importan. Porque, como tal vez habréis podido comprobar ya, como no le pongamos intención, lo urgente (sea o no sea importante) se acaba comiendo todo el tiempo disponible.
Pero claro, ¿cómo averiguar qué es lo que de verdad importa? La clave es que la respuesta no es la misma para todos; para cada persona será ligeramente diferente, porque las prioridades y las inquietudes de cada uno son diferentes, por mucho que haya temas más o menos universales con los que todos nos podamos identificar.
Al fin y al cabo, se trata de identificar nuestros valores: los principios fundamentales que consideramos más importantes, y que nos sirven de guía para tomar decisiones diariamente. A cada uno nos toca decidir qué valores encajan mejor con quienes realmente somos y lo que queremos vivir y fomentar en nuestra vida, a menudo sopesando si queremos mantener los que hemos heredado de nuestra familia o de la sociedad, o si queremos poner, quitar o cambiar algunos.
La recompensa por hacer este trabajo de aclarar nuestros valores es que vamos a poder tomar decisiones más conscientes y más coherentes, y también darnos cuenta cuando entramos en conflicto interno, por ejemplo cuando tenemos valores contradictorios (heredados o adquiridos) que nos ponen en una encrucijada, o cuando actuamos de una manera que satisface a los demás, o que en teoría es «lo que hay que hacer», pero que de alguna manera traiciona nuestros valores y nos hace sentir mal. El actuar en concordancia con nuestros valores nos va a permitir estar más en paz con nosotros mismos.
¿Listo para empezar? Aquí tienes un ejercicio muy sencillo pero muy potente:
Busca un listado de valores (hay un montón en internet) y elige los que más te resuenen, entre cinco y diez.
Puedes hacerte preguntas como: ¿Qué ha sido para ti lo más importante en tu vida? ¿Qué es lo más importante ahora? ¿Y qué más?
Escríbelos en forma de lista.
Esos van a ser tus valores principales.
Puedes preguntarte: ¿Qué es lo que tiene que pasar para que yo sienta que este valor se está cumpliendo en mi vida? ¿Qué es lo que no tiene que pasar? ¿Me lo estoy poniendo fácil o difícil para cumplir este valor?
Establece una jerarquía entre ellos, es decir, pónlos en orden de prioridad.
Este paso es esencial para poder tomar decisiones claras cuando se presente un conflicto entre valores.
Una forma de hacerlo es ir comparando de dos en dos, y hacer una rayita junto al valor que consideres más importante en cada caso: comparar el primero con el segundo, el primero con el tercero, el primero con el cuarto, etc.; luego el segundo con el tercero, el segundo con el cuarto, etc., hasta haber comparado todos con todos.
Si te resulta difícil decidir, piensa en ejemplos concretos, o incluso en situaciones extremas. Por ejemplo, si comparas libertad con armonía: ¿prefirirías un mundo donde todo el mundo fuera libre pero no hubiera nada de armonía, o un mundo muy armonioso pero donde nadie fuera libre? ‘
Reescribe la lista, numerando los valores.
Pon en primer lugar el valor que tenga más rayitas, luego el siguiente, y así sucesivamente.
Repasa la lista y comprueba que estás contento con ella.
¿Te resuena tal y como está? ¿La sientes como tuya? ¿O necesita algún cambio?
Espero que estos pasos te ayuden a aclarar tus valores, igual hasta te encuentras alguna sorpresa. Y si quieres, escríbeme, y yo te cuento los míos…
Esta semana hace tres años que saqué esta foto, hoy Facebook me lo ha recordado. Fue la foto con la que estrené mi cuenta de Instagram:
La verdad es que recuerdo con mucho cariño aquel día. Hacía un tiempo estupendo; las niñas y yo quedamos con nuestros amigos «los Txemas» (Bea, Txema y Alan, nuestros mejores amigos en Irlanda), y todos juntos nos dimos un buen paseo por la colina y la playa de Killiney.
Pero hay otra razón por la que me hace ilusión volver a ver esta foto. Y es que esta semana hace también tres años que rescaté del olvido la web de BinaryWords, le quité las telarañas y empecé a escribir de nuevo en el blog, poniendo precisamente esta foto como imagen de cabecera.
En aquella época, en mayo de 2021, yo me estaba replanteando qué hacer con mi vida. La pandemia me había regalado un cambio de perspectiva y mucho tiempo para pensar, y yo había llegado a la conclusión de que quería reinventarme; quería dedicarme a algo que me llenara de verdad y con lo que pudiera aportar más valor a los demás. Pero no tenía ni idea de qué era ese algo.
Fue entonces cuando decidí entrar en acción, empezar a caminar, aunque no tuviera claro exactamente hacia dónde dirigir mis pasos. Recuerdo que hice un cursillo online para aclararme las ideas y encontrar mi propósito, mi ikigai. Y así de primeras no lo encontré, pero lo que sí saqué de ese cursillo fue una lista de cosas que me gustaban y me motivaban, y que se me daban más o menos bien. Así que me propuse hacer más de esas cosas, disfrutarlas, y confiar en que el camino iría apareciendo.
¿Y cuáles eran esas cosas? Escribir. Traducir. Aprender sobre desarrollo personal. Compartir con otros lo aprendido.
Así que me puse manos a la obra, configuré la web de BinaryWords para que fuera bilingüe español-inglés, y escribí el primer artículo de la nueva reencarnación del blog: Esta es tu vida.
Dicen que a menudo no basta con pedirle cosas al Universo, que hace falta (en palabras de Sergio Fernández) «sellar nuestros pensamientos con una acción», es decir, hacer algo en la dirección de eso que queremos conseguir, para que al Universo le quede claro que eso es lo que de verdad queremos, y nos empiece a abrir puertas y a ayudar por el camino.
Pues bien, unos días después de retomar el proyecto de BinaryWords, por «casualidad» me tropecé con un vídeo de YouTube que hablaba del coaching, algo que yo no sabía ni que existía, pero que acabó siendo lo que para mí lo cambió todo (si es que se puede decir alguna vez que haya una sola cosa o acontecimiento que «lo cambie todo» para una persona; yo tiendo a pensar que es todo mucho más progresivo…)
Tres años después, me siento mucho más alineada con mi propósito profesional, aunque todavía me queda mucho camino por recorrer. Sigo aprendiendo un montón cada día (ya sabemos que este viaje no se acaba nunca), y cada vez se me van presentando más oportunidades de compartir conocimientos y experiencias con otras personas. En concreto en este blog, tres años me han dado para escribir unos 160 artículos con mis reflexiones sobre temas variados, que puedes explorar en la página de archivo.
¿Y tú, dónde estabas hace tres años? ¿Qué ideas y pensamientos pasaban por tu mente? ¿Y qué ha cambiado para ti desde entonces?
No, el artículo de hoy no va de William Shakespeare, aunque no descarto escribir sobre él algún día…
El artículo de hoy va de esa pregunta que todos nos hacemos alguna vez en la vida (o deberíamos), y que según cómo nos pille, puede ser muy fácil o muy difícil de contestar:
¿Quién eres?
Ya os he comentado alguna vez que las personas somos como un iceberg; es la metáfora que se utiliza muy a menudo para explicar el modelo de niveles neurológicos de Robert Dilts, que os describo brevemente en este artículo.
Pues bien: en uno de los niveles neurológicos más profundos, al fondo del todo del iceberg, está el concepto de identidad.
Quiénes somos. O quiénes creemos ser, como decía el título de aquel programa de televisión (muy bueno, por cierto) donde cada día un famoso distinto seguía los pasos de sus ancestros: Who do you think you are? (¿Quién te crees que eres?)
La verdad es que es un tema complejo, este de la identidad. O más bien debería decir identidades, en plural, porque no tenemos una sola, tenemos muchas, y algunas van cambiando con el tiempo. Por ejemplo: yo soy Beatriz, soy Galindo y soy García. Soy BinaryBea, mujer, cuarentona, europea, española, extremeña, cacereña, expatriada, Spaniard en Irlanda, residente en Dublín, ingeniera informática, coach, madre, hija, hermana, tía, sobrina, amiga, compañera, vecina, empleada, alumna, propietaria, divorciada, lectora, bloguera… Y suma y sigue.
Como veis, algunas identidades pueden contener a otras, o solaparse, o incluso contradecirse, lo cual puede generar situaciones de conflicto interno, dilemas existenciales y autosabotajes. También puede pasar que, cuando alguna de estas identidades cambie o desaparezca, nos veamos perdidos y desorientados, como por ejemplo al pasar por un divorcio, o un despido: si ya no me puedo definir como espos@ de / emplead@ de / llámalo X, entonces, ¿quién soy? Es como si nuestra silla se hubiera quedado coja al perder una de las patas que la sostenía, y hace falta invertir tiempo y esfuerzo en volver a estabilizarla.
Todo esto viene a que el viernes escuché una poesía que me pareció preciosa, de Erin Hanson, que se titula Not (No):
Tú no eres tu edad, ni la talla de tu ropa, No eres lo que pesas, ni el color de tu cabello. Tú no eres tu nombre, ni los hoyuelos de tus mejillas. Eres todos los libros que lees, y todas las palabras que pronuncias. Eres tu voz ronca mañanera, y las sonrisas que intentas esconder. Eres la dulzura de tu risa, y cada una de las lágrima que has llorado. Eres las canciones que cantas a pleno pulmón cuando sabes que estás solo. Eres los sitios donde has estado, y ese lugar al que llamas tu casa. Eres las cosas en las que crees, y las personas a las que amas. Eres las fotos de tu habitación, y el futuro con el que sueñas. Estás hecho de tanta belleza… Pero parece que se te olvidó Cuando decidiste que te definían todas esas cosas que no eres.
Y al día siguiente, el sábado, el Universo me puso esta canción en la radio para seguir con el tema: The Logical Song (la canción lógica), de Supertramp – aquí la tenéis con subtítulos en inglés y en español.
Y tú, ¿sabes ya quién eres, o necesitas que te lo digan?