¿Te consideras una persona de costumbres, que suele hacer siempre las cosas de la misma manera?
Si la respuesta es que sí, tengo una frase para ti:
Hasta que no cambies tu forma de hacer las cosas no sabrás qué es lo que mejor funciona.
Roy T. Bennet
A mí esto es algo que me ha costado muchos años aprender: poco a poco he ido descubriendo que detrás de mi perfeccionismo y mi afán por hacerlo todo «bien» se escondía la creencia inconsciente de que sólo había UNA forma «correcta» de hacer cada cosa, y que si yo no acertaba a hacerlo exactamente de esa manera, me estaba equivocando, lo estaba haciendo «mal». Luego además, cuando probabla cualquier actividad nueva y no me salía bien a la primera, automáticamente daba por hecho que siempre se me iba a dar mal, y raramente le daba una segunda oportunidad,
Ya os podréis imaginar lo sumamente limitante que puede llegar a ser esto… Cuando en nuestra mente sólo hay una forma de acertar entre miles de maneras de fastidiarla, no es de extrañar que el miedo a equivocarnos nos ponga en tensión, o que incluso llegue a paralizarnos.
Pero, ¿y si le diéramos la vuelta? ¿Y si hubiera miles de maneras de acertar, o al menos miles de maneras de recopilar información para guiarnos hacia un mejor resultado?
Aquí me viene a la memoria la famosa cita del inventor de la bombilla:
No he fracasado, lo que he hecho es encontrar diez mil maneras de hacer que no funcione.
Thomas A. Edison
Ése es precisamente el valor de la experimentación: el aprender de cada intento para acabar encontrando una solución mejor. O varias, que raramente los problemas tienen una única solución.
Pero claro, para poder probar otras maneras de hacer las cosas, primero se nos tienen que ocurrir, y a nuestro cerebro le suele dar pereza ir por caminos nuevos… Se le da mucho mejor volver a los caminos ya trillados, que le resultan más fáciles y gastan mucha menos energía.
Uno de los grandes beneficios del coaching y el autoconocimiento es que nos ayudan a vencer esa rigidez cognitiva, esa resistencia a salirnos del piloto automático. Así, al darnos cuenta de que nuestra manera de ver las cosas es sólo una perspectiva más entre otras muchas igualmente válidas, nos podemos permitir plantearnos otras posibilidades y puntos de vista, y a partir de ahí ampliar el rango de opciones y encontrar soluciones más adaptativas.
Y mientras vamos probando estrategias y diseñando soluciones que nos funcionen mejor, aprendemos a confiar en que los demás también encuentren las suyas propias. Porque al derribar el mito de «única solución perfecta», nos damos cuenta de que no tiene sentido ninguno imponer nuestro criterio a los demás: cada uno tenemos nuestro propio estilo, nuestra visión del mundo y nuestras circunstancias particulares, y lo que a una persona le funciona no tiene por qué funcionarle a otra.
Y entonces, ¿qué podemos hacer? Pues podemos compartir aprendizajes y experiencias con otras personas, explicarles lo que nos funciona, lo que no, y el por qué, contrastar puntos de vista y estrategias, y estar abiertos a probar nuevas maneras de conseguir lo que queremos o necesitamos.
Podemos incluso tomárnoslo como un experimento: si cambio esta variable, ¿qué pasa? ¿Qué cambia? ¿Mejora el resultado, o empeora? Eso sí, sabiendo que el resultado es tuyo, personal e intransferible, y que la fórmula ganadora será seguramente distinta para cada uno.
Así que, con el permiso del señor Bennet, voy a modificar ligeramente su frase:
Hasta que no cambies tu forma de hacer las cosas no sabrás qué es lo que mejor TE funciona.
¿Y tú? ¿Ya sabes lo que mejor te funciona? ¿En qué aspectos de tu vida te vendría bien experimentar un poco?
Me he dado cuenta de que muchas veces juzgo qué tal me ha ido el día según haya sido productivo o no… O más bien, según yo haya sido productiva o no. ¿Te suena?
La productividad es un tema que siempre me ha interesado, de hecho fue lo que me atrajo al mundo del desarrollo personal. Recuerdo la época en la que me dedicaba a buscar trucos y estrategias para poder llevar al día mi interminable lista de tareas. Y sí que encontré algunas herramientas que me resultaron útiles, pero sólo hasta cierto punto.
Porque en realidad, lo que me pasaba era mucho más complejo de lo que yo creía. Como suele ser el caso.
Por eso en coaching nos gusta «tirar del hilo» y escarbar un poco bajo la superficie, porque muchas veces el «problema» con el que nos viene el cliente no es sino el síntoma de un conflicto o desequilibrio más profundo, del que él mismo no es consciente. Por ejemplo, los problemas de gestión del tiempo suelen ser en el fondo problemas de gestión de prioridades, y la procrastinación puede deberse a prioridades o valores contradictorios.
Un recurso que utilizamos mucho en coaching es formular preguntas como la del principio de este artículo: «¿Qué siginifica X para ti?» Puede parecer una tontería, pero las palabras al fin y al cabo son símbolos que representan cosas, y cuando se trata de términos más o menos abstractos, nuestro pensamiento es mucho más complejo que las palabras con las que lo expresamos. Así, desmenuzando el significado de la palabra y explicándolo en voz alta (o escribiéndolo), nos podemos dar cuenta de cosas muy interesantes.
Por ejemplo, el concepto de productividad está asociado a la acción de «producir», y me he dado cuenta de que yo antes consideraba que una persona sólo era productiva cuando «producía» algo tangible, algo medible.. Al empezar mi carrera profesional, primero como programadora y luego como analista de sistemas, me era fácil saber si estaba siendo productiva o no, porque tenía documentos, diagramas y líneas de código que lo demostraban. Pero al ir avanzando hacia otro tipo de puestos, las reglas del juego cambiaron de repente: había más reuniones y las tareas estaban menos definidas, y yo me encontraba más bien perdida; a menudo llegaba al final del día con la sensación de no haber aportado nada.
Después, poco a poco, fui adaptándome y redefiniendo mi idea de productividad. Me llevó años quitarme de encima la idea de que el tiempo que pasaba «charlando con la gente» (= en reuniones, especialmente reuniones individuales, uno a uno) no contaba como trabajo, porque no estaba produciendo nada. Ahora sé que el hablar con mis compañeros y fomentar las relaciones laborales no sólo no es una pérdida de tiempo, sino que es parte esencial de mi trabajo, y que marca una gran diferencia a la hora de sacar los proyectos adelante. Ahora que ya conozco el poder transformador de una buena convesación, es de lo que más disfruto.
¿Y fuera del trabajo? Pues me he dado cuenta de que en mi vida personal también tiene mucho peso esa necesidad constante de producir, y que todavía me cuesta priorizar el descanso, el ocio y el autocuidado en el mismo nivel de importancia que otras cosas «que hay que hacer». En cuanto me descuido, me lleno las tardes y los fines de semana de tareas que completar, para poder decir al llegar la noche que ha sido un día productivo… Pero lo bueno es que ahora ya soy consciente de ello, y poco a poco lo voy equilibrando, teniendo además cuidado de no caer en la culpa.
Y tú, ¿qué opinas? ¿Es importante para ti la productividad? ¿Y cómo la mides?
Tal y como os contaba en el post anterior, la semana pasada tuve la oportunidad de dar una charla sobre mi carrera profesional a una clase de estudiantes de instituto.
Me costó bastante preparar la presentación, por un lado porque en general me cuesta hablar de mí misma (y no me gusta ponerme como ejemplo de nada), y por otro, porque no tenía muy claro cómo expresar lo que quería transmitir. Ya tengo comprobado que el storytelling (contar historias) no es lo mío, así que tenía que buscarme otra manera.
Por suerte, un par de días antes de la fecha tuve una conversación con un amigo (¡gracias Quique!) que me ayudó mucho a ponerme en el lugar de esos adolescentes; estuvimos hablando de cómo a esas edades, solamente unos pocos suelen tener claro lo que quieren estudiar o a lo que se quieren dedicar, lo más habitual es no tener ni idea. Si a esto le sumamos la cantidad de opciones que hay para elegir (cada vez más) y la velocidad a la que está cambiando el mercado laboral, llegamos a unos grados de incertidumbre mucho mayores que los de las generaciones anteriores. Y claro, eso agobia.
Todo esto me dio una idea, una metáfora que poder utilizar para explicar lo que quería transmitirles…
Me acordé de Dora la exploradora.
Si alguna vez habéis visto un episodio de Dora, os acordaréis de que siempre tiene una misión que completar, un objetivo que conseguir, y por el camino se va encontrando pruebas y dificultades, pero al final siempre consigue llegar a la meta (¡y celebrarlo!).
¿Y qué es lo que tiene Dora (aparte de a su amigo Boots) que le ayuda a superar esas pruebas y dificultades?
Lo primero, un mapa.
El mapa le mostraba el camino a Dora al principio de cada episodio, casi siempre con tres lugares por los que tenía que pasar antes de llegar a su destino:
Claro, que el mapa de Dora siempre acertaba en todo, sabía exactamente lo que iba a haber por el camino… Por supuesto, en la vida real sabemos que «el mapa» (o sea, nuestro plan) sólo es orientativo, y que siguiendo el razonamiento del post de la semana pasada, lo más probable es que pase algo como esto:
Así que bueno, tal como yo lo veo, está muy bien tener un mapa, un plan, sobre todo al principio. Nos puede ayudar, nos puede orientar, pero no nos va a solucionar la vida, así que si no tenemos un plan, tampoco es el fin del mundo, ya irá apareciendo el camino.
Primer mensaje: no pasa nada si no tienes un plan, va a cambiar de todas maneras.
Pero entonces, ¿qué podemos hacer para prepararnos?
Y aquí llegamos al segundo objeto que siempre llevaba Dora, y que a mí me parece mucho más importante y más interesante que el mapa. ¿Os acordáis de lo que era?
Una mochila.
Una mochila llena de herramientas de todo tipo. Y cada vez que se le presentaba una dificultad, Dora abría la mochila y sacaba la herramienta perfecta para la ocasión, la que le permitía solucionar el problema.
Segundo mensaje: puede que no sepamos el camino exacto que nos tocará recorrer, pero sí que podemos ir preparando la mochila, e ir llenándola de herramientas que nos vayan a servir tanto para nuestro trabajo como para nuestra vida personal y nuestras relaciones.
Esas «herramientas» pueden ser:
Habilidades y talentos naturales que ya tenemos, y que podemos seguir trabajando y potenciando.
Cosas que aprendemos en un entorno formal (colegio, instituto, universidad, puesto de trabajo, etc.), y no me refiero sólo a lo que viene en los libros (que también), sino a muchas otras habildades que aprendemos al pasar por esas experiencias.
Cosas que aprendemos en entornos menos formales, y nosotros mismos buscamos: actividades extraescolares, aficiones, hobbies…
En definitiva, todo lo que vamos aprendiendo en los distintos entornos en los que nos movemos va pasando a formar parte de nuestra mochila. Y de todas esas herramientas, las que más útiles nos van a ser son las llamadas «habilidades transferibles» (transferrable skills en inglés), poque se pueden aplicar en cualquier ámbito profesional, y también personal. Os pongo aquí unos ejemplos de las más típicas:
Comunicación y presentaciones
Organización
Calidad y atención al detalle
Adaptabilidad al cambio
Colaboración y trabajo en equipo
Y mi favorita, en mi opinión la mejor, porque ayuda a potenciar todas las demás: auto-conciencia y gestión emocional.
¿Qué te parece esta idea de la mochila? ¿Qué herramientas tienes tú ya en la tuya? ¿Y cuáles te gustaría conseguir?
Una de las muchas cosas que me encantan de la empresa donde trabajo es que nos ofrece oportunidades para hacer voluntariado. Yo llevo unos años colaborando con Junior Achievement, una institución internacional que se dedica a poner en contacto a estudiantes de primaria y secundaria con profesionales del mundo corporativo.
La idea es que los voluntarios visitemos colegios e institutos para hacer formaciones y eventos con los chavales, no sólo por aportarles conocimientos nuevos (que también, en áreas como economía, negocios, ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas), sino sobre todo para servirles de modelo y de ejemplo, y que vean que permanecer en el sistema educativo merece la pena porque les da más probabilidades de encontrar un buen trabajo.
Otros años he dado cursillos sobre ciencia y tecnología y cosas así, pero esta semana me ha tocado hacer algo muy distinto: dar una charla sobre mi carrera profesional a una clase de estudiantes de instituto, para inspirarles en este momento tan crucial de empezar a decidir qué hacer con su vida.
Mi carrera profesional.
Veinte años, más o menos, desde que empecé a trabajar.
La verdad es que al principio no tenía muy claro qué les podía contar que les resultara inspirador, o al menos, medianamente útil… ¿De qué les podría servir mi ejemplo? ¿Qué he aprendido yo durante todos estos años que merezca la pena contar? ¿Qué me hubiera ayudado escuchar a mí cuando tenía su edad? Poco a poco fui rascando, rascando, y fue apareciendo un hilo conductor, una idea, un mensaje, que quiero también compartir con vosotros:
Este diagrama ilustra muy bien «cómo se supone que es la vida» (una línea perfecta entre el punto de partida y el destino) frente a «cómo es la vida en realidad» (una línea toda enrevesada y retorcida, llena de curvas, ,giros y hasta bucles desde el punto de partida hasta el destino).
Con la carrera profesional, como con cualquier otra cosa en la vida, esto se cumple: yo misma me di cuenta preparando la presentación de que había dibujado mi trayectoria como una flecha perfecta de izquierda a derecha, con hitos importantes a intervalos regulares, cuando en realidad sí que ha tenido cambios y giros, muchos de ellos inesperados, que me llegaban desde fuera, pero también algunos que yo misma decidí iniciar desde dentro.
Por suerte, la presentación también debía incluir una sección de «éxitos y fracasos», y ahí es donde aproveché para explicar algunos de esos cambios y giros a lo largo de los años, que según se miren, se pueden considerar fracasos, en el sentido de que las cosas no me salieron como yo me esperaba.
Y digo «según se miren», porque esta visión tan en blanco y negro de que las cosas o bien son un éxito o un fracaso no me parece muy acertada, yo prefiero verlo más bien así:
En este otro diagrama vemos «lo que piensa la mayoría de la gente», que es que el éxito y el fracaso son mutuamente excluyentes, y que el fracaso te desvía del camino del éxito, frente a «lo que sabe la gente exitosa», que es que lo que llamamos fracaso no es más que feedback que nos indica por dónde no hay que ir, para que podamos ir probando otras rutas y acabar encontrando el camino acertado, el camino del éxito.
Y esto sí que creo que me hubiera venido genial escucharlo hace veinte años: que no pasa nada por equivocarse (en el trabajo y en la vida en general), que meter la pata de vez en cuando es normal, y que es hasta necesario, porque nos permite aprender e ir avanzando en la vida, ir encontrando nuestro propio camino.
Y a ti, ¿qué te parecen estos dos diagramas?
Si llevas ya unos años en el mundo laboral, ¿se cumplen estas hipótesis también en tu caso? ¿Qué forma tendría tu trayectoria profesional, si la dibujaras? ¿Qué curvas, desvíos o bloqueos te has ido encontrando por el camino?
Y si llevas poco tiempo trabajando, o no has empezado todavía, ¿qué sientes al oir que tu carrera profesional probablemente sea así de caótica? ¿Y qué crees que te ayudaría a prepararte un poco mejor?
La semana que viene os contaré otra cosa que también se me ocurrió para la charla: una manera de plantearos vuestra carrera que espero que os dé algunas ideas y herramientas prácticas.
Dicen los expertos que una de las cosas que más nos ayudan a mantenernos sanos mental y emocionalmente es el seguir aprendiendo toda la vida; el aprender cosas nuevas que nos interesen y que disfrutemos no sólo nos da conocimientos nuevos, sino también motivación, flexibilidad y apertura de mente.
Yo no sabría deciros cuándo empecé a interesarme por temas de crecimiento personal. En parte creo que fue a raíz de mudarme de España a Irlanda, ya que en muchos sentidos estaba empezando una vida nueva. Luego en estos últimos años, concretamente a partir de la pandemia, se han multiplicado exponencialmente tanto mi interés en estos temas como el número de temas como la cantidad de tiempo y atención que les dedico; pero en el fondo creo que la inquietud empezó mucho, muchísimo antes.
Recuerdo por ejemplo que me gustaba mucho la asignatura de filosofía cuando la dábamos en el colegio (en 3º de BUP, para los de mi época), y que incluso me leí una novela sobre historia de la filosofía que nos recomendó el profesor: El mundo de Sofía, y también me encantó.
Muchos años después, me he vuelto a tropezar con el mundo de la filosofía, esta vez a través de un curso de estoicismo y eneagrama (súper recomendable, como todos los de Autognosis) que acabo de terminar esta semana.
La verdad es que lo he disfrutado un montón, y lo mejor es que se trata de una filosofía muy práctica: una serie de principios que podemos aplicar a nuestro día a día para conseguir ser más felices y sufrir menos. Ahora quizá nos parezca que la filosofía es algo teórico y rebuscado sobre lo que hablar (¡filosofar!) hasta el infinito, tan alejado de la realidad cotidiana que no sirve para que cambie nada. Pero los antiguos griegos y romanos lo veían de otra manera: la filosofía era algo mucho más tangible, era su forma de guiarse por la vida. Los filósofos eran los terapeutas y coaches de aquella época.
A las enseñanzas y reflexiones del estoicismo se les puede sacar mucho jugo, ya os iré contando cosillas a medida que vayan surgiendo. De momento, hoy os quiero dejar con un texto que quizá reconozcáis, y que es relativamente reciente, pero que tiene mucho que ver con uno de los principios del estoicismo, y que a mí me resuena especialmente: la dicotomía del control.
La dicotomía del control nos advierte de lo inútil que es gastar energías en intentar dominar lo que está fuera de nuestro control, y nos anima a centrarnos en lo que sí podemos controlar, para así frustrarnos menos y además conseguir mejores resultados. Y partiendo de esa base, la oración de la serenidad nos viene que ni pintada:
Señor, concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las cosas que sí puedo, y sabiduría para reconocer la diferencia.
Reinhold Niebuhr
Por cierto, me acabo de acordar de que en esa misma asignatura de filosofía del colegio fue donde me explicaron por primera vez lo que era la mayéutica de Sócrates, uno de los fundamentos del coaching moderno 🙂
Hoy me han preguntado por las diferencias entre hacer un proceso de coaching e ir al psicólogo, y me ha parecido un tema interesante para comentar aquí. En las profesiones dedicadas a la ayuda y el acompañamiento a veces se confunden o se difuminan los términos, y me gustaría explicaros la diferencia fundamental que yo veo, basándome en mi experiencia y en lo que he leído y oído de los expertos, sin meterme demasiado en detalle ni pretender tener la verdad absoluta (que yo no soy psicóloga).
Por lo que tengo entendido, la psicología clínica (o psicoterapia) se centra mucho en analizar cosas que ocurrieron en el pasado, sobre todo cuando hay traumas o trastornos, para sanar las heridas que se produjeron en un determinado momento. En contraste, el coaching trabaja con la parte sana de la persona (y la inmensa mayoría de nosotros estamos sanos, simplemente andamos un poco confundidos por la vida).
El coaching se centra mucho en el presente y en el futuro: dónde está la persona en este momento, adónde quiere llegar, y cómo puede ir progresando para acercarse a su objetivo. Sólo miramos hacia el pasado de vez en cuando, y cuando lo hacemos, es para rescatar recursos que la persona ya tiene y que le han funcionado en otras ocasiones, para ver cómo puede aplicarlos a este nuevo reto al que se enfrenta ahora.
A mí esto me lo explicaron usando la metáfora de un coche, donde tenemos el parabrisas, que es muy grande y nos permite ver todo lo que tenemos delante, y donde también están los retrovisores, que son mucho más pequeños. Podemos mirar un poco hacia atrás cuando nos haga falta, pero lo más importante es mirar hacia adelante, y avanzar.
Pero eso no significa que el coaching se quede en un nivel superficial; todo lo contrario. A lo largo del camino, siempre que la persona se haga responsable de su proceso y esté dispuesta a profundizar, irá descubriendo muchas cosas sobre sí misma, y sobre lo que de verdad le está impidiendo avanzar en la dirección que quiere, o a la velocidad que le gustaría. Todo esto no surge de la noche a la mañana, requiere un proceso: primero darse cuenta de lo que le está pasando, y luego hacer el trabajo necesario para cambiar esa situación, sabiendo que el camino también tendrá sus altibajos, y que lo más valioso en realidad no es llegar rápido a la meta, sino aprender y evolucionar por el camino.
Dicho todo esto, quiero compartir con vosotros un ejercicio de coaching que yo utilizo mucho, y que sí que mira al pasado, de la manera que ya os he explicado. Se basa en que muchas veces, cuando nos enfrentamos a un nuevo reto, nos falta confianza en que vayamos a poder conseguirlo, y nos olvidamos de que ya hemos conseguido otras muchísimas cosas en la vida. Nos entra amnesia de logros. Así que el ejercicio consiste precisamente en recordarlos, en hacer un listado de logros:
Coge papel y lápiz, y dedica tres minutos a escribir todo lo que se te ocurra que hayas conseguido en la vida. Cuantas más cosas mejor, da igual que sean grandes o pequeñas: desde aprender a caminar o a conducir hasta dar a luz a un hijo, conseguir un trabajo, cambiarte de casa o hacer una buena tortilla de patatas (que es algo que yo admiro profundamente porque no se me da nada bien 🙂 ).
Una vez acabado el tiempo, dedica otros tres minutos a escribir las capacidades, habilidades y talentos que tienes y que te han permitido conseguir todos esos logros.
Luego repasa en voz alta tu lista de logros, junto con la de capacidades, habilidades y talentos, y date cuenta de todo lo que puedes conseguir cuando te lo propones.
Este ejercicio también funciona muy bien en parejas, con una persona que apunte mientras la otra va listando logros en voz alta. Lo de limitar el tiempo ayuda a sacar muchas ideas rápidamente, en vez de ponernos a buscar grandes logros y pensar demasiado. No buscamos perfección ni excelencia: buscamos cantidad, situaciones variadas que ya hemos superado, objetivos que ya hemos conseguido, y de los que podemos sentirnos orgullosos 🙂
Y tú, ¿de qué te sientes orgulloso cuando miras por el retrovisor de tu vida?
¿Qué se te pasa por la cabeza al oír la palabra «éxito»?
Yo, hasta hace relativamente poco, siempre tuve la sensación de que el éxito era algo que me quedaba como muy grande, y que era para otras personas, no para mí. Yo hacía cosas normales, no extraordinarias, y por lo tanto, no se me ocurría nada que yo hubiera conseguido y que pudiera considerarse un éxito.
Recuerdo que no me gustaba nada la típica pregunta en inglés de «what does success look like?», porque nunca era capaz de contestarla. Torpemente traducida al español, sería algo así como: «¿Qué pinta / qué aspecto tiene el exito?». Y yo no tenía ni idea.
Ahora, después de los años y con más conocimientos de crecimiento personal, al menos ya entiendo de qué va la pregunta. Se trata de visualizar el resultado.
Es un concepto que se utiliza mucho en coaching: el primer paso siempre es definir una meta, un objetivo, algo que quieres conseguir. Pero, ¿cómo vas a saber que lo has conseguido? ¿Cuál será esa nueva situación que tanto deseas? ¿Qué verás, que oirás, que sentirás cuando llegue ese momento? Cuantos más detalles, mejor.
Esto es importante por dos razones: por un lado, porque cuanto mejor definamos ese estado deseado, más fácil nos resultará llegar a él (o al menos acercarnos), puesto que le estaremos dando a nuestro cerebro instrucciones claras de lo que estamos buscando. Y por otro, porque cada uno tenemos nuestros valores, nuestras prioridades y nuestra forma de ver la vida, y todos ellos influyen muchísimo (o deberían influir) en el tipo de resultados que queremos obtener, y en cómo valoramos esos resultados.
Así que, para cada situación concreta en la que estemos trabajando, viene muy bien plantearnos qué es lo que queremos conseguir realmente, teniendo en cuenta que a lo mejor hay que escarbar un poquito para llegar a la verdad: ¿qué me va a aportar el conseguir este objetivo? ¿Hasta dónde tengo que llegar para considerar que he tenido éxito? Y esa medida, ¿de dónde viene? ¿Quién la pone? ¿Estoy haciendo algo que de verdad es importante para mí, o estoy tratando de cumplir expectativas?
Lo cual me lleva a la cita de hoy, que una vez más suena mucho mejor en inglés que en español, pero que aquí he traducido un poco libremente y espero que se entienda:
El éxito no tiene que ver con cómo tu vida se ve desde fuera, sino con cómo la sientes tú desde dentro.
Michelle Obama
Y para ti, ¿qué significa tener éxito, en este momento concreto de tu vida?
Hoy me ha tocado llevar el coche a la NCT (National Car Test), el equivalente irlandés a la ITV española (Inspección Técnica de Vehículos). Ha salido que estaba todo bien menos una cosa: los «ball joints» de alante a la derecha, que están muy gastados y hay que cambiarlos. Yo de mecánica tengo que confesar que no tengo ni idea, y menos aún en inglés, así que por mucho que el diccionario me diga que en español se dice «rótulas», a mí como si me dicen que es la junta de la trócola 😀 Menos mal que los del taller sí que saben.
En fin, que pensando en este tema, se me ha ocurrido que a mí tampoco me vendría mal una revisión anual, y no me refiero a la del médico, el dentista o el oculista (que también), sino a evaluar un poco el momento en el que estoy en mi vida, qué tal me va, con qué estoy contenta y con qué no, y qué me gustaría cambiar.
Esto se puede hacer de muchas maneras; yo hoy he utilizado una herramienta que es muy sencilla pero también muy potente: la rueda de la vida.
Es una representación gráfica de cómo valoramos la situación actual en distintos aspectos de nuestra vida. Hay muchas versiones con distintas categorías, escalas, etc. La idea es elegir las áreas que uno crea más relevantes, ponerlas alrededor de un círculo, puntuarlas, y luego rellenar la «telaraña» que nos queda para hacernos una idea de la superficie que ocupa:
En este ejemplo yo he utilizado una escala del cero al diez, y he puesto ocho categorías en los ocho radios del círculo:
Casa / hogar / familia
Salud
Trabajo
Amigos
Amor / relaciones
Dinero
Aficiones / hobbies
Crecimiento personal
Como veis, es un ejercicio muy sencillito y muy visual, pero ya os podréis imaginar que se le puede sacar mucho jugo, si de verdad estamos dispuestos a sincerarnos y profundizar.
Después, una vez que ya tenemos esa «foto» de la situación actual, con la información que haya salido podemos trabajar de muchas formas. Lo ideal es que las distintas áreas de nuestra rueda estén más o menos equilibradas, y así poder «rodar» suavemente y sin esfuerzo. ¿De dónde «cojea» más mi rueda? ¿Hay alguna zona que necesite atención inmediata? ¿Qué puedo hacer para que esté más alineada?
Y si no hay nada que destaque especialmente pero las puntuaciones son bajas en general (o aunque sean altas, siempre hay hueco para mejorar): ¿Dónde me gustaría estar dentro de un año en cada una de estas áreas? ¿Y qué podría empezar a hacer ya para irme acercando a esa puntuación deseada? Una vez hecha la lista de posibles acciones, es mejor priorizar y centrarse sólo en dos o tres para empezar; ya habrá tiempo después de volver a por más.
¿Qué opinas de este método para hacer el chequeo anual? ¿Conocías ya la rueda de la vida, en este formato o en otro? ¿Qué áreas o categorías no he mencionado y te parecen importantes?
El principio de curso y el principio de año son dos épocas muy típicas en las que aprovechamos para empezar nuevos proyectos, crear nuevas rutinas, aprender cosas nuevas… En definitiva, para empezar una nueva etapa de nuestra vida, de una manera u otra.
Es cuando nos ponemos en movimiento otra vez, después de un paréntesis vacacional.
Pero, ¿nos hemos planteado alguna vez qué es lo que nos mueve?
La palabra motivación viene del latín motivus, que significa «movimiento», y es la fuerza que nos empuja a ponernos en marcha para conseguir lo que queremos. Hay muchas teorías y explicaciones súper interesantes sobre la motivación, y ya os iré contando más cosas en artículos futuros, pero hoy me gustaría centrarme en una de las observaciones que hace la PNL (Programación Neurolingüística) sobre este tema.
Gran parte de la PNL se basa en identificar patrones de pensamiento y de lenguaje, y trabajar con ellos para obtener mejores resultados en nuestra vida. Concretamente, los llamados metaprogramas son patrones que indican nuestras preferencias naturales a la hora de motivarnos y de realizar tareas: por ejemplo, algunos de nosotros estamos más orientados a «ir hacia» aquello que queremos conseguir, mientras que otros nos enfocamos más en «alejarnos de» lo que queremos evitar (en inglés, «towards» versus «away from»).
Esto resulta muy útil a la hora de encontrar la manera idónea de motivarnos y motivar a los demás, tanto en el terreno personal como en el laboral: ¿Qué es lo que más me importa realmente cuando pienso en este objetivo o reto ante el que me encuetro? ¿Alcanzar un alto nivel de calidad y satisfacción del cliente, o asegurarme de que no haya problemas ni quejas? ¿Conseguir el éxito, o evitar el fracaso? ¿Conseguir el placer, o evitar el dolor? Los dos planteamientos son perfectamente válidos, y probablemente uno nos resonará mucho más que el otro, nos empujará más a la acción.
También, cuando trabajamos con un equipo o nos dirigimos a un grupo de personas, conviene incluir los dos enfoques, para asegurarnos de que el mensaje llega bien a todo el mundo: «Esta nueva app marcará un antes y un después para nuestro producto. Si seguimos adelante con la implementación, podremos multiplicar nuestras ventas y llegar a ser líderes de mercado; si no, nos quedaremos estancados y nos adelantará la competencia».
Otro ejemplo que se me ocurre de este doble argumento son algunas citas motivacionales, como por ejemplo ésta que tengo por casa, y que según internet se atribuye a Mark Twain:
Dentro de veinte años estarás más decepcionado por las cosas que no hiciste que por las que hiciste. Así que suelta amarras, navega lejos de la seguridad del puerto, aprovecha los vientos alisios. Explora. Sueña. Descubre.
¿Qué te parecen estos dos enfoques de la motivación? ¿Con cuál de los dos te identificas más?
Este fin de semana me ha invitado una antigua compañera (¡gracias Eli!) a participar en un directo de Facebook sobre la importancia del autoconocimiento. Aquí tenéis el contenido que preparé para la sesión, espero que os resulte interesante; algunas cosas ya me las habréis oído decir en otras ocasiones.
Hoy quiero hablaros de la importancia del autoconocimiento, para la vida en general y para un proceso de coaching en particular. ¿Por qué? Porque el autoconocimiento nos ayuda a encontrar mejores soluciones a nuestros problemas.
¿Has tenido alguna vez un problema (con la familia, la pareja, los amigos, el trabajo…) y no has sabido inicialmente cómo solucionarlo? A lo mejor te han entrado ganas de quejarte y echarle la culpa a los demás, pero, ¿eso ha solucionado el problema? Probablemente no.
Quizá hayas recurrido a pedir consejo, a preguntarle a otros lo que deberías hacer. ¿Y eso ha solucionado el problema? Puede que sí, puede que no. Porque la solución que le funciona a otra persona no necesariamente le funciona a otra, y aunque te den un consejo con las mejores intenciones, puede que no sea lo más adecuado para tu situación.
Hoy vamos a ver una propuesta alternativa, una estrategia diferente frente a nuestros problemas, para facilitar que la solución surja desde dentro, en vez de venir desde fuera. Y esa propuesta es el autoconocimiento.
Conócete a ti mismo. Esta famosa frase estaba inscrita a la entrada del templo de Apolo en Delfos, en la antigua Grecia. Antes de plantear cualquier consulta a los dioses, se invitaba al viajero a investigar su propia esencia, a comprenderse a sí mismo como punto de partida para comprender mejor el mundo, y así poder tomar decisiones más acertadas.
Hoy en día tenemos versiones modernas del oráculo de los dioses: tenemos terapeutas, coaches, libros de autoayuda, y todo tipo de fuentes de información. La ventaja de un proceso de coaching frente a un libro de autoayuda es que el proceso de coaching es mucho más personalizado: se centra en la persona y en su objetivo concreto, que puede ser resolver un problema, superar un reto o alcanzar una meta determinada. En definitiva, hacer un cambio en su vida.
Pero hacer cambios que realmente nos funcionen y sean duraderos no siempre es fácil, de hecho nos cuesta bastante. ¿Por qué? Porque las personas somos como un iceberg.
Lo que vemos de una persona es sólo una mínima parte, menos del 10%. Vemos el entorno en el que se mueve, y vemos su comportamiento ante determinadas situaciones, pero no tenemos ni idea de las razones que hay detrás, de sus motivaciones, sus miedos, y tantas otras cosas que conforman su realidad.
Y lo mismo es cierto de nosotros mismos, aunque nos cueste creerlo: gran parte del tiempo funcionamos en piloto automático, tomando decisiones inconscientes, y si queremos que las cosas cambien, tenemos que profundizar en ese iceberg y hacer conscientes esas partes de nosotros que no conocemos realmente. De eso es de lo que trata el autoconocimiento.
Este iceberg metafórico lo describió Robert Dilts a través de lo que el llamó niveles neurológicos. Los dos primeros niveles (entorno y comportamiento) son conscientes, y todos los demás son inconscientes a no ser que los trabajemos. Podemos empezar a explorarnos desde el comportamiento, que entra dentro de lo consciente; y poco a poco ir buceando para descubrir cada nivel:
Comportamiento: ¿Cómo reacciono ante determinadas situaciones? ¿Qué me hace saltar? ¿Qué patrones encuentro?
Capacidades: ¿Qué se me da bien, y qué no? ¿Qué habilidades tengo que trabajar?
Creencias: ¿Qué historias me estoy contando sobre mí mismo y sobre el mundo? Y esas historias, ¿me ayudan o me perjudican?
Valores: ¿Qué es lo que considero más importante en mi vida? ¿Estoy honrando esos valores en mi día a día?
Transpersonal: ¿Qué sentido quiero dar a mi vida? ¿Qué legado quiero dejar?
A medida que vamos profundizando en los niveles del iceberg, nos vamos comprendiendo mucho mejor, y vamos encontrando explicaciones a lo que nos pasa. Y cuanto más profundo sea el nivel al que iniciamos un cambio en nuestra vida, más efectivo, estable y duradero será, y más sencillo nos resultará.
Por ejemplo: si yo trato de dejar de fumar a base de fuerza de voluntad, me va a costar mucho, y si todavía me veo como fumador, en cualquier momento puedo recaer. En cambio, si consigo verme como no fumador, como una persona libre de tabaco, esa nueva identidad me lo va a poner mucho más fácil, ya no tengo que luchar conmigo mismo para sostener ese cambio.
Estupendo, hasta aquí todo muy bien (espero), ya nos sabemos la teoría 🙂 Pero en la práctica, ¿por dónde empezamos? ¿Cómo hacemos para conocernos mejor?
La clave está en la auto-observación, estar atentos para darnos cuenta de lo que pasa cuando funcionamos en piloto automático: qué pensamientos nos suelen venir a la cabeza, en qué situaciones nos encontramos a gusto y en cuáles no, cómo reaccionamos cuando nos pasan ciertas cosas, etc.
A partir de ahí, aparcamos el juicio, y con curiosidad, vamos tirando del hilo para averiguar qué hay detrás: ¿Qué me está motivando para actuar así? ¿Qué miedo o necesidad estoy sintiendo? ¿Me ha pasado otras veces algo parecido?
Así vamos descubriendo patrones que nos muestran cómo nos relacionamos con nosotros mismos, con los demás y con el mundo, y nos dan mucha información sobre nuestra forma de entender la vida y las estrategias que utilizamos (con o sin éxito) para resolver problemas.
También podemos utilizar ciertas herramientas que nos ayuden a identificar patrones propios de nuestra personalidad. Pero no para etiquetarnos y justificarlo todo con esa etiqueta, sino porque esa información nos va a dar más libertad, nos va a permitir adaptarnos a nuestra propia naturaleza en lugar de luchar contra ella.
Quiero que quede muy claro que cada persona es un mundo, y hay muchísimos factores que influyen en la personalidad. Las herramientas de autoconocimiento son sólo eso, herramientas, aproximaciones, no una clasificación rígida ni la verdad absoluta. Son pinceladas de conocimiento que nos pueden ayudar a comprendernos mejor, si las utilizamos adecuadamente.
Os menciono aquí mis herramientas favoritas, son todas fascinantes, ya iremos hablando de ellas con más detenimiento:
Desde la PNL, además de los niveles neurológicos de Robert Dilts, nos llegan los sistemas representacionales, que son las tendencias que tenemos a apoyarnos en unos sentidos más que en otros a la hora de relacionarnos con el mundo (visual, kinestésico, auditivo y digital).
La morfopsicología estudia la relación entre los rasgos faciales y la personalidad, concretamente en cuanto al temperamento (nuestras capacidades innatas). El rostro es la única parte del cuerpo humano que está conectada directamente con el cerebro, y por eso la configuración de nuestra cara refleja en cierto modo el funcionamiento de nuestra mente.
El eneagrama es un estudio de la personalidad desde el punto de vista cognitivo: explica nueve maneras de entender la vida (los llamados eneatipos, que se representan con números del 1 al 9), el deseo básico en el que se centra cada eneatipo, y el conjunto de estrategias que desarrolla cada eneatipo para conseguir satisfacer su deseo básico.
La teoría de los instintos complementa al eneagrama. Nos habla de cómo los instintos naturales que hemos heredado de los animales se pueden agrupar en tres categorías, y de que cada uno de nosotros le damos más importancia a uno de esos tres sesgos instintivos (conservación, social y sexual/transmisor).
En resumen: el autoconocimiento es un viaje hacia nuestro interior que nos permite descubrir cómo funcionamos realmente y cómo interactuamos con el mundo, para así poder encontrar soluciones que de verdad se adapten a nosotros y nos funcionen.
A través de la observación, la curiosidad y el uso de herramientas, vamos descubriendo patrones que explican por qué nos pasa lo que nos pasa. Y cuanto mejor nos conocemos, más nos comprendemos, y menos nos juzgamos. Ya no nos machacamos por volver a tropezar con la misma piedra, porque entendemos cómo nos ocurre, y podemos adquirir herramientas para gestionarlo.
Cada persona es un mundo, y el autoconocimiento nos ayuda a muchos niveles, desde los problemas concretos del día a día hasta el llevar una vida más libre y más feliz, más acorde con nuestra naturaleza, y con mucho menos sufrimiento.
¿Y ahora qué? Ahora, la decisión es tuya: ¿quieres seguir buscando soluciones genéricas a tus problemas, echándoles la culpa a los demás cuando no funcionen, o quieres encontrar lo que realmente va contigo?
Aviso: el camino del autoconocimiento no siempre es fácil, hay que ser valiente para atreverse a mirar hacia adentro. Algunas de las cosas que te vas a ir encontrando van a doler un poquito, van a escocer, y además ¡ya no vas a poder recurrir a las excusas! Incluso en algunos momentos puede que sientas que tu mundo se tambalea un poco: esa es la señal de que estás creciendo y evolucionando, se están recolocando las capas más profundas de tu iceberg.
Lo que sí te puedo asegurar es que es un viaje interesantísimo, y que dura toda la vida, no se acaba nunca. Es como un videojuego: cada vez que aprendes algo nuevo y superas una pantalla, la vida te pone por delante el siguiente nivel, para que sigas ganando puntos en sabiduría y en libertad 🙂
Y hasta aquí el artículo de hoy, gracias por llegar hasta el final. ¿Te ha picado la curiosidad? ¿Te animas a emprender este viaje fascinante hacia las profundidades de tu iceberg?