Una vez más, llega el domingo y me siento a escribir el artículo de la semana, repasando mentalmente los últimos siete días. La verdad es que de lunes a viernes tuve un montón de ajetreo, entre viajes, oficina, tareas varias y algún que otro virus que que se pasó por nuestra casa, así que estaba deseando que llegaran el sábado y el domingo para poder «vaguear».

Pero claro, como suele pasar, durante el fin de semana también había cosas que hacer, empezando por llevar a mi hija mayor al aeropuerto a las seis de la mañana el sábado…
Normalmente, habría aprovechado el levantarme temprano para seguir haciendo cosas «productivas» todo el día, pero como sé que así muchas veces acabo igual de cansada (o más) los fines de semana que los días de diario, esta vez decidí intencionadamente tomarme ratos para descansar y relajarme a lo largo del día. Y me acordé una vez más de aquella pregunta que me hizo mi amiga Marilyn hará un par de años, al poco de conocernos:
Oye, y tú, ¿cuándo paras?
Recuerdo que me sorprendí muchísimo, porque no era para nada consciente de ese comportamiento mío. Pero aquella pregunta me abrió los ojos; a partir de entonces empecé a observarme y descubrí que tenía toda la razón: a menudo no paraba en todo el día. ¿Cómo no iba a acabar cansada? En mi cabeza siempre había una larga lista de cosas por hacer, incluso aunque la redujera a lo que yo consideraba lo mínimo imprescindible.
Una vez que ya somos conscientes de un determinado comportamiento, si queremos, tenemos el poder de cambiarlo, por ejemplo si es algo que a la larga nos perjudica, como trabajar demasiado y no descansar lo suficiente.
¿Y cómo lo cambiamos? Pues escarbando un poquito para ver qué creencias se esconden tras ese comportamiento, siguiendo la pista de nuestro propio lenguaje, de la forma en la que nos hablamos a nosotros mismos.
En el ejemplo concreto que os contaba, la pista está en la palabra «vaguear». Inconscientemente, mi mente piensa: si yo vagueo, es porque soy una persona vaga y perezosa. ¡Pero yo no quiero ser una vaga! Quiero ser una persona productiva, útil para la sociedad. Así que mentalmente me machaco y me digo: «haz algo útil», y eso es lo que hago, cosas «útiles» y «productivas», una detrás de otra, un día detrás de otro, hasta que ya no puedo más.
¿Y eso me ayuda? Pues no, para nada, porque aunque a corto plazo sí que vaya consiguiendo cosas, a largo plazo no es sostenible. En algún momento hay que descansar, desconectar y disfrutar de la vida un poquito, o si no, las consecuencias pueden ser muy graves. Y aquí es donde me toca cambiar el chip y darme cuenta de que el descanso no es pereza, es autocuidado, y que el autocuidado es absolutamente imprescindible para llevar una buena vida.
Es más, sólo cuando nos cuidamos (a través de la dieta, el ejercicio, el descanso, la conexión con nosotros mismos y con los demás…) tenemos la energía suficiente para seguir adelante y ayudar a otros, con lo cual mi objetivo inicial de ser una persona productiva y útil a la sociedad se acaba cumpliendo mucho mejor de manera indirecta, y además disfrutando por el camino.
Y a ti, ¿qué tal se te da el tomarte de vez en cuando un merecido descanso? Espero que en estos días de Semana Santa encuentres hueco para cuidarte y desconectar, sea de la forma que sea.


