Un año de BinaryWords

¡BinaryWords 2.0 cumple este mes su primer añito!

Doce meses escribiendo, más de cincuenta posts publicados, siempre con todo mi cariño e ilusión 🙂

Para mí ha sido un año lleno de cambios, unos más visibles que otros: decisiones, nuevos retos, mucho aprendizaje… Empezar a trazar un nuevo camino. Y lo mejor de todo es que esto no es más que el principio.

Estoy ya trabajando en la siguiente versión de esta web, la 3.0. El blog seguirá, por supuesto, pero también habrá otros elementos, entrando más de lleno en el mundo del coaching y el desarrollo personal.

Así que aprovecho esta oportunidad para darte las gracias otra vez, querido/a lector/a, por estar ahí semana tras semana, tú eres la razón por la que escribo este blog. Y también para pedirte que, si te parece bien, como regalo de cumpleaños me envíes tu feedback, que me ayudará un montón con mis próximos pasos.

Aquí tienes unas cuantas preguntas, por favor siéntete libre de añadir o quitar lo que te parezca oportuno:

  • ¿Cómo llegaste a este blog, y qué fue lo que te hizo quedarte?
  • ¿Cuál es tu post favorito hasta la fecha, y por qué?
  • ¿Sobre qué otros temas te gustaría ver contenidos publicados?
  • ¿Cuál es el mayor reto al que te enfrentas en este momento?

Estoy deseando leer tu respuesta, tu regalo. Puedes responder con un comentario aquí mismo en el post, contactar conmigo por las redes sociales, o escribirme un email a binarybea@binarywords.com.

¡Mil gracias!

Y allá vamos, a por el segundo año 😉

¡A cantar! (y bailar)

Una frase que me impactó mucho cuando la descubrí hace años (¡gracias Gleb!) fue ésta:

No music, no life.

Que viene a ser más o menos «sin música, no hay vida». Muy radical… Y seguramente muy cierto.

Porque, ¿A quién no le gusta la música? Vale, puede ser que no coincidamos todos en gustos musicales, y es que tampoco tenemos por qué, gracias a eso existe tanta variedad de estilos. Pero no podemos negar que la música tiene el poder de conectarnos, de hacernos vibrar, de emocionarnos. Es un lenguaje universal. Y si además le añadimos movimiento, todavía más.

Yo no sé tocar ningún instrumento (a no ser que cuenten lo poco de flauta que aprendí en el cole y las cuatro melodías que tocaba con mi teclado Casio PT-1), pero lo que sí me gusta mucho es cantar. En el trabajo tenemos la suerte de tener un coro, y este mes hemos empezado a cantar juntos otra vez en persona, ¡qué ilusión! 🙂

El primer día de ensayo presencial, después de dos años cantando por Zoom a micro cerrado y sin poder escucharnos unos a otros, nos llevamos la agradable sorpresa de que no sonábamos tan mal. Y el segundo día, la sorpresa fue tener que aprendernos una mini coreografía para nuestra canción… Toma ya, doble reto para el cerebro: cantar sin mirar la letra, ¡y hacer los pasos de baile al mismo tiempo! Nos hubiera venido muy bien tener un poco más de espacio (estábamos algo apretujados ensayando) y un espejo grande como en las clases de ballet, pero bueno, yo diría que nos apañamos bastante bien.

Fue una sensación estupenda la de volver a conectar y disfrutar juntos de la música, cantando y moviéndonos al compás. No estamos todavía para poder actuar ni mucho menos, pero esa no es la cuestión (aunque todo llegará, espero). La recompensa que nos llevamos de cada ensayo es un subidón enorme de energía y buen rollo, y empezar la tarde de trabajo mucho más relajados y sonrientes.

Así que, si quieres, te propongo un experimento. La próxima vez que te sientas abatido, atascado en un problema, o de alguna manera bajo de energía, ponte un poco de música, empieza a moverte, y mira a ver qué pasa 🙂

Desde aquí

Hace tiempo oí un chiste que es supuestamente irlandés, aunque por lo visto hay muchas versiones de distintos países: un turista que anda perdido por una zona rural se para a preguntarle a un paisano cómo llegar a una ciudad determinada (pongamos Cork), y el paisano, después de pasarse un buen rato haciéndose un lío con sus propias indicaciones, al final le dice: «bueno, es que si yo quisiera ir a Cork, ¡no empezaría por aquí!».

Vale, está claro: a veces desearíamos que las cosas fueran diferentes. Querríamos estar «en otro sitio», haber llegado ya adonde creíamos que deberíamos llegar. O quizá preferiríamos haber tomado un camino distinto. Pero el caso es que, dondequiera que sea que estemos ahora, ése es nuestro «aquí», no hay más vuelta de hoja.

Así que tenemos dos opciones: seguir quejándonos por estar donde estamos y por cómo hemos llegado hasta aquí, o aprender de ello y empezar de una vez a caminar hacia donde queremos estar.

Aquí va una cita anónima que creo que lo resume bien:

Aunque no puedes volver atrás y empezar otra vez, puedes empezar desde ahora y tener un final totalmente nuevo.

Y tú, ¿dónde estás, y adónde quieres ir? ¿Y quieres seguir perdiendo el tiempo dándole vueltas, o estás ya listo para empezar a caminar?

Jugando a las damas

Mi hija Eva, de siete años, está aprendiendo a jugar a las damas. Bueno, creo que ya había jugado alguna vez hace tiempo, pero por alguna razón llevábamos mucho sin jugar, y se le habían olvidado las reglas.

Jugar con Eva me trajo muchos recuerdos de cuando yo de pequeña jugaba a las damas con mi hermana Cristina, que fue quien me me enseñó. ¡Y vaya palizas que me daba! No recuerdo haberle ganado nunca… En mi defensa diré que es seis años mayor que yo, y de pequeños, esa diferencia de edad se nota mucho. Ahora parece ella más joven que yo, pero eso ya es tema para otro post 🙂

El caso es que una de las cosas que más recuerdo era la cara de tonta que se me ponía cuando no lo veía venir, y de pronto ella me comía dos o tres piezas de un tirón. Creo que no era exactamente el perder lo que me hundía (perder a los juegos nunca me ha importado demasiado), sino la sensación de impotencia de no saber jugar bien, y de no poder hacer nada para remontar la partida.

Y claro, ahora la que siente esa impotencia, partida tras partida, es Eva. No sabe lo bien que la comprendo.

Todos hemos pasado por experiencias parecidas, cuando empezamos a aprender algo nuevo y se nos da fatal, o al menos eso creemos; en realidad es que todavía no sabemos hacerlo, es esa fase del aprendizaje que llamamos de incompetencia consciente. Es algo inevitable. Y puede ser muy, muy frustrante, sobre todo cuando hace mucho que no salimos de nuestra zona de confort, y estamos acostumbrados a que las cosas nos salgan bien. A nadie le gusta sentirse torpe e inútil, como un pez fuera del agua.

Pero se nos olvida que todo aprendizaje necesita su proceso, y eso lógicamente lleva su tiempo. Lo importante es seguir practicando, tener perseverancia, e ir aprovechando los «errores» para mejorar la técnica, la estrategia, o lo que sea que nos haga falta.

A mí los juegos de mesa siempre me han parecido un buen ensayo para la vida, una buena manera de aprender habilidades que luego podemos aplicar a cualquier otra cosa. Pensando en el ejemplo de esta semana con las damas, se me ocurren unas cuantas cosas:

  • Gestionar emociones como la tristeza, el enfado y la frustración.
  • Tener paciencia con uno mismo y con los demás.
  • Centrarse en aprender y mejorar, más que en el hecho de ganar o perder.
  • Permitirse ser imperfecto y cometer errores.
  • Observar para darse más cuenta de lo que está pasando, y poder ver venir las jugadas del contrario.

Y a ti, ¿qué te han enseñado los juegos? ¿Hay alguno que te resultara especialmente frustrante?