Seamos como árboles

Esta semana, aprovechando el buen tiempo, me he dado unos cuantos paseos, algunos sola y otros acompañada (¡gracias Helen!). Y en uno de esos paseos volví a ver este árbol que tanto me gusta, y que ya he fotografiado unas cuantas veces:

Photo of a big leafy tree in a green field, with a few other trees around and a blue sky as background

Curiosamente, un par de días después (en el sitio más inesperado, en un centro comercial) me topé con una cita que también iba de árboles:

Sé como un árbol, ten los pies en la tierra.
Conecta con tus raíces.
Pasa una nueva página.
Dóblate antes de romperte.
Disfruta de tu propia belleza, natural y única.
Sigue creciendo.

Joanne Raptis

¿Qué te parece? ¿Cuál es tu línea favorita?

Cada uno de estos pensamientos se merecería su propio artículo, y tal vez algún día me ponga a escribirlos, como también tengo pendiente desde hace años escribir un post con el título de raíces y alas. Pero por el momento, si te quedas con ganas de más, también puedes leer como ramas de un árbol.

Revoltijo de emociones

Ayer fuimos las niñas y yo al cine a ver Inside Out 2, que en España se ha traducido como Del Revés 2. Habiéndome gustado tantísimo la primera peli, sabía que la segunda también me iba a gustar 🙂

(Si quieres saber más sobre la primera peli y sus emociones protagonistas, puedes leer aquí y aquí).

Esta foto es de una bolsita de tela que encontré en una tienda hace varios años y que me hizo mucha gracia: es literalmente lo que en inglés se llamaría «a mixed bag of emotions» (una bolsa de emociones mezcladas). Lo de «mixed bag» en inglés se utiliza para expresar que se juntan cosas buenas y malas; en este caso, me recuerda que todos pasamos por momentos en los que tenemos por dentro un revoltijo de emociones, unas que nos resultan más agradables, y otras que menos.

Pero bueno, volviendo a la peli nueva, tampoco quiero reventaros mucho el argumento, aunque si habéis visto los tráilers ya os habréis hecho una idea: nuestra amiga Riley acaba de cumplir trece años, y al llegar la adolescencia, todo se vuelve mucho más complicado, con emociones nuevas e imprevisibles…

Una vez más, me parece que los artistas de Pixar han representado magistralmente de forma simbólica lo que ocurre dentro de la mente humana, explicando cómo funciona esa montaña rusa mental y emocional que sobre todo en la adolescencia nos arrastra a veces sin remedio. Y dando un paso más allá, la historia se adentra también en el mundo de las creencias, y en cómo se van formando y consolidando a medida que crecemos.

Me voy a aventurar aquí a deciros el mensaje que yo me he llevado de esta película, que no sé si será o no el que los guionistas tenían pensado: así como la primera parte hacía mucho hincapié en que todas las emociones son necesarias y deben tener su espacio, la segunda parte nos habla de la importancia de aceptar tanto lo que nos gusta como lo que no nos gusta de nosotros mismos y de lo que nos sucede.

Reconocer las partes que consideramos positivas y las que percibimos como negativas, la luz y la sombra. Porque todos estamos llenos de contradicciones, y al igual que tenemos fortalezas, tenemos debilidades, no porque nos pase nada malo que haya que esconder o que arreglar, sino porque así es como funcionamos los seres humanos. Cada uno tenemos lo nuestro, y aceptar e integrar lo que nos vamos encontrando a medida que avanzamos es la clave para poder crecer, madurar y evolucionar como personas.

Y tú, ¿ya has visto la peli? ¿Que es lo que te ha transmitido? Y si aún no la has visto, ¿a qué esperas?

Cosas que importan

Si os gustan los temas de productividad y desarrollo personal, seguro que habréis visto muchas veces la típica matriz para categorizar tareas teniendo en cuenta su nivel de urgencia y de importancia (y si no, os animo a buscarla, es la llamada matriz de Eisenhower, y es una ayuda estupenda para establecer prioridades).

Pues bien, esta semana he tenido el lujo de poder dedicar mi tiempo a cosas verdaderamente importantes, que no urgentes.

Cosas que importan.

Personas que importan.

Momentos, lugares y recuerdos que importan.

Photo of a jigsaw puzzle showing a path with benches, trees and lamposts leading to the Eiffel Tower

No, no me he dedicado a hacer puzzles estos días; esta foto no es de ahora, es de hace unos meses.

Este puzzle me lo regalaron mis hijas por mi cumpleaños, y tardamos un par de semanas en terminarlo entre todas. Lo pongo aquí como ejemplo de la idea que os quiero transmitir: el dedicar tiempo intencionadamente a las cosas y a las personas que de verdad importan. Porque, como tal vez habréis podido comprobar ya, como no le pongamos intención, lo urgente (sea o no sea importante) se acaba comiendo todo el tiempo disponible.

Pero claro, ¿cómo averiguar qué es lo que de verdad importa? La clave es que la respuesta no es la misma para todos; para cada persona será ligeramente diferente, porque las prioridades y las inquietudes de cada uno son diferentes, por mucho que haya temas más o menos universales con los que todos nos podamos identificar.

Al fin y al cabo, se trata de identificar nuestros valores: los principios fundamentales que consideramos más importantes, y que nos sirven de guía para tomar decisiones diariamente. A cada uno nos toca decidir qué valores encajan mejor con quienes realmente somos y lo que queremos vivir y fomentar en nuestra vida, a menudo sopesando si queremos mantener los que hemos heredado de nuestra familia o de la sociedad, o si queremos poner, quitar o cambiar algunos.

La recompensa por hacer este trabajo de aclarar nuestros valores es que vamos a poder tomar decisiones más conscientes y más coherentes, y también darnos cuenta cuando entramos en conflicto interno, por ejemplo cuando tenemos valores contradictorios (heredados o adquiridos) que nos ponen en una encrucijada, o cuando actuamos de una manera que satisface a los demás, o que en teoría es «lo que hay que hacer», pero que de alguna manera traiciona nuestros valores y nos hace sentir mal. El actuar en concordancia con nuestros valores nos va a permitir estar más en paz con nosotros mismos.

¿Listo para empezar? Aquí tienes un ejercicio muy sencillo pero muy potente:

  • Busca un listado de valores (hay un montón en internet) y elige los que más te resuenen, entre cinco y diez.
    • Puedes hacerte preguntas como: ¿Qué ha sido para ti lo más importante en tu vida? ¿Qué es lo más importante ahora? ¿Y qué más?
  • Escríbelos en forma de lista.
    • Esos van a ser tus valores principales.
    • Puedes preguntarte: ¿Qué es lo que tiene que pasar para que yo sienta que este valor se está cumpliendo en mi vida? ¿Qué es lo que no tiene que pasar? ¿Me lo estoy poniendo fácil o difícil para cumplir este valor?
  • Establece una jerarquía entre ellos, es decir, pónlos en orden de prioridad.
    • Este paso es esencial para poder tomar decisiones claras cuando se presente un conflicto entre valores.
    • Una forma de hacerlo es ir comparando de dos en dos, y hacer una rayita junto al valor que consideres más importante en cada caso: comparar el primero con el segundo, el primero con el tercero, el primero con el cuarto, etc.; luego el segundo con el tercero, el segundo con el cuarto, etc., hasta haber comparado todos con todos.
    • Si te resulta difícil decidir, piensa en ejemplos concretos, o incluso en situaciones extremas. Por ejemplo, si comparas libertad con armonía: ¿prefirirías un mundo donde todo el mundo fuera libre pero no hubiera nada de armonía, o un mundo muy armonioso pero donde nadie fuera libre? ‘
  • Reescribe la lista, numerando los valores.
    • Pon en primer lugar el valor que tenga más rayitas, luego el siguiente, y así sucesivamente.
  • Repasa la lista y comprueba que estás contento con ella.
    • ¿Te resuena tal y como está? ¿La sientes como tuya? ¿O necesita algún cambio?

Espero que estos pasos te ayuden a aclarar tus valores, igual hasta te encuentras alguna sorpresa. Y si quieres, escríbeme, y yo te cuento los míos…

Te queremos, Mamá

Durante la madrugada de ayer sábado falleció mi madre, a los ochenta y tres años de edad. Tras varios años de enfermedad y unos últimos meses con mucho dolor, al fin pudo irse tranquila y pacíficamente, habiendo pasado sus últimos días en casa y rodeada de su familia.

Descanse en paz.

Black and white headshot of a young woman in her wedding outfit

Al escribir estas líneas, no puedo evitar acordarme de cuando nos despedimos de mi padre hace dos años. Los dos construyeron su vida juntos (¡sesenta años de casados!), y entre los dos nos transmitieron a mis hermanos y a mí un ejemplo y unos valores que se quedan con nosotros para siempre, junto a su recuerdo.

Lo que más llamaba la atención de mi madre era su actitud positiva ante la vida, lo cual, junto a su fortaleza y su fe ciega en los médicos, la ayudó a superar todo tipo de dificultades y problemas de salud a lo largo de los años. Amigos y conocidos recordaban ayer con cariño su sonrisa, su alegría y su amabilidad, que complementaban muy bien la seriedad y rectitud de mi padre. Por supuesto, yo como hija también tengo recuerdos de las buenas regañinas que nos echaba de vez en cuando (de pequeños y no tan pequeños), pero también recuerdo todo lo que nos cuidaba y se preocupaba por nosotros.

Ahora que lo pienso, mi madre tenía unas cuandas frases icónicas que nos decía con frecuencia y que a mí me ayudaban mucho, dada mi tendencia al perfeccionismo, a machacarme por cometer errores y a sentirme culpable por cualquier mínima cosa que yo considerara que no había hecho bien. A menudo las decía para animarnos tras alguna crítica de mi padre, que era un poco Don Perfecto, y que nos ponía las expectativas más bien altas (o quizá es que nos las poníamos nosotros solos también).

Una era que Dios no está todo el día con una libretita apuntando cada cosa que hacemos mal – frase que tiene bastante mérito, creo yo, viniendo de una época en la que la doctrina católica no se cuestionaba, al menos en España, y todo estaba basado precisamente en la culpa y en el pecado. Otra era que en este mundo todo tiene solución, menos la muerte, y que si se mete la pata, pues se saca con mucho cuidado, se pide perdón, y listo. Estas dos nos ayudan a echarle perspectiva a cualquier problema que se nos presente.

Pero la frase estrella que siempre nos decía mi madre a mis hermanos y a mí era la de que en este mundo nadie es perfecto, salvo Dios… y no podía evitar añadir: ¡y tu padre!

Perfectos o imperfectos, lo que está claro es que mi madre estaba muy orgullosa de todos nosotros, al igual que lo estaba mi padre: primero, de sus hijos, y más adelante también de sus nietos, todos y cada uno de ellos. Y su mayor ilusión siempre era juntarnos todos para celebrar algo, lo que fuera, daba igual, lo importante era estar juntos.

Ahora somos nosotros los que estamos orgullosos de ella. Por ser nuestra madre, suegra y abuela, y por haber superado como una campeona todo lo que se le puso por delante, hasta el día en que decidió que ya era momento de irse.

Hasta siempre, Mamá, te queremos mucho. Y como tú siempre decías al despedirte por teléfono: muchos, muchos, muchos, muchos besos.