Esta semana estoy de viaje.
De lunes a viernes he trabajado desde la oficina de Carolina del Norte, conectando en persona con mis compañeros. Es un viaje que hago una o dos veces al año, y que siempre me merece muchísimo la pena, aunque sea un poco paliza con los vuelos, el jet lag y demás peripecias (y este año más todavía, con retrasos varios y apagón de aeropuerto incluido).
Después, a la vuelta, he tenido la inmensa suerte de poder apañar unas micro vacaciones: ¡Un día en Chicago! Veinticuatro horas para patearme la ciudad, y comprobar si recordaba algo desde la otra vez que la visité, hace tropocientos años. Lo he disfrutado un montón, la verdad.

Total, que ha sido una semana muy completita. Claro que, como me pasa a menudo con los viajes, ha habido varios aspectos de mi «gestión de batería» que he descuidado bastante, concretamente tres de los cuatro (si no sabes de lo que hablo, pásate por este artículo).
He comido peor, descansado menos y forzado mi cuerpo un poquillo durante estos días, es verdad. Pero en la cuarta categoría, la conexión, he puntuado doble: he dedicado tiempo a conectar intencionadamente con otras personas (y fortalecer así varias relaciones personales y profesionales), y aún más importante, he dedicado tiempo a reconectar conmigo misma. Y me ha venido de maravilla.
Ahora toca volver a entrar en rutina con las tres primeras patas del bienestar (descanso, dieta y ejercicio), a ser posible si perder la cuarta, la conexión, que en cuanto falla una pata, la mesa entera se desequilibra… ¿Sugerencias? ¿Comentarios? ¿Cómo gestionas tú tu energía?