… Una gran aventura estaba a punto de empezar.
Irene, nuestra hija mayor, estaba a punto de nacer.
Y nosotros estábamos a punto de convertirnos en padres.

Recuerdo con mucho cariño aquella noche: esa mezcla de emociones y expectación que sentía mientras me paseaba por los pasillos del Rotunda, navegando contracciones. Tuve la inmensa suerte de que las dos comadronas que me atendieron eran españolas (y además, encantadoras), lo cual me hizo sentirme como en casa.
Y justo cuando pensaba que ya no iba a poder aguantar más, nació Irene, poco después de medianoche. Agotamiento, alegría, y un té con tostadas que me supieron a gloria (eso es costumbre aquí en Irlanda, té con tostadas para reponerse del parto, surrealista pero muy efectivo).
Nuestra gran aventura había empezado. Una familia. Una personita nueva a la que querer y cuidar.
No teníamos ni idea de lo que nos depararía el futuro, pero pasara lo que pasara, estábamos dispuestos a cumplir lo mejor posible con nuestro papel de padres, y así lo hicimos. Y así lo seguimos haciendo, con ella y con sus hermanas. Equivocándonos mucho, por supuesto, y aprendiendo tanto o más que ellas. Los hijos son de los mejores maestros que se puede uno encontrar.
Dieciocho años después, Irene se ha convertido en una joven extraordinaria de la que estoy sumamente orgullosa: es amable, cariñosa, divertida, inteligente, responsable, y muchas, muchísimas cosas más. Ahora le toca empezar a soltarse de nuestra mano y tomar algunas decisiones por sí misma, empezando por elegir carrera y universidad. Estoy completamente convencida de que, haga lo que haga en la vida, le va a ir fenomenal.
Muchas felicidades Irene, te queremos muchísimo, y siempre vamos a estar ahí para apoyarte en tu camino. Muchos besos.