Hoy, 26 de julio, es San Joaquín y Santa Ana, y en muchos países de tradición católica se celebra el día de los abuelos (San Joaquín y Santa Ana eran los padres de la Virgen María, y, por tanto, los abuelos del Niño Jesús).
(Figuritas de Willowtree que en su día les regalamos a mis padres y a mis suegros.)
¡Qué relación tan especial, la de los abuelos con sus nietos! Un puente entre generaciones.
Yo conocí a tres de mis cuatro abuelos; hoy los he tenido muy muy presentes. Y mis hijas, por suerte, han conocido a sus cuatro abuelos y han podido pasar tiempo con ellos muchos veranos y Navidades. Siempre recordaré a mi padre jugando con Irene, mi hija mayor, cuando tenía ella como dos añitos: ¡en el suelo, haciendo torres de megablocks! En la vida había visto yo a mi padre sentarse en el suelo a jugar con nosotros. Pero eso es precisamente lo que dicen, que la alegría que dan los nietos es diferente de la que se tiene con los hijos; a los hijos hay que educarlos, y a los nietos, disfrutarlos.
Ahora es a mi hermano y a mi cuñada a quienes les toca disfrutar de ser abuelos, y la verdad es que nunca los he visto tan felices. Yo también espero algún día convertirme en abuela (pero que quede claro que no hay prisa ninguna, ¿eh, chicas? Repito: NO HAY PRISA), y cuando llegue el momento, poder disfrutar de esa ternura y esa complicidad con mis nietos.
Y tú, ¿qué recuerdas de tus abuelos? ¿Estás de acuerdo con estas frases?
Un bebé se las arregla para convertir a su padre en un hombre y a su abuelo en un niño.
Angie Papadakis
Los abuelos son el mejor tipo de adultos.
(Anónimo)
No hay nada como unos nietos en tus brazos para ponerte una sonrisa en la cara, un nudo en la garganta y ternura en el corazón.
Escribo estas líneas poco después de terminar de ver la final del mundial de fútbol de 2026; ¡enhorabuena, España!
(Dibujo de la bandera de España, coloreado por Eva cuando tenía siete añitos.)
Los que me conocéis sabéis que soy poco aficionada a los deportes, y menos todavía al fútbol, con lo que no es habitual para mí lo de sentarme a ver un partido. Pero hoy, siendo la final, jugando España, y además estando Irene y Alicia en casa, hemos hecho una excepción y lo hemos sufrido, digooo, lo hemos disfrutado las tres juntas (te hemos echado de menos, Eva).
Por supuesto, me alegro mucho de que haya ganado España, creo que ha sido el equipo que mejor ha jugado. Pero tengo que decir que me he quedado con mal sabor de boca; he visto mucho mal rollo, mucha bronca y poca camaradería entre los dos equipos, y eso me da mucha pena. Como no tengo mucho con lo que comparar (no he visto absolutamente nada más del mundial), no sé hasta qué punto es «normal» que se comporten así los jugadores (y ya de paso, los entrenadores); yo espero que esto sea la excepción más que la norma, pero la verdad es que no las tengo todas conmigo…
Qué contraste con el número musical del entreacto, donde salían niños cantando al amor universal y dando la imagen de que todos somos amigos. No he podido evitar que me sonara a falso.
Quizá esa es una de las razones por las que, en general, no me atraen las competiciones deportivas: llevo muy mal esa mentalidad del enfrentamiento, del «nosotros contra ellos», que es una tendencia muy humana y muy natural, pero también muy peligrosa, o, cuando menos, poco productiva.
Como comenté en el post de las etiquetas, todo esto tiene una explicación evolutiva: el ser humano es un ser social y tribal por naturaleza. El pertenecer a un clan o a una tribu les permitió a nuestros ancestros sobrevivir y reproducirse, al poder protegerse unos a otros y colaborar para resolver problemas (cazar juntos, repartirse el trabajo, especializarse en distintas tareas, etc.)
Pero de la misma manera que el ser humano está diseñado para colaborar, también está diseñado para competir. Porque parte de pertenecer a una tribu implica defenderte de otras tribus enemigas, o incluso atacarlas, por el bien de tu propio grupo. Y aquí es donde empezamos a categorizar a otras personas como «de los nuestros» o «de los otros», creando una separación basada en reglas arbitrarias, y empiezan los problemas.
Si te fijas, estas divisiones y rivalidades están por todas partes: se ven muy claramente en las relaciones entre países, pero también entre regiones, ciudades o pueblos, departamentos o equipos en una empresa, instituciones educativas, selecciones deportivas, lados de una familia, y suma y sigue. Y el nivel de desconfianza y animosidad entre ambos lados puede ir desde el típico «pique» inofensivo hasta una hostilidad enquistada que alimente guerras generación tras generación, como desgraciadamente hemos visto muy a menudo.
Esto quizá sea la explicación de una de las mayores contradicciones del ser humano. ¿Cómo es posible que a veces seamos capaces de mostrar tanta empatía y compasión y, otras veces, ser tan crueles y agresivos unos con otros? Pues porque no aplicamos el mismo rasero para todo; por desgracia, la norma no es simplemente «no matarás», sino «no matarás… a los tuyos». Los otros ya son otra cosa. Los otros son el enemigo.
Una vez, hace años, me dieron un consejo buenísimo en el trabajo: cuando trabajes con alguien, procura que se sienta parte del «nosotros», porque, si no, va a pasar a ser parte de «ellos»; va a percibir esa distancia, y habrá más resistencia a colaborar. Yo hoy te invito a que mires atentamente a tu alrededor y descubras esas dinámicas de «nosotros contra ellos»; ¿de qué manera estás tú colaborando a ese ambiente? ¿Y qué puedes hacer para «traerte a los otros» y que todos os sintáis del mismo lado?
Ya estamos casi a mediados de julio; ¿qué tal llevas el verano? ¿Mucho calor? (Si estás en el hemisferio norte, claro… No sé si tendré muchos lectores en el hemisferio sur, pero me gusta mencionarlo por si acaso.)
Yo este fin de semana me lo he tomado con muuuuucha calma, sin prisas, disfrutando de sentirme medio de vacaciones, aunque todavía me falta para las vacaciones de verdad. Y como una de las cosas que asocio con el verano y las vacaciones es leer, pues he aprovechado para leer un libro, que es algo que me encanta y que estoy procurando recuperar, por un lado, porque es súper entretenido y relajante, y me recarga un montón las pilas, y por otro, porque es un ejercicio muy beneficioso para el cerebro, al potenciar la imaginación, la capacidad de concentración, la memoria y muchas otras funciones cognitivas, además de ayudarnos a mejorar nuestro dominio del lenguaje.
Normalmente también diría que un beneficio añadido de la lectura es que nos da un descanso de las omnipresentes pantallas, pero resulta que, paradójicamente, este libro en concreto me lo he acabado leyendo en el móvil, ya que mi Kindle está viejecito y ya no se conecta a la wifi para cargar libros nuevos. En fin.
Todo esto de pensar en las pantallas y en la dependencia que tenemos hoy en día de ellas me ha traído un recuerdo de cuando veía la tele de pequeña; si tú también «fuiste a EGB» (o sea, si fuiste niñ@ en España en los años ochenta) a lo mejor lo recuerdas también.
Era un segmento del mítico programa de TVE la bola de cristal, y decía así:
«Tienes quince segundos para imaginar...»
(Pasaban quince segundos mostrando una imagen borrosa y con un sonido parecido al del tic-tac de un reloj)
«Si no se te ha ocurrido nada... A lo mejor deberías ver menos la tele»
Impresionante. Ya por entonces, a los adultos les preocupaba que los niños nos pasáramos muchas horas mirando «la caja tonta», como la llamaban algunos. Y no les faltaba razón.
(Foto de «Bibothy», prueba de que de momento en casa no tenemos que preocuparnos por la falta de imaginación…)
Pero es que ahora, lejos de mejorar, la situación ha empeorado. Ya no hay una sola «caja tonta» en cada casa; lo que hay son todo tipo de dispositivos, a menudo varios por persona, compitiendo constantemente por nuestra atención. Y no sólo en casa: en la calle, en el coche, en las tiendas, en bares y restaurantes… Es un bombardeo constante de información, una fuente ininterrumpida de estimulación, y nuestro cerebro no está preparado para tal volumen.
La mente necesita un descanso de vez en cuando. Un descanso de pantallas, y también de otras fuentes de estimulación, como pueden ser unos auriculares reproduciendo música o podcasts durante horas y horas. El cerebro necesita periodos de silencio para poder funcionar correctamente. Para poder procesar la información que ha recibido, y también para poder pasar de un modo más pasivo y consumista a un modo más activo, el que nos lleva a crear, a imaginar, a resolver problemas, etc.
Pero claro, esos huecos de silencio no suelen aparecer por las buenas; tenemos que crearlos nosotros, y eso no es fácil, ni mucho menos. Porque las pantallas nos ofrecen unos chutes de satisfacción a corto plazo que a nuestro cerebro le encantan, y por eso, nos pide más. Casi cualquier otra cosa que hagamos, en comparación, le parecerá sosa y aburrida, al menos al principio; por eso es tan fácil dejarse llevar por las pantallas, y hace falta tanta fuerza de voluntad para romper el hábito y ponerse a hacer otras cosas.
Esto es lo mismo que ocurre, por cierto, con la dieta y el ejercicio: nuestro cerebro está optimizado para ayudarnos a sobrevivir a corto plazo, y siguiendo esta lógica, prefiere la comida rica en grasa y en azúcar y prioriza el ahorrar energía haciendo el mínimo esfuerzo posible. De esta manera, nuestro propio cerebro nos sabotea y juega en nuestra contra, porque entiende poco de decisiones a largo plazo. Pero nosotros sí que lo entendemos; entendemos que para tener salud a largo plazo hay que tomar otro tipo de decisiones y adquirir otro tipo de hábitos, aunque al principio cuesten.
Así que hoy te invito a que, si aún no lo estás haciendo, empieces a crear un oasis de silencio en algún momento de tu día, o todavía mejor, en varios. Tu yo del futuro te lo agradecerá.
Esta semana ha nacido Mar, la primera sobrina-nieta de la familia, y hoy hemos podido verla un ratito por videoconferencia. Es una bebé preciosa, con un nombre igualmente bonito. ¡Bienvenida!
(Foto, cómo no, del mar, o más bien del océano, en la playa de Monterey, en California.)
El ver hoy a Mar y hablar un ratito con sus padres y abuelos me ha recordado mucho a mis primeros días de madre primeriza, con Irene recién nacida. Hace ya… ¡casi veinte años! Madre mía. Algunos recordaréis haber leído mis aventuras y desventuras de madre novata en un antepasado de este blog.
Luego, dos años más tarde, tras un hermanit@ que no llegó a nacer, vino Alicia, y cinco años después, Eva, que hasta ahora ha sido la benjamina de este lado de la familia. La experiencia fue distinta con cada una; hasta los partos fueron diferentes (aunque las tres nacieron en el mismo hospital, y curiosamente, ¡el mismo día de la semana!)
Pero las tres, cada una a su manera, nos trajeron mucho amor, mucha alegría, y mucho aprendizaje también. Cada bebé es único e irrepetible, y la familia va cambiando y adaptándose a cada nuevo miembro que llega.
La verdad es que me parece una época muy bonita de la vida, el ser padre o madre (sobre todo, en madre, tengo que decir), pero también tiende a ser una etapa complicadilla, donde las emociones están a flor de piel. Hay mucha alegría, por supuesto, pero también miedos, confusión, cansancio… Es una verdadera montaña rusa emocional, y te pilla de sorpresa, por mucho que te prepares.
Así que lo que toca es armarse de paciencia, de muuuuuuucha paciencia. Con el bebé, por supuesto, que es nuevo en este mundo, y no sabe de horarios ni de normas sociales. Pero también de los papás consigo mismos, así como el uno con el otro, y seguramente también con otras personas (léase familia y amigos).
Estaba buscando alguna cita bonita con la que felicitar a los nuevos papás, y me he acordado de una frase/consejo que no sé muy bien de dónde viene (perdón si tiene autor y yo no he sido capaz de encontrarlo), pero que creo que viene muy bien al caso: Ana y Javi, ¡Enhorabuena! Disfrutad de cada momento, de cada etapa, porque los días son largos, pero los años son cortos.
Os lo digo por experiencia: un día estáis cambiando pañales, y al día siguiente la niña ya está de sleepover con sus amigas, o buscándose un trabajo con el que ganar un dinerillo extra, o sacándose el carnet de conducir…
¿Y tú? ¿Tienes hijos, sobrinos o nietos? ¿Qué consejo le darías a unos padres primerizos?