Una llamada al amor: lirios del campo

Hoy comparto con vosotros otra de las meditaciones que más me gustan de Anthony de Mello en su libro Una llamada al amor: la número veintiocho (puedes leer las anteriores aquíaquíaquí y aquí).

Esta reflexión está dedicada a todos los que nos preocupamos un poco de más algunas veces por el futuro… A ver qué te parece, y a ver que opinas también de mis comentarios al final.

Close up photo of two orange lilies against a green background

«Por eso es digo: no andéis preocupados por vuestra vida… Mirad las aves del cielo… Fijaos en los lirios del campo…» (Mt 6, 25ss)

En un momento o en otro, todo el mundo experimenta sensaciones de lo que conocemos con el nombre de «inseguridad». Te sientes inseguro de la cantidad de dinero que tienes en el banco, de la cantidad de amor que obtienes de tus amigos, de la educación que has recibido… O tienes sentimientos de inseguridad en relación a tu salud, a tu edad, a tu apariencia física. Si te preguntaran: «¿Qué es lo que te hace sentirte inseguro?», casi con toda certeza darías una respuesta errónea. Tal vez dirías: «tengo un amigo que no me quiere lo suficiente», o «no tengo la formación académica que necesitaría», o algo por el estilo. En otras palabras, aludirías a algún condicionante externo, sin darte cuenta de que los sentimientos de inseguridad no se deben a nada exterior a ti, sino únicamente a tu «programación» emocional, a algo que tú te dices a ti mismo mentalmente.

Si cambiaras tu «programa», tus sentimientos de inseguridad se desvanecerían en un santiamén, aun cuando todo lo existente en el mundo exterior a ti permaneciera exactamente igual que antes. Hay personas que se sienten absolutamente seguras sin tener un duro en el banco, mientras que otras se sienten inseguras a pesar de tener millones. Lo importante no es la cantidad de dinero, sion la «programación». Hay personas que no tienen amigos y, sin embargo, se sienten perfectamente seguras del amor de la gente; otras, en cambio, se sienten inseguras aunque gocen de las más posesivas y exclusivas relaciones del mundo. Una vez más, la diferencia viene marcada por la «programación».

Si quieres hacer frente a tus sentimientos de inseguridad, hay cuatro hechos que debes examinar y comprender:

Primero: es inútil que trates de mitigar tus sentimientos de inseguridad intentando cambiar las cosas exteriores a ti. Puede que tus esfuerzos se vean coronados por el éxito, aunque no es eso lo más frecuente; puede que consigas al menos algún alivio, pero éste no será muy duradero. No merece la pena, por tanto, que gastes tus energías y tu tiempo en mejorar tu apariencia física, en hacer más dinero o en asegurarte del amor de tus amigos.

Segundo (y éste es un hecho que te hará atacar el problema donde realmente se encuentra: en tu interior): hay personas que, a pesar de encontrarse en las mismísimas condiciones en que tú te encuentras ahora, no sienten la menor inseguridad. Esas personas existen, y seguramente conoces a alguna. Por consiguiente, el problema no depende de la realidad exterior a ti, sino de ti mismo, de tu «programación».

Tercero: debes comprender que esa «programación» te ha sido impuesta por personas inseguras que, cuando aún eras muy joven e impresionable, te enseñaron, con su comportamiento y con sus reacciones de pánico, que siempre que el mundo exterior no se ajuste a una determinada norma, debes crear en tu interior una confusión emocional llamada «inseguridad» y hacer cuanto esté a tu alcance por reordenar dicho mundo exterior: hacer más dinero, buscar más motivos de tranquilidad, aplacar y agradar a las personas a las que has ofendido…, con el fin de que desaparezcan los sentimientos de inseguridad. El simple hecho de caer en la cuenta de que no tienes que hacer semejante cosa, de que el hacerlo no resuelve realmente nada, y de que la confusion emocional se debe exclusivamente a ti y a tu cultura, hará que te distancies del problema, y obtendrás un considerable alivio.

Cuarto: siempre que te sientas inseguro acerca de lo que puede depararte el futuro, limítate simplemente a recordar que en los últimos seis o doce meses has estado igualmente inseguro acerca de los acontecimientos que habrían de producirse, y que cuando, finalmente, éstos se produjeron, te las arreglaste para dominarlos de un modo u otro, gracias a las energías y recursos que acumulaste en el momento, y no gracias a toda tu anterior preocupación, que únicamente sirvió para hacerte sufrir innecesariamente y para debilitarte emocionalmente. Por consiguiente, intenta decirte a ti mismo: «Si hay algo que pueda hacer ahora con respecto a mi futuro, lo haré. Fuera de eso, me limitaré a dejarle que siga su curso y me dedicaré a disfrutar del momento presente, porque la experiencia me ha enseñado que sólo puedo hacer frente a las cosas cuando éstan se presentan, no antes de que ocurran, y que el presente me proporciona siempre los recursos y la energía necesarios para afrontarlas».

La desaparición definitiva de los sentimientos de inseguridad sólo se producirá cuando hayas adquirido esa bendita capacidad de las aves del cielo y de los lirios del campo para vivir plenamente el presente, momento a momento; porque el instante presente nunca es insufrible, por muy doloroso que sea. Lo que sí es insufrible es lo que tú piensas que va a suceder dentro de cinco horas o de cinco días; e insufribles son también esas palabras que no dejas de repetir en tu interior: «¡Es terrible!»; «¡Es insoportable!»; «¿Cuánto tiempo va a durar esto?»… y cosas parecidas. Las aves y las flores tienen la ventaja sobre los humanos de que no tienen el concepto del futuro, ni palabras en sus mentes, ni preocupación alguna por lo que sus semejantes piensen de ellos. Por eso son imágenes perfectas del reino. No te inquietes, pues, por el mañana, porque el mañana ya cuida de sí. Cada día tiene su propia malicia. Busca el reino por encima de cualquier otra cosa, y todo lo demás se te dará por añadidura.

¿Qué pensamientos te han surgido al leer estas líneas? Esto es lo que me ha venido a la cabeza a mí:

  • Como podéis ver, la idea de cambiar nuestra «programación», o sea, de reprogramar nuestra mente y con ello nuestra vida, no es nueva, ni muchísimo menos. Se basa en principios ancestrales que han ido tomando nombres diferentes con el paso de los años (o de los siglos).
  • Por mucho que diga aquí que podemos librarnos por completo del sentimiento de inseguridad, yo la verdad es que no creo que sea del todo posible: si está en nuestra naturaleza el preocuparnos por el futuro, de vez en cuando nos seguiremos preocupando. Lo que sí creo que es cierto es que el poder reconocer las creencias limitantes que nos provocan la mayoría de las preocupaciones nos va a permitir reencuadrarlas y tomárnoslas de otra manera, aligerando su carga y dándonos más opciones a la hora de elegir cómo actuar en cada situación.
  • Y por supuesto, está fenomenal tener metas y marcarse objetivos en la vida; es lo que nos permite avanzar. La clave es preguntarnos si estamos actuando desde un sentimiento de carencia y necesidad (porque entonces nada que hagamos será nunca suficiente), o desde la abundancia, sabiendo que seguiremos estando bien pase lo que pase, aunque no lo consigamos.

Bueno, ¿y tú qué opinas? Si te apetece compartir tus reflexiones, adelante, soy toda oídos.

Una llamada al amor: sufrimiento y gloria

Continuamos con nuestra serie de meditaciones destacadas de Anthony de Mello en su libro Una llamada al amor: hoy comparto con vosotros la meditación número veintiséis (puedes leer las anteriores aquí, aquí y aquí).

Por cierto, quiero aclarar que aunque estas reflexiones partan de un contexto aparentemente cristiano (empezando siempre con una cita de la Biblia), en realidad su contenido es mucho más espiritual que religioso, así que, sean cuales sean tus creencias, te animo a seguir leyendo y a sacar tus propias conclusiones.

Photo of tree trunks and branches in a wooded area

Vamos allá:

«¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» (Lc 24, 26)

Piensa en algunos de los acontecimientos dolorosos de tu vida. ¿Cuántos de ellos son hoy para ti motivo de agradecimiento por haberte servido para cambiar y crecer? Hay aquí implícita una verdad elemental de la vida que la mayoría de las personas no llegan nunca a descubrir. Los acontecimientos afortunados hacen la vida más placentera, pero no son causa de autoconocimiento, de crecimiento y de libertad. Éste es un privilegio reservado a aquellas cosas, personas y situaciones que nos ocasionan algún dolor.

Todo acontecimiento doloroso encierra una semilla de crecimiento y de liberación. A la luz de esta verdad, vuelve ahora sobre tu vida y fíjate en tal o cual acontecimiento por el que no te sientas especiamente agradecido, y trata de descubrir el potencial de crecimiento que encierra y del que no has tomado conciencia hasta ahora, por lo que no has podido beneficiarte de él. Piensa también en algún acontecimiento reciente que te haya ocasionado dolor y sentimientos negativos. Cualquiera que haya sido la cosa, persona o situación que te ha producido tales sentimientos, ha sido «maestra» para ti, porque te ha revelado algo (o mucho) acerca de ti que probablemente no sabías y te han invitado y desafiado a descubrirte y conocerte mejor y, consiguientemente, a crecer y acceder a la vida y a la libertad.

Intenta ahora identificar el sentimiento negativo que ese acontecimiento ha despertado en ti. Puede haber sido un sentimiento de inquietud, de inseguridad, de envidia, de ira, de culpa… ¿Qué te dice esa emoción acerca de ti mismo, de tus valores, de tu manera de percibir el mundo y la vida y, sobre todo, de tu «programación» y tus condicionamientos? Si consigues descubrirlo, te librarás de alguna ilusión o espejismo al que hasta ahora te habías aferrado, o dejarás de percibir alguna cosa de manera deformada, o corregirás alguna falsa creencia, o aprenderás a distanciarte de tu sufrimiento… Con tal de que comprendas que todo ello ha sido causado por tu «programación», no por la propia realidad; e inesperadamente comprobarás que te sientes plenamente agradecido por esos sentimientos negativos y por la persona o el acontecimiento que los ha originado.

Intenta ahora dar un paso más. Considera todo cuanto piensas, sientes, dices y haces… Y no te agrada: tus emociones negativas, tus defectos, tus «handicaps», tus errores, tus apegos, tus neurosis, tus dependencias… Y tus pecados, naturalmente. Puedes considerarlo todo ello como una parte necesaria de tu desarrollo; como algo que te ofrece una promesa de crecimiento y de gracia para ti y para otros y que no se daría sin esa cosa concreta que tanto te desagrada. Y si tú mismo has ocasionado dolor y sentimientos negativos a otros, piensa que en ese momento has ejercido con ellos la función de «maestro» y les has dado ocasión de autoconocerse y de crecer. Puedes seguir considerándolo hasta que lo veas todo ello como una «feliz culpa», como un pecado necesario que es ocasión de un inmenso bien para ti y para el mundo.

Si eres capaz de hacerlo, tu corazón se verá inundado de paz, de agradecimiento, de amor y de aceptación de todas y cada una de las realidades. Y habrás descubierto qué es lo que la gente busca en todas partes sin jamás encontrarlo: la fuente de la serenidad y de la alegría que se esconde en cada corazón humano.

¿Qué te parece? ¿Te resuena este tema? Si es así, recuerda que el dolor a veces es obligatorio, pero el sufrimiento es opcional

Una llamada al amor: estad despiertos

Hoy os traigo otro de mis capítulos favoritos del libro Una llamada al amor, de Anthony de Mello, que me parece de una sabiduría impresionante. Puedes leer los anteriores posts sobre este tema aquí y aquí.

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Esta es la meditación número veintidós, a ver qué os parece, y yo también os cuento más abajo mi opinión:

«Dichosos los siervos a quienes su señor encuentre despiertos cuando regrese» (Lc 12, 37)

En todas las partes del mundo, la gente anda buscando el amor, porque todos están convencidos de que sólo el amor puede salvar al mundo. Pero muy pocos comprenden en qué consiste realmente el amor y cómo brota en el corazón humano. Con demasiada frecuencia se equipara el amor a los buenos sentimientos para con los demás, a la benevolencia, a la no-violencia, al servicio… Pero todas esas cosas, en sí mismas, no son el amor. El amor brota del conocimiento consciente. Sólo en la medida en que seas capaz de ver a alguien tal como realmente es aquí y ahora, no tal como es en tu memoria, en tu deseo, en tu imaginación o en tu proyección, podrás verdaderamente amarla; de lo contrario, no será a la persona a la que ames, sino la idea que te has formado de ella, o bien a la persona como objeto de deseo, pero no tal como es en sí misma.

Por eso, el primer acto de amor consiste en ver a esa persona u objeto, esa realidad, tal como verdaderamente es. Lo cual exige la enorme disciplina de liberarte de tus deseos, de tus prejuicios, de tus recuerdos, de tus proyecciones, de tu manera selectiva de mirar; una disciplina tan exigente que la mayoría de las personas prefieren lanzarse de cabeza a realizar buenas acciones y a ser serviciales que someterse al fuego abrasador de semejante ascesis. Cuando te pones a servir a alguien a quien no te has tomado la molestia de comprender, ¿estás satisfaciendo la necesidad de esa persona o la tuya propia? El primer ingrediente del amor, por tanto, consiste en comprender realmente al otro.

El segundo ingrediente, tan importante como el primero, es comprenderte a ti mismo, iluminar implacablemente, con la luz del conocimiento consciente, tus motivos, tus emociones, tus necesidades, tu falta de honradez, tu egoísmo, tu tendencia a controlar y a manipular. Lo cual significa llamar a las cosas por su nombre, por muy doloroso que resulte. Si logras tener esa clase de consciencia del otro y de ti mismo, sabrás lo que es el amor, porque poseerás una mente y un corazón alerta, vigilantes, claros y sensibles; una claridad de percepción y una sensibilidad que te harán reaccionar correcta y adecuadamente en cada situación y en cada momento. Unas veces te verás irresistiblemente llamado a la acción; otras, te refrenarás y te contendrás. Unas veces te verás obligado a ignorar a los demás; otras, les prestarás la atención que solicitan. Unas veces te mostrarás amable y complaciente; otras, duro, intransigente, enérgico y hasta violento. Y es que el amor, que brota de la sensibilidad, adopta las más inesperadas formas y responde, no a pautas y principios preconcebidos, sino a la realidad concreta del momento. Cuando experimentes por primera vez esta clase de sensibilidad, probablemente sientas verdadero temor, porque todas tus defensas se vendrán abajo, tu falta de honradez quedará al descubierto y los muros de protección que te rodean serán destruidos.

Piensa en el terror que invade a un hombre acaudalado cuando alcanza a ver realmente la lastimosa situación de los pobres; o a un dictador sediento de poder cuando se digna contemplar el verdadero estado en que se encuentra el pueblo por él oprimido; o a un fanáatico intolerante cuando logra comprender que sus convicciones no se corresponden con los hechos. O pensa en el terror que invade al romántico enamorado cuando se decide de veras a admitir que lo que él ama no es a su amada, sino la imagen que tiene de ella. Por eso es por lo que el más doloroso acto que un ser humano puede realizar es el acto de mirar. Es en ese acto de mirar donde nace el amor; mejor dicho, ese acto de mirar es el amor.

Una vez que empieces a mirar, tu sensibilidad te llevará a tomar conciencia, no sólo de las cosas que decidas ver, sino de todas las demás cosas. Y tu pobre ego tratará desesperadamente de embotar esa sensibilidad, porque se ha visto despojado de sus defensas y se ha quedado sin protección y sin nada a lo que aferrarse. Si alguna vez te permites mirar, será tu muerte. Por eso es por lo que el amor es tan aterrador: porque amar es mirar, y mirar es morir. Pero es también la más deliciosa y estimulante experiencia de este mundo, porque en la muerte del ego está la libertad, la paz, la serenidad, la alegría…

Si lo que de veras deseas es amar, entonces ponte inmediatamente a mirar; pero tómatelo en serio. Fíjate en alguien que te desagrade y percibe de veras tus perjuicios; fíjate en alguien o algo a lo que te aferres y comprieba realmente el sufrimiento, la inutilidad y la falta de libertad que supone aferrarse… Y contempla detenida y tiernamente los rostros humanos y la conducta humana. Tómate tiempo para mirar asombrado la naturaleza, el vuelo de un pájaro, la lozanía de una flor, la caída de una hoja seca, el fluir de un río, la salida de la luna, la silueta de una montaña a contraluz… Y mientras lo haces, la sólida coraza que protege tu corazón se reblandecerá y se fundirá, y tu corazón rebosará de sensibilidad y delicadeza. Se desvanecerá la oscuridad de tus ojos, tu visión se hará clara y penetrante, y al fin sabrás lo que es el amor.

Anthony de Mello, Una llamada al amor, Meditación 22

¿Qué opináis de esta manera de explicar lo que es el amor? Da que pensar, ¿verdad?

En negrita os he señalado las ideas que a mí me parecen clave en todo esto, y me gustaría puntualizar unas cuantas cosas:

  • Primero, que no creo que sea posible llegar a ver la realidad exactamente como es, dado que nuestro cerebro siempre procesa la información que le llega a través de los sentidos pasándola por ciertos filtros y patrones.
  • Segundo, que precisamente por eso es todavía más importante que hagamos el trabajo de identificar esos filtros y patrones, para saber claramente de qué manera estamos siempre distorsionando la realidad, y que podamos minimizar esos sesgos en la medida de lo posible.
  • Y tercero, que lo de «matar al ego» no es necesario… De hecho, ni siquiera es posible: el ego forma parte de nosotros, es la estructura mental que nos hemos montado para poder desenvolvernos en este mundo, así que no podemos eliminarlo por completo. Pero lo que sí podemos hacer, una vez más, es ser conscientes de que existe y aprender cómo funciona, para saber reconocer los pensamientos que nos plantea, y poder elegir cuándo hacerle caso y cuándo no.

Por todo esto creo que tiene sentido cambiar el orden de los factores, o como dice Anthony de Mello, de los ingredientes: primero, dediquémonos a conocernos, comprendernos y gestionarnos bien a nosotros mismos (lo cual, por cierto, es un proceso que lleva su tiempo, así que paciencia), y así más adelante podremos empezar a conocer, comprender y finalmente amar a los demás.

Una llamada al amor: piedra sobre piedra

Hace unos meses os dejé por aquí una meditación de Anthony de Mello, procedente de su libro Una llamada al amor. Hay varias meditaciones en ese libro que me encantan; me parece que aportan muchas ideas para pensar (como dirían en inglés, food for thought) que van muy encaminadas con el desarrollo personal, independientemente de nuestras creencias religiosas.

Photo of three grey flat rocks placed one on top of each other on the ground, against a blurred dark grey and green background

Hoy os traigo la meditación número once, espero que os parezca interesante, o más bien, que os impacte y os remueva un poquito… A veces con estas cosas viene bien sentirse un poco (o muy) incómodos, para que esa incomodidad nos mueva a pasar a la acción, y podamos romper las barreras que nos están impidiendo avanzar. De lo contrario, por mucho que leamos y escuchemos todo tipo artículos y podcasts inspiracionales, y por mucho que pensemos y repensemos y les demos vueltas a las cosas, si nos quedamos en la comodidad y no entramos en acción, al final nunca cambia nada.

«Se le acercaron sus discípulos y le señalaron las construcciones del templo, pero él les dijo: ´¿Veis todo esto? Os aseguro que no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derruida´» (Mt 24, 1-2)

Imagínate a una persona gordísima y grasienta. En algo así puede llegar a convertirse tu mente: en algo tan gordo y grasiento, tan pesado y lento, que sea incapaz de pensar, de observar, de explorar, de descubrir… Mira a tu alrededor y verás cómo la mayoría de las mentes están así: torpes, dormidas, protegidas por «capas de grasa», deseando no ser molestadas ni sacudidas de su modorra.

¿Qué son esas «capas de grasa»? Son tus creencias, las conclusiones a las que has llegado acerca de las personas y las cosas, tus hábitos y tus apegos. Tus años de formación deberían haberte servido para eliminar esas «capas» y liberar tu mente. En cambio, tu sociedad y tu cultura, que han recubierto tu mente con dichas adiposidades, te han enseñado a no verlas siquiera, a refugiarte en el sueño y a dejar que otras personas -los expertos: los dirigentes políticos, culturales y religiosos- piensen por ti. De ese modo, han conseguido abrumarte con el peso de una autoridad y una tradición intangibles e incontestables.

Veamos esas «capas» una por una. La primera son tus creencias. Si tu manera de vivir viene determinada por tu condición de comunista o de capitalista, de musulmán o de judío, estarás experimentando la vida de un modo parcial y sesgado; hay entre ti y la realidad una barrera, una «capas de grasa» que te impide ver y tocar directamente dicha realidad.

La segunda «capa» la constituyen tus ideas. Si te aferras a una idea acerca de alguna persona, entonces ya no amas a esa persona, sino que amas tu idea acerca de ella. Cuando la ves hacer o decir algo, o comportarse de una determinada manera, le pones una etiqueta: «es tonta», «es torpe», «es cruel», «es simpática»… Y entonces ya has puesto una pantalla, una «capa de grasa» entre ti y esa persona; y cuando vuelvas a encontrarte con ella, la verás en función de esa idea que te has formado, aun cuando ella haya cambiado. Observa cómo es precisamente esto lo que has hecho con casi todas las personas que conoces.

La tercera «capa» son los hábitos. El hábito o la costumbre es algo esencial en la vida humana. No podríamos caminar, hablar o conducir un auto si no tuviéramos el hábito de hacerlo. Pero los hábitos deben limitarse al ámbito de las cosas «mecánicas», y no deberán invadir los terrenos del amor o de la visión. A nadie le gusta ser amado «por costumbre». ¿No te has sentado nunca a la orilla del mar, hechizado por la majestad y el misterio del océano? El pescador mira todos los días el océano si caer en la cuenta de su grandeza. ¿Por qué? Por el efecto embotador de una «capa de grasa» llamada «hábito». Te has formado una idea estereotipada acerca de todas las cosas que ves y, cuando tropiezas con ellas, no eres capaz de verlas en toda su cambiante novedad y frescor; lo único que ves es la misma idea insípida, espesa y aburrida que te has habituado a tener de ellas. Y así es como tratas y te relacionas con las personas y las cosas: sin frescor ni novedad de ningún tipo, sino de esa forma torpe y rutinaria generada por la costumbre. Eres incapaz de mirar de una manera más creativa, porque, al haber adquirido el hábito de tratar con el mundo y con la gente, puedes activar el «piloto automático» de tu mente e irte a dormir.

La cuarta «capa», formada por tus apegos y tus miedos, es la más fácil de ver. Recubre con una espesa capa de apego o de miedo (y de aversión, por consiguiente) cualquier cosa o persona, y en ese mismo instante dejarás de ver a esa persona o cosa como realmente es. Y para comprobar cuán cierto es esto, basta con que recuerdes a algunas de las personas que te desagradan o temes, o a las que sientes apegado.

¿Ves ahora hasta qué punto estás encerrado en una prisión creada por las creencias y tradiciones de tu sociedad y tu cultura, y por las ideas, prejuicios, apegos y miedos producidos por tus experiencias pasadas? Hay una serie de muros que rodean tu prisión, de forma que te resulta casi imposible evadirte de ella y entrar en contacto con toda la riqueza de vida y de amor que hay en el exterior. Y, sin embargo, lejos de ser imposible, es realmente fácil y grato. ¿Qué hay que hacer? Cuatro cosas:

Primera: reconocer que estás encerrado entre los muros de una prisión y que tu mente se ha quedado dormida. A la mayoría de las personas ni siquiera se les ocurre verlo, por lo que viven y mueren «encarceladas». Y la mayoría también acaba siendo conformista y adaptándose a la vida de dicha prisión. Algunos salen «reformadores» y luchan por unas mejores condiciones de vida en la prisión: una mejor iluminación, una mejor ventilación… Y casi nadie se decide a ser un rebelde, un revolucionario que eche abajo los muros de la prisión. Sólo podrás ser revolucionario cuando consigas ver, antes que nada, dichos muros.

Segunda: contempla los muros; emplea horas enteras simplemente en observar tus ideas, tus hábitos, tus apegos y tus miedos, sin emitir juicio ni condena de ningún tipo. Limítate a mirarlos, y se derrumbarán.

Tercera: emplea también algún tiempo en observar las cosas y personas que te rodean. Mira, como si lo hicieras por primera vez, el rostro de un amigo, una hoja, un árbol, el vuelo de un pájaro, el comportamiento y las peculiaridades de las personas que te rodean… Mira todas esas cosas de veras, y seguro que habrás de verlas tal como son en realidad, sin el efecto embotador y deformante de tus ideas y hábitos.

Cuarta (y más importante): siéntate tranquilamente y observa cómo funciona tu mente, de la que brota sin cesar un flujo de pensamientos, sensaciones y reacciones. Dedica largos ratos a observarlo todo ello del mismo modo en que contemplas un río o una película. No tardarás mucho tiempo en descubrir que es aún más interesante, vivificante y liberador. Después de todo, ¿acaso puedes afirmar que estás vivo si ni siquiera eres consciente de tus propios pensamientos y reacciones? Se dice que la vida inconsciente no merece ser vivida. Podría afirmarse que ni siquiera puede ser llamada «vida», porque es una existencia mecánica, de «robot»; porque se parece más al sueño, a la falta de sentido, a la muerte… Y, sin embargo, es esto lo que la gente llama «vida humana».

Así pues, mira, observa, examina, explora… y tu mente se hará viva, eliminará su «grasa» y se tornará perspicaz, despierta y activa. Los muros de tu prisión se desplomarán hasta que no quede piedra sobre piedra, y tú te verás agraciado con la visión nítida y sin obstáculos de las cosas tal como son, con la experiencia directa de la realidad.

Anthony de Mello, Una llamada al amor, Meditación 11

Una llamada al amor

Esta semana he rescatado un libro que tiene más de treinta años, y que yo leí hace más de veinte; recuerdo que en su momento me impactó mucho. Se trata de Una llamada al amor, una recopilación de las últimas reflexiones de Anthony de Mello escritas en forma de meditaciones.

Book cover: "Una llamada al amor" ("The way to love"), from Anthony de Mello, in its Spanish version, showing an image of a wheat field

Acabo de empezar a releerlo, y ya me estoy dando cuenta de varias cosas. Por un lado, me reafirmo en creer que no hay nada nuevo bajo el sol: ya está todo dicho y escrito, múltiples veces y de múltiples maneras, al menos las grandes verdades que los sabios nos vienen mostrando desde hace milenios.

Lo que pasa es que estas enseñanzas nos calan o nos resbalan según estemos o no preparados para recibirlas, y una vez que las recibimos, solamente nos sirven para cambiar de verdad si estamos dispuestos a trabajar por integrarlas en nuestra vida.

Por otro lado, compruebo con sorpresa que muchas de las cosas que creía haber aprendido recientemente gracias al coaching, la PNL, el estoicismo, etc., en realidad ya llevaban bastantes años dentro de mí, tomando forma y cobrando sentido poco a poco. Por eso no puedo decir que haya una única disciplina, técnica o curso de desarrollo personal que me haya «cambiado la vida», como he oído decir a tanta gente… Lo mío ha sido una acumulación de ideas, conceptos e hipótesis que he ido recogiendo casi toda mi vida, y que a veces me han desconcertado y descolocado mucho (como las reflexiones de este libro) para luego volver a colocarme poco a poco, ayudándome a crecer en consciencia y en coherencia.

Y para muestra, un botón: os copio aquí la segunda meditación completa, tal como aparece en el libro, que me parece que viene muy a cuento con el subtítulo del blog: Reprograma tu vida. Es un poco larga, pero creo que merece la pena leerla, espero que os guste y que os descoloque un poquito.

«Si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío» (Lc 14, 26)

Echa un vistazo al mundo y observa la infelicidad que hay en torno a ti y dentro de ti mismo. ¿Acaso sabes cuál es la causa de tal infelicidad? Probablemente digas que la causa es la soledad, o la opresión, o la guerra, o el odio, o el ateísmo… Y estarás equivocado. La infelicidad tiene una sola causa: las falsas creencias que albergas en tu mente; creencias tan difundidas, tan comúnmente profesadas, que ni siquiera se te ocurre la posibilidad de ponerlas en duda. Debido a tales creencias, ves el mundo y te ves a ti mismo de una manera deformada. Estás tan profundamente «programado» y padeces tan intensamente la presión de la sociedad que te ves literalmente obligado a percibir el mundo de esa manera deformada. Y no hay solución, porque ni siquiera sospechas que tu percepción está deformada, que piensas de manera equivocada, que tus creencias son falsas.

Mira en derredor tuyo y trata de encontrar a una sola persona que sea auténticamente feliz: sin temores de ningún tipo, libre de toda clase de inseguridades, ansiedades, tensiones, preocupaciones… Será un milagro si logras encontrar a una persona así entre cien mil. Ello debería hacerte sospechar de la «programación» y las creencias que tanto tú como esas personas tenéis en común. Pero resulta que también has sido «programado» para no abrigar sospechas ni dudas y para limitarte a confiar en lo que tu tradición, tu cultura, tu sociedad y tu religión te dicen que des por sentado. Y si no eres feliz, ya has sido adiestrado para culparte a ti de ello, no a tu «programación» ni a tus ideas y creencias culturalmente heredadas. Pero lo que empeora aún más las cosas es el hecho de que la mayoría de las personas han sufrido tal lavado de cerebro que ni siquiera se dan cuenta de lo infelices que son…: como el hombre que sueña y no tiene ni idea de que está soñando.

¿Cuáles son esas falsas creencias que te apartan de la felicidad? Veamos algunas. Por ejemplo, ésta: «No puedes ser feliz sin las cosas a las que estás apegado y que tanto estimas». Falso. No hay un solo momento en tu vida en el que no tengas cuanto necesitas para ser feliz. Piensa en ello durante un minuto… La razón por la que eres infeliz es porque no dejas de pensar en lo que no tienes, en lugar de pensar más bien en lo que tienes en este momento.

O esta otra: «La felicidad es cosa del futuro». No es cierto. Tú eres feliz aquí y ahora; pero no lo sabes, porque tus falsas creencias y tu manera deformada de percibir las cosas ten han llenado de miedos, de preocupaciones, de ataduras, de conflictos, de culpabilidades y de una serie de «juegos» que has sido «programado» para jugar. Si lograras ver a través de toda esa maraña, comprobarías que eres feliz… Y no lo sabes.

Otra falsa creencia: «la felicidad te sobrevendrá cuando logres cambiar la situación en que te encuentras y a las personas que te rodean». Tampoco es cierto. Estás derrochando estúpidamente un montón de energías tratando de cambiar el mundo. Si tu vocación en la vida es la de cambiar el mundo, ¡adelante, cámbialo!; pero no abrigues la ilusión de que así lograrás ser feliz. Lo que te hace feliz o desdichado no es el mundo ni las personas que te rodean, sino los pensamientos que albergas en tu mente. Tan absurdo es buscar la felicidad en el mundo exterior a uno mismo como buscar un nido de águilas en el fondo del mar. Por eso, si lo que buscas es la felicidad, ya puedes dejar de malgastar tus energías tratando de remediar tu calvicie, o de conseguir una figura atractiva, o de cambiar de casa, de trabajo, de comunidad, de forma de vivir o incluso de personalidad. ¿No te das cuenta de que podrías cambiar todo eso, tener la mejor de las apariencias, la más encantadora personalidad, vivir en el lugar más hermoso del mundo… y, a pesar de ello, seguir siendo infeliz? En el fondo, tú sabes que esto es cierto; sin embargo, te empeñas en derrochar esfuerzos y energías tratando de obtener lo que sabes muy bien que no puede hacerte feliz.

Y otra falsa creencia más: «Si se realizan todos tus deseos, serás feliz». También esto es absolutamente falso. De hecho, son precisamente esos deseos los que te hacen vivir tenso, frustrado, nervioso, inseguro y lleno de miedos. Haz una lista de todos tus apegos y deseos, y a cada uno de ellos dile estas palabras: «En el fondo de mi corazón, sé que, aunque te obtenga, no alcanzaré la felicidad». Reflexiona sobre la verdad que encierran estas palabras. Lo más que puede proporcionarte el cumplimiento de un deseo es un instante de placer y de emoción. Y no hay que confundir eso con la felicidad.

¿Qué es, entonces, la felicidad? Muy pocas personas lo saben, y nadie puede decírtelo, porque la felicidad no puede ser descrita. ¿Acaso puedes describir lo que es la luz a una persona que no ha conocido en toda su vida más que la oscuridad? ¿O puedes quizá describir la realidad a alguien durante un sueño? Comprende tu oscuridad, y ésta se desvanecerá; entonces sabrás lo que es la luz. Comprende tu pesadilla como tal pesadilla, y esta cesará; entonces despertarás a la realidad. Comprende tus falsas creencias, y éstas perderán fuerza; entonces conocerás el sabor de la felicidad.

Si las personas desean tanto la felicidad, ¿por qué no intentan comprender sus falsas creencias? En primer lugar, porque nunca las ven como falsas, ni siquiera como creencias. De tal manera han sido «programados» que las ven como hechos, como realidad. En segundo lugar, porque les aterra la posibilidad de perder el único mundo que conocen: el mundo de los deseos, los apegos, los miedos, las presiones sociales, las tensiones, las ambiciones, las preocupaciones, la culpabilidad…, con los instantes de placer, de consuelo y de entusiasmo que tales cosas proporcionan. Imagínate a alguien que temiera liberarse de una pesadilla, porque, a fin de cuentas, fuera ése el único mundo que conociera…: he ahí tu retrato y el de otras muchas personas.

Si quieres obtener una felicidad duradera, has de estar dispuesto a odiar a tu padre, a tu madre… y hasta tu propia vida, y a perder cuanto posees. ¿De qué manera? No desprendiéndote de ello ni renunciando a ello (porque, cuando se renuncia a algo forzadamente, queda uno vinculado a ello para siempre), sino, más bien, procurando verlo como la pesadilla que en realidad es; y entonces, lo conserves o no, habrá perdido todo dominio sobre ti y toda posibilidad de dañarte, y al fin te habrás liberado de tu sueño, de tu oscuridad, de tu miedo, de tu infelicidad…

Dedica, pues, un tiempo a tratar de ver tal y como son cada una de las cosas a las que te aferras: una pesadilla que, por una parte, te proporciona entusiasmo y placer y, por otra, preocupación, inseguridad, tensión, ansiedad, miedo, infelicidad…

El padre y la madre: una pesadilla. La mujer y los hijos, los hermanos y hermanas: una pesadilla. Todas tus pertenencias: una pesadilla. Cada una de las cosas a las que te aferras y sin las que estás convencido de que no puedes ser feliz: una pesadilla… Por eso odiarás a tu padre y a tu madre, a tu mujer y a tus hijos, a tus hermanos y hermanas… y hasta tu propia vida. Por eso deberás dejar todas tus pertenencias, es decir, dejarás de aferrarte a ellas, y de ese modo habrás destruido su capacidad de dañarte. Por eso, finalmente, experimentarás ese misterioso estado que no puede ser descrito con palabras: el estado de una felicidad y una paz permanentes. Y comprenderás cuán cierto es que quien deja de aferrarse a sus hermanos y hermanas, a su padre, a su madre, a sus hijos, a sus tierras y posesiones… recibe el ciento por uno y obtiene la vida eterna.

Anthony de Mello, Una llamada al amor, Meditación 2