Este fin de semana hemos estado hablando en casa de carreras universitarias. Irene, mi hija mayor, está en el último curso del instituto, así que le toca elegir ya lo que quiere estudiar, y a su hermana Alicia le quedan sólo dos años para verse en las mismas.
(Esta foto es de la universidad de Maynooth, que está bastante cerca de nuestra casa. Es una universidad moderna, pero también tiene algunos edificios antiguos; el otro día me di una vuelta por allí, y me gustó mucho el ambiente.)
La verdad es que lo de elegir universidad y carrera es un punto de inflexión en la vida de un adolescente, quizá la primera gran decisión a la que se enfrenten muchos de ellos… Y puede ser un proceso bastante abrumador, lleno de dudas e incertidumbre. Los que ya tengan clara su primera opción sentirán presión por sacar suficiente nota, y se agobiarán pensando si lo conseguirán o no. Pero, ¿y los que ni siquiera sepan por dónde tirar? Pues más dudas, más presion y más agobio todavía, intentando aclararse las ideas y elegir bien.
Porque claro, lo que estudies en la carrera va a ser lo que determine tu vida profesional una vez que acabes…
Todo esto me recuerda a la charla que di el año pasado sobre trayectorias profesionales (puedes leer los artículos aquí y aquí), en la que intentaba tranquilizar un poco a los chavales en este sentido. Cuando se trata de decisiones importantes como ésta, es natural sentir la necesidad de acertar con la solución perfecta, en este caso de elegir la trayectoria profesional ideal… Pero la realidad es que ni tenemos toda la información, ni todo depende de nosotros, además de que no existe la solución perfecta como tal; lo que existe son opciones diferentes que nos van a dar resultados y aprendizajes diferentes.
Por suerte, hoy en día, el elegir una carrera o una profesión determinada no significa que tengas que quedarte atrapado ahí para toda la vida: la reinvención profesional está a la orden del día, tanto por voluntad propia como por la evolución del mercado laboral. Así que, en mi opinión, lo más importante es empezar por alguna parte (a ser posible en algo que te guste y/o que se te dé bien), hacerlo lo mejor que puedas, aprender mucho, ganar experiencia, y luego ya si hace falta, ir ajustando el rumbo a medida que avances.
Eso sí, tampoco es cuestión de irse reinventando y cambiando de carrera profesional cada diez minutos, ¿eh? Hace falta un poco de paciencia y perseverancia para poder aprender todo lo que cada etapa nos tenga que enseñar.
Y lo bueno es que todos esos conocimientos, experiencias y habilidades que adquirimos en cada etapa los vamos integrando sin darnos cuenta, y eso nos convierte en mejores profesionales, aunque a primera vista parezca que algunas cosas no sean relevantes o no se puedan aplicar al nuevo puesto o a la nueva situación.
Os pongo un par de ejemplos de mi propia trayectoria para ver si se entiende mejor:
- Yo en la universidad estudié ingeniería informática, lo cual me sirvió para aprender a programar, y aunque no era la ilusión de mi vida programar (no era my hobby, como lo era para algunos de mis amigos), se me daba más o menos bien, y mis primeros trabajos al terminar la carrera fueron de programadora.
- Al llegar a Irlanda empecé a trabajar también como programadora, pero al pasar el tiempo entraron otros informáticos más júnior en mi equipo, y yo pasé a programar cada vez menos y a hacer cada vez más tareas de análisis (o sea, entender cómo funciona el sistema y qué cambios hacer según lo que se necesite para cada proyecto).
- En la siguiente empresa en la que entré (que es en la que aún estoy), ya me contrataron directamente como analista de sistemas.
- Las tareas típicas de un analista incluyen:
- Recopilar los requisitos de los clientes o usuarios para añadir funcionalidad a un sistema,
- Documentar el estado actual del sistema (as-is),
- Definir el estado futuro, una vez añadida la nueva funcionalidad (to-be)
- Especificar los cambios necesarios para pasar del estado actual al estado futuro, y
- Trabajar con el equipo de desarrolladores para implementar dichos cambios.
- Años después, descubrí el coaching, una disciplina que a primera vista no tiene nada que ver con el análisis de sistemas… Hasta que nos ponemos a mirar en detalle los pasos del método GROW, que es el modelo más extendido en coaching:
- Goal – Definir el objetivo: ¿qué es lo que quieres conseguir?
- Reality – Explorar la realidad: ¿cómo son las cosas ahora mismo, en relación a ese objetivo?
- Options – Listar las opciones: ¿qué podrías hacer para avanzar hacia tu objetivo?
- Will or Way forward – Plan de acción: ¿qué vas a hacer, por dónde vas a empezar?
Resulta que (a grandes rasgos y salvando las distancias), la estructura de una sesión de coaching no es tan diferente de los pasos que hay que seguir antes de modificar una página web, por ejemplo. Y la mente estructurada y analítica que he ido desarrollando en todos estos años gracias al análisis de sistemas me ha dado muy buena base para poder gestionar mis sesiones de coaching.
Y otro paralelismo más que he notado:
- Más allá de las sesiones individuales, recordemos que el coaching es sobre todo un proceso:
- Al principio del todo se establece un objetivo principal (el objetivo de proceso), y se define lo mejor posible.
- Después, en cada sesión identificamos un tema concreto que trabajar (el objetivo de la sesión) en relación con el objetivo principal, y definimos un nuevo plan de acción.
- Así, cada sesión implica dar un paso más en el camino hacia el objetivo principal, evaluando los resultados del paso anterior y ajustando el rumbo siempre que sea necesario.
- Esto se podría comparar a cómo trabajamos en informática con las metodologías Agile, por ejemplo con Scrum:
- Cada proyecto o iniciativa representa un objetivo: implementar cierta funcionalidad en el sistema.
- El equipo define, para cada ciclo de trabajo (lo que en Scrum se llama sprint, un periodo fijo de tiempo, por ejemplo de dos semanas), un objetivo parcial como parte del desarrollo completo, basándose en el número de tareas que estiman que pueden terminar en ese tiempo.
- Al final de cada sprint se hace un seguimiento del trabajo, se reflexiona sobre lo que ha funcionado y lo que no, lo que se ha conseguido terminar y lo que no, se hacen los ajustes necesarios, y se planifica el siguiente sprint.
Espero que estos ejemplos ilustren un poco lo que quiero decir con este post: que muchas de las cosas que aprendemos en unos contextos nos pueden servir en muchos otros contextos, y que aunque no «acertemos» a la primera con nuestra carrera profesional, estaremos aprendiendo y evolucionando igualmente, por lo que no estaremos perdiendo tiempo ni mucho menos, sinio todo lo contrario.
¿Y tú que opinas? ¿Qué habilidades tienes ahora gracias a trabajos o proyectos del pasado?
