Día de la marmota… O todo lo contrario

Hoy es 2 de febrero, y esta vez sí que me he acordado de que es el día de la marmota.

El otro día estuve recordándoles a mis compañeros el argumento de la película Groundhog Day, cuyo título se tradujo al español como «Atrapado en el tiempo», precisamente porque de eso trata: el protagonista se queda atascado en el día 2 de febrero, viviendo en bucle el mismo día (el día de la marmota) y sin saber cómo salir de ahí.

(Foto de un banco cualquiera en un parque cualquiera.)

Y después de aquella conversación, me quedé pensando… Hace mucho que no le oigo comentar a nadie lo de que le parece estar viviendo en el día de la marmota, en el sentido de estar metido en una rutina y una monotonía de las que le gustaría salir. Y es que quizá llevamos un tiempo en que la vida no está siendo precisamente rutinaria, y no necesariamente por razones que podríamos considerar «buenas».

Más bien parece (o igual sólo me lo parece a mí) que está todo un poco fuera de control, ya sea por las inclemencias meteorológicas de estas últimas semanas, por el avance cada vez más rápido de las tecnologías (léase IA), o por tantas otras cosas que están ocurriendo en ciertos lugares del mundo, y que llegan a situaciones francamente surrealistas.

Igual lo que preferiríamos ahora mismo sería un mundo un poquito más estable y predecible.

Pero de momento, tenemos lo que tenemos.

¿Y qué podemos hacer?

No puedo evitar acordarme del principio de la pandemia, allá por marzo de 2020 (hace ya ¡casi seis años!). En aquel momento todo era incertidumbre; la situación también era surrealista, sin precedentes, y no teníamos ni idea de lo que nos deparaba el futuro. Pero había que seguir adelante, y eso fue lo que hicimos: seguir adelante como buenamente pudimos, y paso a paso, con mayor o menor sufrimiento, conseguimos transitar ese camino y llegar a una nueva normalidad.

Quizá es eso también lo que nos toca hacer ahora, porque es lo que al ser humano le ha tocado hacer desde el principio de los tiempos: adaptarse a nuevas situaciones, resolver nuevos problemas.

Dicen que en esta vida lo único constante es el cambio, y sabemos que es verdad: las personas vamos cambiando, y a la vez también cambian nuestro entorno y circunstancias. Lo que pasa es que hay temporadas en las que ese cambio es más suave y gradual, y temporadas en las que es mucho más fuerte y rápido, hasta tal punto que puede llegar a sobrepasarnos. Y ahí es cuando se nos escapa la sensación (ilusoria, por otra parte) de tenerlo todo bajo control, y llegan el agobio y la incertidumbre.

A nuestro cerebro no le gusta nada la incertidumbre. Le genera mucho malestar, porque no sabe qué hacer con ella, y al no poder solucionarla con su piloto automático habitual, gasta mucha energía preocupándose e intentando predecir el futuro. Por eso muchas veces preferimos volver a lo «malo conocido», a la rutina (mal entendida) y a la monotonía, antes que aventurarnos hacia lo que está por descubrir, por mucho que pueda ser mejor que lo que tenemos ahora.

Así que, si estás pasando por algún tipo de incertidumbre en este momento, que sepas que no estás solo, ni mucho menos. Y aunque por supuesto hay factores externos que no podemos controlar, sí que podemos utilizar herramientas y estrategias que nos ayuden a sentirnos mejor, y a recuperar cierta sensación de orden y de control. Aquí van algunas sugerencias:

  • Establecer rutinas «de las buenas», que aporten estabilidad, estructura y predictibilidad a nuestros días, pero con cierta flexibilidad también, para que podamos ir adaptándonos a medida que cambien las cosas.
  • Dedicar tiempo intencionadamente a cuidarnos física, mental y emocionalmente, incluyendo en nuestra agenda ratos de ocio, de descanso y de conexión (que, como bien me han recordado recientemente, no son un lujo, son una necesidad). Cualquier cosa se afronta mejor cuando se tienen las pilas cargadas, y todo se hace mucho más cuesta arriba cuando nos pilla cansados o bajos de ánimos.
  • Tener un diario (físico) en el que escribir (a mano) nuestros pensamientos y preocupaciones. El ejercicio de escribir nos ayuda a sacar lo que llevamos dentro, para tomar conciencia y poder procesarlo mejor. Y además, nuestra mente puede descansar más tranquila, sabiendo que está todo por escrito.

¿Qué te parecen estas tres estrategias? ¿Cuáles utilizas tú cuando la vida va a un paso más acelerado del que te gustaría?

Conociendo al elefante

El otro día fui con mis compañeros de trabajo a comer a un pub muy chulo cerca de la oficina (An Poitin Stil, para quien tenga curiosidad), y a la puerta me encontré con este elefante:

(Foto de la estatua de un elefante gris a la entrada de un pub en Rathcoole, Irlanda.)

Inmediatamente me acordé de una metáfora que me gusta mucho, y que estoy empezando a utilizar bastante al hablar de temas de coaching y crecimiento personal/profesional (junto con la del iceberg, que sigue siendo mi favorita).

Es la teoría del elefante y el jinete, formulada por el psicólogo Jonathan Haidt. Propone la idea de que nuestra mente consciente, es decir, nuestra parte lógica y racional, es como un jinete que va montado a lomos de un elefante, y ese elefante es nuestra mente no consciente, es decir, nuestro lado intuitivo y emocional.

El jinete se cree que él es el que manda, el que lleva las riendas, pero al fin y al cabo, el elefante es mucho más fuerte y siempre acaba ganando. Y todo esto pasa sin que nos demos cuenta… El caso es que la inmensa mayoría de nuestras decisiones no son tan lógicas y racionales como nos gustaría creer: en realidad, son decisiones emocionales, que luego justificamos racionalmente a posteriori.

Asusta un poco, ¿verdad? Y cuesta reconocerlo. Nosotros que nos creíamos tan listos…

Pero también hay un lado muy positivo de esta metáfora, y es que explica muy bien por qué nos cuesta tanto cambiar y adquirir hábitos nuevos: puede que el jinete tenga muy claro adónde quiere ir, pero como no sepa convencer y motivar al elefante, no va a conseguir moverse en esa dirección.

En otras palabras: mientras nuestros objetivos no estén alineados con nuestras motivaciones más profundas (creencias, valores, identidad, etc.), no vamos a conseguir hacer cambios duraderos, nos vamos a estar autosaboteando constantemente.

¿La solución? Hacerte amigo del elefante 🙂 Esforzarte por conocerle lo mejor posible, aprender a entenderle y a trabajar con él, para poder así aunar fuerzas y avanzar juntos de una manera que satisfaga las necesidades de ambos.

Y tú, ¿cómo de bien conoces a tu elefante? ¿Y qué tal te llevas con él?

Trayectorias profesionales (III)

Este fin de semana hemos estado hablando en casa de carreras universitarias. Irene, mi hija mayor, está en el último curso del instituto, así que le toca elegir ya lo que quiere estudiar, y a su hermana Alicia le quedan sólo dos años para verse en las mismas.

(Esta foto es de la universidad de Maynooth, que está bastante cerca de nuestra casa. Es una universidad moderna, pero también tiene algunos edificios antiguos; el otro día me di una vuelta por allí, y me gustó mucho el ambiente.)

La verdad es que lo de elegir universidad y carrera es un punto de inflexión en la vida de un adolescente, quizá la primera gran decisión a la que se enfrenten muchos de ellos… Y puede ser un proceso bastante abrumador, lleno de dudas e incertidumbre. Los que ya tengan clara su primera opción sentirán presión por sacar suficiente nota, y se agobiarán pensando si lo conseguirán o no. Pero, ¿y los que ni siquiera sepan por dónde tirar? Pues más dudas, más presion y más agobio todavía, intentando aclararse las ideas y elegir bien.

Porque claro, lo que estudies en la carrera va a ser lo que determine tu vida profesional una vez que acabes…

Todo esto me recuerda a la charla que di el año pasado sobre trayectorias profesionales (puedes leer los artículos aquí y aquí), en la que intentaba tranquilizar un poco a los chavales en este sentido. Cuando se trata de decisiones importantes como ésta, es natural sentir la necesidad de acertar con la solución perfecta, en este caso de elegir la trayectoria profesional ideal… Pero la realidad es que ni tenemos toda la información, ni todo depende de nosotros, además de que no existe la solución perfecta como tal; lo que existe son opciones diferentes que nos van a dar resultados y aprendizajes diferentes.

Por suerte, hoy en día, el elegir una carrera o una profesión determinada no significa que tengas que quedarte atrapado ahí para toda la vida: la reinvención profesional está a la orden del día, tanto por voluntad propia como por la evolución del mercado laboral. Así que, en mi opinión, lo más importante es empezar por alguna parte (a ser posible en algo que te guste y/o que se te dé bien), hacerlo lo mejor que puedas, aprender mucho, ganar experiencia, y luego ya si hace falta, ir ajustando el rumbo a medida que avances.

Eso sí, tampoco es cuestión de irse reinventando y cambiando de carrera profesional cada diez minutos, ¿eh? Hace falta un poco de paciencia y perseverancia para poder aprender todo lo que cada etapa nos tenga que enseñar.

Y lo bueno es que todos esos conocimientos, experiencias y habilidades que adquirimos en cada etapa los vamos integrando sin darnos cuenta, y eso nos convierte en mejores profesionales, aunque a primera vista parezca que algunas cosas no sean relevantes o no se puedan aplicar al nuevo puesto o a la nueva situación.

Os pongo un par de ejemplos de mi propia trayectoria para ver si se entiende mejor:

  • Yo en la universidad estudié ingeniería informática, lo cual me sirvió para aprender a programar, y aunque no era la ilusión de mi vida programar (no era my hobby, como lo era para algunos de mis amigos), se me daba más o menos bien, y mis primeros trabajos al terminar la carrera fueron de programadora.
  • Al llegar a Irlanda empecé a trabajar también como programadora, pero al pasar el tiempo entraron otros informáticos más júnior en mi equipo, y yo pasé a programar cada vez menos y a hacer cada vez más tareas de análisis (o sea, entender cómo funciona el sistema y qué cambios hacer según lo que se necesite para cada proyecto).
  • En la siguiente empresa en la que entré (que es en la que aún estoy), ya me contrataron directamente como analista de sistemas.
  • Las tareas típicas de un analista incluyen:
    • Recopilar los requisitos de los clientes o usuarios para añadir funcionalidad a un sistema,
    • Documentar el estado actual del sistema (as-is),
    • Definir el estado futuro, una vez añadida la nueva funcionalidad (to-be)
    • Especificar los cambios necesarios para pasar del estado actual al estado futuro, y
    • Trabajar con el equipo de desarrolladores para implementar dichos cambios.
  • Años después, descubrí el coaching, una disciplina que a primera vista no tiene nada que ver con el análisis de sistemas… Hasta que nos ponemos a mirar en detalle los pasos del método GROW, que es el modelo más extendido en coaching:
    • Goal – Definir el objetivo: ¿qué es lo que quieres conseguir?
    • Reality – Explorar la realidad: ¿cómo son las cosas ahora mismo, en relación a ese objetivo?
    • Options – Listar las opciones: ¿qué podrías hacer para avanzar hacia tu objetivo?
    • Will or Way forward – Plan de acción: ¿qué vas a hacer, por dónde vas a empezar?

Resulta que (a grandes rasgos y salvando las distancias), la estructura de una sesión de coaching no es tan diferente de los pasos que hay que seguir antes de modificar una página web, por ejemplo. Y la mente estructurada y analítica que he ido desarrollando en todos estos años gracias al análisis de sistemas me ha dado muy buena base para poder gestionar mis sesiones de coaching.

Y otro paralelismo más que he notado:

  • Más allá de las sesiones individuales, recordemos que el coaching es sobre todo un proceso:
    • Al principio del todo se establece un objetivo principal (el objetivo de proceso), y se define lo mejor posible.
    • Después, en cada sesión identificamos un tema concreto que trabajar (el objetivo de la sesión) en relación con el objetivo principal, y definimos un nuevo plan de acción.
    • Así, cada sesión implica dar un paso más en el camino hacia el objetivo principal, evaluando los resultados del paso anterior y ajustando el rumbo siempre que sea necesario.
  • Esto se podría comparar a cómo trabajamos en informática con las metodologías Agile, por ejemplo con Scrum:
    • Cada proyecto o iniciativa representa un objetivo: implementar cierta funcionalidad en el sistema.
    • El equipo define, para cada ciclo de trabajo (lo que en Scrum se llama sprint, un periodo fijo de tiempo, por ejemplo de dos semanas), un objetivo parcial como parte del desarrollo completo, basándose en el número de tareas que estiman que pueden terminar en ese tiempo.
    • Al final de cada sprint se hace un seguimiento del trabajo, se reflexiona sobre lo que ha funcionado y lo que no, lo que se ha conseguido terminar y lo que no, se hacen los ajustes necesarios, y se planifica el siguiente sprint.

Espero que estos ejemplos ilustren un poco lo que quiero decir con este post: que muchas de las cosas que aprendemos en unos contextos nos pueden servir en muchos otros contextos, y que aunque no «acertemos» a la primera con nuestra carrera profesional, estaremos aprendiendo y evolucionando igualmente, por lo que no estaremos perdiendo tiempo ni mucho menos, sinio todo lo contrario.

¿Y tú que opinas? ¿Qué habilidades tienes ahora gracias a trabajos o proyectos del pasado?

Revoltijo de emociones

Ayer fuimos las niñas y yo al cine a ver Inside Out 2, que en España se ha traducido como Del Revés 2. Habiéndome gustado tantísimo la primera peli, sabía que la segunda también me iba a gustar 🙂

(Si quieres saber más sobre la primera peli y sus emociones protagonistas, puedes leer aquí y aquí).

Esta foto es de una bolsita de tela que encontré en una tienda hace varios años y que me hizo mucha gracia: es literalmente lo que en inglés se llamaría «a mixed bag of emotions» (una bolsa de emociones mezcladas). Lo de «mixed bag» en inglés se utiliza para expresar que se juntan cosas buenas y malas; en este caso, me recuerda que todos pasamos por momentos en los que tenemos por dentro un revoltijo de emociones, unas que nos resultan más agradables, y otras que menos.

Pero bueno, volviendo a la peli nueva, tampoco quiero reventaros mucho el argumento, aunque si habéis visto los tráilers ya os habréis hecho una idea: nuestra amiga Riley acaba de cumplir trece años, y al llegar la adolescencia, todo se vuelve mucho más complicado, con emociones nuevas e imprevisibles…

Una vez más, me parece que los artistas de Pixar han representado magistralmente de forma simbólica lo que ocurre dentro de la mente humana, explicando cómo funciona esa montaña rusa mental y emocional que sobre todo en la adolescencia nos arrastra a veces sin remedio. Y dando un paso más allá, la historia se adentra también en el mundo de las creencias, y en cómo se van formando y consolidando a medida que crecemos.

Me voy a aventurar aquí a deciros el mensaje que yo me he llevado de esta película, que no sé si será o no el que los guionistas tenían pensado: así como la primera parte hacía mucho hincapié en que todas las emociones son necesarias y deben tener su espacio, la segunda parte nos habla de la importancia de aceptar tanto lo que nos gusta como lo que no nos gusta de nosotros mismos y de lo que nos sucede.

Reconocer las partes que consideramos positivas y las que percibimos como negativas, la luz y la sombra. Porque todos estamos llenos de contradicciones, y al igual que tenemos fortalezas, tenemos debilidades, no porque nos pase nada malo que haya que esconder o que arreglar, sino porque así es como funcionamos los seres humanos. Cada uno tenemos lo nuestro, y aceptar e integrar lo que nos vamos encontrando a medida que avanzamos es la clave para poder crecer, madurar y evolucionar como personas.

Y tú, ¿ya has visto la peli? ¿Que es lo que te ha transmitido? Y si aún no la has visto, ¿a qué esperas?

Un truquito emocional

Una de las cosas que me encanta de mi trabajo es que me permite de vez en cuando dar una charla o taller sobre algún tema de desarrollo profesional, que luego acaba siendo también de desarrollo personal, porque ambos van inevitablemente de la mano.

Esta semana me ha tocado contribuir por segundo año consecutivo al programa de formación de los «interns» de mi empresa (algo parecido a los becarios en España), con una sesión interactiva sobre uno de mis temas favoritos: la inteligencia emocional.

De forma muy resumida, la inteligencia emocional se puede definir como la capacidad de:

  • Reconocer, comprender y gestionar nuestras propias emociones, y
  • Reconocer, comprender y relacionarnos con las emociones de los demás.

Igual os parece un poco raro que hablemos de emociones en un entorno profesional, pero es que resulta que nuestro «coeficiente emocional» (o EQ) a menudo es más importante que el coeficiente intelectual (o IQ), sobre todo en el trabajo.

¿Por qué? Porque al fin y al cabo, ante todo somos personas, somos seres humanos, y por mucho que nos parezca que el trabajo tiene que ver con tareas, procesos, sistemas, programas y demás (o lo que sea dependiendo de tu profesión), en el fondo todo tiene que ver con las personas, directa o indirectamente – compañeros, jefes, clientes, proveedores, usuarios, pacientes, o lo que toque según el caso. Siempre estamos tratando con personas, empezando por nosotros mismos.

La buena noticia es que la inteligencia emocional se puede entrenar, y que además nos beneficia por partida doble: en el terreno personal y en el profesional. Tanto en uno como en otro, cuanto mejor te comprendas tú y sepas comprender a los demás, mejor te va a ir en la vida. Así de simple.

En el episodio 7 de Reprograma tu vida ya vimos cómo funcionan en general las emociones, cuáles son las principales (las llamadas emociones universales) y el mensaje específico que nos transmite cada una. Hoy quiero compartir con vosotros una técnica muy útil para gestionarnos en esos momentos en los que aparece la emoción: el acrónimo STOP.

STOP traffic sign against a blurred countryside background

  • S de Stop – párate, ¡literalmente! Deja por un segundo lo que estabas haciendo.
  • T de Take a breath (o take a step back) – tómate un momento para respirar conscientemente. Inspira y espira.
  • O de Observe – observa. ¿Qué estás sintiendo justo aquí y ahora? ¿Cuál es esa emoción (pónle nombre), y qué te viene a decir? ¿Cuál es el mensaje?
  • P de Proceed – procede. Una vez recibido el mensaje, ¿qué quieres hacer con él? ¿Cómo quieres responder a esta situación?

Esta técnica nos ayuda a crear un poco de espacio entre la emoción, que es espontánea y no podemos controlar, y las acciones que siguen a esa emoción, que sí que podemos controlar, pero sólo si salimos del piloto automático para poder elegir más conscientemente. Es la gestión adecuada de las emociones lo que nos va a permitir responder a las situaciones en lugar de reaccionar a ellas, y así conseguir mejores resultados, para nosotros y para los demás.

Esta cita de Viktor Frankl lo explica de maravilla:

Entre estímulo y respuesta hay un espacio.
En ese espacio está nuestro poder para elegir nuestra respuesta.
En nuestra respuesta radica nuestro crecimiento y nuestra libertad.

Viktor Frankl

Trayectorias profesionales (II)

Tal y como os contaba en el post anterior, la semana pasada tuve la oportunidad de dar una charla sobre mi carrera profesional a una clase de estudiantes de instituto.

Me costó bastante preparar la presentación, por un lado porque en general me cuesta hablar de mí misma (y no me gusta ponerme como ejemplo de nada), y por otro, porque no tenía muy claro cómo expresar lo que quería transmitir. Ya tengo comprobado que el storytelling (contar historias) no es lo mío, así que tenía que buscarme otra manera.

Por suerte, un par de días antes de la fecha tuve una conversación con un amigo (¡gracias Quique!) que me ayudó mucho a ponerme en el lugar de esos adolescentes; estuvimos hablando de cómo a esas edades, solamente unos pocos suelen tener claro lo que quieren estudiar o a lo que se quieren dedicar, lo más habitual es no tener ni idea. Si a esto le sumamos la cantidad de opciones que hay para elegir (cada vez más) y la velocidad a la que está cambiando el mercado laboral, llegamos a unos grados de incertidumbre mucho mayores que los de las generaciones anteriores. Y claro, eso agobia.

Todo esto me dio una idea, una metáfora que poder utilizar para explicar lo que quería transmitirles…

Me acordé de Dora la exploradora.

Dora the Explorer cartoon character, standing with her arms crossed and smiling

Si alguna vez habéis visto un episodio de Dora, os acordaréis de que siempre tiene una misión que completar, un objetivo que conseguir, y por el camino se va encontrando pruebas y dificultades, pero al final siempre consigue llegar a la meta (¡y celebrarlo!).

¿Y qué es lo que tiene Dora (aparte de a su amigo Boots) que le ayuda a superar esas pruebas y dificultades?

Lo primero, un mapa.

El mapa le mostraba el camino a Dora al principio de cada episodio, casi siempre con tres lugares por los que tenía que pasar antes de llegar a su destino:

Claro, que el mapa de Dora siempre acertaba en todo, sabía exactamente lo que iba a haber por el camino… Por supuesto, en la vida real sabemos que «el mapa» (o sea, nuestro plan) sólo es orientativo, y que siguiendo el razonamiento del post de la semana pasada, lo más probable es que pase algo como esto:

Así que bueno, tal como yo lo veo, está muy bien tener un mapa, un plan, sobre todo al principio. Nos puede ayudar, nos puede orientar, pero no nos va a solucionar la vida, así que si no tenemos un plan, tampoco es el fin del mundo, ya irá apareciendo el camino.

Primer mensaje: no pasa nada si no tienes un plan, va a cambiar de todas maneras.

Pero entonces, ¿qué podemos hacer para prepararnos?

Y aquí llegamos al segundo objeto que siempre llevaba Dora, y que a mí me parece mucho más importante y más interesante que el mapa. ¿Os acordáis de lo que era?

Una mochila.

Una mochila llena de herramientas de todo tipo. Y cada vez que se le presentaba una dificultad, Dora abría la mochila y sacaba la herramienta perfecta para la ocasión, la que le permitía solucionar el problema.

Cartoon - Backpack and Map from Dora the Explorer

Segundo mensaje: puede que no sepamos el camino exacto que nos tocará recorrer, pero sí que podemos ir preparando la mochila, e ir llenándola de herramientas que nos vayan a servir tanto para nuestro trabajo como para nuestra vida personal y nuestras relaciones.

Esas «herramientas» pueden ser:

  • Habilidades y talentos naturales que ya tenemos, y que podemos seguir trabajando y potenciando.
  • Cosas que aprendemos en un entorno formal (colegio, instituto, universidad, puesto de trabajo, etc.), y no me refiero sólo a lo que viene en los libros (que también), sino a muchas otras habildades que aprendemos al pasar por esas experiencias.
  • Cosas que aprendemos en entornos menos formales, y nosotros mismos buscamos: actividades extraescolares, aficiones, hobbies…

En definitiva, todo lo que vamos aprendiendo en los distintos entornos en los que nos movemos va pasando a formar parte de nuestra mochila. Y de todas esas herramientas, las que más útiles nos van a ser son las llamadas «habilidades transferibles» (transferrable skills en inglés), poque se pueden aplicar en cualquier ámbito profesional, y también personal. Os pongo aquí unos ejemplos de las más típicas:

  • Comunicación y presentaciones
  • Organización
  • Calidad y atención al detalle
  • Adaptabilidad al cambio
  • Colaboración y trabajo en equipo

Y mi favorita, en mi opinión la mejor, porque ayuda a potenciar todas las demás: auto-conciencia y gestión emocional.

¿Qué te parece esta idea de la mochila? ¿Qué herramientas tienes tú ya en la tuya? ¿Y cuáles te gustaría conseguir?

Trayectorias profesionales (I)

Una de las muchas cosas que me encantan de la empresa donde trabajo es que nos ofrece oportunidades para hacer voluntariado. Yo llevo unos años colaborando con Junior Achievement, una institución internacional que se dedica a poner en contacto a estudiantes de primaria y secundaria con profesionales del mundo corporativo.

La idea es que los voluntarios visitemos colegios e institutos para hacer formaciones y eventos con los chavales, no sólo por aportarles conocimientos nuevos (que también, en áreas como economía, negocios, ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas), sino sobre todo para servirles de modelo y de ejemplo, y que vean que permanecer en el sistema educativo merece la pena porque les da más probabilidades de encontrar un buen trabajo.

Otros años he dado cursillos sobre ciencia y tecnología y cosas así, pero esta semana me ha tocado hacer algo muy distinto: dar una charla sobre mi carrera profesional a una clase de estudiantes de instituto, para inspirarles en este momento tan crucial de empezar a decidir qué hacer con su vida.

Mi carrera profesional.

Veinte años, más o menos, desde que empecé a trabajar.

La verdad es que al principio no tenía muy claro qué les podía contar que les resultara inspirador, o al menos, medianamente útil… ¿De qué les podría servir mi ejemplo? ¿Qué he aprendido yo durante todos estos años que merezca la pena contar? ¿Qué me hubiera ayudado escuchar a mí cuando tenía su edad? Poco a poco fui rascando, rascando, y fue apareciendo un hilo conductor, una idea, un mensaje, que quiero también compartir con vosotros:

Diagram displaying a straight arrow from "start" to "end" with the label "How life is supposed to go", followed by another arrow full of twists, turns and loops between "start" and "end", and the label "How life actually goes"

Este diagrama ilustra muy bien «cómo se supone que es la vida» (una línea perfecta entre el punto de partida y el destino) frente a «cómo es la vida en realidad» (una línea toda enrevesada y retorcida, llena de curvas, ,giros y hasta bucles desde el punto de partida hasta el destino).

Con la carrera profesional, como con cualquier otra cosa en la vida, esto se cumple: yo misma me di cuenta preparando la presentación de que había dibujado mi trayectoria como una flecha perfecta de izquierda a derecha, con hitos importantes a intervalos regulares, cuando en realidad sí que ha tenido cambios y giros, muchos de ellos inesperados, que me llegaban desde fuera, pero también algunos que yo misma decidí iniciar desde dentro.

Por suerte, la presentación también debía incluir una sección de «éxitos y fracasos», y ahí es donde aproveché para explicar algunos de esos cambios y giros a lo largo de los años, que según se miren, se pueden considerar fracasos, en el sentido de que las cosas no me salieron como yo me esperaba.

Y digo «según se miren», porque esta visión tan en blanco y negro de que las cosas o bien son un éxito o un fracaso no me parece muy acertada, yo prefiero verlo más bien así:

Two drawings: on the left hand side, over the label "What people think", a road forks into "Success" as the wide shiny road straight ahead and "Failure" as a narrow winding road to the side, blocked by an orange cone and a FAIL sign. On the right hand side, the "road to success" combines a few different road branches that twist, loop and end in FAIL with one that continues ahead, with another couple of FAILs along the way, and the shiny success at the end

En este otro diagrama vemos «lo que piensa la mayoría de la gente», que es que el éxito y el fracaso son mutuamente excluyentes, y que el fracaso te desvía del camino del éxito, frente a «lo que sabe la gente exitosa», que es que lo que llamamos fracaso no es más que feedback que nos indica por dónde no hay que ir, para que podamos ir probando otras rutas y acabar encontrando el camino acertado, el camino del éxito.

Y esto sí que creo que me hubiera venido genial escucharlo hace veinte años: que no pasa nada por equivocarse (en el trabajo y en la vida en general), que meter la pata de vez en cuando es normal, y que es hasta necesario, porque nos permite aprender e ir avanzando en la vida, ir encontrando nuestro propio camino.

Y a ti, ¿qué te parecen estos dos diagramas?

  • Si llevas ya unos años en el mundo laboral, ¿se cumplen estas hipótesis también en tu caso? ¿Qué forma tendría tu trayectoria profesional, si la dibujaras? ¿Qué curvas, desvíos o bloqueos te has ido encontrando por el camino?
  • Y si llevas poco tiempo trabajando, o no has empezado todavía, ¿qué sientes al oir que tu carrera profesional probablemente sea así de caótica? ¿Y qué crees que te ayudaría a prepararte un poco mejor?

La semana que viene os contaré otra cosa que también se me ocurrió para la charla: una manera de plantearos vuestra carrera que espero que os dé algunas ideas y herramientas prácticas.

Renunciando a la culpa

Hoy Facebook me ha recordado un post que escribí hace exactamente trece años, citando una frase con la que en aquel momento me identificaba muchísimo:

Dios me puso en este mundo para conseguir un cierto número de cosas – ahora mismo voy con tanto retraso que no me voy a morir nunca.

Bill Watterson

¿Te suena esta sensación? La sensación de no estar haciendo todo lo que deberías hacer, de no estar consiguiendo todo lo que deberías conseguir, de ir demasiado despacio y no ser capaz de ponerte al dïa…

Se me ocurren un montón de cosas que podría decir sobre este tema (y seguramente las diré, en otros artículos más adelante), pero por lo pronto, y aprovechando la época del año en la que estamos, hoy me voy a centrar en lo que en mi caso descubrí como la consecuencia (¿o quizá la causa?) de esa sensación:

La culpa.

Me sentía culpable por todo.

Hiciera lo que hiciera, me sentía culpable por no hacerlo lo suficientemente bien, o por ser poco productiva y malgastar mi tiempo. Si estaba trabajando, me sentía mal por pasar poco tiempo con mis hijas; si estaba jugando con mis hijas, me sentía mal por no estar haciendo algo «más útil», como limpiar o cocinar… Y así, la lista seguía hasta el infinito, espero que se entienda la idea.

Pero por suerte unos años después, no sé exactamene cuándo, llegó un momento en que algo hizo click en mi cabeza, y me di cuenta de que la culpa no me llevaba a nada productivo, sino más bien todo lo contrario. Fue entonces cuando me propuse conscientemente dejar de alimentarla.

White page with the words "not guilty" written on it, next to a judge's hammer seen from above

Tanto España como Irlanda son países de tradición muy católica, y el concepto de culpa está muy enraizado en el catolicismo (sospecho que en otras religiones también, en mayor o menor medida, pero el catolicismo es la religión con la que me crié, y la que conozco de primera mano). Ahora estamos a punto de empezar la Cuaresma, y en Irlanda es típico elegir algo a lo que renunciar durante estos cuarenta días; por ejemplo, hay mucha gente que renuncia a los dulces. Supongo que de ahí viene luego la costumbre de atiborrarse de chocolate por Pascua de Resurrección, tendríais que ver el tamaño de los «Easter eggs» 🙂

Recuerdo que al poco de mudarme a Irlanda me sorprendía cuando me preguntaban: «¿y tú a qué vas a renunciar esta Cuaresma?» Como en España eso no es costumbre, no se me ocurría qué contestar… Hasta que un año se me encendió la bombillita y apareció en mi cabeza la respuesta: ¡A la culpa! Renuncio a sentirme culpable inútilmente.

Y tú, ¿a qué decides renunciar?

Perspectiva

¿Te ha pasado alguna vez que, cuando estabas dándole vueltas a un problema o dificultad que se te hacía un mundo, de pronto apareció otra cosa que te cambió totalmente la perspectiva, y te diste cuenta de que no era para tanto?

A veces me acuerdo del principio de la guía del autoestopista galáctico, que es un libro de humor absurdo que leí hace muchos años (gracias Hernán por prestármelo) y del que ya no recuerdo mucho, salvo un par de detalles que me parecieron toques de genialidad y sabiduría friki 🙂

El caso es que el protagonista llega un día a a su casa para descubrir que están a punto de derribarla para construir una autopista. Supuestamente habían puesto un cartel de aviso unas semanas antes, pero él no lo había visto, y lógicamente, se pone muy nervioso; empieza a gritar a los obreros de la construcción y a intentar impedir por todos los medios que destruyan su casa… Pero resulta que todo eso acaba dando igual, porque luego se entera de que todo el planeta Tierra está a punto de ser destruido para construir una mega autoestopista intergaláctica (¡y también había un cartel de aviso que nadie había leído!).

¿Cuántas veces nos obsesionamos con alguna cosa concreta como si nos fuera la vida en ello, y no se nos ocurre dar un paso atrás para cambiar la mirada y ver la situación en su conjunto?

Close up of a glass ball on a wooden log, showing a rocky landscape that we can also see out of focus in the background

Otro buen ejemplo, y de la vida real, fue el principio de la pandemia: muchas de las preocupaciones que teníamos antes de marzo de 2020 de pronto desaparecieron, y nos dimos cuenta de que lo verdaderamente importante en ese momento era estar sanos y salvos, y todo lo demás ya eran lujos añadidos.

Y no digo que las preocupaciones de antes no fueran válidas, todo lo contrario: cada cosa que nos ocurre genera en nosotros ciertos pensamientos y emociones, acompañados a veces de síntomas físicos, que conviene procesar, dándoles su espacio y prestándoles atención, porque algo nos vienen a decir, nos vienen a traer un aviso, o quizá un aprendizaje.

Lo que digo es que la importancia de las cosas es relativa, y cuando no tenemos algo grande por lo que preocuparnos… A veces nuestra tendencia es a preocuparnos por algo pequeño como si fuera grande.

O a veces estamos tan metidos en la situación concreta que sea que nos cuesta verla con claridad, y como dice el dicho, «los árboles nos impiden ver el bosque». Es entonces cuando mejor nos viene el buscar otra perspectiva, y hay muchas técnicas que nos pueden ayudar a conseguirlo, tanto en solitario como con ayuda de un amigo, o de un profesional.

Por ejemplo, cuando estemos atascados intentando tomar una decisión porque nos da miedo elegir mal, puede ser útil el recordarnos que, en esta vida, son realmente muy pocas las probabilidades de que una decisión nuestra provoque un daño irreversible e irreparable. La mayoría de las veces, tanto si sale «bien» como si sale «mal», las consecuencias son perfectamente asumibles, así que podemos permitirnos decidir, actuar, y sobre todo aprender de los resultados.

Por cierto, lo de «bien» y «mal» lo pongo entre comillas porque como ya sabemos, todo es relativo… Salvo en la guía del autoestopista galáctico, donde consiguieron encontrar una respuesta concreta y definitiva a la Gran Pregunta de la Vida, el Universo y Todo lo demás 🙂

Haz lo que puedas

Ya llevamos una semanita de este año 2023; poco a poco vamos volviendo a la normalidad después de las fiestas… Y a lo mejor ya se nos va pasando ese entusiasmo con el que empezamos el año hace unos días.

Aquellos planes que tanta ilusión nos hacían, aquellos propósitos, puede que ahora se nos hagan un poco cuesta arriba. De hecho, en España existe una expresión que no sé si la hay en otros países: «la cuesta de enero». Se refiere a las dificultades que a veces tenemos para afrontar este mes, a menudo económicas (por haber gastado mucho durante las Navidades), pero yo diría que también emocionales, al haber acabado ya la época de celebraciones y haber vuelto a la rutina, el frío y la monotonía del invierno.

Wooden steps ascending through a rocky field, under a grey cloudy sky

Por lo visto hay mucha gente que ahora en enero se pone a planear sus siguientes vacaciones, para tener algo con que ilusionarse, o como se dice en inglés, «something to look forward to». Ayer pasé por delante de una agencia de viajes, ¡y había cola! Me quedé alucinada.

En fin, que esta época del año se nos puede hacer un poco durilla, especialmente si nos habíamos propuesto un objetivo o una meta que aún vemos muy lejos y no nos parece que estemos avanzando lo suficiente.

Yo soy la primera que estoy en esa situación: para este año me he propuesto unas cuantas cosas relacionadas con BinaryWords, y aquí ando, viendo como los días pasan mucho más rápido de lo que avanza mi proyecto… En mi opinión, como ya he dicho otras veces, la clave está en encontrar un ritmo sostenible, que en este caso para mí se traduce en un equilibrio entre tener paciencia conmigo misma y darme un poquito de caña. Descansar y cuidarme, por supuesto, y sacar ratos para hacer cosas que me gustan, pero también motivarme aunque no tenga ganas e irme poniendo tareas alcanzables cada día o cada semana, por que si no me es muy fácil quedarme en lo de siempre y no moverme.

A todo esto, con gran ilusión os comunico que por fin he puesto en marcha la lista de correo a través de Mailchimp. Os podéis suscribir aquí para recibir el post de la semana en vuestro correo electrónico, y estar al día de las novedades que vaya sacando. Si ya estáis suscritos no tenéis que hacer nada, yo os daré de alta en la lista nueva, y recibiréis los emails en un formato un poco más mono 🙂 Y si veis algún problema, por favor decídmelo para que lo arregle, que todavía estoy aprendiendo (y me falta investigar cómo hacer los emails bilingües sin tener que escribirlo todo dos veces…)

En fin, volviendo al tema, os animo a que tengáis paciencia con vuestras metas y objetivos para este año, especialmente en este mes de enero, y a que vayáis avanzando a un ritmo que os permita cuidaros por el camino pero que no os deje poneros excusas 😉

Y acabo con una de mis citas favoritas de todos los tiempos, que se puede aplicar a cualquier situación, incluida esta:

Haz lo que puedas, con lo que tienes, donde estás.

Theodore Roosevelt