Hace algo más de un año (trece meses, para ser exactos), escribí en este blog un post titulado Cerrado por vacaciones, desde el mismo sitio en el que estoy ahora: mi lugar feliz (mil gracias Javi y Fátima por acogernos estos días).
En aquel artículo os hablaba de los muchos cambios por los que estaba pasando, y de la nueva etapa que estaba empezando para mí y para mi familia.
Un año (y un mes) después, de nuevo siento que ha sido un año muy movido, con muchos cambios, y con otros tantos o más que vienen de camino, ya sea porque los hemos elegido y planeado o porque nos vengan de sorpresa.

(Ando con un año de retraso con las fotos… Ésta es del verano pasado, y aún no le hace justicia a los atardeceres de este lugar).
El curso que viene va a ser interesante, con dos universitarias en casa (nos hace mucha ilusión que vengas, Isabel, te echaremos mucho de menos, Quique), y otras cosas más que ya os iré contando. De momento, todavía nos queda agosto para disfrutar.
Y cómo no, he encontrado una cita que creo que pega muy bien con el tema de hoy. En algún sitio oí o leí que a esta vida no venimos a ser felices, sino a resolver problemas, y estoy muy de acuerdo, aunque también creo que a través de esos problemas que vamos resolviendo y esos retos que vamos superando ganamos la capacidad de ser felices, sean cuales sean nuestras circunstancias.
La medida del éxito no es si tienes o no tienes un problema complicado con el que lidiar,
John Foster Dulles
sino si ese problema es el mismo que tenías el año pasado.