Hoy os traigo un verbo en inglés que no es exactamente intraducible, pero que lo cuento como tal porque el equivalente en español no se suele utilizar: overexplaining, que se podría traducir como «explicar de más», o sea, dar demasiadas explicaciones.

(Portada de un cómic de Phineas y Ferb que tenemos en casa; si te estás preguntando por qué pongo esta foto, sigue leyendo.)
La traducción literal sería sobreexplicar, que según el diccionario, sí que existe, pero yo al menos no la uso, porque creo que voy a perder más tiempo en explicar lo que significa la palabra que en decirlo de otra manera más larga 😀
¿Te pasa a ti también que das demasiadas explicaciones? A mí me lleva pasando toda la vida, mi hermana me lo decía siempre, aunque a base de irme conociendo, y de irlo trabajando poco a poco, he conseguido reducirlo bastante. En gran parte, creo que nos pasa cuando queremos justificar algo que hemos hecho o una decisión que hemos tomado, para conseguir la aprobación de otra persona o evitarnos su juicio.
Aunque también puede ser que el asunto ni siquiera tenga que ver con la otra persona, y estemos en realidad justificándonos nosotros mismos y repitiendo las razones por las que hacemos las cosas, tal vez porque en el fondo no estemos tan seguros, y pensemos que se podrían haber hecho mejor, o porque nos sintamos un poco culpables por alguna razón.
Y una tercera causa que se me ocurre es una tendencia general a ir por la vida de puntillas, como pidiendo permiso, buscando validación por cada cosa que hacemos. A lo mejor por un miedo constante a meter la pata, o por creer que no tenemos suficiente autoridad en ciertos ámbitos, o incluso por no sentirnos con derecho a estar donde estamos en la vida… Eso nos pasa sobre todo a las mujeres, y a otras minorías también. Como ya os podéis imaginar, la falta de autoconfianza tiene mucho que ver con este tema.
¿Y qué podemos hacer al respecto? Lo primero, como siempre, darnos cuenta. Observarnos. Y cuando nos pillemos dando demasiadas explicaciones, ser curiosos e investigar qué hay detrás de ese comportamiento. Así podremos identificar situaciones concretas con las que poder trabajar, para tener más confianza en los ámbitos que más nos importan.
(Por cierto, si observando nos damos cuenta de que es otra persona la que en nuestra opinión da muchas explicaciones, también podemos ejercer la curiosidad para averiguar qué está pasando ahí: ¿Puede ser que esté nerviosa, y la podamos ayudar de alguna manera? ¿O tal vez somos nosotros los que estamos impacientes por hacer que acabe, para poder decir lo nuestro o pasar al siguiente asunto?)
También puede ser que descubramos que, más que una cuestión de confianza al expresarnos, el problema es algo mucho más profundo: que nuestras acciones y decisiones no están del todo alineadas con nuestros valores internos, y eso nos genera incomodidad (una versión de lo que en psicología se denomina disonancia cognitiva). Y por eso recurrimos a repetir como papagayos nuestras explicaciones programadas, ya sean propias o heredadas, para justificarnos y poder quedarnos tranquilos, al menos por un tiempo.
Desde aquí os invito a que observéis durante esta semana cuántas explicaciones dais (o no dais) al cabo del día, y a que reflexionéis un poco sobre lo que hay detrás de cada explicación. Si queréis compartir vuestras observaciones conmigo, estaré encantada de leeros.
Yo, personalmente, estoy muy orgullosa de haber conseguido hace poco dar una respuesta al más puro estilo de Phineas y Ferb, que son los protagonistas de una serie buenísima de animación de Disney Channel, y mis héroes en cuanto a responder a las preguntas de los adultos con total confianza y seguridad, ¡y sin explicaciones de más!