Manos a la obra

Ahora ya sí que sí: estamos en septiembre, y toca ponerse manos a la obra.

Es hora de volver a la rutina (que no monotonía), o más bien de crear una rutina nueva, porque cada año es diferente, aunque cambie sólo un poco (y en nuestro caso, este año cambia bastante, a ver qué tal se nos da).

También es buen momento para pasar página y empezar nuevos proyectos. Muchos aprovechan la vuelta al cole para apuntarse al gimnasio o empezar a aprender algo nuevo, y eso bien lo saben las empresas publicitarias… (Por cierto, yo hace mucho que no veo ya la tele convencional, pero hace años recuerdo que en septiembre solía haber un montón de anuncios de coleccionables por fascículos, ¿seguirán todavía de moda? ¿O será ya cosa del pasado? ¿Habrá aún quien los compre?)

El otro día estaba escuchando anuncios por la radio, y me vino a la cabeza este chiste de Mafalda:

Mafalda comic strip, by Quino - Mafalda watching ads on TV

Os describo la imagen, son cuatro viñetas:

  • Mafalda apaga el televisor (¡click!) mientras dice: ¡«Use», «Compre», «Tome», «Coma», «Pruebe»!… ¡EEEEEEEH!… ¿Qué creen que somos?
  • Se queda sentada con cara de preocupación, pensando: ¿Y qué somos?
  • En silencio, vuelve a encender el televisor (¡click!), y se vuelve a sentar.
  • Viendo la tele otra vez, piensa: Los muy malditos saben que todavía nosotros no lo sabemos.

¿Qué os parece? Lo que me encanta de las tiras de Mafalda, y del trabajo de Quino en general, es que su temática y sus mensajes siguen siendo muy relevantes hoy en día, más de cuarenta o cincuenta años después de su publicación. Los tiempos cambian, por supuesto, y en algunos detalles sí que se nota el paso del tiempo, pero por lo general, han envejecido sorprendentemente bien.

O quizá no tan sorprendentemente, porque en el fondo, las personas no cambiamos tanto, y hay muchísimos patrones que se repiten… Así como a Mafalda y sus amigos les costaba creer que sus padres hubieran crecido sin televisión, a nuestros hijos ahora les cuesta imaginarse cómo crecimos nosotros sin internet ni teléfonos móviles, y a la siguiente generación le costará concebir la vida sin inteligencia artificial.

Lo que Quino hizo fenomenal fue conseguir retratar en clave de humor la naturaleza del ser humano, con todas sus paradojas y contradicciones. Con reflexiones aparentemente sencillas pero que son en realidad muy potentes. Algún día os pondré más viñetas de las suyas para que reflexionemos juntos.

Pero volvamos al tema de hoy: ¿Por qué he puesto precisamente esta viñeta? Porque si no sabemos quiénes somos ni lo que queremos, nos dejamos influir mucho más fácilmente por los intereses de otras personas. Y eso, a la larga, pasa factura.

Si no definimos nuestros propios objetivos, acabamos trabajando para los de los demás. Es así de simple.

Séneca lo explicó de esta manera:

No hay viento favorable para el que no sabe adónde va.

Y Gary Lew lo dijo así (este lo tengo en un imán de nevera):

Este es tu mundo. Dale forma tú, que si no, lo van a hacer otros.

Y tú, ¿Cómo quieres darle forma a tu mundo, empezando este mes de septiembre? ¿Qué quieres conseguir este curso?

¡Pórtate bien!

Este fin de semana estoy en León, una ciudad a la que le tengo mucho cariño. Esta mañana, al pasar por delante de la catedral, me he encontrado otra vez con esta estatua, que me parece muy curiosaa:

Statue of a father and his son, from three different viewpoints, in León city (Spain)

Es un padre admirando la catedral (que la verdad es que es preciosa, un edificio impresionante) e intentando que su hijo la admire también, y su hijo (¿de unos siete u ocho años quizá?) mirando para otro lado y pasando olímpicamente.

¿Os suena? ¿Cuántas veces nos frustramos porque nuestros hijos (u otras personas) no hacen lo que nosotros queremos, o porque no les gusta lo que nos gusta a nosotros? Por suerte, este padre no parece muy enfadado; igual se da cuenta de que a distintas edades y en distintos momentos de nuestra vida tenemos prioridades diferentes, y lo de «ver piedras» (especialmente con tus padres) cuando eres niño o adolescente, pues como que no mola mucho.

Yo reconozco que soy la primera que tengo muchas expectativas para mis hijas. Con los años, me he ido dado cuenta de dos cosas: una, que que algunas de esas expectativas son razonables y otras no, y dos, que incluso aunque sean razonables, si no se las comunico claramente, no puedo esperar que ellas sean adivinas y me lean la mente… Por mucho que a mí haya cosas que me parezcan obvias, lo que es importante para mí no tiene por qué serlo para otras personas, incluidas mis hijas.

En general, todos los padres queremos que nuestros niños «se porten bien», pero ¿qué significa exactamente portarse bien? ¿Cómo se traduce eso en comportamientos concretos? «Pórtate bien» es una expresión tan genérica y difusa que los niños no saben qué hacer con ella; es mucho mejor dar instrucciones claras para que sepan lo que se espera de ellos en cada momento. Y a medida que van creciendo, nuestra estrategia como padres también tiene que ir evolucionando: menos dar instrucciones y más diálogo y negociación. Habrá cosas negociables y cosas que no; seamos flexibles en lo que podamos, y ellos lo agradecerán, y será más fácil que nos hagan caso en las cosas verdaderamente importantes, sobre todo si entienden el porqué.

Todo esto me ha recordado a un chiste de Mafalda que siempre me gustó mucho; como siempre, el gran Quino y su sabiduría:

Black and white comic strip from Quino, showing Mafalda´s friend Miguelito

Os transcribo aquí la letra: es un monólogo de Miguelito, supuestamente hablando con sus padres:

  • ¡»Portate bien»! ¡»Portate bien»! ¡Uno no puede portarse siempre bien!
  • ¡Todos los hijos del mundo nos portamos una veces bien y otras mal!
  • ¡Claro! ¡Querer ser padres de un hijo que nunca se porte mal es cómodo!
  • ¡Querer ser padres de un hijo que jamás les dé trabajo es fácil!
  • ¡Pero es antideportivo, váyanlo sabiendo!

Complicaciones

Al hilo de la metáfora de la que hablábamos la semana pasada, esa cuerda imaginaria con la que a veces nos enredamos a nosotros mismos, os traigo hoy un chiste gráfico del gran Quino, el creador de Mafalda, de quien ya os hablé en alguna otra ocasión.

Es una página del libro Gente en su sitio, publicado en 1980:

Y aquí está la transcripción de las doce viñetas, para quien no pueda ver la imagen:

1) Un hombre, con cara de agobio, está intentando desenredar una cuerda que tiene en las manos y que está hecha un lío, llena de nudos por todas partes. Dice en voz alta: «¿Por qué? ¿Por qué hay que vivir siempre con alguna maldita complicación?»

2) Enfadado, sigue tirando de la cuerda por un lado y por otro, intentando deshacer los nudos...

3) ... Para acabar con los mismos nudos de antes, y además con otro nuevo todavía más gordo.

4) Desanimado, deja caer los brazos y exclama: «¡Es inútil! ¡No la resolveré nunca!».

5) Luego le entra el enfado y se pone a agitar la cuerda con las manos, gritando: «¡No resolveré jamás esta maldita complicación».

6) «¡No resolv...» De pronto, se para en seco y mira la cuerda, atónito. ¡Resulta que ya están deshechos todos los nudos!

7) «¡Jah!...» Qué alegría, no se lo puede creer, ¡lo ha conseguido!

8) «¡Finalmente!» Piensa mientras sonríe con los ojos cerrados y la cabeza levantada hacia el cielo, con los brazos extendidos, disfrutando el momento.

9) Todavía sonriente, se queda mirando la cuerda...

10) ... La agita un poco con la mano, y su sonrisa va disminuyendo...

11) ... Hasta que se queda serio otra vez, mirando la cuerda extendida delante de él.

12) Y de pronto baja la cabeza y empieza a lamentarse otra vez, pensando: «¿Por qué? ¿Por qué ahora este aburrimiento?» 

¿Qué te parece? Paradojas de la vida, ¿verdad? O más bien, paradojas del ser humano. A veces parece que si no tenemos problemas y complicaciones, nos los buscamos, porque si no, no estamos a gusto. ¿Cuándo aprenderemos a disfrutar del momento sin complicarnos tanto la vida?

Y tú, ¿con qué te estás complicando la vida? ¿De qué manera podrías simplificar y disfrutar más del momento?

La importancia del contexto

Una de las lecturas que recuerdo con más cariño de cuando yo era pequeña son los libros de Mafalda, una recopilación de tiras cómicas de los años sesenta y setenta creadas por Quino, el genial humorista gráfico argentino.

No recuerdo qué edad tenía yo cuando empecé a leerlos; sí recuerdo que me llamaban la atención las palabras y expresiones propias del español argentino, y que había algunos chistes que no los llegaba a entender, pero me daba igual, me gustaban mucho de todas maneras. Los releí tantas veces que muchos de los chistes me los llegué a aprender de memoria, y con los años por fin los fui entendiendo… El humor de Quino me parece muy, muy inteligente, y muchos de los temas que tocaba en las tiras de Mafalda y en sus otros libros de humor gráfico son tan relevantes ahora como lo eran entonces.

Hoy os traigo esta tira para ilustrar un tema que me surgió el otro día:

Mafalda comic strip - Mafalda and Susanita talking about understanding adults

Aquí está la transcripción para los que no veáis bien la imagen: es una conversación entre Mafalda (que es una niña de unos seis años) y su amiga Susanita:

- Susanita: ¿Por qué demonios los adultos se la pasan haciendo y diciendo cosas que uno no entiende?
- Mafalda: Es muy sencillo, Susanita. Cuando llegás al cine y resulta que ya están dando la película, ¿la entiendes?
- Susanita: No.
- Mafalda: Bueno, con los adultos ocurre lo mismo, ¿Cómo vamos a entenderlos? ¡Si cuando nosotros llegamos, ellos ya estaban todos empezados!

¿Qué os parece esta reflexión? Más allá del chiste de que los niños no nos entiendan a los adultos, la verdad es que a veces los adultos tampoco nos entendemos entre nosotros. ¿Os ha pasado alguna vez el llegar a una clase, o a una reunión de trabajo, y no enteraros de nada, como si hubiérais llegado a mitad de la película?

El problema es que muchas veces falta cierta información de base que se da por supuesto que todo el mundo la sabe: falta definir el contexto. Esto que parece tan obvio en realidad no lo es tanto, y causa más problemas de comunicación de lo que parece. Volviendo al ejemplo de la reunión de trabajo, a lo mejor ha habido antes una conversación por email en la que no estaban todos los participantes incluidos, y en la reunión se pasa directamente a discutir detalles de una solución, sin confirmar antes que todos saben cuál es exactamente el problema. En una clase, por ejemplo, puede que el profesor se ponga a enseñar un tema completamente nuevo y distinto a todo lo anterior, pasando directamente a los detalles, sin pararse a explicar primero de qué se trata, por qué es importante y cómo encaja con el resto de lo aprendido hasta ahora. Tanto la reunión como la clase serán mucho más productivas si se hace una inversión inicial en explicar el contexto.

Y de la misma manera, las personas también tenemos un contexto: cada uno tenemos una historia, una familia, una cultura, unos valores, unas circunstancias personales, unos pensamientos, unas emociones, etc., etc., etc. Cuanto más entendamos el contexto de una persona, mejor la comprenderemos, y menos la juzgaremos. Por eso creo que, en nuestra vida diaria, a todos nos vendría bien aclarar un poquito el contexto de nuestras conversaciones, y así conseguir entendernos mucho mejor.

Pero cuidado con no pasaros dando explicaciones, que tampoco es necesario explicarlo todo, sólo lo esencial. No os vayan a decir como me decía mi madre a mí cuando me empezaba a enrollar: ¡empieza por el final! 😀