Esta semana, aprovechando el buen tiempo, me he dado unos cuantos paseos, algunos sola y otros acompañada (¡gracias Helen!). Y en uno de esos paseos volví a ver este árbol que tanto me gusta, y que ya he fotografiado unas cuantas veces:
Curiosamente, un par de días después (en el sitio más inesperado, en un centro comercial) me topé con una cita que también iba de árboles:
Sé como un árbol, ten los pies en la tierra. Conecta con tus raíces. Pasa una nueva página. Dóblate antes de romperte. Disfruta de tu propia belleza, natural y única. Sigue creciendo.
Joanne Raptis
¿Qué te parece? ¿Cuál es tu línea favorita?
Cada uno de estos pensamientos se merecería su propio artículo, y tal vez algún día me ponga a escribirlos, como también tengo pendiente desde hace años escribir un post con el título de raíces y alas. Pero por el momento, si te quedas con ganas de más, también puedes leer como ramas de un árbol.
Si os gustan los temas de productividad y desarrollo personal, seguro que habréis visto muchas veces la típica matriz para categorizar tareas teniendo en cuenta su nivel de urgencia y de importancia (y si no, os animo a buscarla, es la llamada matriz de Eisenhower, y es una ayuda estupenda para establecer prioridades).
Pues bien, esta semana he tenido el lujo de poder dedicar mi tiempo a cosas verdaderamente importantes, que no urgentes.
Cosas que importan.
Personas que importan.
Momentos, lugares y recuerdos que importan.
No, no me he dedicado a hacer puzzles estos días; esta foto no es de ahora, es de hace unos meses.
Este puzzle me lo regalaron mis hijas por mi cumpleaños, y tardamos un par de semanas en terminarlo entre todas. Lo pongo aquí como ejemplo de la idea que os quiero transmitir: el dedicar tiempo intencionadamente a las cosas y a las personas que de verdad importan. Porque, como tal vez habréis podido comprobar ya, como no le pongamos intención, lo urgente (sea o no sea importante) se acaba comiendo todo el tiempo disponible.
Pero claro, ¿cómo averiguar qué es lo que de verdad importa? La clave es que la respuesta no es la misma para todos; para cada persona será ligeramente diferente, porque las prioridades y las inquietudes de cada uno son diferentes, por mucho que haya temas más o menos universales con los que todos nos podamos identificar.
Al fin y al cabo, se trata de identificar nuestros valores: los principios fundamentales que consideramos más importantes, y que nos sirven de guía para tomar decisiones diariamente. A cada uno nos toca decidir qué valores encajan mejor con quienes realmente somos y lo que queremos vivir y fomentar en nuestra vida, a menudo sopesando si queremos mantener los que hemos heredado de nuestra familia o de la sociedad, o si queremos poner, quitar o cambiar algunos.
La recompensa por hacer este trabajo de aclarar nuestros valores es que vamos a poder tomar decisiones más conscientes y más coherentes, y también darnos cuenta cuando entramos en conflicto interno, por ejemplo cuando tenemos valores contradictorios (heredados o adquiridos) que nos ponen en una encrucijada, o cuando actuamos de una manera que satisface a los demás, o que en teoría es «lo que hay que hacer», pero que de alguna manera traiciona nuestros valores y nos hace sentir mal. El actuar en concordancia con nuestros valores nos va a permitir estar más en paz con nosotros mismos.
¿Listo para empezar? Aquí tienes un ejercicio muy sencillo pero muy potente:
Busca un listado de valores (hay un montón en internet) y elige los que más te resuenen, entre cinco y diez.
Puedes hacerte preguntas como: ¿Qué ha sido para ti lo más importante en tu vida? ¿Qué es lo más importante ahora? ¿Y qué más?
Escríbelos en forma de lista.
Esos van a ser tus valores principales.
Puedes preguntarte: ¿Qué es lo que tiene que pasar para que yo sienta que este valor se está cumpliendo en mi vida? ¿Qué es lo que no tiene que pasar? ¿Me lo estoy poniendo fácil o difícil para cumplir este valor?
Establece una jerarquía entre ellos, es decir, pónlos en orden de prioridad.
Este paso es esencial para poder tomar decisiones claras cuando se presente un conflicto entre valores.
Una forma de hacerlo es ir comparando de dos en dos, y hacer una rayita junto al valor que consideres más importante en cada caso: comparar el primero con el segundo, el primero con el tercero, el primero con el cuarto, etc.; luego el segundo con el tercero, el segundo con el cuarto, etc., hasta haber comparado todos con todos.
Si te resulta difícil decidir, piensa en ejemplos concretos, o incluso en situaciones extremas. Por ejemplo, si comparas libertad con armonía: ¿prefirirías un mundo donde todo el mundo fuera libre pero no hubiera nada de armonía, o un mundo muy armonioso pero donde nadie fuera libre? ‘
Reescribe la lista, numerando los valores.
Pon en primer lugar el valor que tenga más rayitas, luego el siguiente, y así sucesivamente.
Repasa la lista y comprueba que estás contento con ella.
¿Te resuena tal y como está? ¿La sientes como tuya? ¿O necesita algún cambio?
Espero que estos pasos te ayuden a aclarar tus valores, igual hasta te encuentras alguna sorpresa. Y si quieres, escríbeme, y yo te cuento los míos…
Durante la madrugada de ayer sábado falleció mi madre, a los ochenta y tres años de edad. Tras varios años de enfermedad y unos últimos meses con mucho dolor, al fin pudo irse tranquila y pacíficamente, habiendo pasado sus últimos días en casa y rodeada de su familia.
Descanse en paz.
Al escribir estas líneas, no puedo evitar acordarme de cuando nos despedimos de mi padre hace dos años. Los dos construyeron su vida juntos (¡sesenta años de casados!), y entre los dos nos transmitieron a mis hermanos y a mí un ejemplo y unos valores que se quedan con nosotros para siempre, junto a su recuerdo.
Lo que más llamaba la atención de mi madre era su actitud positiva ante la vida, lo cual, junto a su fortaleza y su fe ciega en los médicos, la ayudó a superar todo tipo de dificultades y problemas de salud a lo largo de los años. Amigos y conocidos recordaban ayer con cariño su sonrisa, su alegría y su amabilidad, que complementaban muy bien la seriedad y rectitud de mi padre. Por supuesto, yo como hija también tengo recuerdos de las buenas regañinas que nos echaba de vez en cuando (de pequeños y no tan pequeños), pero también recuerdo todo lo que nos cuidaba y se preocupaba por nosotros.
Ahora que lo pienso, mi madre tenía unas cuandas frases icónicas que nos decía con frecuencia y que a mí me ayudaban mucho, dada mi tendencia al perfeccionismo, a machacarme por cometer errores y a sentirme culpable por cualquier mínima cosa que yo considerara que no había hecho bien. A menudo las decía para animarnos tras alguna crítica de mi padre, que era un poco Don Perfecto, y que nos ponía las expectativas más bien altas (o quizá es que nos las poníamos nosotros solos también).
Una era que Dios no está todo el día con una libretita apuntando cada cosa que hacemos mal – frase que tiene bastante mérito, creo yo, viniendo de una época en la que la doctrina católica no se cuestionaba, al menos en España, y todo estaba basado precisamente en la culpa y en el pecado. Otra era que en este mundo todo tiene solución, menos la muerte, y que si se mete la pata, pues se saca con mucho cuidado, se pide perdón, y listo. Estas dos nos ayudan a echarle perspectiva a cualquier problema que se nos presente.
Pero la frase estrella que siempre nos decía mi madre a mis hermanos y a mí era la de que en este mundo nadie es perfecto, salvo Dios… y no podía evitar añadir: ¡y tu padre!
Perfectos o imperfectos, lo que está claro es que mi madre estaba muy orgullosa de todos nosotros, al igual que lo estaba mi padre: primero, de sus hijos, y más adelante también de sus nietos, todos y cada uno de ellos. Y su mayor ilusión siempre era juntarnos todos para celebrar algo, lo que fuera, daba igual, lo importante era estar juntos.
Ahora somos nosotros los que estamos orgullosos de ella. Por ser nuestra madre, suegra y abuela, y por haber superado como una campeona todo lo que se le puso por delante, hasta el día en que decidió que ya era momento de irse.
Hasta siempre, Mamá, te queremos mucho. Y como tú siempre decías al despedirte por teléfono: muchos, muchos, muchos, muchos besos.
Esta semana hace tres años que saqué esta foto, hoy Facebook me lo ha recordado. Fue la foto con la que estrené mi cuenta de Instagram:
La verdad es que recuerdo con mucho cariño aquel día. Hacía un tiempo estupendo; las niñas y yo quedamos con nuestros amigos «los Txemas» (Bea, Txema y Alan, nuestros mejores amigos en Irlanda), y todos juntos nos dimos un buen paseo por la colina y la playa de Killiney.
Pero hay otra razón por la que me hace ilusión volver a ver esta foto. Y es que esta semana hace también tres años que rescaté del olvido la web de BinaryWords, le quité las telarañas y empecé a escribir de nuevo en el blog, poniendo precisamente esta foto como imagen de cabecera.
En aquella época, en mayo de 2021, yo me estaba replanteando qué hacer con mi vida. La pandemia me había regalado un cambio de perspectiva y mucho tiempo para pensar, y yo había llegado a la conclusión de que quería reinventarme; quería dedicarme a algo que me llenara de verdad y con lo que pudiera aportar más valor a los demás. Pero no tenía ni idea de qué era ese algo.
Fue entonces cuando decidí entrar en acción, empezar a caminar, aunque no tuviera claro exactamente hacia dónde dirigir mis pasos. Recuerdo que hice un cursillo online para aclararme las ideas y encontrar mi propósito, mi ikigai. Y así de primeras no lo encontré, pero lo que sí saqué de ese cursillo fue una lista de cosas que me gustaban y me motivaban, y que se me daban más o menos bien. Así que me propuse hacer más de esas cosas, disfrutarlas, y confiar en que el camino iría apareciendo.
¿Y cuáles eran esas cosas? Escribir. Traducir. Aprender sobre desarrollo personal. Compartir con otros lo aprendido.
Así que me puse manos a la obra, configuré la web de BinaryWords para que fuera bilingüe español-inglés, y escribí el primer artículo de la nueva reencarnación del blog: Esta es tu vida.
Dicen que a menudo no basta con pedirle cosas al Universo, que hace falta (en palabras de Sergio Fernández) «sellar nuestros pensamientos con una acción», es decir, hacer algo en la dirección de eso que queremos conseguir, para que al Universo le quede claro que eso es lo que de verdad queremos, y nos empiece a abrir puertas y a ayudar por el camino.
Pues bien, unos días después de retomar el proyecto de BinaryWords, por «casualidad» me tropecé con un vídeo de YouTube que hablaba del coaching, algo que yo no sabía ni que existía, pero que acabó siendo lo que para mí lo cambió todo (si es que se puede decir alguna vez que haya una sola cosa o acontecimiento que «lo cambie todo» para una persona; yo tiendo a pensar que es todo mucho más progresivo…)
Tres años después, me siento mucho más alineada con mi propósito profesional, aunque todavía me queda mucho camino por recorrer. Sigo aprendiendo un montón cada día (ya sabemos que este viaje no se acaba nunca), y cada vez se me van presentando más oportunidades de compartir conocimientos y experiencias con otras personas. En concreto en este blog, tres años me han dado para escribir unos 160 artículos con mis reflexiones sobre temas variados, que puedes explorar en la página de archivo.
¿Y tú, dónde estabas hace tres años? ¿Qué ideas y pensamientos pasaban por tu mente? ¿Y qué ha cambiado para ti desde entonces?
Hoy acabo de volver a Dublín después de estar unos días en Cáceres, mi ciudad natal. He tenido la suerte de poder pasar esta semana con mi madre, y también con mis hermanos, cuñados, y algunos de mis sobrinos.
Mis compañeros de trabajo se refieren siempre a estos viajes como «volver a casa, a España». Y en parte tienen razón: es verdad que soy española, nací y crecí en Cáceres; allí vive gran parte de mi familia, y siempre que vuelvo, me siento en casa.
Cuadro original de SpritzArt Studio & Shop en Cáceres (perdón por el reflejo en el cristal, procuraré encontrar una foto mejor)
Pero también es verdad que ahora mi casa está en Dublín, o más concretamente, en Adamstown. Es aquí en Irlanda donde vivo y trabajo desde 2005, donde han nacido y están creciendo mis hijas. Donde está la familia que yo misma he formado, el hogar que he construido para mí y para los míos.
Y ya puestos, existe un tercer lugar donde también me encuentro en casa: en Madrid, de donde es mi madre. Recuerdo ir desde pequeñita a visitar a mis abuelos en Madrid un par de veces al año, y ya de mayor, estuve tres años viviendo y trabajando allí, desde que salí de Cáceres al acabar la carrera hasta que me casé y me trasladé a Dublín.
Pero entonces, ¿cuál es mi casa?
Pues supongo que según cómo se mire.
Mi madre siempre dice que «uno no es de donde nace, sino de donde pace»; por eso ella se considera cacereña, a pesar de haber nacido y crecido en Madrid. A mí me gusta la idea de abrazar el lugar en el que vives e incorporarlo como parte de tu identidad, pero no veo que eso signifique automáticamente desterrar otros lugares que también hayan sido importantes.
Por otro lado, una vez oí o leí en algún sitio que los emigrantes nunca nos encontramos completamente en casa en ningún sitio, porque siempre hay algo que nos falta y que echamos de menos de ese otro lugar en el que no estamos. Esta idea también me parece interesante, y entiendo que pueda ser así… Pero, ¿y si le diéramos la vuelta? ¿Y si eligiéramos encontrarnos en casa en todos esos lugares significativos, en lugar de en ninguno?
¿Y si decidiéramos disfrutar de lo que sí tenemos en cada momento, en vez de lamentarnos por lo que nos falta?
Al menos para mí, la conclusión está clara: Cáceres es casa. Madrid es casa. Dublín (Adamstown) es casa. Tengo familia y amigos en todos ellos. Estoy a gusto en todos ellos. Todos ellos forman parte de mi vida, y se complementan unos a otros.
¿Y tú? ¿Dónde te encuentras más en casa, y por qué?
Actualización: perdón por poner mal el día de la madre en México, ya está corregido, gracias Sis por avisarme.
Hoy en España es el día de la madre. En Irlanda y el Reino Unido ya fue hace unas semanas, en México es el 10 de mayo, y en Estados Unidos será el domingo que viene.
Para celebrarlo, aquí os dejo una foto de otro de mis imanes de nevera, que ya sabéis que me encantan:
(La traducción al español no queda tan bonita como el original en inglés, pero bueno, espero que la idea se entienda)
Madre Las madres sostienen la mano de sus hijos durante un ratito, y su corazón para siempre.
Hoy en casa hemos estado de doble celebración: mi cumpleaños y el día de la madre, que aquí en Irlanda se celebra el cuarto domingo de cuaresma. Hemos pasado un día estupendo (¡muchas gracias chicos!)
¿Que cuántos cumplo? Bueeeeno, dicen que la edad no es más que un número, ¿verdad? Siguiendo la tradición de este blog, os lo pongo en binario: 101110.
Y hablando de números, BinaryWords también está hoy de celebración: ¡este es el post número 150! Si quieres, aprovecha y date una vuelta por el archivo del blog, y así ves la nueva sección de artículos destacados.
Hoy estaba yo pensando en esto de los números, y en la importancia exagerada que les damos a veces (la edad es sólo un ejemplo). Y me he acordado de un pasaje de El Principito que habla precisamente de eso:
Si os he contado esos detalles sobre el Asteroide B-612 y os he dicho su número, es por los adultos. A los adultos les encantan los números. Cuando les hablas de un amigo nuevo, nunca te preguntan nada de lo que realmente importa. Nunca te preguntan: «¿Cómo suena su voz?» «¿Qué juegos le gustan más?», «¿Colecciona mariposas?». Te preguntan: «¿Cuántos años tiene?» «¿Cuántos hermanos tiene?» «¿Cuánto pesa?» «¿Cuánto gana su padre?». Sólo entonces creen conocerle. Si les dices a los adultos: «he visto una casa preciosa de ladrillo rojo, con geranios en las ventanas y palomas en el tejado…» no serán capaces de imaginársela. Tienes que decirles: «he visto una casa de cien mil francos.» Entonces es cuando exclaman, «¡Qué casa más bonita!»
Antoine the Saint-Exupéry
Y a ti, ¿cuánto te importan los números? Yo me he dado cuenta de que cada vez me importan menos…
Este sábado hemos estado en la despedida de nuestros amigos María y Miguel, que tras dieciocho años de aventuras en Irlanda, han decidido volverse a España a seguir viviendo todavía más aventuras. Y el lugar elegido para la celebración no podía ser más oportuno: el Market Bar, precisamente donde nos conocimos y formamos pandilla a los pocos meses de llegar a Dublín.
Todo empezó gracias a la web de Spaniards, una comunidad pionera de españoles por el mundo creada por nuestro amigo y anttiguo compañero de universidad Eneko Alonso (¡gracias Eneko!), allá por 2005. En la web había foros por países, y poco a poco el foro de Irlanda se fue animando mucho, había mucha participación y muy buen rollo, y en algún momento a alguien se le ocurrió organizar una quedada en un bar de Dublín.
La primera quedada mensual de españolitos en el Market Bar fue en noviembre de 2006; lo recuerdo muy bien porque estaba yo embarazadísima de Irene, nuestra hija mayor, y de hecho, la segunda quedada nos la perdimos por estar Irene recién nacida. Pero a partir de la tercera volvimos, y a partir de ahí ya casi nunca nos la perdíamos, incluida la edición especial «desfile de San Patricio» que hicimos en marzo de 2007.
Recuerdo que conocí a Miguel en aquel desfile de San Patricio, y a María, en la quedada siguiente. El sistema era básicamente aparecer allí en el punto de encuentro en el día y la hora señalados, y empezar a hablar con los otros españolitos, a menudo presentándonos con nuestros nombres de usuario de Spaniards, para poder reconocernos: cornflakegirl, bigfredi, triskitas, miguev, flekiboy… Yo, por supuesto, era binarybea.
Igual todo esto no te suena muy raro porque hoy en día es de lo más normal conocer gente por internet, pero créeme, en aquella época era muy poco convencional. Menos mal que éramos todos un poco frikis, y que además tuvimos muchísima suerte, porque de aquellas quedadas interminables (nos quedábamos horas y horas charlando) salieron no sólo muchas y muy buenas amistades, sino también alguna que otra pareja. 🙂
Cierto es que luego, con el paso de los años, nos hemos ido desperdigando un poco: algunos nos quedamos en Irlanda, otros dieron el salto a otros países como Suiza, el Reino Unido o Estados Unidos, otros se volvieron a España… Pero también es cierto que han ido llegando otros amigos, nuevas incorporaciones a nuestra pandilla de españolitos.
Es maravilloso poder conectar con personas afines, sobre todo cuando estás en un entorno extraño. Por desgracia, la web de Spaniards hoy en día ya no existe, pero por suerte, hay muchas otras opciones: grupos de Facebook, Instagram y otras plataformas donde los nuevos habitantes de la Isla Esmeralda pueden compartir información y hacer amigos.
Ahora María y Miguel cambian la aventura irlandesa por una nueva aventura española. ¡Buena suerte chicos! Ádh mór!
Bueno, pues ya se acabaron las vacaciones de Navidad, espero que hayáis tenido unas buenas Fiestas. Ahora toca volver a la rutina del día a día en este mes de enero.
¿Qué tal llevas tú la vuelta de vacaciones? Yo tengo que reconocer que se me hace un poco cuesta arriba, sobre todo si, como en esta ocasión, ha habido viaje a España de por medio. Los viajes nos alteran muchísimo el ritmo; eso es algo que se nota enseguida en los niños, y que en los adultos puede que no se note tanto, pero eso no significa que no nos afecte. A la vuelta viene muy bien darse un periodo de adaptación.
Y aquí es donde entra en juego la palabra que da título a este post: reeducación. Me explico.
Mis hijas han nacido las tres en Irlanda, y siendo de familia española por los dos lados, les ha tocado viajar por vacaciones toda su vida, desde que eran bebés, ¡son unas auténticas expertas!. Exceptuando los dos años de la pandemia, todos los veranos menos uno hemos viajado a España varias semanas durante las vacaciones escolares, y muchas Navidades hemos ido también, normalmente repartiéndonos entre Cáceres y León. Ahora que son más mayores ya es todo mucho más fácil (Irene tiene 17 años, Alicia, 14, y Eva, 9), pero sobre todo cuando eran pequeñitas, se descontrolaban mucho de rutinas, horarios, comidas, etc. Y es que no podía ser de otra manera: por un lado, no estaban en su casa, estaban en sitios distinto haciendo cosas distintas, con normas distintas (o con muchas menos normas), y por otro, tenían un montón de atención extra, mimos y regalos por parte de abuelos, tíos, primos… Total, que a medida que avanzaban los días, aumentaba el descontrol, e inevitablemente empezaban a portarse cada vez peor.
Luego, al volver a Dublín, a casa, empezábamos lo que su padre y yo bautizamos como «el periodo de reeducación»: unos días para volver a establecer las normas y que las niñas se adaptaran de nuevo a la rutina, lo que a menudo les costaba unas cuantas rabietas y unos cuantos ratos en «el rincón de pensar».
Como decía, las cosas han mejorado mucho ahora que las niñas son más mayores, y ya no hace falta ni de lejos tanta reeducación como hace años. Pero todavía sigue haciendo falta un periodo de adaptación, y lo malo es que a veces se me olvida y me tropiezo de bruces con él, como me ha pasado este fin de semana… Me he dado cuenta de que no sólo Eva necesitaba un poco de reeducación; la necesitaba yo también.
Reeducación para pasar del ambiente navideño a la sobriedad y disciplina del mes de enero. De la tranquilidad de los ratos en familia, los paseos por la parte antigua y las buenas comidas a mesa puesta al ajetreo diario del trabajo, organizar la casa, preparar comidas, y tratar de sacar tiempo para hacer ejercicio, socializarme un poco y avanzar en mis proyectos. Del modo «vacaciones» al modo «ponerme las pilas».
Sólo de pensarlo me entra ya el agobio, y mucha pereza. Sé por experiencia que no llegaré ni por asomo a todo lo que dice mi cabeza que tengo que hacer. Así que me propongo tener paciencia conmigo misma y priorizar lo más importante, incluyendo cuidarme yo, porque si yo no me cuido, no voy a tener energía para hacer ninguna de las otras cosas.
Y a ti, ¿te hace falta reeducación? ¿Qué te puede ayudar en esta transición? ¿Cómo puedes hacer que te resulte más fácil?
Esta semana me han recomendado una película. Todavía no la he llegado a ver, pero por lo que me han explicado, es la típica historia de dos personas que en principio no parecen tener nada en común, y que vienen de mundos bastante diferentes, pero que acaban desarrollando una amistad muy especial.
La verdad es que a mí siempre me han parecido súper interesantes ese tipo de historias, las de amistades poco probables pero muy enriquecedoras.
Por ejemplo, me he acordado de una serie de adolescentes de los años noventa que me encantaba, precisamente por las interacciones más o menos aleatorias que iban teniendo los personajes, y por cómo sin darse cuenta (o a veces dándose cuenta pero a regañadientes) acababan haciéndose amigos. Se titulaba «My so-called life» (traducida al español como «Es mi vida»), y aunque sólo duró una temporada, nos dejó unas cuantas escenas que para mí son obras maestras.
En esta foto salen (a baja resolución, sorry) unos cuantos de los personajes:
Recuerdo especialmente una conversación entre los dos chicos de la foto, Brian Krakow (el rubio) y Rickie Vasquez (el moreno), en la que se pasan un buen rato supuestamente hablando el uno con el otro, pero cada uno está dándole vueltas al tema que le preocupa; es como si en realidad estuvieran hablando por turnos consigo mismos (¿cuántas veces en la vida hacemos nosotros eso también?), y al principio parece que van totalmente cada uno por su lado, pero al final sí que te das cuenta de que de alguna manera se han estado apoyando y escuchando mutuamente… A veces, el simple hecho de que alguien te haga compañía y te escuche es lo que marca la diferencia.
Y a veces, es sorprendente todo lo que puedes llegar a tener en común con alguien aparentemente muy distinto a ti, y todo lo que puedes llegar a aprender precisamente de vuestras diferencias. En mi caso concreto, varias de esas primeras «amistades improbables» llegaron a mi vida por casualidad, y me aportaron tanto y me abrieron tanto la mente que creo que a partir de cierto momento empecé a buscarlas yo, aunque fuera inconscientemente.
¿Y qué nos aporta el tener amistades variadas, de distintos entornos, distintas formas de ser y hasta distintas edades? Pues teniendo en cuenta que las personas muchas veces aprendemos por contraste, el conocer otras perspectivas y otras formas de entender la vida nos ayuda mucho a ampliar nuestro pequeño mundo, y a darnos cuenta de que la manera en que hacemos las cosas no es la única posible ni mucho menos, sino que es una opción más entre otras muchas igualmente válidas. Esto nos da más flexibilidad y recursos a la hora de enfrentarnos con los retos del día a día, y en definitiva, nos ayuda a llevar una vida más plena.
En realidad, todo vuelve a lo mismo: cuanto más aprendemos sobre los demás y sobre nosotros mismos, más comprendemos, menos juzgamos, y más libres somos.
Todo esto sin olvidar lo maravilloso que ya es de por sí el tener amigos con los que compartir (¡Gracias!) 🙂
Como ya comenté hace un par de años en otro post, «friendship comes in all shapes and sizes» (hay amistades de todas las formas y tamaños).