Si lleváis un tiempo leyendo este blog, ya sabréis que los artículos los escribo siempre en español y luego los traduzco al inglés, todo ello desde cero y sin ayuda de la casi omnipresente inteligencia artificial (llamadme antigua si queréis, pero es una de las formas en las que mantengo mi mente activa y doy rienda suelta a mi creatividad, dos cosas que considero sumamente importantes).
El caso es que, como ya habréis visto, a veces me cuesta encontrar maneras igualmente precisas o elegantes de expresar la misma idea en ambos idiomas. Pero hoy no tengo ese problema; esta vez, el título del post es muy fácil de traducir, ya que es una expresión que se utiliza tanto en inglés como en español: buenas vibraciones.
Decimos que algo nos da buenas vibraciones cuando nos causa una buena impresión, nos hace sentir bien, resonamos con ello de forma positiva. ¿Y por qué lo decimos así? Porque así es como ocurre, y aunque intelectualmente no lleguemos del todo a entender el cómo ni el porqué, sí que lo experimentamos en nuestro día a día, y por eso nuestro lenguaje lo refleja.
Llegados a este punto, pido disculpas por no ser capaz de daros una explicación científica detallada sobre este tema de las vibraciones, que ya me gustaría. Sólo puedo hablar de lo que yo misma he experimentado, sobre todo con la forma de vibración más fácil de percibir por los humanos: el sonido.
A finales de diciembre tuve la suerte de participar en un retiro de yoga en el centro de Madrid, en un estudio llamado Yoga Retiro. Y una de las actividades principales a las que nos dedicamos en esos tres días, junto con el yoga y la meditación, fue precisamente el canto de mantras.

(Foto del simbolito de OM que me regalaron en Yoga Retiro. ¡Gracias, Swami Krishnananda y Durga Devi!)
Tengo que decir que me encantó lo del canto de mantras, y también que me costó un poquito al principio, al no estar acostumbrada ni a las melodías ni a las letras (la mayoría en sánscrito). Pero poco a poco me fui acostumbrando, y me fui sintiendo más cómoda. Me vinieron un montón de recuerdos de mi época juvenil, cuando practicaba otro tipo de cantos meditativos: las oraciones franciscanas, El Palancar, Taizé. La sensación de paz, recogimiento y comunión era la misma.
Unos días después, en el concierto de primero de año en Viena, el director de orquesta reiteró el mensaje de que la música tiene el poder de unir a las personas. Y es que la buena música no se queda solamente en nuestros oídos, sino que nos toca mucho más profundamente, va a la raíz de lo que todos los seres humanos tenemos en común. Hay incluso quien se atreve a afirmar que sin música no hay vida…
Y es que todo vuelve a lo mismo. Dicen los expertos que todo es vibración, incluidos nosotros. Y la ciencia está empezando ahora a descubrir lo que los sabios ya nos venían enseñando desde hace milenios.
Hay muchos caminos de crecimiento espiritual (no necesariamente religioso, aunque también), y cada persona encuentra el suyo, pero hay elementos fundamentales que tienden a repetirse, y la música y el canto están presentes en todas o casi todas las tradiciones. Yo tengo que reconocer que a mí es de lo que más me llena, desde siempre, y por eso sigo investigando y aprendiendo. Baños de sonido, música clásica y hasta cantos gregorianos. Sonido, ritmo y vibración para unirnos a algo más grande que cada uno de nosotros, para entrar en sintonía con el Universo.
OM.










