Volviendo a la práctica

Si alguna vez habéis intentado hacer meditación, sabréis que gran parte de la práctica al principio consiste en centrar tu atención en algo (por ejemplo, en la respiración), distraerte inevitablemente al poco rato, darte cuenta de que te has distraído, y volver a centrar la atención. Una y otra vez, todas las que hagan falta, y así ir poco a poco entrenando la mente.

A todos los expertos meditadores que ya tengáis superada esa fase inicial, ¡Enhorabuena! Esa es una asignatura que yo todavía tengo pendiente, así que no puedo contaros por propia experiencia lo que pasa después (y sospecho que a lo mejor ni se puede expresar con palabras). Pero se me ocurre que ese entrenamiento de la actitud que hace falta para la meditación se puede aplicar a muchas cosas en la vida: la capacidad para volver tranquilamente al camino cuando notemos que nos hemos desviado, sin juzgarnos ni machacarnos por ello, simplemente dándonos cuenta, corrigiendo el rumbo y siguiendo adelante sin quedarnos enganchados en la culpa, la autojustificación, el victimismo o la queja.

Esto es lo que me ha venido a la cabeza esta tarde, cuando por fin me he puesto a hacer un ratito de yoga después de una racha muuuuuy larga de «no tener tiempo». En lugar de lamentarme por no haber estado practicando (cosa que admito que hago bastante últimamente), esta vez me he dejado de rollos, he sacado la esterilla y me he puesto a ello, sin pensármelo más. Y me ha sentado fenomenal.

Photo of the word YOGA printed in ornated black letters on a white piece of paper

(Esta foto es de los apuntes de uno de los cursillos que hice con mi primer profesor de yoga, allá por los años noventa, ¡gracias Carsun!)

En algún sitio oí o leí una vez una frase que decía que hacer yoga es lo mismo que no hacerlo, y recuerdo que la idea me cortocircuitó bastante en su momento, ¿pero cómo iba a ser lo mismo? No tenía sentido.

Luego con los años le encontré un significado, que no sé si será el mismo que le quería dar el autor, pero que a mí me ayudó, y aún me ayuda. Sabemos objetivamente que el yoga nos aporta muchos beneficios, unos más visibles e inmediatos, como la flexibilidad y la forma física que nos ayuda a conseguir, y otros más sutiles y profundos, que van apareciendo con la práctica continuada. Pues bien, al menos en mi experiencia, cuando más te das cuenta de todos esos beneficios es precisamente cuando los pierdes al dejar de practicar. Así que, desde ese punto de vista, tanto cuando practicas yoga regularmente como cuando lo dejas de lado, aprendes; aprendes que seguir practicando (o volver a practicar) es lo mejor que puedes hacer.

Aprovecho la ocasión para dar las gracias a todos l@s maestr@s de yoga de los que he tenido la suerte de aprender a lo largo de los años, GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS (y perdón si me dejo a alguien):

  • A Carsun, por enseñarme las bases del hatha yoga, el pranayama y muchas otras cosas, y sobre todo, por despertarme la curiosidad por todo este mundillo y por conocerme mejor a mí misma.
  • A Mary, por aquellas clases a mediodía en el gimnasio de Xilinx; disfruté mucho aprendiendo a fluir con el vinyasa.
  • A Lisa y a todo su equipo del Elbowroom, por cuidar tan bien de nosotras con el yoga para embarazadas, yoga para mamás y bebés y yoga para familias, y por darnos herramientas para afrontar el parto con más naturalidad.
  • A Martina y Stuart en su precioso rinconcito de Carlingford, un retiro al que me encantaría volver algún día.
  • A Karen y sus clases en Adamstown, un oasis en el ajetreo del día a día hasta que la pandemia nos sacudió a todos.
  • Y virtualmente desde hace cinco años, a Adriene, compañera de incontables sesiones en casa, a la que recomiendo encarecidamente (sus vídeos son en inglés).

Me alegro mucho de haber vuelto otra vez a la práctica del yoga. Como dice Adriene precisamente, lo más difícil es sacar cada día la esterilla y ponerse a ello, y al menos hoy, eso lo he conseguido… ¿Que en unos días me despisto y lo vuelvo a dejar de lado? No pasa nada, ya sé que puedo volver. Y volveré, una y otra vez, las veces que haga falta, porque para mí es importante, porque merece la pena.

¿Y tú? ¿Qué es lo que quieres volver a practicar? ¿Y a qué estás esperando?

Coche nuevo, ¿vida nueva?

Hace un par de semanas, nuestro querido C4 Picasso decidió que ya era hora de jubilarse. Estábamos Eva y yo en Galway con unos amigos, saliendo ya del centro para volver a Dublín, cuando el coche nos avisó amablemente (a su manera, dando pitidos y encendiendo luces) de que no tenía intención de hacer el viaje de vuelta por su propio pie. Así que hubo que pasar al plan B y encontrar una forma alternativa de llegar a casa (que por cierto salió muy bien, gracias al señor de la grúa que vino rapidito, a que estábamos a quince minutos andando de la estación de tren, a Irish Rail y su servicio regular Galway-Heuston, y a Fredi y Muriel, que nos vinieron a recoger en dos coches).

Aquí tenéis la foto del Picasso en la calle donde tuvimos que aparcarlo de emergencia y llamar a la grúa. La sensación que me dio era la de que el coche se estaba despidiendo de mí…

En algún sitio leí o escuché hace años que, simbólicamente, el coche representa nuestra propia vida, el camino que vamos eligiendo recorrer. La verdad es que desde hace un año más o menos está habiendo muchos cambios en mi vida, y un año precisamente es lo que llevaba planteándome cambiar de coche, sin acabar de decidirme.

Ahora, por fin, llegó el momento:

Os presento a nuestra nueva adquisición: otro Citroën, esta vez un C5 Aircross. Llevo tres días con él y estoy encantada, se conduce fenomenal, no estoy tardando nada en acostumbrarme.

Como decía aquella canción en inglés, to everything there is a season («todo tiene su momento», y me acabo de enterar de que la letra viene de un pasaje de la Biblia, del principio del libro del Eclesiastés). A veces, estamos tan metidos en nuestras rutinas y costumbres que nos cuesta darnos cuenta de que algo ya ha cumplido con su función, y es momento de soltarlo para poder seguir avanzando.

Muchas gracias, querido Picasso, por los doce añitos y pico que hemos pasado juntos. Nos quedan muchos recuerdos (y alguna aque otra foto).

P.D.- Si tú también estás en una etapa de transición, y te vendrían bien unas palabras de ánimo o un recordatorio de lo que realmente importa, te animo a que le eches un vistazo al primer post de este blog, que por cierto, se escribió justo hace cuatro años: Esta es tu vida.

Mala memoria

A veces, cuando pienso en ideas que pueden ser interesantes para escribir en el blog, me pasa que no me acuerdo de si ya he escrito antes sobre un tema determinado o no, y me tengo que poner a buscar palabras clave en los archivos para confirmar que no me estoy repitiendo más de la cuenta.

La semana pasada dije que os iba a explicar un ejercicio muy sencillo para clarificar valores… Pues resulta que ya os lo conté en junio del año pasado, en este artículo: cosas que importan.

Y el artículo de hoy se iba a titular «Decisiones», pero me he dado cuenta de que ese título ya lo utilicé hace algo más de un año, y precisamente para compartir una de las dos citas que me habían venido a la mente para hoy. ¡Qué mala memoria tengo a veces!

Pero bueno, no está de más el volver a visitar algunos temas, y como todavía tengo la otra cita que quería compartir y una más que me ha surgido por el camino, pues allá voy.

Vista del puente de cuerda de Carrick-a-Rede en Irlanda del Norte, rodeado de acantilados y mar, con una trayectoria que conecta dos tierras en un entorno natural.

(Foto del famoso puente de cuerda de Carrick-a-Rede, en Irlanda del Norte, que visitamos hace unos meses. ¿Cruzar, o no cruzar? Esa es la cuestión.)

¿Qué tal se te da tomar decisiones?

Yo siempre me he considerado bastante indecisa, pero me he dado cuenta de que, con los años, he ido mejorando: todavía sigo pensándome bastante las cosas, eso no lo voy a poder evitar, pero al menos ahora entro antes en acción, mucho antes en algunos casos, en lugar de quedarme paralizada en la indecisión o procrastinando por no equivocarme, como me pasaba antiguamente.

Ahora que lo pienso, creo que el coaching ha tenido mucho que ver en todo esto. Tal y como explico en este otro artículo, el coaching está muy enfocado en el presente y el futuro: en tener claro dónde estamos y adónde queremos llegar, y en dar pasos conscientes y decididos en dirección al objetivo. Pero además, el coaching nos ayuda a abrir la mente: a vernos como personas capaces y llenas de recursos, personas que pueden conseguir muchas cosas (quizá no todas, pero sí muchas), y a ver el mundo como un entorno lleno de posibiliidades, donde hay múltiples maneras de resolver cada problema, y donde cada paso que damos nos trae nuevos aprendizajes, sobre todo cuando no acertamos a la primera.

Y a lo largo del camino, toca tomar decisiones, lo cual a veces no es fácil, pero es necesario… Aquí va la primera cita de hoy para reflexionar un poco (gracias Luis):

Decisiones fáciles, vida difícil.
Decisiones difíciles, vida fácil.

Jerzy Gregorek

¿Qué te parece? Es un poco durilla, pero si lo piensas, es cierto: muchas veces optamos por la salida fácil o cómoda a corto plazo, ya sea en cuestión de hábitos saludables o de muchas otras cosas, porque no vemos (o no queremos ver) las consecuencias a largo plazo.

También es verdad que nuestro cerebro no nos ayuda precisamente con esto: él vive siempre en el presente y su objetivo es que sobrevivamos, así que nuestro piloto automático siempre va a ser cortoplacista, y por eso una hamburguesa nos va a atraer siempre más que una ensaladita, no vaya a ser que luego nos muramos de hambre. Por suerte, y aunque nos cueste un poco más de esfuerzo y cierta incomodidad pasajera, podemos sobreescribir esos impulsos cortoplacistas y tomar decisiones más equilibradas (con la comida y con todo lo demás). Y después, practicando esos nuevos comportamientos hasta convertirlos en hábitos, nos lo podemos poner mucho más fácil a largo plazo.

Por cierto, no debería hacer falta decirlo, pero lo diré igualmente por si acaso: tomar decisiones como un adulto responsable implica aceptar plenamente las consecuencias. Lo cual significa cero quejas, y cero echarle la culpa a los demás. Y hablando de culpa, aquí va la segunda frase de hoy, que espero que ayude un poco a quitarle hierro al asunto (gracias Hernán, esta me la enseñaste tú hace muchos años):

En la naturaleza no hay premios ni castigos, lo que hay son consecuencias.

Robert Green Ingersoll

Nuestra tradición judeocristiana nos ha enseñado a ponerle a todo la etiqueta de «bueno» o «malo», y a creer que todo lo «bueno» es recompensado (tal vez en la otra vida), y todo lo «malo», castigado. Pero en la vida las cosas raramente son tan en blanco y negro, y además, el sentirnos culpables no va a solucionar nada, así que os propongo otro planteamiento: el de que todas nuestras acciones tienen sus consecuencias, y esas consecuencias pueden favorecer y ayudar (a los demás, y también a nosotros), o todo lo contrario, perjudicar.

¿Qué tipo de consecuencias queremos generar? Cambiemos la culpa por la responsabilidad.

Todo lo que tenemos

Esta semana se me ha pasado volando, ¡Ya es domingo otra vez! Y para cuando leáis esto, será probablemente lunes.

Photo of a three-faced clock with the letters "THE GATE CLOCK" underneath

(Foto de un reloj muy chulo que hay a la puerta de un pub en el aeropuerto de Dublín)

Para variar, ando con bastante lío, y no tengo mucho tiempo hoy para sentarme a escribir un artículo largo. Pero sí que tengo tiempo de compartir con vosotros una cita precisamente sobre este tema (en español no suena tan bien como en inglés, pero la idea se entiende, espero):

Todo lo que tenemos es tiempo y opciones. Seamos sabios con ambos.

Carson Anekeya

Da que pensar, ¿Verdad? Yo quizá la cambiaría a «recursos y opciones», ya que al fin y al cabo, el tiempo es un recurso, como lo son también por ejemplo nuestras habilidades, nuestra capacidad física y mental, nuestro nivel de salud y energía, y por supuesto, otros recursos materiales y económicos.

Y las decisiones que tomamos constantemente, ya sea de forma consciente o no, tienen que ver con la forma en la que utilizamos esos recursos para satisfacer nuestras necesidades y deseos. Y ahí es donde entran en juego dos palabras clave, en mi opinión: prioridades y valores.

Porque en realidad, esa falta de tiempo de la que tan a menudo nos quejamos no es más que un síntoma. Los problemas de «gestión del tiempo» son en el fondo problemas de gestión de prioridades, porque muchas veces no las tenemos claras, y nos dejamos llevar por la vida, intentando llegar a todo lo que se nos pone por delante, y agotándonos por el camino.

Por eso viene muy bien invertir un poco de nuestro precioso tiempo en sentarnos a reflexionar sobre nuestros valores, que son realmente lo que determina nuestras prioridades. ¿Qué es lo que consideramos más importante en la vida?

La semana que viene os puedo explicar un ejercicio muy sencillo para clarificar valores. Hasta entonces, si os parece, os propongo reflexionar durante la semana sobre todos los recursos que tenéis a vuestra disposición (y qué mejor ocasión para dar gracias por ellos), y también a observar las decisiones que vais tomando día a día, indagando un poquito en la necesidad o deseo que se esconde detrás de cada una. Y quién sabe, a lo mejor descubrís algo sorprendente sobre vosotros mismos…