Etiquetas

El mes de junio es el mes del Orgullo en muchos países, incluida Irlanda, y el sábado me pasé un ratito por el desfile de Dublín. Al igual que otros años, me encantó el ambiente de alegría, buen rollo e inclusividad que se respira en estas ocasiones, donde todo el mundo es bienvenido y puede mostrarse tal y como es.

Luego ya en casa, hablando con mis hijas de las múltiples y variadas identidades que componen el compendio LGBTQ+ (y perdón, que seguro que me estoy dejando letras), me dio por pensar en cómo a las personas nos gusta ponernos, y ponerles a los demás, etiquetas.

(Cartelito visto en la puerta del baño de minusválidos del Ikea de Dublín. Me imagino que significará que es de género neutro, pero no he sido capaz de confirmarlo. Por parecer, parece una persona cargando con dos cajas de Ikea…)

El tema de las etiquetas es complicadillo, y veo argumentos a favor y en contra. Pero antes de entrar más de lleno en este tema, conviene recordar que nuestro cerebro no está diseñado para ayudarnos a ser felices, sino para ayudarnos a sobrevivir. Y para asegurar el cumplimiento de esa misión tan crucial, evolutivamente ha ido optimizando su funcionamiento, desarrollando patrones que le permiten tomar decisiones muy rápidas con poco gasto de energía.

Esa capacidad para interpretar y «clasificar» rápidamente las situaciones (y las personas) nos ha sido tremendamente útil a los humanos durante muchas generaciones; al fin y al cabo, estamos vivos hoy porque todos nuestros antepasados consiguieron sobrevivir al menos lo suficiente como para poder reproducirse, es decir, supieron, en múltiples ocasiones, identificar potenciales peligros y alejarse de ellos. Y eso incluía ir evaluando a cada persona que se encontraban como «amigo» o «enemigo»; como «de los míos» o «de los otros».

Otra parte muy positiva de todos estos patrones y mecanismos es que nos ayudan a entender el mundo a nuestro alrededor; digamos que van componiendo un modelo, un conjunto de historias, que nos dan una versión simplificada pero comprensible de una realidad que puede ser muy, muy compleja. Y eso nos hace sentir bien.

El problema es que son exactamente esos mismos mecanismos los que a veces nos meten en líos, por varias razones. En primer lugar, porque, para poder simplificar, el cerebro necesariamente altera y reduce la información, a base de generalizaciones, distorsiones y omisiones, lo cual puede no tener mucha importancia en ciertos contextos, pero en otros sí, favoreciendo la aparición de prejuicios, estereotipos y malentendidos varios (otro día os hablaré en más detalle de los sesgos cognitivos, que tienen mucha miga).

En segundo lugar, siguiendo con la lógica de favorecer la supervivencia, al cerebro le sale a cuenta ser desconfiado: si yo me encuentro con alguien desconocido, y equivocadamente lo clasifico como «enemigo» cuando no lo es, no pasará nada, sobreviviré igualmente; pero si equivocadamente lo clasifico como «amigo», y luego resulta que no lo era… Las consecuencias pueden ser catastróficas.

Y un tercer punto que también está relacionado es que los humanos somos seres tribales; lo llevamos en la sangre. Evolutivamente hablando, la pertenencia al grupo, al clan, proporcionaba protección, favoreciendo así la supervivencia. Y nosotros hemos heredado ese tribalismo, buscando encajar en el grupo, juzgando cómo encajan los demás, potenciando las similitudes con «los nuestros» y acentuando las diferencias con «los otros».

Una vez explicado todo esto, volvamos al tema de las etiquetas. Espero que ya esté un poquito más claro el por qué las utilizamos tanto: simple y llanamente, porque estamos programados para hacerlo.

Pero el que estemos programados para hacerlo no significa que lo hagamos bien; el mundo de hoy en día es mucho más complejo y sofisticado que el de nuestros ancestros, por lo que nos hacen falta herramientas de pensamiento más sofisticadas también, además de aprender a saber cuándo salir del piloto automático porque la ocasión requiera más atención e intención por nuestra parte.

Por eso es muy importante invertir en nuestro desarrollo y crecimiento personal, para poder tomar decisiones más conscientes que nos traigan mejores resultados en cualquier aspecto de la vida (o más bien, en todos).

Y a medida que avancemos por el camino del autoconocimiento, encontraremos palabras y conceptos que nos ayudarán a comprendernos mejor, añadiendo matices y explicaciones a nuestra identidad. Los conceptos englobados en LGBTQ+ pueden ser algunas de esas etiquetas, como lo pueden ser también los perfiles de personalidad del eneagrama, y tantas otras cosas…

Darles nombre a las cosas nos ayuda a entenderlas y a aceptarlas, y en este sentido, las etiquetas pueden ser muy positivas en un momento dado. Pero lo importante es no aferrarnos demasiado a nuestras etiquetas, no identificarnos demasiado con ellas, porque entonces dejan de ser un punto de referencia para convertirse en una limitación, y también en muchos casos, en una excusa.

¿Y tú? ¿Qué tal llevas lo de ponerte o quitarte etiquetas?

Planificación trimestral

Una vez más, llegamos al momento del año en el que, en el hemisferio norte, disfrutamos del día más largo y de la noche más corta: es el solsticio de verano. Y, como el año pasado, hemos tenido suerte: ha hecho un día espectacular aquí en Irlanda.

La verdad es que los cambios de estación tienen algo especial, ¿verdad? A menudo son momentos de cambio también en nosotros, o como mínimo, una buena ocasión para hacer un alto en el camino y evaluar qué tal vamos.

(Foto sacada en la playa de Malahide hace exactamente un año)

Otros años os he hablado de pequeños ritos que se pueden hacer en días como éste, como por ejemplo, en la noche de San Juan, Esta vez me temo que mi propuesta suena bastante menos poética y un poco más burocrática, pero espero que os sea igualmente inspiradora, y, sobre todo, útil: hacer una planificación trimestral.

Esto es algo que en muchas empresas, incluida la mía (al menos en las áreas de tecnología), es un proceso bien establecido, y justo a nuestro equipo nos toca hacerlo esta semana que empieza, aunque ya llevamos un par de semanas preparándolo. Los pasos básicos que seguimos y las preguntas que nos planteamos sirven para todo tipo de proyectos, grandes y pequeños, personales y profesionales:

Lo primero que hay que hacer es aclarar las prioridades:

  • ¿En qué nos queremos enfocar principalmente en estos tres meses?
  • Al acabar el trimestre, ¿qué nos gustaría haber conseguido?
  • ¿En qué otras cosas nos gustaría al menos avanzar un poco?

Recordemos un par de reglas básicas a la hora de priorizar cualquier cosa: si todo tiene igual importancia, entonces nada la tiene, con lo que la palabra «prioridad» pierde su significado y el sistema no sirve para nada. Lo que sí que funciona es establecer un orden de prioridades, un ránking donde no haya empates. Y así, para conseguir que la primera prioridad sea realmente la primera, las otras tareas, proyectos u objetivos se tienen que poner necesariamente por debajo.

Una técnica que puede ayudar mucho es distinguir entre tareas, proyectos u objetivos que tienen que estar en el plan sí o sí (en inglés, «must have»), por la razón que sea, y los que estaría bien que estuvieran, pero que al fin y al cabo no son imprescindibles (en inglés, «nice to have»). Esa distinción nos puede aclarar mucho las cosas y facilita enormemente el resto del proceso.

Por cierto, quiero decir que aquí estoy generalizando mucho; cuando hablo de «tareas, proyectos u objetivos», puede ser literalmente cualquier cosa que sea importante para nosotros y a la que le queramos prestar tiempo, energía y atención. En este trimestre de verano, por ejemplo, una de las prioridades más altas puede ser perfectamente descansar e irnos de vacaciones, lo cual es absolutamente necesario para poder llevar luego un ritmo sostenible.

Una vez claras las prioridades, y sabiendo las razones por las que son prioritarias, pasamos a definir el trabajo:

  • ¿Cuánto trabajo supone cada una de estas prioridades?
  • ¿En qué consiste ese trabajo? ¿Qué es lo que hay que hacer? (aproximadamente)
  • ¿Qué recursos necesitamos para poder llevar a cabo ese trabajo? ¿Y los tenemos todos, o dependemos de otros para conseguirlos?

Aquí nos metemos de lleno en entender la envergadura de cada tarea, proyecto u objetivo, hasta un nivel de detalle que nos permita estimar aproximadamente el esfuerzo. También debemos entender bien si dependemos de otro alguien, o si otro alguien depende de nosotros, para poder completarlo con éxito.

Ahora que ya tenemos una idea más o menos clara del trabajo, pasamos a calcular la capacidad:

  • ¿Cuánto trabajo podemos sacar adelante este trimestre? (teniendo también en cuenta otros factores)
  • ¿«Nos cabe» todo lo que teníamos la esperanza de incluir?
  • ¿Cómo podemos ajustar el plan para optimizar los resultados?

Y aquí es cuando llegamos a la hora de la verdad: contrastar la capacidad con la carga de trabajo. Todos tenemos un número limitado de horas al día, y en la mayoría de los casos, otras tareas y obligaciones que cumplir, así que este paso es fundamental: ¿cómo de realista es intentar abarcar todo lo que estamos incluyendo en el plan?

Contestar a esta pregunta a veces puede ser complicadillo, e implicar negociaciones con otros, o con uno mismo, si al hacer las cuentas resulta que no nos «cabe» todo. Pero precisamente por eso es fundamental hacer este ejercicio, para poder, por un lado, ajustar y optimizar el plan según haga falta, y por otro lado, gestionar expectativas (las de otros y también las nuestras propias). Todo esto es lo que nos va a permitir aumentar las probabilidades de éxito.

¿Qué te parece este proceso? ¿Te ves haciéndolo en tu vida personal, o en tu proyecto creativo o profesional? Yo tengo unas cuantas cosas con las que quiero avanzar este verano para luego empezar con mucha fuerza en septiembre.

¿Y tú, qué planes tienes?

Poder sin excusas (y sin culpa)

La semana pasada, durante una clase de eneagrama, surgió una conversación muy interesante sobre cómo nos relacionamos cada uno con el concepto de poder.

¿Qué se te pasa a ti por la cabeza cuando oyes la palabra «poder»?

A menudo la asociamos con ideas negativas, ¿verdad? Opresión, abuso, obligar a otros a obedecer por la fuerza… Y así, puede que desarrollemos la creencia de que el poder es algo malo, algo que no deberíamos tener o buscar

Pero no tiene por qué ser así. 

En realidad, el poder no es otra cosa que la capacidad de producir un resultado (gracias Mario por esta definición), o en otras palabras, de conseguir que las cosas que queremos salgan adelante. 

Afortunadamente, todos tenemos el poder de conseguir cosas en la vida, aunque a veces no sepamos cómo hacerlo, ni por dónde empezar. Tenemos poder para cambiar, y cambiando nosotros, cambiamos nuestras circunstancias e influimos en nuestro entorno.

"Full steam ahead" device seen at an at exhibition steam ship in Belfast,  Northern Ireland.

(Artilugio visto en el barco de vapor S. S. Nomadic, expuesto junto al museo del Titanic en Belfast. Servía para controlar la potencia utilizada para hacer avanzar o girar el barco.

Ahora bien, esto no es algo que suceda por arte de magia, ni de la noche a la mañana: cambiar requiere trabajo y esfuerzo consciente; requiere tiempo, paciencia y perseverancia. Y sobre todo, requiere algo que puede que nos cueste bastante: dejarnos de excusas y tomar ya de una vez las riendas de nuestra vida

Hoy me han recordado una frase que dice: «aquello que no estás cambiando, lo estás eligiendo» (¡gracias, Orla! Según Google, la cita es de Laurie Buchanan). Un poco radical, ¿verdad? Pero muy cierto.

Más radical todavía es esta otra idea de Erica Jong, de la que conocía la última frase pero no el párrafo entero:

¡Nadie a quien culpar! Por eso la mayoría de la gente llevaba vidas que detestaban, con gente a la que odiaban. ¡Qué maravilla, tener a alguien a quien culpar! ¡Qué maravilla, vivir con tu archienemigo! Aun siendo desgraciado, sientes que siempre llevas la razón. Aun estando roto, te crees absuelto de toda culpa. Pero si tomas tu vida en tus propias manos, ¿qué sucede? Algo terrible: no hay nadie a quien echarle la culpa.

Ay, qué fácil nos resulta a veces culpar a otros, o a la vida, de nuestras circunstancias, sin reconocer cómo hemos contribuido a crear esa situación. La buena noticia es que, una vez que rompemos el hábito de culpar a los demás, dejamos también de sentirnos a su merced, y recuperamos el poder sobre nuestra propia vida, aunque sobre todo al principio nos resulte incómodo. Esta también es una tarea que requiere esfuerzo e intención consciente, y sobre todo, mucha autocompasión; porque, una vez que nos damos cuenta de cómo hemos llegado hasta donde estamos y dejamos de culpar a los demás, a menudo lo que hacemos es culparnos nosotros. Y eso, lejos de ayudarnos, nos puede hundir y paralizar todavía más.

Pero, como me dijo una vez un buen amigo (gracias, Hernán): no lo mires en términos de culpa, míralo en términos de responsabilidad. Llegaste hasta aquí haciéndolo lo mejor que pudiste con la información y los recursos que tenías en cada momento. Ahora que ya sabes un poco más, de ti depende tomar mejores decisiones y adquirir mejores recursos que te lleven (o al menos, te acerquen) a los resultados que tú quieres.

El momento en el que asumes responsabilidad total por tu vida
es el momento en el que adquieres el poder
para cambiar cualquer cosa en ella.

Hal Elrod

Ahora que ya lo sabes, ¿estás dispuesto a empezar a usar tu poder, sin excusas y dejando a un lado la culpa? Si quieres adquirir recursos que te ayuden a conseguir lo que buscas, échale un vistazo a mi página de servicios.

Camino celta

Hoy, mi hija Eva y yo hemos participado en una actividad organizada por las clases de español de ALCE en Irlanda: caminar un trocito del Camino de Santiago.

(Foto del «mojón» del Camino de Santiago en Bray, en el condado irlandés de Wicklow.)

¿Camino de Santiago? ¿En Irlanda? Pues sí, resulta que uno de los muchos caminos de Santiago repartidos por Europa (y por el mundo, que hoy hemos aprendido que hay hasta en Brasil) está en Irlanda; se le denomina el Camino celta, y hoy hemos recorrido una sección que va desde Bray hasta Dún Laoghaire, bordeando la costa. ¡Precioso!

Nos hemos juntado unas cuantas familias españolas, desafiando una amenaza de lluvia que, por suerte, no se ha cumplido, y la verdad es que hemos pasado un rato estupendo: caminando, charlando y compartiendo. Reviviendo el espíritu del Camino, incluidas las paradas para sellar los pasaportes y el merecido descansito con merendola al final. Igual mañana me levanto con agujetas (que ya no estoy acostumbrada a estos trotes), pero de momento hoy me llevo muy buenos recuerdos, conversaciones, encuentros, reencuentros, orgullo por el camino recorrido, y unas vistas espectaculares a pesar del cielo nublado:

(Foto de la playa y las vías del DART desde cerca de Killiney.)

Mil gracias a Ester y Beatriz, profesoras de ALCE Dublín y organizadoras de este evento, a los voluntarios de la Camino Society que nos han acompañado hoy, y a todas las familias que se han animado a venir. Ha estado fenomenal.

Por cierto, si nunca habéis hecho el Camino de Santiago (hasta llegar al propio Santiago de Compostela, me refiero), os lo recomiendo encarecidamente, es una experiencia maravillosa. La distancia mínima son 100 kilómetros, que tampoco son tan difíciles de conseguir, y da una satisfacción tremenda lo de llegar por tu propio pie a la impresionante catedral de Santiago. Yo lo hice dos veces hace ya muchos años, una por el Camino francés y otra por el portugués, y tengo muchas ganas de hacerlo otra vez (mi sueño es hacerlo algún día con mis niñas, Irene, Alicia y Eva, si consigo convencerlas).

Y para terminar, aquí os dejo las palabras inmortales de Antonio Machado, y esa gran metáfora de la vida que es el camino:

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

Ajustando las velas

Hoy, revisando mis notas de Google, me he topado con esta frase que apunté hace tiempo para compartirla un día en el blog:

El pesimista se queja del viento;
el optimista espera a que cambie;
el realista ajusta las velas.

William George Ward

¿Qué te parece? Es un buen recordatorio de las distintas actitudes que podemos adoptar ante los problemas de la vida:

  • Podemos hacernos las víctimas y quejarnos de lo que nos pasa (pero sin hacer nada por cambiarlo)…
  • Podemos resignarnos y esperar ingenuamente a que las cosas mejoren por sí solas…
  • O podemos tomar cartas en el asunto, y procurar sacar lo mejor de la situación.

Esto me recuerda también a un libro que leí hace años (y que después doné en una de mis rachas de «decluttering», cosa de la que me arrepiento), titulado ¿Quién se ha llevado mi queso?, de Spencer Johnson.

A través de una historia con ratoncitos y un laberinto, el autor resalta la importancia de no acomodarnos dando por hecho que «el queso» (= lo que sea que queramos en la vida) siempre va a estar ahí. En lugar de eso, nos anima a estar atentos para detectar cuándo se avecina un cambio, sabiendo que es natural que surjan miedos al no saber cómo nos va a afectar, y a procurar adaptarnos rápidamente, pues el estar abiertos al cambio (= creer que el cambio nos va a beneficiar) en lugar de resistirlo (= creer que el cambio nos va a perjudicar) nos puede aportar muchos beneficios y aprendizajes.

Qué fácil es la teoría, ¿verdad? «No tengas miedo y abraza el cambio, que seguro que te va a ir bien». La práctica ya es otra cosa: los miedos no se disuelven como por arte de magia sólo porque sepamos que están ahí. Pero sí que podemos, con las herramientas adecuadas y haciendo el trabajo necesario, llegar a comprenderlos y gestionarlos mucho mejor, y así poder ser más dueños de nuestras propias decisiones.

¿Estás pasando ahora mismo, o crees que vas a pasar pronto, por un momento de cambio? Yo sí; estoy en un momento en el que digamos que se está moviendo mi queso. O mejor dicho: está cambiando el viento, y yo estoy buscando la mejor manera de ajustar mis velas…

(Foto a doble página de uno de los libros de Los Jóvenes Castores que leíamos de pequeñas mis hermanas y yo, donde aparece un estupendo barco pirata. ¿Se nota que no tengo experiencia real con barcos de vela? Tendré que pedirles un cursillo acelerado a mis amigos Seán y Dee.)