Un pie delante de otro

Empezamos una nueva semana, y yo me la imagino como una hoja en blanco que ir rellenando día a día, a ser posible con buena letra.

A veces, hay temporadas en que la vida no da para mucho más que para ir haciendo lo imprescindible cada día. Y eso está bien, es lo que toca.

Pero cuidado con no quedarnos ahí atascados más tiempo del necesario…

Esta cita la he encontrado (en inglés) en un libro que tengo por casa; no decía el autor, y no he sido capaz de localizarlo.

No te pases tanto tiempo concentrado
en poner un pie delante del otro
que te olvides de mirar hacia dónde vas.

(Foto sacada hace aproximadamente un año, bajando desde la Alhambra hacia el centro de Granada.)

En otras palabras: levanta de vez en cuando la mirada del camino, y comprueba si realmente vas en la dirección que quieres.

Marcarte un destino te ayudará a dar pasos más firmes y más acertados. Y pararte de vez en cuando a afilar la sierra te dará la claridad y las herramientas que necesites para seguir avanzando.

Y tú, ¿hacia dónde vas? ¿Y qué pasos vas a dar esta semana para irte acercando?

Botón de reinicio

Una vez más, el fin de semana se me ha pasado muy rápido, y me he quedado con la sensación de no haber hecho ni la mitad de las cosas que hubiera querido. Lo cual probablemente quiere decir que había planeado como el doble de cosas de las que, siendo realistas, me caben en un fin de semana.

¿Te pasa a ti también esto? Es bastante normal; a las personas se nos da fatal estimar el tiempo que tardamos en realizar una tarea o un proyecto (más sobre este tema aquí).

Para mí, una consecuencia habitual de no ser realista con mi tiempo es que a menudo acabo descansando y durmiendo menos, porque hay cosas que no quiero dejar sin hacer, aunque ya se me acaben las horas del día. Y así, sin darme cuenta, me meto en una rueda de cansancio atrasado que no hace sino traerme más problemas…

Esta semana me he pillado otra vez en esa rueda. Y sólo de mí depende salir de ella.

A veces nos da la sensación de que no hay más remedio que llenarnos el día de tareas y seguir hasta caer de agotamiento. O igual ya estamos agotados, pero no le hacemos caso a nuestro cuerpo. ¿Hasta cuándo? ¿Es que tenemos que esperar a que la vida nos dé un susto para empezar a cuidarnos?

Lo bueno es que la vida (o más bien, nuestro cuerpo) nos va dando avisos, nos va indicando cuándo el ritmo que llevamos ya no es sostenible. El caso es aprender a escuchar, para que, cuando aparezcan las señales, podamos tomar nota y hacer algo al respecto.

Pero claro, para poder escucharnos, primero tenemos que crear un poco de silencio. Y para eso no ayuda el estar rodeados de ruido y distracciones continuas, como lo estamos hoy en día. Hace falta hacer un esfuerzo consciente por «desconectar» un poquito de lo de fuera, para poder conectar con lo de dentro y hacer balance de cómo estamos de verdad.

Esto me recuerda a dos cosas: por un lado, a la primera frase de la Desiderata: «Camina plácidamente entre el ruido y la prisa, y recuerda cuánta paz puede haber en el silencio»… Si esto ya era verdad hace más o menos un siglo, sin lugar a dudas es más cierto ahora que nunca.

Y por otro lado, a esta cita que yo creía que ya os había contado, pero parece ser que no:

Casi todo volverá a funcionar
si lo desconectas durante unos minutos,
incluid@ tú.

Anne Lamot

Y si son unas horas, o unos días, o incluso semanas, mejor que mejor.

(Póster visto en una tienda de Avoca: «estar offline (desconectado de internet) es el nuevo lujo.» Esta frase daría para otro artículo entero, que algún día a lo mejor escribiré.)

Y a ti, ¿te hace falta pulsar el botón de reinicio?

Palabras (casi) intraducibles: workout

Como ya sabéis, de vez en cuando en este blog me gusta hablar de alguna palabra o expresión que me parece especialmente acertada en inglés (o en español) y que creo que pierde fuerza y significado al traducirla al español (o al inglés, según el caso).

Hoy añadimos a nuestra lista de intraducibles una palabra en inglés que se utiliza muchísimo, y yo diría que no sólo entre la gente de habla inglesa: workout. El diccionario la traduce como «ejercicio» (exercise) o «entrenamiento» (training), pero esas dos palabras, en mi opinión, son un poco genéricas, un poco «vagas» (si me permitís el chiste), cuando el workout es algo mucho más tangible: es cada sesión concreta de entrenamiento, cada rato que dedicas a hacer ejercicio. Y eso conlleva un esfuerzo, un trabajo, que va implícito en la propia palabra, al ser un derivado del verbo trabajar (to work).

(Foto de un cartel que hay en mi oficina, animando a la gente a usar las escaleras en lugar del ascensor: «Quema calorías, no electricidad. Usa las escaleras.»)

Efectivamente, hacer ejercicio cuesta trabajo, y no sólo por el esfuerzo físico, que una vez puestos, ya casi es lo de menos. Lo que más cuesta es mantener la constancia, y seguir adelante sin esperar a que te apetezca, porque, seamos realistas, casi nunca te va a apetecer… (Por cierto, por si no lo sabías, esto es completamente normal; a los atletas de élite tampoco les apetece salir a correr todos los días, y aun así, lo hacen, por eso es tan importante crear rutinas que nos lo pongan un poco más fácil y nos ayuden a cumplir nuestros objetivos).

Lo bueno es que todo ese trabajo a lo largo de semanas, meses y años al final tiene su recompensa: cuando entrenamos regularmente, estamos más en forma, nos sentimos mejor y podemos hacer más cosas. En otras palabras, mejora nuestra calidad de vida.

Ahora bien, ¿y si pudiéramos aplicar el mismo razonamiento a otros tipos de ejercicio, aparte del físico?

Todo esto viene a que el otro día escuché una frase que creo que merece la pena compartir. No sé si será original de la persona a quien se la oí, una coach llamada Alexias Anderson; era parte de una charla sobre Inteligencia Adaptativa (un tema clave en estos tiempos tan acelerados y cambiantes, y que va a dar para más posts seguro):

Cada experiencia desconocida es un entrenamiento.

Me gusta mucho el paralelismo que hace aquí esta señora: al igual que hacer ejercicio es incómodo y cansado para el cuerpo, pero a la larga le viene bien, el tener que desenvolverse en un entorno poco conocido es incómodo y cansado para el cerebro, pero a la larga, también le viene bien. Le permite aprender a adaptarse a distintas situaciones, a ser más flexible y a tener más repertorio de estrategias, respuestas y acciones según convenga en cada caso.

Y al igual que pasa con el ejercicio físico, la clave está en hacerlo a menudo, aunque sea en pequeñas dosis. No hace falta hacer nada demasiado radical; la idea es irnos exponiendo poco a poco a experiencias y actividades en las que no nos sirva el piloto automático, y que tengamos que ingeniárnoslas para poder seguir adelante. Puede ser tan sencillo como volver a casa por un camino diferente (¡y sin Google Maps!), empezar un hobby nuevo o aprender una habilidad que tenga poco que ver con lo que se nos da bien normalmente.

Un ejemplo muy tonto que se me ocurre es el de las canciones que cantamos en el coro del trabajo: yo normalmente estoy en el grupo de las sopranos, pero últimamente estamos muy poquitas y para algunas canciones me han cambiado al grupo de altos… Parece mentira, la cantidad de energía extra que me supone aprenderme esa otra versión de las canciones; me cuesta muchísimo.

Pero como decíamos antes, lo bueno es que todo este gasto de energía adicional tiene su recompensa, en mi opinión, por partida doble. Por un lado, a base de ponernos intencionadamente en situaciones un poco incómodas, poco a poco vamos consiguiendo tolerar mejor la incomodidad, y eso nos puede dar mucha libertad y abrirnos opciones en el día a día. Y por otro lado, cuando inevitablemente la vida nos traiga momentos de cambio de esos que tienen la capacidad de sacudirnos y descolocarnos, nos encontrará mucho más preparados, con recursos para capear mejor el temporal y hasta sacar provecho de las circunstancias.

¿Qué te parece esta idea? ¿De qué manera entrenas tú tu cuerpo y tu mente?

Ensanchando la vida

¡Feliz Pascua de Resurrección a todos los que la celebréis!

(Qué poco original soy, todos los años empiezo con la misma frase… Si te apetece leer mis reflexiones sobre la Semana Santa en años anteriores, las tienes aquí, aquí y aquí.)

Esta semana he tenido la inmensa suerte de estar de vacaciones, disfrutando de tiempo en familia y de poder hacer cosas con tranquilidad (o al menos, con menos prisas que normalmente).

(Foto del interior de la catedral de Galway, que fuimos a ver el otro día. Por fuera es bastante sencilla, pero por dentro me parece preciosa, y además nos vino fenomenal para refugiarnos un rato de la lluvia.)

En estos tiempos tan acelerados en los que vivimos, el poder bajar de revoluciones por unos días es un auténtico lujo… Un lujo completamente necesario, me atrevería a decir, aunque no siempre sepamos verlo. Crear espacio para recuperar fuerzas, para volver a centrarnos en lo que de verdad importa, para disfrutar de las cosas pequeñas (y grandes) que nos trae la vida.

Hoy quiero invitarte a reflexionar un poco, a ver qué te parece esta cita:

Muchos estudian la forma de alargar la vida,
¡cuando lo que habría que hacer es ensancharla!

Luciano de Crescenzo

¿Cuáles son esas cosas que «ensanchan» tu vida? ¿Cómo te sientes cuando les dedicas tiempo y atención? ¿Y cuánto tiempo y atención les dedicas?