La gratitud es un músculo que hay que ejercitar, a ser posible, todos los días, y que requiere un esfuerzo consciente de atención hacia lo positivo y lo provechoso de cada situación. Puede que haya momentos sobre todo al principio, en los que nos cueste un poco (o mucho) encontrar cosas por las que dar gracias, pero la clave está en seguir buscando y en recordar que siempre, siempre, SIEMPRE hay algo, por pequeño e insignificante que nos parezca.
O puede ser que el regalo del día venga como una enseñanza disfrazada de reto o de dificultad, y que tardemos un poco en darnos cuenta. Sea como sea, poco a poco, con tiempo, paciencia y mucha práctica, irán apareciendo cada vez más motivos por los que estar agradecidos, y nos iremos sintiendo cada vez más afortunados.
Cuando la vida te sea dulce, da las gracias y celébralo. Y cuando la vida te sea amarga, da las gracias, y crece.
Shauna Niequist
¿List@ para empezar? No hace falta que sea un ritual muy elaborado, puede ser tan sencillo como preguntarte cada noche antes de dormir, como les pregunto yo a mis hijas: ¿por qué damos gracias hoy?
Y aquí en la foto puedes ver mi respuesta de hoy; yo doy gracias por estas tres señoritas:
La semana pasada se me quedó en el tintero un comentario sobre la diferencia entre tener que hacer algo y elegirlo. Yo estaba convencida de que ya había escrito de este tema aquí en el blog, pero no he sido capaz de encontrar dónde, así que aquí va mi reflexión de hoy, aun a riesgo de repetirme.
Piensa por un momento en todas las cosas que tienes que hacer hoy, o esta semana, o en tu día a día habitual. Si tienes tiempo, siéntate con un papel y un boli y haz una lista lo más completa posible, empezando cada línea con las palabras «Tengo que…».
Ejemplos:
Tengo que madrugar mañana.
Tengo que ir al trabajo.
Tengo que preparar la comida.
(Foto del amanecer desde la estación de Adamstown, un día que madrugué para coger el tren a Dublín).
Ahora lee detenidamente esa lista.
¿Cómo te sientes?
Yo recuerdo hacer este ejercicio hace unos años y sentir todos esos «tengo que» como un peso enorme sobre mis hombros, como una losa que me aplastaba y no me dejaba otra alternativa más que cumplir con mi obligación.
Porque esa es la idea implícita, que cada «tengo que» es una obligación. Y pasarse el día cumpliendo obligaciones no sólo es aburrido/agobiante/deprimente (elige el adjetivo que más te resuene), sino que además nos resta energía, y a la larga resulta agotador.
Pero, ¿y si pudiéramos pensar en esas tareas de una forma que nos motivara, en lugar de aburrirnos, agobiarnos o deprimirnos?
Aquí es donde entra en juego el poder transformador de la palabra. Porque las palabras importan, y mucho. Las que pronunciamos hacia afuera y las que nos decimos por dentro, que al fin y al cabo son nuestros pensamientos.
Prueba a escribir otra vez la misma lista, pero en lugar de empezar cada línea con «tengo que…», empiézala con «elijo…»:
Elijo madrugar mañana.
Elijo ir al trabajo.
Elijo preparar la comida.
Lee detenidamente esta nueva lista. ¿Qué te parece?
Lo que acabas de hacer es convertir cada tarea de tu día en una elección, en lugar de en una obligación. Pero sólo cambiar las palabras no es suficiente: tenemos que darnos cuenta de que de verdad somos nosotros los que decidimos hacer todas esas cosas, al igual que decidimos no hacer otras. Y asumir esa responsabilidad.
Porque aunque a menudo nos parezca que no tenemos otra elección, en realidad, la inmensa mayoría de las veces (por no decir siempre), sí que la tenemos. Así que el siguiente paso es observar esas tareas una por una, ver qué otras opciones hay, y analizar las consecuencias (tanto a corto como a largo plazo) de cada una de esas opciones. ¿Estoy dispuesto a asumir las consecuencias de no madrugar, de no ir a trabajar, de no cocinar?
Puede que te encuentres con que algunas de tus tareas no son tan imprescindibles como tú creías; quizá son cosas que has seguido haciendo por inercia sin plantearte si siguen teniendo sentido, o tal vez algo que te propusieron (o te impusieron) en algún momento y que tú aceptaste sin cuestionarlo. El darte permiso para elegir algo diferente a partir de ahora ya puede aligerar un poco tu carga.
Estupendo, ¿y para las demás? ¿Qué pasa con esas tareas de la lista para las que no es viable elegir otra opción? Lo que puedes hacer en esos casos es reafirmar tu motivación, tu para qué, el beneficio que te va a traer (o el perjuicio que te va a evitar) esa tarea:
Elijo madrugar mañana para poder dedicarme un poco de tiempo, organizarme y sentir que tengo control sobre mi día (o bien: cuando no madrugo tengo que ir a prisas y a carreras, empiezo el día ya sintiendo que voy atrasada y me estreso más, así que elijo madrugar).
Elijo ir al trabajo para ganarme el salario, y además, sentirme realizada y crecer como profesional (o bien: si no voy a trabajar, acabarán despidiéndome y no podré pagar la hipoteca ni irme de vacaciones, y puede que no encuentre otro trabajo que me guste, así que elijo ir a trabajar).
Elijo preparar la comida para que mi familia y yo llevemos una dieta equilibrada y nos mantengamos sanos y con energía (o bien: si no preparo comida casera con antelación, acabaremos comiendo de cualquier manera, y a la larga tendremos problemas de salud, así que elijo cocinar).
¿Qué te parece? ¿Notas la diferencia entre percibir las cosas como una obligación frente a abrazarlas como nuestra propia elección?
Tan solo un comentario más: si te cuesta mucho utilizar el «elijo…» porque te suene demasiado forzado, otra alternativa al «tengo que…» puede ser simplemente decir «voy a…». Así no te quedas enganchado en si lo decides tú o lo deciden por ti: lo vas a hacer, se queda hecho, y punto. ¡Misión cumplida!
La mayor arma contra el estrés es nuestra habilidad para elegir un pensamiento sobre otro.
Te voy a contar una cosa que a lo mejor ya sabes, pero a lo mejor no, así que te la cuento por si acaso.
Este blog es bilingüe.
Todos los artículos que escribo, y con este ya van 175, los puedes leer en español y en inglés.
En teoría, WordPress es lo bastante listo como para detectar el idioma de tu navegador y presentarte la página más adecuada, pero si por la razón que sea te aparece en el idioma que no es, para cambiarlo sólo tienes que pinchar en la banderita que aparece en la esquina superior derecha de la web (una vez que llegues desde LinkedIn, Facebook, Instagram o donde sea que veas el enlace al artículo).
Todo esto viene a que el otro día, un compañero de trabajo me dijo algo así como: «he visto que escribes artículos en LinkedIn, pero son sobre todo en español, ¿no?» Yo me apresuré a decirle que no sólo en español, que también en inglés… De hecho, es algo de lo que estoy muy orgullosa: de escribir en los dos idiomas, para que todo el que quiera pueda leerme, y además porque me encanta tanto escribir como traducir. Tardo un poco más en terminar cada artículo, pero merece la pena con creces.
Porque las ventaja de ser bilingüe (volviendo al título del post), ya seas un blog o una persona, son muchas. La más obvia es que hay mucha más gente con la que te puedes entender, y eso ya de por sí te enriquece y amplía tus horizontes.
Pero más allá de eso, otra ventaja para mí fundamental es que tienes más opciones tanto a la hora de comprender ideas como de expresarlas. Cada idioma tiene su propio vocabulario, sus patrones, sus estructuras gramaticales, y al aprenderlos, estamos literalmente aprendiendo nuevas formas de pensar. Estamos haciendo a nuestro cerebro funcionar de manera diferente.
Y eso nos abre la puerta a nuevos recursos, porque al fin y al cabo, no podemos evitar pensar en palabras: el lenguaje es la herramienta con la que damos sentido a todo lo que pasa dentro y fuera de nosotros. Por eso las palabras son tan poderosas, porque no son simplemente palabras… Son los filtros y las lentes que conforman nuestra realidad presente, y los ladrillos con los que construimos nuestra realidad futura.
¿Y tú, qué idiomas conoces? ¿Y qué nuevas formas de pensar te han aportado?
P.D.- Como ya os adelanté la semana pasada, ¡tengo noticias! A partir del lunes 2 de septiembre abro hueco en mi agenda para nuevos procesos de coaching y desarrollo personal. ¿Tienes ya claro qué cambios / proyectos quieres abordar este curso? ¿Aceptas el reto de dejar a un lado las excusas y ponerte en marcha desde ya? Es el momento perfecto, contacta conmigo y lo hablamos.
Esta semana hemos tenido actuación con el coro del trabajo, como hacemos a veces cuando se organiza algún evento en la oficina. Estuvo muy bien, lo disfruté un montón, como de costumbre.
Entre otras, cantamos una canción con la que tengo sentimientos encontrados: por un lado, me gusta mucho, me parece muy bonita, y he pensado varias veces ponerla aquí como una de las «canciones conscientes» de las que hablo de vez en cuando (ejemplos aquí, aquí y aquí). Peeero, por otro lado, hay algunas partes de la letra que no me acaban de cuadrar, empezando por el título: You gotta be (tienes que ser).
Os pongo aquí el vídeo con la letra en inglés y en español, y luego os cuento un par de reflexiones sobre lo que más me gusta (y lo que menos) de esta canción, compuesta e interpretada por Des´ree.
Por cierto, nota de traducción: la línea donde dice «stay together» la han traducido como «permanecer juntos», y no pega con el resto de la canción; yo creo que se refiere más a la idea de «keep it together», que se traduciría como «mantener la compostura».
¿Qué os parece? Es una canción que nos anima a ser valientes, y al mismo tiempo, a abrazar y hasta a mostrar nuestra vulnerabilidad (para los que entendéis de eneagrama, me parece una canción «muy ochesca» :-)).
Me gusta mucho que nos anime a aprender de nuestros padres, pero que también recalque la importancia de tener nuestro propio criterio a la hora de enfrentarnos a los retos de la vida, y de que nos tomemos el tiempo necesario para poder entender sus misterios.
Hasta ahí, todo bien. Lo que no me acaba de cuadrar es el estribillo, y creo que lo que me chirría es cómo está escrito, no como una sugerencia, sino como una orden: tienes que ser duro, fuerte, atrevido…
Como si fuera obligatorio.
Como si fuera la única manera válda de estar en este mundo.
Un mundo, por cierto, en el que hay que moverse rápido, porque si no, en cuanto te descuidas, te dejan atrás.
Si leo esta canción con detenimiento, me da la sensación de que está escrita (con muy buenas intenciones, eso sí) por una persona que concibe la vida como una lucha. Y claro, si la vida es una lucha, por supuesto que hay que ser duro, fuerte y atrevido para salir adelante; el ser débil no es una opción.
Pero recordemos que hay infinidad de maneras de concebir la vida y de estar en este mundo, y ésta es tan sólo una de ellas.
Yo personalmente no resueno con ese concepto de la vida como una lucha, por lo que en mi mundo no tiene tanta importancia el tema de ser fuerte. Sí tiene mucha importancia, por ejemplo, el tema de hacer las cosas bien, y por eso me resuena mucho más la parte de aprender de los mayores (y en principio, seguir sus normas) para luego desarrollar nuestro propio criterio y dejarnos guiar por él.
En todo caso, You gotta be me parece una canción muy chula, que nos anima y nos empodera, y que desde luego nos da que pensar, Y sobre todo, me quedo con la última frase, que les gana a todas las demás:
All I know, all I know, love will save the day (todo lo que sé es que el amor lo va a solucionar).
Y tú, ¿Qué opinas? ¿Qué te resuena (o no) de esta canción?
¿Alguna vez has oído hablar de la Regla de Oro, y de su inversa, la Regla de Plata? Estoy segura de que sí, aunque a lo mejor no sabías que se llamaban así.
Trata a los demás como querrías que te trataran a ti. Te suena, ¿verdad? Pues ésta es la Regla de Oro, un principio moral que está presente en prácticamente todas las culturas, filosofías y religiones de la historia de la Humanidad.
Y si formulamos la misma idea en versión negativa, se convierte en la Regla de Plata: no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti.
Tiene sentido, ¿verdad? Es una norma muy sencilla y muy fácil de entender, incluso para los niños pequeñitos, sobre todo en esta segunda versión: «A ver, hijo, ¿a ti te gusta que te peguen, o que te quiten tus juguetes? Pues no se lo hagas tú a los otros niños…» (discurso típico de padre o madre que nuna pasa de moda).
Utilizando la metáfora de un videojuego, se me ocurre que la denominada Regla de Plata sería el nivel más básico de «hacer el bien», el nivel principiante: no hacer daño al prójimo.
Luego, a medida que crecemos y maduramos, podemos ir pasando al nivel intermedio: la Regla de Oro, donde el objetivo ya no es solamente no dejar al otro peor de lo que estaba, sino que queremos dejarlo mejor, ¿Te gusta que te valoren, que te escuchen, que te ayuden? Pues compórtate tú así cuando interactúes con otra persona (independientemente del resultado).
Pero, ¿sabías que todavía hay un nivel más avanzado de este videojuego metafórico de «hacer el bien»? Lo he aprendido esta semana, y es la Regla de Platino: trata a los demás como A ELLOS les gustaría que les trataran.
A ellos. No a ti.
Esto ya sí que es nivel, ¿Verdad? Porque claro, ¿cómo voy a saber yo cómo quiere el otro que le trate? Para eso voy a tener que esforzarme por conocerle bien, saliendo de mi propio egocentrismo, dejando a un lado mis ideas preconcebidas y sintonizando de verdad con lo que él o ella considere más importante. Sólo así voy a poder conseguirlo.
¿Que te parece? ¿En qué nivel te ves tú ahora mismo? ¿Aceptas el reto de seguir la Regla de Platino?
Feliz Pascua de Resurrección a todos los que la celebréis 🙂
El otro día estuve comparando tradiciones de Semana Santa con mi amiga Stephanie, que es de Rumanía, y nos dimos cuenta de que algunas cosas son muuuuuy diferentes, empezando porque las fechas de la Pascua católica y la ortodoxa se calculan de manera distinta, la primera siguiendo el calendario gregoriano, y la segunda, el juliano.
Pero incluso entre países mayoritariamente cristianos no ortodoxos (católicos, anglicanos y otros grupos protestantes), las tradiciones también varían bastante, y me da la impresión de que esas variaciones están más basadas en cuestiones de geografía e historia que en la variedad concreta del cristianismo que se practique.
Por ejemplo, recuerdo que, cuando me mudé a Irlanda, me llamó muchísimo la atención que aquí no hubiera procesiones, a pesar de ser un país tradicionalmente católico como España. Por curiosidad, le acabo de preguntar a Google qué otros países tienen procesiones aparte de España, y han aparecido Italia (que quizá sea de donde las importamos nosotros, al igual que los belenes de Navidad), Israel (donde seguramente tuvieron lugar las procesiones originales, en los Santos Lugares), y varios países de Latinoamérica (adonde las exportamos nosotros, los españoles).
En otros lugares del mundo, como en el resto de Europa y en los países anglosajones, los huevos de Pascua son lo más característico, y aquí en Irlanda, también. Aunque más que pintar huevos de verdad con colores llamativos, como se hace en Rumanía y en otros muchos sitios, los irlandeses se dedican a comer huevos de chocolate, después de haberse privado de dulces y de otros caprichos durante la cuaresma.
Lo cual me lleva a otra pregunta que le he tenido que hacer hoy a Google: ¿por qué huevos precisamente? Pues resulta que los huevos siempre fueron un símbolo de fertilidad y de nueva vida, desde los tiempos de los antiguos griegos y los egipcios, y de ahí pasaron a ser un símbolo de la primavera. Luego, con la llegada del cristianismo, los huevos pasaron a simbolizar la resurrección de Cristo, y como la Iglesia prohibía comer huevos durante la Semana Santa, la gente empezó a decorarlos para que así fuera una celebración todavía mayor el disfrutarlos el Domingo de Resurrección.
Otro dato que me parece interesante es el origen de las palabras que utilizamos para nombrar esta fiesta. En español la llmamos Pascua, haciendo referencia a la Pascua judía, «el paso del Señor», que conmemora la liberación del pueblo hebreo de su esclavitud en Egipto. La última cena de Jesús con sus discípulos, el Jueves Santo, era una celebración de la Pascua judía, y así la palabra se traspasó también a nuestra Pascua de Resurrección, a través del latín y el griego.
En cambio, en inglés, la palabra Easter tiene un origen completamente distinto: la cristianización de la fiesta pagana de la primavera, dedicada a la diosa Eostre. Eostre era una diosa venerada por los anglosajones, y al llegar los misioneros cristianos a las Islas Británicas a principios de la Edad Media, pensaron que sería más fácil evangelizar aquellas tierras si aprovechaban las celebraciones religiosas de sus habitantes, dándoles un nuevo sentido cristiano.
Como veis, unas fiestas van dando lugar a otras, pero en el fondo, todas ellas (incluso la Pascua judía) eran y siguen siendo celebraciones de la primavera. Y no son las únicas: hace más o menos una semana se celebraba la fiesta hindú de Holi, el festival del color, el amor y la primavera, una explosión de alegría y color.
Y así comprobamos una vez más que, en esta vida, hay temas universales que las distintas culturas y naciones expresan de diferentes maneras: si en otoño, cuando los días se acortan, las tradiciones nos hablan de espíritus, de fantasmas y del triunfo de la luz sobre la oscuridad, ahora en primavera, cuando los días por fin vuelven a alargarse, celebramos la vuelta a la vida y el triunfo del bien sobre el mal.
Y tú, ¿qué tradiciones sigues en esta época del año? ¿Cómo celebras la llegada de la primavera?
Una vez más, llega el domingo y me siento a escribir el artículo de la semana, repasando mentalmente los últimos siete días. La verdad es que de lunes a viernes tuve un montón de ajetreo, entre viajes, oficina, tareas varias y algún que otro virus que que se pasó por nuestra casa, así que estaba deseando que llegaran el sábado y el domingo para poder «vaguear».
Pero claro, como suele pasar, durante el fin de semana también había cosas que hacer, empezando por llevar a mi hija mayor al aeropuerto a las seis de la mañana el sábado…
Normalmente, habría aprovechado el levantarme temprano para seguir haciendo cosas «productivas» todo el día, pero como sé que así muchas veces acabo igual de cansada (o más) los fines de semana que los días de diario, esta vez decidí intencionadamente tomarme ratos para descansar y relajarme a lo largo del día. Y me acordé una vez más de aquella pregunta que me hizo mi amiga Marilyn hará un par de años, al poco de conocernos:
Oye, y tú, ¿cuándo paras?
Recuerdo que me sorprendí muchísimo, porque no era para nada consciente de ese comportamiento mío. Pero aquella pregunta me abrió los ojos; a partir de entonces empecé a observarme y descubrí que tenía toda la razón: a menudo no paraba en todo el día. ¿Cómo no iba a acabar cansada? En mi cabeza siempre había una larga lista de cosas por hacer, incluso aunque la redujera a lo que yo consideraba lo mínimo imprescindible.
Una vez que ya somos conscientes de un determinado comportamiento, si queremos, tenemos el poder de cambiarlo, por ejemplo si es algo que a la larga nos perjudica, como trabajar demasiado y no descansar lo suficiente.
¿Y cómo lo cambiamos? Pues escarbando un poquito para ver qué creencias se esconden tras ese comportamiento, siguiendo la pista de nuestro propio lenguaje, de la forma en la que nos hablamos a nosotros mismos.
En el ejemplo concreto que os contaba, la pista está en la palabra «vaguear». Inconscientemente, mi mente piensa: si yo vagueo, es porque soy una persona vaga y perezosa. ¡Pero yo no quiero ser una vaga! Quiero ser una persona productiva, útil para la sociedad. Así que mentalmente me machaco y me digo: «haz algo útil», y eso es lo que hago, cosas «útiles» y «productivas», una detrás de otra, un día detrás de otro, hasta que ya no puedo más.
¿Y eso me ayuda? Pues no, para nada, porque aunque a corto plazo sí que vaya consiguiendo cosas, a largo plazo no es sostenible. En algún momento hay que descansar, desconectar y disfrutar de la vida un poquito, o si no, las consecuencias pueden ser muy graves. Y aquí es donde me toca cambiar el chip y darme cuenta de que el descanso no es pereza, es autocuidado, y que el autocuidado es absolutamente imprescindible para llevar una buena vida.
Es más, sólo cuando nos cuidamos (a través de la dieta, el ejercicio, el descanso, la conexión con nosotros mismos y con los demás…) tenemos la energía suficiente para seguir adelante y ayudar a otros, con lo cual mi objetivo inicial de ser una persona productiva y útil a la sociedad se acaba cumpliendo mucho mejor de manera indirecta, y además disfrutando por el camino.
Y a ti, ¿qué tal se te da el tomarte de vez en cuando un merecido descanso? Espero que en estos días de Semana Santa encuentres hueco para cuidarte y desconectar, sea de la forma que sea.
Hoy os traigo una selección tomada del amplio repertorio de refranes, dichos y bendiciones de la tradición irlandesa, algunos más conocidos que otros.
Para empezar, la bendición más típica:
Que el camino se alce para salir a tu encuentro. Que el viento sople siempre a tus espaldas. Que el sol cálido brille sobre tu cara, La lluvia caiga suavemente en tus campos, Y, hasta que nos volvamos a ver, Que Dios te guarde en la palma de su mano.
Dado que Irlanda ha sido históricamente tan religiosa, no es de extrañar que Dios sea un tema recurrente, combinado con preciosas metáforas y una buena dosis de humor:
Que el Señor te guarde en su mano y nunca cierre demasiado el puño.
Si Dios te envía por un camino pedregoso, que te dé unos zapatos resistentes.
Dios es bueno, pero nunca te pongas a bailar en una barca.
Y siguiendo con las metáforas…
Cuando las llamas ardientes de vuestro amor se hayan consumido y sólo queden ascuas, ojalá encontréis que os habéis casado con vuestro mejor amigo.
Mientras bajas deslizándote por la barandilla de la vida, que no sobresalgan astillas hacia el lado que no es.
Ojalá nunca se oxiden las bisagras de nuestra amistad.
La amistad es otro gran tema al que los irlandeses dan mucho valor:
Ojalá tu casa siempre sea demasiado pequeña como para que quepan todos tus amigos.
Ojalá siempre encuentres tres bienvenidas en la vida. En verano, en un jardín, En invierno, al calor de un hogar, Y a lo largo de todos tus años, en el corazón de tus amigos.
Luego hay otros dichos que me han encantado por su profunda sabiduría vestida de sencillez:
Ojalá consigas todos tus deseos menos uno, para que siempre tengas algo por lo que esforzarte.
Un brindis por el tipo que sonríe cuando la vida fluye como una canción. Y otro por el que es capaz de sonreír cuando todo va de mal en peor.
Por muy alto que fuera tu abuelo, tú tienes que crecer por ti mismo.
Una ramita al crecer se endurece, y cuesta más retorcerla. Al principio, siempre se es débil.
Y mi frase favorita…
Yo me quejaba de no tener zapatos, hasta que conocí a un hombre que no tenía pies.
Dicho irlandés
Bueno, espero que os hayan gustado estas frases, y que hayáis disfrutado del día más irlandés del año. Para terminar, aquí os dejo otras dos bendiciones de propina:
Que tengas siempre trabajo que poder hacer con tus manos. Que en tus bolsillos siempre haya una moneda o dos. Que el sol brille con fuerza por tu ventana. Que tras la lluvia aparezca seguro el arcoiris. Que siempre tengas cerca la mano de un amigo. Y que Dios te llene el corazón de ánimo y alegría.
Ojalá tengas perspectiva para saber dónde has estado, previsión para saber adónde vas, y perspicacia para saber cuándo estás yendo demasiado lejos.
Hoy os traigo un post rapidito, sin pensármelo mucho 😀
Esta palabra la cuento en mi lista de intraducibles, no porque tenga un significado especialmente complejo, sino por lo sencilla, clara y elegante que me parece en inglés:
Overthinking.
En español sería algo así como «pensar demasiado», «pasarse de pensar», o si queremos expresarlo en una sola palabra, «sobrepensar»… Todas me suenan muchos más torpes que el original, pero al menos se entiende la idea, ¿verdad?
Me vienen a la cabeza recuerdos de hace años: largas tardes y noches de juegos de mesa, donde casi siempre había algún amigo (si no dos, o tres) que tardaba muchíiiiiiiisimo en decidir su siguiente jugada… Los demás enseguida empezábamos a cantar «OOOOOO-VER-THIN-KER» con la musiquilla de Movierecord, para meterle prisa.
Bueno, pues esta semana me salió en Instagram una frase sobre este tema que me pareció impresionante:
OVERTHINKING = UNDERACTING
Qué gran verdad. Cuando nos dedicamos a pensar de más, inevitablemente acabamos haciendo de menos… O no haciendo nada, que es peor.
Y claro, así no hay manera de avanzar. Darle vueltas a un problema no soluciona nada; sólo entrando acción conseguimos realmente cambiar cosas y avanzar. Así que entremos ya en acción de una vez por todas, y que pase lo que tenga que pasar.
¿Y tú, a qué le has estado dando vueltas últimamente? ¿Qué es eso que has estado pensando de más y haciendo de menos? ¿Y cuándo vas a espabilar y a entrar en acción?
Me he dado cuenta de que muchas veces juzgo qué tal me ha ido el día según haya sido productivo o no… O más bien, según yo haya sido productiva o no. ¿Te suena?
La productividad es un tema que siempre me ha interesado, de hecho fue lo que me atrajo al mundo del desarrollo personal. Recuerdo la época en la que me dedicaba a buscar trucos y estrategias para poder llevar al día mi interminable lista de tareas. Y sí que encontré algunas herramientas que me resultaron útiles, pero sólo hasta cierto punto.
Porque en realidad, lo que me pasaba era mucho más complejo de lo que yo creía. Como suele ser el caso.
Por eso en coaching nos gusta «tirar del hilo» y escarbar un poco bajo la superficie, porque muchas veces el «problema» con el que nos viene el cliente no es sino el síntoma de un conflicto o desequilibrio más profundo, del que él mismo no es consciente. Por ejemplo, los problemas de gestión del tiempo suelen ser en el fondo problemas de gestión de prioridades, y la procrastinación puede deberse a prioridades o valores contradictorios.
Un recurso que utilizamos mucho en coaching es formular preguntas como la del principio de este artículo: «¿Qué siginifica X para ti?» Puede parecer una tontería, pero las palabras al fin y al cabo son símbolos que representan cosas, y cuando se trata de términos más o menos abstractos, nuestro pensamiento es mucho más complejo que las palabras con las que lo expresamos. Así, desmenuzando el significado de la palabra y explicándolo en voz alta (o escribiéndolo), nos podemos dar cuenta de cosas muy interesantes.
Por ejemplo, el concepto de productividad está asociado a la acción de «producir», y me he dado cuenta de que yo antes consideraba que una persona sólo era productiva cuando «producía» algo tangible, algo medible.. Al empezar mi carrera profesional, primero como programadora y luego como analista de sistemas, me era fácil saber si estaba siendo productiva o no, porque tenía documentos, diagramas y líneas de código que lo demostraban. Pero al ir avanzando hacia otro tipo de puestos, las reglas del juego cambiaron de repente: había más reuniones y las tareas estaban menos definidas, y yo me encontraba más bien perdida; a menudo llegaba al final del día con la sensación de no haber aportado nada.
Después, poco a poco, fui adaptándome y redefiniendo mi idea de productividad. Me llevó años quitarme de encima la idea de que el tiempo que pasaba «charlando con la gente» (= en reuniones, especialmente reuniones individuales, uno a uno) no contaba como trabajo, porque no estaba produciendo nada. Ahora sé que el hablar con mis compañeros y fomentar las relaciones laborales no sólo no es una pérdida de tiempo, sino que es parte esencial de mi trabajo, y que marca una gran diferencia a la hora de sacar los proyectos adelante. Ahora que ya conozco el poder transformador de una buena convesación, es de lo que más disfruto.
¿Y fuera del trabajo? Pues me he dado cuenta de que en mi vida personal también tiene mucho peso esa necesidad constante de producir, y que todavía me cuesta priorizar el descanso, el ocio y el autocuidado en el mismo nivel de importancia que otras cosas «que hay que hacer». En cuanto me descuido, me lleno las tardes y los fines de semana de tareas que completar, para poder decir al llegar la noche que ha sido un día productivo… Pero lo bueno es que ahora ya soy consciente de ello, y poco a poco lo voy equilibrando, teniendo además cuidado de no caer en la culpa.
Y tú, ¿qué opinas? ¿Es importante para ti la productividad? ¿Y cómo la mides?